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miércoles, 8 de noviembre de 2017

VIEJAS


    
  El niño iba con las viejas a El Castrejón porque se lo mandaban. Ni le gustaba madrugar ni le gustaban aquellas ovejas que habían dado ya todo lo que podían dar. Eran animales de desecho, alguna machorra, que se cambiaban cada año por borregas de cría para mantener el hatajo productivo. El futuro de aquellos animales no iba más allá de los veinte días que faltaban para Santiago, el tiempo justo para coger algún kilo con la hierba fresca de la sierra. Eran ovejas que, inexorablemente, terminarían desolladas y colgadas de un gancho para alegrar el puchero, siempre pobre, de los coritos o para contribuir a la celebración de algún evento familiar. El niño tampoco entendía la razón por la que había que guardarlas todos los días, de mañana y de tarde, con frío y con calor; más bien, lo consideraba un castigo.
 El padre las subía de Extremadura a primeros de julio porque, según decía y nadie podía desmentirle, aquí se pagaban más y, si ponían algún kilo, mucho mejor, ya que las viejas se vendían al peso, no como los becerros, que se vendían a ojo y un kilo más o menos no importaba tanto. Lo que el padre no decía era que los compradores, cualquiera de los dos hombres del pueblo que mataban, le ponían como condición no hacerse cargo de los animales hasta la fiesta, porque el tu muchacho puede ir con ellas que ya no hay escuela y así le tienes atareado, que ya se sabe que el trabajo del niño es poco, pero el que no se aprovecha es un tonto. Y el muchacho, un niño más bien, era él. Él era el que se daba el madrugón, cuando en el pueblo, aunque fuera julio, hace un frío que pela. Él era el que, muerto de sueño, sacaba del corral los cinco o seis animales díscolos y torpes y los arreaba, ramoneando en los lindones y sacándolos de algún prado, hasta El Castrejón. Él era el que, aburrido como una lombriz, esperaba al abrigo de la pared la llegada del sol y de los otros pastores infantiles para idear un juego, una conversación o alguna travesura que matara aquel tedio que le consumía.

                La travesura podía ser cualquier cosa, unas veces inofensiva y otras no. Escalar alguno de los peñascos que adornan la sierra no resulta fácil y mucho más difícil puede resultar bajar sin romperse la cabeza. Subirse a lo más alto de cualquiera de los álamos que bordean los prados no es especialmente dificultoso, pero deslizarse como en un tobogán por las ramas más bajas para caer sobre la mullida hierba del prado, aún sin segar, es un juego que puede dar que sentir. Y más peligroso aún es que llegue el ama del prado y no entienda la travesura porque no le guste que se aplaste la hierba, lista para la guadaña, y coja un bardusco y agarre al que se deje, siempre el más torpe o el más pequeño, y lo azote hasta que el chiquillo logre escapar, mientras los otros contemplan la escena lo suficientemente lejos para huir del zurriago y lo bastante cerca para no perder detalle de lo que está pasando. Y no es lo malo que recibas algún zurriagazo, no. Lo peor es aguantar las risas de los otros y afrontar los días siguientes sin contarlo en casa, sin que la madre entienda por qué de pronto te escondes o das un rodeo o desapareces por una callejuela sin dar explicaciones o por qué buscas excusas para no ir a cierta casa si te mandan a un recado.
      Y aún es peor si el prado es de algún pariente. Porque la última travesura fue en uno de los álamos de un familiar y, aunque el niño logró escapar, sabe que la mujer le vio y le identificó perfectamente y que la cosa puede llegar a oídos de los padres. Así que, cuando la madre del niño le dice que tiene que ir con las cabras de la del zurriago porque se le casa una hija y no pueden atender el ganado y que, antes de sacarlas, vaya a su casa para recoger la merienda, el niño siente que ha llegado el momento fatídico. Si dice que no quiere ir, malo y si va, peor. Además, los padres, que también están invitados a la boda, se sienten muy orgullosos de que el niño sirva ya para esos menesteres. Por eso sube la cuesta temblando con el morral al hombro y la garrota en la mano, pensando en el recibimiento que le hará la mujer del bardusco, porque teme que le pida explicaciones y que le riña; o que le amenace con contárselo a la madre. El niño tiene un ligero temblor cuando empuja la enorme puerta del corralón y un temblor aún mayor cuando cruza la puerta de casa, abierta de par en par, como es costumbre en el pueblo. 
              Y no entiende nada cuando la mujer, la misma que arreaba zurriagazos al pobre pastorcillo hace tres días, le recibe sonriente con una cazuela de porcelana roja en una mano y una cuchara en la otra. Toma, hijo, le dice, que ya me ha dicho tu madre que eres algo goloso y que te encanta el arroz con leche.
 Y, mientras come, el niño entiende mucho menos aún que la mujer no mencione el incidente del álamo.

