martes, 12 de febrero de 2013

PELO


PELO
A Braulio, que ya es viejo y está de vuelta de casi todo, le sale a veces cierta vena ácrata e iconoclasta que le lleva a pensamientos políticamente incorrectos, que diría alguno de nuestros ínclitos gobernantes; y eso que Braulio no habla de política.
Anoche vino de la ciudad una de las sobrinas, peluquera ella y, como siempre, nada más verle empezó con la cantinela: que si el cerote de la chaqueta, que si las barbas, que el pelo… Y que mañana  por la mañana, en cuanto se levante, le quiero en casa para tratar de arreglar en lo posible esas pintas de pordiosero que tiene usted. Que no sé cómo no le dan una limosna cuando le ven por la calle.
            A Braulio siempre le ha cortado el pelo el cuñado con una maquinilla que se trajo de África, cuando la mili. Se ponían de acuerdo, sacaban una silla al corral, se quitaban la chaqueta y, sin más preámbulos, comenzaban con el chas chas del aparatillo, de adelante a atrás, todo por igual. Primero uno y luego el otro. Y a casa. Pero Julián murió y ahora ya no hay nadie que lo haga. Hay que ir a El Barco y el hombre no está por la labor. Total, si con la boina no se ve. Y, además, ya se sabe que pela buena o mala a los ocho días iguala. Pero anoche vino la sobrina y se jodió la cosa.  
            Por eso está aquí Braulio, obediente como siempre, sentado en el corral, calentándose al solecillo mañanero de julio, sin atreverse a liar un cigarro, no sea que se moleste la sobrina, esperando y escuchando el run run de la radio del vecino, que tiene el aparato colgado de un clavo en la puerta de la casa: recortes por aquí, Cataluña por allá, prima de riesgo para arriba, prima de riesgo para abajo.
            Cuando sale la muchacha, el viejo, que no quiere mucha conversación esta mañana, coge un periódico que está sobre la piedra del poyo, como abandonado. En la portada, una gran fotografía de El Congreso, vallado como si alguien temiera una invasión. Braulio, que anda algo revuelto por lo que oye y por un lumbago que le impide enderezarse, se queda unos segundos mirando la foto, meditabundo, mientras la mano de la sobrina atusa, acaricia y corta. Y en ese preciso instante, por encima de la pared del corral se oye nítida la voz de un hombre que dice que “los políticos están razonablemente mal pagados”. Y Braulio, con el dedo puesto sobre un recuadro que enumera los casos de corrupción de la semana, siente una ola de calor que le sube desde las entrañas y, llevado por esa vena ácrata e iconoclasta que desconoce, no puede dejar de pensar si no sería conveniente mantener vallado El Congreso, sobre todo para protegernos de algunos de los de dentro. ¡Que ya está bien, coño!
            Y la sobrina, con cierto aire maternal, le dice que no, que aún no está bien y que como no se esté quieto va a llevar más trasquilones que el burro de Agapito.
RHM
Febrero 2013 

