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lunes, 3 de diciembre de 2018

AL RESOLANO...



A Braulio le gusta el análisis sociopolítico que se hace en los bares. Los bares son las universidades del pueblo, dice alguno cuando está ya algo pasado y no sabe lo que dice. Braulio se ha tragado de todo en esos bares de pueblo donde se grita mucho y se piensa poco; desde los comentarios más obscenos hasta los lamentos más tristes relacionados con la vida en general. Braulio parece tener un sexto sentido para arrimarse a los contertulios. Quizá porque, si supiera escribir, le gustaría plasmar toda esa información en un libro; un libro de humor, naturalmente. 
Braulio es un escuchante nato. Y un lector paciente. Sabe que, si se publicara ese hipotético libro, debería compartir derechos de autor con mucha gente: con la gente que escribe en las puertas de los baños públicos frases verdaderamente ingeniosas, algunas dignas de Gómez de la Serna y otras, auténticas reflexiones del pensamiento más cultivado, como esa que explica brevísimamente la teoría del tiempo mucho mejor que el tocho que necesitó Bergson para hacer lo mismo: La medida del tiempo depende de que lado de la puerta del baño estés. Braulio admira a los autores de esos cartelillos de bar, tan ingeniosos como el de su pueblo, donde reza un anuncio bien visible que advierte de que allí está prohibido hablar de la cosa, al lado de otro que informa de que en el local no hay wifi, por lo que los clientes no tendrán más remedio que hablar entre ellos.
 Braulio entiende que tendría que compartir derechos con todos ellos, pero, sobre todo, con los ancianos que se colocan a la sombra de los álamos de El Venero y enhebran recuerdos platicando bajito, quizá hablando para ellos mismos, como si temieran que alguien pudiera oírlos. Cuando Braulio los ve, sentados en la viga que hace las veces de tosco banco, dibujando arabescos en la arena del suelo con garrotes diversos, pulidos por el uso, se va acercando despacio y, sin hacer ruido, se sitúa detrás, en un segundo plano, lo suficientemente lejos como para no interrumpir y lo suficientemente cerca como para no perder ripio de lo que dicen.
      Hoy está hablando un viejo cetrino de mirada viva que abre una boca enorme en la que ya no quedan dientes.


-Que sí hombre, que sí; que antes era otra cosa. Que cuando yo era mozo todo el mundo sabía el terreno que pisaba, no como ahora. Que en las ferias se sabía quiénes iban a comprar y quiénes iban a ver si caía algo. Y en las ciudades, lo mismo, que los policías y los carteristas se conocían y se buscaban las vueltas, como es de rigor, pero todo dentro de un orden. No como ahora, que no puedes fiarte ni de tu padre y que cualquier banquero te puede dejar en cueros.
-Algo de razón tienes- responde otro de un pelaje similar. Que me contó a mí una historia un compañero de Brozas que ahonda en eso que dices, que no sé si será verdad, pero viene a darte la razón. Contaba el compañero, que un alto cargo del gobierno de Franco había ido a Cáceres para presidir una  procesión, codo a codo con las autoridades de allí; ya sabéis, los Gobernadores Civil y Militar, el Alcalde y otros. Causó tan buena impresión el enviado de Madrid que, quizá pensando en el futuro, los mandamases de la ciudad extremeña consideraron conveniente invitarle a presidir la corrida del domingo. Aceptó el hombre encantadísimo y salió del hotel hacia la plaza para reunirse con los cabecillas que le esperaban en la puerta, con la mala fortuna de que en el trayecto le birlaron la cartera. Cuando, ya en el palco, los otros le preguntaron que cómo le iba, el pardillo de Madrid, dijo que bien, pero que, o se había dejado la cartera en el hotel, cosa bastante improbable porque nunca la sacaba del bolsillo interior de la chaqueta, o que la había perdido, o que alguien se la habría robado, cosa impensable en una ciudad tan religiosa y tan adepta al régimen. 
Sin embargo, los dirigentes supieron en seguida que la posibilidad real era la última y actuaron en consecuencia. Movieron tan bien y tan pronto los hilos que tenían que mover, amenazaron tan bien y tan pronto a quienes tenían que amenazar, que antes de que terminara el festejo, un policía de uniforme se presentó en el palco con la cartera del gerifalte madrileño y se la entregó a la autoridad civil que, a su vez, se la devolvió a su dueño, diciéndole que se le debía de haber caído justamente a la entrada y que un ciudadano, ejemplar sin duda, la había recogido y se la había entregado a uno de los de gris, y que en aquella ciudad, hechos como aquel, eran algo normal y cotidiano. A su vez, le rogaba que mirara en el interior de la cartera por si echaba algo en falta, que no creía él, pero por si acaso.