RHM
               

sábado, 19 de enero de 2013

HOMBRES DE CIENCIA




Fue la primera vaca que tuvo la mujer. Se la había medio regalado su padre, que tenía el buen tino de ir dando una vaca a cada hija cuando se casaban, con el fin de que se fueran haciendo con un ganado propio que irían incrementando poco a poco. Que las hijas tuvieran una vaca era también una manera de que permanecieran en el pueblo, una manera de que no se fueran con el hombre a Extremadura, una manera, en fin, de que el padre y la madre, ya ancianos, no se quedaran solos durante el invierno.
            La vaca era negra como el betún, con los cuernos oscuros recogidos hacia dentro, algo gacha, grande y gorda, armoniosa y muy dócil. Se había criado en casa y desde que era una becerrilla se había acostumbrado a las zalamerías y caricias de los amos. Era como un borrego, pero como en el pueblo no estaba bien visto llamar borrega a una vaca, decidieron ponerla Cordera. Así que La Cordera, mucho menos conocida que la de Clarín, entró en casa y produjo en los niños el mismo efecto que originó la del cuento en Pinín y Rosa.
            La Cordera recibía todos los mimos, como única que era. Parió sin  novedad y se reveló como una buena madre, abundante, y fácil de ordeñar. El ama no era rica y procuraba alternar los prados, con el fin de que la vaca tuviera siempre hierba fresca. Así que unos días iba al Tejaízo y otros al Valle o a Los Nijares. El inconveniente de este último era que había que estar con ella porque el prado estaba abierto por uno de sus laterales y había que evitar que se comiera la hierba del vecino. Por eso procuraba llevarla a este prado los domingos, cuando no había escuela, para que el niño pudiera ir a guardarla. Y con el niño estaba aquel día de abril, como otros muchos: la vaca en el prado ramoneando entre los zauces y el niño enfrascado en la lectura de un libro cualquiera, porque cualquier libro le venía bien al muchacho. Por eso no vio que la vaca cruzaba el bardo y se metía en lo de tio Natalio, menos pacido que lo suyo. Cuando levantó la cabeza, la vaca ya estaba en medio de la trampalera, comiendo con ansia. El niño corrió y se colocó detrás y a voces y a palos intentó sacarla lo antes posible porque no quería regañinas en casa ni problemas con el vecino.
El animal lo intentó. Intentó salir, pero no pudo. Cuanto más esfuerzo hacía con las manos, más su hundía por las patas. Así hasta que el fango y  la hierba la cubrieron hasta los cuadriles. Enseguida supo el niño que no podría sacarla él solo, así que llamó a voces a cualquiera que pudiera oírle y pronto se presentaron dos hombres que andaban por allí y le ataron una soga a los cuernos y tiraron con fuerza hasta que consiguieron sacarla del atolladero.  El animal salió e intentó andar pero la pata trasera derecha no respondía, por lo que los hombres la sacaron del prado y dijeron al niño que la llevara a casa, que estaba coja y que algo habría que hacer.
El niño recogió sus cosas y arreó al animal, que caminaba con mucha dificultad, arrastrando la pata. Cuando llegaron a casa y la madre vio cómo venía la vaca, llamó a la familia y enseguida llegaron tio Goyo y tio Vitoriano quienes, después de girar y hacer girar al animal varias veces, dijeron que había que enabujarla. Porque entonces se hacían así las cosas. Eran los propios hombres del pueblo los que resolvían estos asuntos. Así que ataron una soga a los cuernos del animal y otra a la pata buena y sin grandes problemas la tumbaron en el suelo y le ataron las patas con una soga por encima de las pezuñas. El animal se dejaba hacer, tranquilizada quizás por las palabras dulces de la madre, que la hablaba como hablaría a un crío. El niño asistía al espectáculo asombrado, como otros niños verían una actuación de circo, sin perder ojo. Uno de los hombres aguzó con la navaja, laboriosamente,  un palo de calabón hasta convertirlo en una especie de aguja perfectamente pulida. Cuando hubo terminado, el otro cogió entre los dedos un  pellizco de piel y carne de la parte superior de la nalga herida y el del palo empujó fuertemente hasta que agujereó la piel por debajo de los dedos y la punta del palo apareció por el otro lado, como se hace para coser. Luego, ató fuertemente al palo un hilo de cáñamo y dio vueltas y vueltas por debajo hasta que se terminó el hilo y la piel quedó estirada y bien estirada. Después desataron a la vaca y entre los dos la ayudaron a levantarse y la llevaron a la casilla donde le esperaba una buena ración de heno.
El niño, que se sentía algo responsable por haberse dejado meter la vaca en el prado del vecino, se quedó un rato en la cuadra, pero como vio que el animal comía el heno con la tranquilidad de otras veces, salió y se fue a la plaza a buscar a alguien a quien contar la aventura.                                                                                                                                     
                                                                                                                               RHM               Enero2013