sábado, 19 de enero de 2013

HOMBRES DE CIENCIA




Fue la primera vaca que tuvo la mujer. Se la había medio regalado su padre, que tenía el buen tino de ir dando una vaca a cada hija cuando se casaban, con el fin de que se fueran haciendo con un ganado propio que irían incrementando poco a poco. Que las hijas tuvieran una vaca era también una manera de que permanecieran en el pueblo, una manera de que no se fueran con el hombre a Extremadura, una manera, en fin, de que el padre y la madre, ya ancianos, no se quedaran solos durante el invierno.
            La vaca era negra como el betún, con los cuernos oscuros recogidos hacia dentro, algo gacha, grande y gorda, armoniosa y muy dócil. Se había criado en casa y desde que era una becerrilla se había acostumbrado a las zalamerías y caricias de los amos. Era como un borrego, pero como en el pueblo no estaba bien visto llamar borrega a una vaca, decidieron ponerla Cordera. Así que La Cordera, mucho menos conocida que la de Clarín, entró en casa y produjo en los niños el mismo efecto que originó la del cuento en Pinín y Rosa.
            La Cordera recibía todos los mimos, como única que era. Parió sin  novedad y se reveló como una buena madre, abundante, y fácil de ordeñar. El ama no era rica y procuraba alternar los prados, con el fin de que la vaca tuviera siempre hierba fresca. Así que unos días iba al Tejaízo y otros al Valle o a Los Nijares. El inconveniente de este último era que había que estar con ella porque el prado estaba abierto por uno de sus laterales y había que evitar que se comiera la hierba del vecino. Por eso procuraba llevarla a este prado los domingos, cuando no había escuela, para que el niño pudiera ir a guardarla. Y con el niño estaba aquel día de abril, como otros muchos: la vaca en el prado ramoneando entre los zauces y el niño enfrascado en la lectura de un libro cualquiera, porque cualquier libro le venía bien al muchacho. Por eso no vio que la vaca cruzaba el bardo y se metía en lo de tio Natalio, menos pacido que lo suyo. Cuando levantó la cabeza, la vaca ya estaba en medio de la trampalera, comiendo con ansia. El niño corrió y se colocó detrás y a voces y a palos intentó sacarla lo antes posible porque no quería regañinas en casa ni problemas con el vecino.
El animal lo intentó. Intentó salir, pero no pudo. Cuanto más esfuerzo hacía con las manos, más su hundía por las patas. Así hasta que el fango y  la hierba la cubrieron hasta los cuadriles. Enseguida supo el niño que no podría sacarla él solo, así que llamó a voces a cualquiera que pudiera oírle y pronto se presentaron dos hombres que andaban por allí y le ataron una soga a los cuernos y tiraron con fuerza hasta que consiguieron sacarla del atolladero.  El animal salió e intentó andar pero la pata trasera derecha no respondía, por lo que los hombres la sacaron del prado y dijeron al niño que la llevara a casa, que estaba coja y que algo habría que hacer.
El niño recogió sus cosas y arreó al animal, que caminaba con mucha dificultad, arrastrando la pata. Cuando llegaron a casa y la madre vio cómo venía la vaca, llamó a la familia y enseguida llegaron tio Goyo y tio Vitoriano quienes, después de girar y hacer girar al animal varias veces, dijeron que había que enabujarla. Porque entonces se hacían así las cosas. Eran los propios hombres del pueblo los que resolvían estos asuntos. Así que ataron una soga a los cuernos del animal y otra a la pata buena y sin grandes problemas la tumbaron en el suelo y le ataron las patas con una soga por encima de las pezuñas. El animal se dejaba hacer, tranquilizada quizás por las palabras dulces de la madre, que la hablaba como hablaría a un crío. El niño asistía al espectáculo asombrado, como otros niños verían una actuación de circo, sin perder ojo. Uno de los hombres aguzó con la navaja, laboriosamente,  un palo de calabón hasta convertirlo en una especie de aguja perfectamente pulida. Cuando hubo terminado, el otro cogió entre los dedos un  pellizco de piel y carne de la parte superior de la nalga herida y el del palo empujó fuertemente hasta que agujereó la piel por debajo de los dedos y la punta del palo apareció por el otro lado, como se hace para coser. Luego, ató fuertemente al palo un hilo de cáñamo y dio vueltas y vueltas por debajo hasta que se terminó el hilo y la piel quedó estirada y bien estirada. Después desataron a la vaca y entre los dos la ayudaron a levantarse y la llevaron a la casilla donde le esperaba una buena ración de heno.
El niño, que se sentía algo responsable por haberse dejado meter la vaca en el prado del vecino, se quedó un rato en la cuadra, pero como vio que el animal comía el heno con la tranquilidad de otras veces, salió y se fue a la plaza a buscar a alguien a quien contar la aventura.                                                                                                                                     
                                                                                                                               RHM               Enero2013