 Miró detenidamente el hombre y, radiante, contestó al Gobernador que estaba muy de acuerdo con lo que decía de la ciudad, porque no solo no robaban, sino que tenían detalles extraordinarios con los que extraviaban algo. Porque él mismo estaba seguro de haber salido del hotel con dos mil pesetas en la cartera y ahora resultaba que se la habían devuelto con cinco mil.


viernes, 24 de marzo de 2017

LA MOZA QUE ESCRIBÍA CARTAS DE AMOR


En aquel pueblo, colgado en la ladera de la sierra, casi todos los habitantes se dedicaban al pastoreo. Los pastos eran ricos y abundantes y alimentaban a un buen número de ovejas y vacas; los veranos eran cálidos, los prados se mantenían verdes hasta bien entrado el mes de julio y los campos estaban siempre llenos de gente afanosa que cantaba y reía. Por el contrario, los inviernos eran fríos y duros. Nevaba tanto que muchas veces los caminos se volvían intransitables y el ganado no podía salir de las cuadras; la carretera se cerraba y los habitantes del pueblo se quedaban incomunicados y no tenían más remedio que guarecerse en la cocina, al arrimo de la lumbre.

Por eso muchos hombres se veían obligados a abandonar el pueblo en estos meses duros de frío y hielo para buscarse la vida en sitios más cálidos, como el abuelo Goyo, temporero de los de verano en el pueblo e invierno en Extremadura, que emprendía el camino, con la escusa por delante, en cuanto las primeras nieves pintaban de blanco los picachos de la sierra. A pie, como se viajaba entonces; acompañado de otros pastores en su misma situación, durmiendo al amparo de las paredes y rezando para que el tiempo les diera una semana de respiro hasta llegar a la dehesa. 

El abuelo Goyo, que disfrutaba de una numerosa descendencia de hijas, seis, solía llevarse con él a una de las más jóvenes. La muchacha viajaba por otros medios. En los coches de línea hasta Béjar y luego en el tren; y si había que dormir en el camino, se buscaba alguna casa conocida y allí se quedaba. En la finca, sus ocupaciones serían las propias de las mujeres de entonces: la comida, la ropa y el cuidado y limpieza del pobre chozo. No se aburría porque era joven y siempre encontraba algo que agradecer a la vida. Unas veces eran los jornales que solían salir cuando apuntaba la primavera, sembrando garbanzos o escardando el trigo, que en aquellos menesteres las mozas serranas eran expertas; otras era el propio devenir de la finca, como el día en que Agustín quiso comprobar de manera práctica el funcionamiento de uno de aquellos acordeones que repetían su canción sólo con empujar las tapas que albergaban el fuelle. Y no se le ocurrió otra cosa que pinchar el cartón para ver lo que había dentro, con lo que descubrió el mecanismo, pero acabó con la música.