lunes, 17 de diciembre de 2012

LA CABRA NEGRA


No es que a Braulio le guste especialmente ir al molino; y, menos aún, al de Las Chorreras. La poca agua que baja de la garganta en otoño convierte la molienda en una tarea sin fin. Todo el santo día para moler cuatro granos de trigo. Eso sí, los molineros son gente agradable, siempre dispuestos a compartir un trozo de tasajo y un trago de vino, si se tercia.

 El camino hasta la ermita transcurre por la carretera que sube a Navasequilla y desde allí, desviándose a la derecha en la misma ermita, se convierte en una vereda angosta, llena de piedras y calabones que dificultan el paso de cualquier caballería. Desde el prado de Paná hay que andar con ojo, porque un resbalón o un mal paso del animal pueden terminar con el costal en el arroyo. Y entonces, adiós burro y adiós grano. Por eso hay gente que agarra el burro del rabero y no lo suelta hasta pasar la garganta. Sin embargo, Braulio piensa que es mejor dejar que el animal se las apañe solo, sin arrearle, dejándole libertad para que busque el paso más conveniente.

La vista es impresionante: abajo, Zapardiel, con su torre irguiéndose soberana sobre las casas arracimadas en torno a la plaza, en uno de cuyos frentes negrean las verjas de una casa blanca, grande, que llaman de los Caselles; más allá, las eras, aún amarillentas y, detrás, el robledal y los cerros pelados que marcan el camino hacia Ortigosa. A la derecha, el río medio seco y a lo lejos, los picachos azulados de Gredos, Risco Redondo en primer término. Al fondo, los pinares y la carretera que dicen de Madrid.

El último trecho del camino se hace a través de una calzada de piedra hecha por las manos sabias de los hombres de antes, entre curvas y recodos,  con el molino acercándose y alejándose como si tuviera vida, siempre por debajo de los canchales de La Somaílla, entre subidas y descensos hasta alcanzar la morera que adorna la entrada del edificio.

El molino está abierto. Braulio da una voz, descarga y traba un extremo de la soga a una mano del burro y el otro a un rebollete, dejando el trozo de cuerda suficiente para que animal pueda comer sin que se enrede a se aleje demasiado. El molinero, que es algo teniente, saluda desde dentro cuando ve acercarse al hombre. Sobre la frente lleva unas gafas oscuras sujetas a la parte posterior de la cabeza con una goma, que le dan un aspecto extraño. Anda muy afanoso picando la piedra e indica al hombre que tendrá que esperar un rato hasta que acabe y pueda colocar en su sitio la inmensa mole redonda que pende de una grúa de madera como si fuera de juguete. Entonces se ocupará de su grano. Braulio sabe que estas cosas pasan y, aún puede ser peor, porque, a veces, el molino está cerrado y no hay más remedio que acercarse al pueblo, a casa de la madre, a ver qué pasa y si alguien puede venir a abrir. Resignado, sale al exterior y se sienta en una piedra dispuesto a liar un cigarro. No ha terminado el hombre de pasar la lengua por el papel cuando llegan hasta él las cabras de Navasequilla que ramonean en apacible careo entre los tomillos y las hierbas frescas de la regadera. Todas juntas, menos una, negra como la pez, que pasta a unos metros del rebaño, sola, como si estuviera enfadada con las otras. Extrañado, el hombre pregunta al cabrero, viejo y arrugado como él por los años y los aires de la sierra, cuál es la causa de la separación. “Esa es que es nueva, la compraron antier en Navalperal y hoy es el segundo día que viene a la cabrá. No sé, yo creo que anda algo triste, así que habrá que enseñarla para que haga buena junta con las otras”.