sábado, 5 de enero de 2013

LA CARTA



            Si hubiera sabido lo que iba a pasar, nunca hubiera dado a leer la carta a tio Parranca. Y si hubiera sabido leer ella, menos aún.
La tía Dominica, por mal nombre, tía Pachiche, llevaba lo de no saber leer como una cruz; como si le faltara algo: un brazo, una mano o un ojo. A veces, cuando nadie la observaba, se quedaba parada delante de los carteles de las tiendas de El Barco o de Plasencia; se fijaba en las imágenes e intentaba relacionarlas con las letras. Así identificó pronto la fotografía de una buena pata de cordero sobre un cartel luminoso con la palabra CARNICERÍA y supo también que unos zapatos con los cordones al aire señalaban una tienda de calzado; pero le resultaba imposible aún relacionar los sonidos con las letras. Y hubiera dado cualquier cosa por aprender a leer, sobre todo porque para ella, dar a leer las cartas era como entregar algo de su intimidad, como pregonar sus secretos más recónditos. Pero entonces las cosas eran así.
Por eso cuando el cartero le entregó el sobre y le dijo que era para Pedro, el marido, ella preguntó que de dónde venía la carta y el otro dijo que de Brozas y la mujer pensó que sería el amo quien escribía para decirle al hombre que tenía que incorporarse al rebaño que bajaba de León. Pero el marido, que era algo nervioso y poco amigo de llegar tarde a los sitios, llevaba ya dos días de camino hacia La Rola, una dehesa cercana a Brozas, donde el tio Pedrillo pasaría el invierno de temporero. Por eso, la tía Dominica no tuvo más remedio que dar la carta a leer y, como en otras ocasiones, decidió llevársela a tio Parranca, que leía bien y, además, era algo pariente
        
La carta, que no era del amo, sino de Vitorio, el compañero,  decía lo siguiente:

Brozas, a 3 de nobiembre de 1919

Amigo Pedro:
Me alegraré que a la llegada de esta te encuentres bien en compañía de los tuyos. Yo quedo bien g. a D.
La presente es para decirte que ayer me junté en un bar de aquí con tio Maragato, el padre del cura Bastida, de la Liseda, que ha traído las  vacas a las Pueblas y me dijo que ha decidío deshacerse de las Jazas y como tú has echao una vaca más y la tierra no es mala y está cerca, y me dijistes que andabas con ganas de comprar, pues te escribo para decírtelo. Si estás interesao pues lo mejor será que bajes a su pueblo lo antes que puedas, no vaya a ser que te se adelante alguno, y que te entrevistes con él a ver si sus entendeis. Por lo demás, poco que contarte. El otoño, algo seco y la hierba escasa, que como no llueva pronto no se que van a comer las ovejas.
Sin más que decirte por el momento y esperando verte pronto, se despide de ti este tu compañero que lo es. Vitorio.

            Tio Parranca desdobló el papel con cuidado, ojeó el contenido y no abrió la boca. Se concentró durante unos minutos más y, ante la mirada inquisitiva de tia Pachiche, dijo con naturalidad absoluta:
-Nada de importancia. Es del amo. Que ya está el rebaño en La Rola, que se vaya Pedro cuanto antes. Y que puede llevarse la cabra, si quiere.
            Y dobló la carta y la metió en el sobre y se la devolvió a tia Dominica que la recogió convencida de que lo que había dicho el hombre era la verdad y nada más que la verdad, como dicen los jueces.
            Y tio Parranca se fue a su casa, aparejó el burro, montó y enfiló hacia La Aliseda a entrevistarse con el Maragato, el padre del cura Bastida. Y aquel mismo día le compró Las Jazas.
RHM
Dicembre 2012

N. Relato debido a la generosidad de Felipe Bohoyo quien agradezco vivamente que me la contara.

lunes, 17 de diciembre de 2012

LA CABRA NEGRA


No es que a Braulio le guste especialmente ir al molino; y, menos aún, al de Las Chorreras. La poca agua que baja de la garganta en otoño convierte la molienda en una tarea sin fin. Todo el santo día para moler cuatro granos de trigo. Eso sí, los molineros son gente agradable, siempre dispuestos a compartir un trozo de tasajo y un trago de vino, si se tercia.