La dehesa era como un pequeño mundo, una aldea global. Un grupo de gente que no tenía más remedio que relacionarse, que no podía vivir en soledad porque dependían unos de otros. Aunque se llevaran como el perro y el gato, aunque discutieran por nimiedades, como Agustín y Constantino, que aún siendo ambos de La Zarza, andaban siempre tirándose los trastos por los careos. Por si uno estaba pegado a la carretera o a la hoja, por si era más o menos abundante o por si el ganado se guardaba mejor o peor…
Dependían unos de otros como dependían del ciego los mozos del cuento El ciego de La Vega, de Julio Llamazares, quizá el escritor que más y mejor se ha ocupado de la vida rural en los últimos años; y, sobre todo, del cambio que se ha producido en los pueblos de Castilla a raíz de la emigración masiva de los años sesenta. Escribe julio Llamazares que el ciego de La Vega en su juventud, cuando se iba de fiesta con los jóvenes del pueblo a alguna localidad vecina, a media tarde, por caminos de pastores y trochas fragosas, para no quedarse rezagado, se agarraba a los mozos que le acompañaban. Pero cuando regresaban de madrugada, si la noche era oscura, eran los mozos los que se agarraban a él. Porque a él le daba igual que hubiera luz o no. 
En la dehesa había tres mocitas, pero sólo la serrana sabía leer, por lo que las otras dos pronto le pidieron que les leyera las cartas que recibían de sus novios que venían de lejos, de la misma África, lugar remotísimo y misterioso donde servían a la patria. Y luego, que escribiera las respuestas; porque no tenían más remedio que confiar la intimidad de sus sentimientos a la única que podía interpretar lo que decían las misivas, .
El hecho de que la mocita pudiera interpretar los símbolos de un papel les parecía maravilloso, casi mágico; tan mágico como que aquel sobre hubiera podido recorrer un camino tan largo sin extraviarse y hubiera pasado por tantas manos hasta llegar a las suyas. A las frágiles manos de aquella joven que leía con voz chispeante, a veces entrecortada porque la caligrafía de los escribientes requería de cierto sosiego. La moza serrana hubiera preferido leer y escribir sólo buenas noticias, pero garabateaba lo que le dictaban, y, aunque no conocía a los destinatarios ni era probable que llegaran antes de que ella se fuera, siempre añadía de su cosecha: “recuerdos de la que escribe”. Y cuando leía la respuesta, siempre encontraba escrito: "recuerdos para la que lee".
 Y en ese acto de contar que había llegado la primavera, que habían vendido los borregos o que habían ido a Coria, a la feria o el incidente del acordeón, encontraba la mujer la misma razón para vivir allí que en el hecho de hacer la comida o de lavar la ropa.

jueves, 1 de septiembre de 2016

SORDOS


 Había una vez en un pueblo muy pequeño una familia compuesta por cuatro miembros: el padre, la madre, un hijo y una hija, todos afectados de una gran sordera. La familia no andaba bien de dinero y tenía alguna deuda que no podía pagar. 

Un buen día, cuando el hombre de la casa estaba en el corral cortando leña, pasó por allí un vecino al que le debían dinero.
—Buenos días—, dijo el vecino.
— ¿Quéee…? ¿Que te dé el dinero? Pues si me demandas, demándame, pero yo ahora no lo tengo—. Y se metió para casa y le dijo a la mujer, que estaba en la cocina, porque las mujeres de aquel pueblo se pasaban mucho tiempo en la cocina:
—Mira, mujer. Ha pasado por la puerta del corral el del dinero y me ha dicho que si no se lo devuelvo, que me demanda y yo le he dicho que me demande si quiere que yo ahora no tengo el dinero.
— ¿Quéee…? ¿Qué has traído un carnero? Pues si está gordo, tráele pa dentro, que le matemos—. Y llamó a la hija que estaba en la sala haciendo la cama.
—Mira, hija. Ha venio padre y ha traído un carnero y yo le he dicho que si está gordo, que le meta pa dentro, que le matemos.
—¿Quéee…? ¿Qué hay un mozo a la puerta? Pues si es alto y guapo y buen mozo, que pase, que me caso con él—. Y salió a buscar al hermano que estaba en el sobrao preparando un costal de trigo para llevarlo al molino.
—Mira, hermano. Ha venío madre y me ha dicho que hay un mozo a la puerta y yo le he dicho que si es alto y guapo y buen mozo, que pase, que me caso con él.
Del museo etnográfico de Castilla y León, en la ciudad de Zamora.
— ¿Quéee…? ¿Qué me estáis haciendo unos pantalones? Pues na más que miréis por estos—. Y bajó a decirle a la madre:
—Madre, que me ha dicho mi hermana que me estáis haciendo unos pantalones. Y yo le he dicho que na más que miréis por estos.
— ¿Quéee…? ¿Que está tu padre a por vino? Pues a mí me da igual que sea blanco que tinto, que yo todo me lo jinco.

           Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
NOTA: Cortesía de mi tía Juana, que se sabe unos cuentos maravillosos.

jueves, 7 de julio de 2016

VIVOS Y MUERTOS




Esto era una vez un pueblo muy pequeño situado cerca de los picos de Gredos. El pueblo no era muy rico, pero todos podían vivir en él porque todos tenían algún huerto en el que sembrar las patatas, las alubias y algo de trigo y centeno en las tierras altas; y todos tenían sus gallinitas, hacían su matanza y tenían una o dos cabrillas que les proporcionaban leche casi todo el año. Muchos poseían una o dos vacas con cuya leche hacían un queso que era la envidia de los otros pueblos. Así que los habitantes de aquel lugar, aunque no eran ricos, no pasaban hambre.
     Como entonces no había asilos ni eso que ahora llaman pomposamente residencias de la tercera edad, era costumbre en el pueblo que los hijos cuidaran de los padres cuando ya no podían valerse. Y si no había hijos, eran los sobrinos los que se hacían cargo de los ancianos a cambio de quedarse con la hacienda, con lo que sólo heredaban los que decidían atender a los viejos. Esta práctica ocasionó más de un problema entre los familiares porque siempre había alguno que se echaba para atrás a la hora de custodiar al tío o a la tía pero que, luego, quería entrar en parte como uno más de los que los habían cuidado.