Braulio, que como es de rigor ha invitado a tabaco al vecino, acude a la voz del molinero, escupe la colilla, la pisa y se despide pensando en la cabra solitaria. Estas historias le dan siempre qué pensar. A veces, los animales tienen las mismas reacciones que las personas. O parecidas.
RHM
Diciembre2012

jueves, 22 de noviembre de 2012

domingo, 1 de julio de 2012

EN CASA DEL HERRERO
 Si alguien en el pueblo habla del herrero, todos los niños saben que se refiere al tío Félix, el de La Lastra. Muchos le conocen ya y los demás lo están deseando porque, además de conocer a personaje tan singular y entrañable, el hecho de ir solo a la Lastra a herrar el burro supone un paso muy importante en la escala de crecimiento de los niños. De ahí a ir al molino, a la taberna o a dormir con la pastoría no hay más que un paso. Por eso el niño siente cierta alegría oculta cada vez que el burro tropieza en los cantos y enseña un trozo de herradura rota y oxidada. Y aún más cuando oye decir al padre: “Vamos a tener que herrarle”.
En invierno los animales de carga y acarreo andan de cualquier manera, pero los trabajos de la primavera y del verano obligan a un arreglo en el calzado, porque un mal paso, propiciado por la deformación de los cascos o los trozos de herradura que el tiempo ha roto, puede acabar con cualquier caballería, o con cualquier jinete, y ya sabemos lo necesarios que son ambos en la pobre economía de los pueblos serranos.
Así que un viernes gris de finales de febrero, cuando el niño toma la leche en la cocina, el padre, muy ceremonioso, le pregunta si valdría él –el niño- para ir luego mañana, aprovechando que no habrá escuela, bueno, escuela sí hay, pero no habrá clase, piensa el niño, a herrar el burro a La Lastra, porque -eso se lo dice a la madre- llega la hora de echar las cargas y no es el caso de que el burro se caiga y se hiera – el padre dice jiera- con la falta que nos hace. El muchacho dice que sí e intenta no reflejar la alegría que siente dentro, por si acaso. Por si acaso el padre piensa que se ha conchabado con alguien y decide dejarlo para otro sábado. Porque los padres son así.
Pero no lo deja y el niño, que ha dormido poco intentando acelerar el paso del tiempo, sale bien de mañana, por el camino Llano, montado a parranquete sobre un borrico blanco ceniza, enorme y poderoso como un caballo. El camino discurre paralelo a la carretera hasta Los Collados, aunque algo más alto, y, desde allí, se convierte en una vereda estrecha y encajonada entre las pajas altas y amarillas, que tantas veces ha cortado el niño para hacer zambombas en Nochebuena. Luego, se interna en una angosta calleja que desemboca en la dehesa boyal para caer a un camino que pronto se convertirá en carretera.
Cuando el niño llega a la fragua, lleva los miembros tan entumecidos – él dice entumíos- que es incapaz de bajar del burro. En la puerta trastea un hombre algo mayor, de pelo cano y boina de paño, totalmente vestido de pana, que nada más verle, reconoce al animal y pregunta el nombre al muchacho; este le contesta con media vocecilla apenas audible por el frío y el herrero dice: “Hombre, como tu abuelo”, y le ayuda a bajar y, después de trabar al burro en la pared, conduce al niño a la cocina, donde trajina una señora totalmente vestida de negro que resulta ser el ama de la casa.
En cuanto entra el niño, la mujer deja lo que está haciendo y le conduce a la lumbre, le envuelve las manos en el mandil y, amorosamente, le obliga con un suave apretón en un codo a extender las manos, como esperando algo, –para que vayas entrando en calor y no te duelan las uñas-. Luego, acerca una banqueta y, aunque el tío Félix, el herrero más famoso de la comarca, se muestra algo impaciente y entra y sale un par de veces resoplando, la mujer hace caso omiso y sienta al muchacho enfrente del fuego y, sin más comentarios, le acerca un tazón de leche caliente que le devuelve la vida.