 El camino hasta la ermita transcurre por la carretera que sube a Navasequilla y desde allí, desviándose a la derecha en la misma ermita, se convierte en una vereda angosta, llena de piedras y calabones que dificultan el paso de cualquier caballería. Desde el prado de Paná hay que andar con ojo, porque un resbalón o un mal paso del animal pueden terminar con el costal en el arroyo. Y entonces, adiós burro y adiós grano. Por eso hay gente que agarra el burro del rabero y no lo suelta hasta pasar la garganta. Sin embargo, Braulio piensa que es mejor dejar que el animal se las apañe solo, sin arrearle, dejándole libertad para que busque el paso más conveniente.

La vista es impresionante: abajo, Zapardiel, con su torre irguiéndose soberana sobre las casas arracimadas en torno a la plaza, en uno de cuyos frentes negrean las verjas de una casa blanca, grande, que llaman de los Caselles; más allá, las eras, aún amarillentas y, detrás, el robledal y los cerros pelados que marcan el camino hacia Ortigosa. A la derecha, el río medio seco y a lo lejos, los picachos azulados de Gredos, Risco Redondo en primer término. Al fondo, los pinares y la carretera que dicen de Madrid.

El último trecho del camino se hace a través de una calzada de piedra hecha por las manos sabias de los hombres de antes, entre curvas y recodos,  con el molino acercándose y alejándose como si tuviera vida, siempre por debajo de los canchales de La Somaílla, entre subidas y descensos hasta alcanzar la morera que adorna la entrada del edificio.

El molino está abierto. Braulio da una voz, descarga y traba un extremo de la soga a una mano del burro y el otro a un rebollete, dejando el trozo de cuerda suficiente para que animal pueda comer sin que se enrede a se aleje demasiado. El molinero, que es algo teniente, saluda desde dentro cuando ve acercarse al hombre. Sobre la frente lleva unas gafas oscuras sujetas a la parte posterior de la cabeza con una goma, que le dan un aspecto extraño. Anda muy afanoso picando la piedra e indica al hombre que tendrá que esperar un rato hasta que acabe y pueda colocar en su sitio la inmensa mole redonda que pende de una grúa de madera como si fuera de juguete. Entonces se ocupará de su grano. Braulio sabe que estas cosas pasan y, aún puede ser peor, porque, a veces, el molino está cerrado y no hay más remedio que acercarse al pueblo, a casa de la madre, a ver qué pasa y si alguien puede venir a abrir. Resignado, sale al exterior y se sienta en una piedra dispuesto a liar un cigarro. No ha terminado el hombre de pasar la lengua por el papel cuando llegan hasta él las cabras de Navasequilla que ramonean en apacible careo entre los tomillos y las hierbas frescas de la regadera. Todas juntas, menos una, negra como la pez, que pasta a unos metros del rebaño, sola, como si estuviera enfadada con las otras. Extrañado, el hombre pregunta al cabrero, viejo y arrugado como él por los años y los aires de la sierra, cuál es la causa de la separación. “Esa es que es nueva, la compraron antier en Navalperal y hoy es el segundo día que viene a la cabrá. No sé, yo creo que anda algo triste, así que habrá que enseñarla para que haga buena junta con las otras”.

Braulio, que como es de rigor ha invitado a tabaco al vecino, acude a la voz del molinero, escupe la colilla, la pisa y se despide pensando en la cabra solitaria. Estas historias le dan siempre qué pensar. A veces, los animales tienen las mismas reacciones que las personas. O parecidas.
RHM
Diciembre2012