                Las casas del pueblo no eran muy grandes; muchas no tenían más que el mediocasa, la cocina y la sala, amén del sobrao y de un cuarto para la chiche, por lo que las familias no tenían más remedio que poner las camas de los viejos en los sitios más insólitos, como pasó con el hombre de nuestro cuento, el tío Sinforoso, más conocido por tio Sinfo.
                El tío Sinfo había vivido en feliz matrimonio con la tía Erundina, sin que el cariño que se dedicaron en vida el uno al otro se hubiera visto bendecido con hijos. Cuando murió la mujer, el tío Sinfo decidió aguantar en su casa todo lo que fuera posible. Y así lo hizo hasta que no tuvo más remedio que entregarse al cuidado de los sobrinos que buenamente quisieron hacerse cargo de él. Y de esa manera fue rodando mes a mes de casa de una sobrina a otra, comiendo lo que le daban y durmiendo donde le ponían la cama. La muerte le llegó en casa de la Juliana, que no había tenido más remedio que poner la cama en el mediocasa, algo metida debajo del hueco de la escalera porque las dos alcobas que tenía la casa estaban ocupadas ambas: una por le matrimonia y la otra por las dos hijas.

                Era costumbre en el pueblo que, cuando fallecía alguien, las vecinas se hicieran presentes en la casa del finado para ayudar en lo que hiciera falta. Y muchas veces, más que la ayuda, era una curiosidad malsana y el deseo de ver qué apaños tenía la familia, lo que hacía que algunas intentaran llegar de las primeras. Otras veces, lo que les metía prisa era la parentela, aunque fuera de tercer o cuarto orden, como en  el caso de la tía Daniela, que en cuanto oyó a su vecina Isabel comentar a la puerta que había muerto el tío Sinfo, dejó lo que estaba haciendo y se presentó en casa de la Juliana.
                Nada más entrar, vio el cadáver sobre la cama, en el mediocasa y un mohín de desagrado se dibujó en su cara. Sin más llamó a la pariente y le dijo:

—Tendríais que quitarlo de aquí y llevarlo a la sala.
La reacción de una de las hijas de la prima fue fulminante:

—A la sala no, que tenemos allí la longaniza.
—Pues si tenéis allí la longaniza, que la tengáis, que este ya no se la va a comer.

                Y colorín colorado, este cuento no es más largo.

sábado, 20 de diciembre de 2014

¿Y SI...?



Subió como un gato y cayó como un fardo. Y allí se quedó, tendido en el suelo, de cualquier manera, medio inconsciente o inconsciente entero, porque la verdad es que ninguno de los muchachos se acercó a comprobarlo. Fue verlo llegar al suelo y huir del huerto como si hubieran visto un fantasma. Sólo él, no sabía muy bien por qué, volvió para esperar lo que tuviera que venir.

Arsenio y los otros forman una pandilla alegre de niños del campo que apenas han salido del pueblo. Muchos ni siquiera han visto el tren, ni el cine y, cuando llega algún coche a la aldea, tardan en acercarse a él por si acaso. Por si acaso en el vehículo vienen los tíos de la sangre o el hombre del sebo o cualquier otro sujeto portador de esos males que tan interiorizados tienen desde siempre, después de muchas veladas al amor de la lumbre.

Ahora, él está allí, al lado del otro, escuchando sus gemidos y esperando a que llegue alguien, suponiendo que los que han huido como ratas habrán avisado ya en el pueblo, que no está lejos. Aunque no tiene sangre ni heridas aparentes, no se atreve a levantarlo, no vaya a empeorar la situación, así que le coge una mano y se sienta lo más cerca que puede mientras su mente va una y otra vez a los hechos con tal obstinación que al mismo niño le sorprende.