Cuando el chico, reconfortado, sale al corral, encuentra al herrero afanado en la fabricación de las herraduras. El patio es un pequeño rectángulo con medio techo cubierto de escobas, que ocupa toda la fachada de la casa y que acoge en la parte derecha una pila de granito mediada de agua y a su lado, la sencilla fragua en la que trabaja el hombre. Sobre una repisa de piedra se sitúa el hogar repleto de un carbón negruzco y metálico entre cuyos trozos asoma la boca negra del enorme fuelle que se eleva un poco sobre la misma repisa de piedras, separado de la lumbre por un simple murete de ladrillo con una agujero en el que encaja el tubo. En el asa superior de dicho fuelle hay firmemente atada una cuerdecilla que, después de pasar por una garrucha, termina en una cadena en la que se ha atravesado un palo. Este sencillísimo mecanismo, que pende en el vacío por encima del niño, permite accionar el aparato y airear el hogar hasta conseguir la temperatura necesaria para que el tío Félix, con mano maestra, convierta la tira de hierro enrojecido, que maneja con unas tenazas, en una linda herradura. El hombre ha calentado el hierro, lo ha curvado sobre la parte cónica del gran yunque clavado en una enorme toza de roble en medio del corral, lo ha cortado y lo ha situado sobre la parte plana para comprobar el asiento y, con una especie de buril que termina en una punta piramidal, ha hecho a ojo tres agujeros equidistantes y simétricos en cada uno de los laterales del hierro. Luego, ha estirado el brazo con la herradura en la punta de las largas tenazas, la ha mirado con ojo crítico y la ha lanzado a la pila sin ningún miramiento, para que se enfríe. Después, ha repetido el proceso con las otras tres. El muchacho, atento a las instrucciones del herrero, ha tirado del fuelle con la fuerza de sus pocos años y ha asistido fascinado al proceso de fabricación, entre los resoplidos del hombre que trabaja en silencio, con media lengua fuera y movimientos mecánicos y medidos.
Luego salen a la placita breve que se extiende delante de la casa; el muchacho quita el aparejo al burro y el herrero, situándose de espaldas a la cabeza del animal, le golpea suavemente con la mano abierta en la pata delantera por debajo de la rodilla y tira hacia arriba; el burro levanta la extremidad sin protestar, como si entendiera el lenguaje no verbal del hombre. El herrero ordena al niño que sujete fuertemente el casco con las dos manos mientras él arranca con unas tenazas enormes los trozos de herradura; luego, sin ayuda, con una herramienta que se llama pujavante y que al niño le parece un cogedor afilado, va cortando la pezuña hasta convertir la planta del casco, sucia y deforme, en una superficie lisa y pulida sobre la que sitúa la herradura. Después va colocando un clavo de cabeza geométrica sobre cada uno de los agujeros, los golpea alternativamente hasta que aparecen por el lateral del casco y los corta con las tenazas doblando cuidadosamente los extremos y remachándolos para que no se salgan. El herrero termina una pata y empieza con otra hasta completar las cuatro. Trabaja con la ayuda del niño, en cuya cabeza bulle la idea de que falta algo. Y de pronto se acuerda; lo que espera impaciente es ese martillazo en los costillares que, según ha oído contar, atiza el herrero a los animales díscolos antes de terminar, seguido del comentario: “Este bicho no puede ser inteligente”. Pero el burro del niño sí que debe de serlo porque aguanta todo el proceso sin un mal gesto, como si estuviera asistiendo a un espectáculo ajeno que nada tuviera que ver con él.
Terminada la operación, el herrero cobra e invita al muchacho a la taberna, que se encuentra al lado de la fragua, y, sin preguntarle qué quiere tomar, pide dos medios que resultan ser dos considerables vasos de un vino oscuro y fuerte. El niño, que está bien educado, recuerda entonces las palabras de su padre: “A la taberna no hay que ir, pero si no tenemos más remedio, no hay que echarse para atrás; si te invitan, tú, invita”. Y, sin pensárselo dos veces, pide al tabernero: “Nos ponga otra”, e intenta acodarse en un mostrador al que apenas llega. Luego, sale, apareja al burro, se despide educadamente y monta, enfilando el camino de Horcajo. En el estómago nota cierto cosquilleo, que no traía al venir, como si el grueso jersey de lana emitiera chiribitas y en la cabeza, una sensación placentera cercana a la euforia que no acierta a descifrar. Eso sí, ahora no siente ningún frío.
RHM. Junio 2012
Nota: Este breve relato se debe a la generosidad de Damián García, a quien agradezco que me lo contara en uno de esos ratos, menos frecuentes de lo quisiéramos, que dedicamos a recordar la niñez. Gracias, Damián.