jueves, 22 de noviembre de 2012

domingo, 21 de octubre de 2012

EL AJUSTE DE TIO LUIS

Se habían casado aquel agosto y el marido estaba sin amo. No es que anduviera preocupado, porque la juventud puede con todo, pero algo habría que encontrar; porque no era el caso de quedarse en el pueblo con una vaca y un burro, mano sobre mano la mayor parte del invierno, viendo pasar los días. Así que cuando Catalino le dijo que en casa de la tía Ave, en Coria, había un sitio para él, no se lo pensó dos veces. Eso sí, “no sé si podrás llevar la mujer, porque no quieren mujeres con los pastores, que dicen que las mujeres en las desas hacen mu mal agua”. Aún así, no se lo pensó y fue a verlos y se ajustó y con ellos estuvo dos años, el segundo ya con la mujer, porque cuando le conocieron, no se atrevieron a decirle que no la trajera. 
En invierno bajaban a Cáceres, a una finca que se llamaba Martín Gómez, en la línea férrea que va hacia Mérida. El hombre guardaba el ganado y la mujer criaba a la niña que ya tenía casi un año y hacía las faenas de la casa, del chozo, más bien, que se limpiaba en un pispás y que tampoco requería de mucho brillo. La mujer hacía punto, lavaba y cosía sentada en una toza de encina, aprovechando el calorcillo tibio del sol del invierno extremeño. Hacia el mediodía, salía al careo, en busca del marido, con la niña en los brazos y la comida en una cesta: un pucherillo con algo de cuchara y unos torreznos o una tortilla, que para eso tenían tres gallinas. Y el consabido pan. 
En el ajuste, además de la excusa, el amo se había comprometido de palabra a entregar al hombre una botella de aceite cada quincena y veinte kilos de harina al mes. Cuando necesitaba pan, la mujer se lo decía al amo y éste le traía media saca de harina sin cerner que colaba en un cedazo casero, que ella misma se había hecho, para separar el cozuelo y el salvado y dejar sólo la harina blanca y fina que luego transformaba en pan. El horno estaba en El Hocino, una finca colindante a la que la mujer se desplazaba en una burra, la harina en la albarda y la niña en brazos, siempre temiendo que el animal se espantara y tuvieran una desgracia. El regreso era igual, pero ya con el pan, aún caliente, en un costal. 
Un día que el marido había echado el ganado hacía el cordel, se encontró con tio Luis, también del pueblo, que venía de camino buscando amo y el pastor le dijo que no se fuera muy lejos, que a ellos podría hacerles apaño, si se entendía con el amo. Y se entendieron, aunque al amo no le gustó mucho que el hombre tuviera ya al pie de sesenta años, y tio Luis se ajustó de temporero. A él no le daban harina, sólo el aceite y unos turrucos de pan ya amasado, negro, y duro como una piedra, tan poco apetecible, que el hombre lo comía sólo cuando no tenía otra cosa. La verdad es que el amo no trató muy bien a tío Luis. Había hecho el camino desde el pueblo con cuarenta ovejas, pero sólo le dejó treinta de excusa, poniéndole en el brete de quitar las diez sobrantes o pagarlas, como hizo el viejo cuando hicieron la cuenta de los borregos. Ya veis qué importancia podrían tener diez ovejas en una finca en la que pastaban tres hatajos de varios cientos. 
Pero el tío Luis aceptó porque la cosa estaba como estaba, como ahora; que hay gente que ha vivido siempre en crisis. Y parece que estas situaciones afectan más a unos que a otros y siempre a los mismos; y tampoco era cosa de volverse al pueblo con las cuarenta ovejas delante, caminito arriba, catorce días con sus catorce noches. Y cuando llegara, ¿qué?, un fracaso. Allí todo el invierno, goloseando entre los lindones, riñendo con unos y con otros, que buena era entonces la gente de los pueblos, que sembraban hasta en las piedras y cuidaban cada cacho como si les fuera la vida en ello, y es que a lo mejor les iba. 
Así que el hombre se quedó y pasó el invierno en armonía con el matrimonio, viviendo en el chozuelo y haciendo la sonochada en el chozo grande, teclando a la niña todo lo que podía y más. Cuando llegaba la hora, tío Luis se iba a su currucho, cruzando el regato a la luz tenue de un farol de aceite tan viejo como él, se acostaba en su cama de escobas y esperaba la amanecida, que traería otro día como el anterior y el anterior… 
Y cuando masaba la mujer, nunca le faltó al tío Luis un pan blanco y mollar de hermosa corteza dorada. Por eso aquel invierno, los perros de la finca comieron pan, aunque fuera negro y estuviera duro. 
RHM