El juego del ¿Y si...? tenía ya bastantes años. Se lo había enseñado un maestro que ya no estaba en el pueblo -en aquel pueblo, los maestros duraban poco-  y les había dicho que se trataba de un juego para soñar. Y, para aquellos niños, soñar era muy fácil, y muy necesario. El maestro lo llamó el juego del “Qué pasaría si...”. ¿Qué pasaría si el sol no saliera mañana? ¿Qué pasaría si pudiéramos volar como los pájaros? ¿Qué pasaría si fuéramos inmortales? Los niños respondían a estas iniciativas del maestro mientras estaban con él, pero cuando abandonaban la escuela, sus inquietudes eran otras, más propias de la edad. Y pronto el juego, por ese afán simplificador que tienen los niños, fue, solamente el ¿Y si...?

Muchas veces jugaban al ¿Y si…?,  que siempre empezaba bien, pero que solía terminar mal. Uno cualquiera decía ¿Y si…? y a partir de ahí la imaginación se desbordaba y eran capaces de construir unas historias que, de haber sido escuchadas por alguien con iniciativa literaria, podrían haberse convertido en algo más que en un juego de niños.

            ¿Y si pudieran ver lo que hacían el maestro y la maestra, que paseaban todas las tardes carretera arriba hasta la ermita y luego desaparecían un rato en un currucho de piedras que nunca había estado allí, pero que nadie tiraba?

-¿Y si los pillara El Alcalde metiéndose mano?- decía uno.

-Pues seguro que los echaban, porque los maestros tienen que dar ejemplo.

-Pues no, porque ellos también tienen derecho a hacer lo que hacen los mozos y las mozas en la Rebolla-, rebatía otro.

-Sí, sobre todo lo que hace tu hermana-.

- ¿Y si te doy una hostia?-

Y allí se terminaba el juego.

-¿Y si vamos a la casa del cura y tiramos piedras a la ventana hasta que se levante y así vemos si lleva camisón o duerme en calzoncillos?

-¿Y si nos montamos en el tinao de tio Fulano que ha venido hoy de Extremadura y vemos lo qué hace con la mujer cuando se acuesten?

-No.  Ahí, no, que es mi tío.

Y siempre había algún tío, o primo o vecino o familiar, de manera que casi nunca pasaban de las palabras a los hechos.

            En primavera, cuando los días se alargan y los pájaros anidan en los álamos y los espinos, buscar nidos y robar los huevos es casi una obligación, sobre todo porque la Hermandad de Agricultores los paga a perra chica e, incluso, a perra gorda dependiendo de qué pájaro sean.

-¿Y si vamos a Los Collaos, que hay muchos de chova?

-¿Y si decimos a tu prima que suba y la vemos el culo?

-¿Y si te suelto una hostia?

            Hoy han salido de la escuela como siempre, corriendo como alma que lleva el diablo hacia el roble de Los Malagones que tiene en una rama no muy alta un nido de graja. Y ya se sabe que estas aves son como las gallinas, que si no las quitas el nidal, siguen poniendo como si no pasara nada. Han llegado al árbol y han echado a suertes. Arsenio ha sacado la paja más corta y, sin decir palabra, ha empezado a subir con cierta sonrisa de suficiencia, como si en lugar de perder, hubiera ganado. La verdad es que pocos en el grupo trepan como él. Sube como los monos, -dicen, aunque ellos no han visto subir a ninguno-, balanceándose y cambiándose de rama sin vacilar, como si estuviera en el suelo jugando al avión o sorteando charcos. Pero, cuando ha metido la mano en el nido, no se sabe qué habrá tocado o qué habrá visto, porque ha dado un grito, se ha soltado de las dos manos y ha caído como caen los pájaros cuando los aciertas con el canto en la cabeza.

            Y, de repente, se le ha ocurrido. ¿Y si…? ¿Y si Alejandro se levantara y echara a correr como tantas veces, diciéndole que está bien, que sólo ha querido darles un susto? ¿Y si…? ¿Y si…?