domingo, 11 de marzo de 2012

PARED


Casi nunca se nos presentaba una tarde como aquella: todo el tiempo para nosotros, haciendo nuestra santa voluntad, sin más compañía que unos cuantos borregos que andaban a lo suyo, medio escondidos en el lindón, buscando entre las matas las hierbas escasas de la escasa primavera serrana. Lo habitual era exactamente lo contrario: Vas, echas el agua y te vuelves y mucho cuidaíto con quedarte de caraba con el primo. Que cuando vuelvas, lo catas. Y metían, además, alguna pulla: Que nosotros tenemos mucho que hacer y esos lo tienen ya todo hecho.
Las madres estaban tres prados más allá, tapadas por enormes bardos de sauces y espinos, escabuchando el trigo que empezaba a verdeguear en el huerto. El prado, un recinto pequeño de geometría irregular, lindaba con otro cuya pared tenía varios tramos en el suelo y nosotros, llevados por ese afán de imitar a los adultos y de demostrar nuestra valía, amén de que lleváramos ya un buen rato tumbados debajo de los robles lanzando cantos a los arrendajos y a las tórtolas sin ningún resultado, decidimos levantar uno de los trozos más arruinados.
Así que, ni cortos ni perezosos, nos pusimos a la faena: retiramos las piedras caídas hasta dejar al descubierto el suelo embarrado y las colocamos cerca, en fila, para tenerlas a mano. Nos pusimos uno enfrente del otro y emprendimos la tarea. Habíamos visto a los hombres del pueblo levantar portillos tantas veces sin que nos dejaran meter mano -quita de ahí, estorbo- que puedo decir que dominábamos la teoría con una solvencia extraordinaria. Así que, como ellos, empezamos colocando las piedras más pesadas abajo, directamente sobre el suelo. Luego, fuimos poniendo las otras encima, buscando el asiento más favorable, sin más argamasa que la propia fuerza de la gravedad. En los huecos metíamos cantillos más chicos que golpeábamos con otros hasta que quedaban firmemente agarrados a la pared. O eso creíamos nosotros. Y así, poco a poco, fue surgiendo una esbelta fila de piedras, algo torcida, la verdad, que pronto alcanzó una altura de un metro, más o menos, que nos pareció suficiente. Y fue entonces cuando oí a mi primo, como si reflexionara para sí mismo:
- Antes de colocar las cabreras deberíamos probar si es segura.
Y sin más comentarios lo dos trepamos encima de lo hecho y nos pusimos a saltar. Subíamos y al caer flexionábamos las piernas, empujando para hace más fuerza. Claro, que sólo pudimos saltar cuatro o cinco veces porque, de repente, la pared, que tan laboriosamente habíamos levantado, se vino abajo con un ruido que a nosotros nos pareció ensordecedor, pero que, seguramente, nadie pudo oír porque quedó apagado por nuestros gritos y, luego, por nuestras propias risas.
Desde aquel día, en esa escala imaginaria que he ido forjando sobre la utilidad del conocimiento, uno de los primeros lugares está ocupado por esos hombres que saben hacer cosas útiles.