            Y sin pensarlo más, se arrima a la oreja, le coge las dos manos y con toda la fe de la que es capaz recita: “Y si…, y si…”, deseando con todas sus fuerzas, con toda la fe de un niño asustado,  que esta vez el juego no acabe mal.

sábado, 4 de octubre de 2014

MIGAS CANAS



Había una vez un pueblo que desde los lejanos tiempos de Maricastaña tenía la sana costumbre de cuidar de sus ancianos. Estaba el pueblo de nuestro cuento tendido en la solana de una sierra, a media ladera, y disfrutaba de unos inviernos fríos y de unos veranos primaverales. Los más cursis solían decir que el verano en aquel remoto lugar era primavera eterna. Las casas eran de piedra gris, los tejados rojos y las calles de tierra. Un aire saludable secaba las cosechas a su tiempo y maduraba lentamente los frutos de los huertos, que se ponían en sazón siempre un poquito después que los del valle.
            A las gentes del pueblo de nuestro cuento les gustaba el lenguaje directo y por eso no decían bobadas como que los ancianos pertenecen a la tercera edad o que alcanzan la edad dorada; ni siquiera los llamaban mayores. En nuestro pueblo, los ancianos eran sencillamente viejos y no por eso, menos queridos. Y como las conocidas ahora como residencias de mayores se llamaban entonces asilos y esta palabra les producía un cierto repelús solo con pensarla, cuando los más viejos no podían vivir solos, sencillamente, se hacían cargo de ellos sus familiares más cercanos, quienes se repartían el tiempo sin mayores inconvenientes.
            No se sabe muy bien si era por el aire limpio, por el sol o por la tranquilidad del sitio y la buena armonía que reinaba entre los parientes y vecinos, pero lo cierto es que los hombres y mujeres del pueblo de nuestro cuento eran muy longevos. Vivían tanto tiempo que, a veces, se confundían con las piedras y los robles centenarios. Se los podía ver aparecer por cualquier bocacalle caminando encorvados, pero felices, mostrando en sus caras cubiertas de mil arrugas una expresión dulce, indicadora de la paz y el sosiego que anidaba en sus mentes. No sabían qué era el estrés y su cuerpo sólo liberaba cortisol en muy contadas ocasiones: cuando la tormenta arruinaba el trigo, cuando el tiempo les impedía recoger las cosechas mimadas todo el año, cuando se ahorraba la vaca o cuando alguna desgracia se cebaba con la familia… E, incluso, aceptaban con noble resignación esos golpes duros de la vida. Dios lo ha querido, decían.
            En el pueblo vivían también numerosos animales, que moraban en armonía con las gentes, como si formaran parte de la familia. Y en este pueblo habitaba también la tía Vicenta.
            La tía Vicenta era una viejecita entrañable, pequeña y dulce que no tenía hijos. Había vivido sola en su casa desde que, hacía ya muchos años, su marido había pasado a mejor vida, como se decía entonces. Pero cuando sus ojos perdieron visión y sus oídos dejaron de percibir los cantos de los gurriatos y los kikirikís del gallo, cuando el reúma le impidió levantarse algunos días… Entonces supo que había llegado el momento de ponerse en manos de las dos sobrinas.
Como os he contado antes, existía en el pueblo de nuestro cuento una especie de acuerdo tácito sobre el cuidado de los ancianos, que eran muchos: los hijos cuidaban a los padres y, si no había hijos, eran los sobrinos los que atendían a los tíos, en algunas ocasiones con la gola de quedarse con la hacienda y con el poco dinerillo que tuvieran. Y la tía Vicenta, dinero no es que tuviera mucho, pero sí tenía un buen capital.

            Las dos sobrinas iban a la casa de la anciana por riguroso turno; un día una y otro, la otra. La trataban bien, aunque sin entusiasmo; con el cariño escaso y las palabras justas. Que no faltara nada de lo imprescindible, pero que no sobrara nada, tampoco. La aseaban, la sacaban al resolano, encendían la lumbre y la sentaban en el escaño, pero no le daban conversación ni la peinaban con mimo como ella había hecho con su madre ni le tocaban la cara ni la miraban con ternura. Las mujeres la daban de comer y la cuidaban con tan poco amor que la anciana sospechaba que lo que deseaban de verdad era que se muriera pronto para acceder a la herencia y quitarse la rutina del cuidado un día sí y otro no. Lo sospechaba porque veía en las sobrinas una actitud desapegada y premiosa, amén de algún que otro comentario furtivo.
A la anciana le encantaban las migas cocinadas con aceite y caladas en leche que las sobrinas le traían para cenar y que le servían también para desayunar si no las terminaba por la noche. No se las traían siempre y, a veces se pasaban varios días sin que las probara. La mujer se quejó a una vecina, tan vieja como ella, en una de aquellas tardes invernales, sentadas al solecillo débil, bajo el murmullo armonioso de las canales que conducían al suelo la nieve derretida en los tejados. “Anda, pues dilas que no te gustan, a ver qué pasa, que eso hice yo con la mi nuera y me dio buen resultao”. Y así fue. La tía Vicenta, viendo que pasaban los días  y que las migas no venían, comentó: “Pues me encuentro yo mejor desde que no me traéis las migas canas con aceite”.  Y, qué casualidad, al día siguiente hubo migas para comer. Y la anciana, elevando un poquito la voz, dijo: “A mí no me deis migas canas con aceite, que me dais la muerte”. Y lo repitió un par de veces. Fue mano de santo, porque desde aquel día, nunca faltaron las migas en la cena de la anciana. Y, si se las comía todas por la noche, cualquiera de las sobrinas, venía por la mañana, antes de pintar el sol y dejaba en la lancha de la cocina una cazuela con migas canas recién cocinadas.
Y esto os enseñará, queridos niños, que en el pueblo de nuestro cuento, manejaban ya la psicología inversa antes de que sus habitantes conocieran siquiera la existencia de tal palabra.
Y colorín colorado, este cuento escrito con mucho amor se ha terminado.
RHM
Junio2014

martes, 27 de mayo de 2014

EL CASILLO



Llevaba ya muchos años oyendo a la madre despotricar de los vecinos, siempre la misma cantinela: que si entraban por la noche en el casillo, que si ordeñaban la cabra, que si cerraban allí las gallinas que estaban malas. Y, de tanto oírla, ella misma llegó a creérselo. No tenía ninguna prueba, pero la misma actitud de los vecinos confirmaba sus sospechas: apenas la hablaban cuando iba a cerrar la cabra por la noche y, cuando se alejaba, cuchicheaban mirándola. Por eso decidió comprar el candado.
            Ya se sabe que en muchos pueblos de Castilla el femenino no indica sólo el género, sino que es también un  aumentativo. En nuestro pueblo, una huerta es más grande que un huerto, un ventano es siempre más pequeño que una ventana y una casilla es mayor que un casillo. Un casillo es un cuchitril, generalmente de una sola planta, donde apenas cabe una cabra, un chivo o un cerdo y un puñado de leña para encender. Eso sí, tiene que estar cerca de casa, porque al guarro hay que cuidarle tres veces al día y ver si come, que luego se tuerce y no engorda y llega a la matanza sin el peso conveniente y ya se sabe lo largo que es el invierno y los torreznos que hay que echar. Además, no es cuestión de tener que ir al otro lado del pueblo para sacar una gota de leche para las sopas o para traer un escobón para encender la lumbre por la mañana.
            Los del Catastro, con esa clarividencia semántica que caracteriza a ciertos Organismos, llaman almacenes a los casillos. Categoría: almacén, escriben pomposamente en los recibos de contribución. Y cuando algún probo funcionario viene al pueblo preguntando de quién es tal almacén, los lugareños se hacen los suecos. Almacén, ¿qué almacén? Casillo, o chivero, o cochiquera, querrá usté decir. Y se giran, desdeñosos, sin contestar a la pregunta, celosos de sus conocimientos, seguros de que alguien que no sabe qué es un casillo, no puede traer nada buen o al pueblo.
            Así que la vecina fue a El Barco y compró un candado enorme y, bien provista de un martillo, clavó en los postes de roble que rodeaban la puerta dos enormes grapas de las que se usan para sujetar el alambre de espino en los cerramientos de los prados y atrancó la puerta y echó el candado. Y, cuando pasó por delante de los vecinos, que estaban como siempre sentados en el poyo de la casa hablando bajito, seguramente de ella, dijo bien alto que esa noche sí que iba a dormir tranquila. Y bien tranquila, repitió. Y se alejó con mucho cogote, contoneándose como un general victorioso, para que los vecinos se enteraran de quién era ella. Que no se parecía en nada a su madre, que llevaba toda la vida quejándose sin hacer nada.
            Y cuando oscureció del todo y la calleja se convirtió en un agujero negro, el vecino, que nunca había entrado en el casillo ni había metido allí su cabra ni sus gallinas, cogió unas tenazas y, sigilosamente, sin hacer ruido, se acercó a la puerta, arrancó los cáncamos, quitó el candado y lo arrojó al tejado.
            Y la vecina durmió tranquila.
RHM