jueves, 7 de julio de 2011

MOLINO







Hoy Braulio está de cabrero. Le tocan las cabras: ya se sabe, uno del barrio arriba con uno del barrio abajo; con él está el muchacho chico de Gregorio y, la verdad, desde que han salido del pueblo, Braulio casi ni le ha visto. El mocete trae una perrilla negra, bastante nueva, que anda como loca husmeando los rastros de los conejos, con el muchacho detrás, a su bola, como dicen los sobrinos. Así que Braulio está en los Rosalejos, sentado sobre una piedra de granito, dura como el acero, recostado sobre el morral, los ojos entrecerrados, el cigarro en la boca y el oído atento a los changarros de las cabras que ramonean entre los rebollos y los calabones.
Anda Braulio dándole vueltas a la vida. Anida hoy en su cabeza un cierto poso de tristeza; mira al otro lado y sólo ve la carretera vacía, detrás de las encinas, allí donde se mató el cartero, que bien que lo vio él aquel día de marzo, que estaba como hoy en el Castrejón, con los chotos, y desde los regajos Grandes estuvo un buen rato viendo el coche blanco, un seiscientos dicen que era, medio tumbado sobre la cuneta, inmóvil. Y Braulio pensando que dónde andaría el chófer, sin saber que el hombre estaba ya muerto, atrapado entre la puerta y el suelo. Nadie sabe cómo va a acabar. Por eso le jode que el muchachete ande perdido con la perra. Porque hoy, no sabe bien el porqué, necesita compañía. Y bien dispuesto que venía él desde que supo que tendría tal compañero. Dispuesto a enseñarle las cruces de piedra que marcan las lindes con lo de la Angostura, una cuestión de necesidad, porque el día que falten los viejos no se sabe qué pasará con las lindes y los linderos.
Braulio se levanta con cierta dificultad y comienza a bajar hacia las cercas del tío Cabecilla. No quiere que se metan las cabras, que estos de la Aliseda son como son. Busca la vereda del Portechuelo y allí se encuentra con Carolo. Viene el molinero con dos bestias: una mula chiquita y regordeta y la yegua, también negra, que le compró a Alfonso, a Alifonso, como dice Carolo. Lo hicimos en un momento, en el arroyo Caliente. Véndeme la yegua, cuánto me das, mil pesetas y tuya es la yegua. Así, todo de un tirón y Alfonso que se baja y se monta en la otra y Carolo que se lleva la negra. Trae dos costales de trigo, de harina más bien, que lleva al pueblo para que las mujeres amasen el pan. Se despiden y Braulio no puede menos que pensar en el molino, un viejo caserón situado en la margen derecha del río. Braulio recuerda que el padre del hombre que camina detrás de la mula regentó el molino hasta que la mala suerte le mató enganchándole en una de las correas que mueven el cedazo. Braulio ha ido muchas veces a moler. Por eso ama todo lo que tenga que ver con el molino: la tolva, las piedras, las correas, el agua… Incluso las telarañas empolvadas de harina que cuelgan de las vigas del techo como blancos fantasmas le parecen familiares, como de casa. Todos los ruidos le son conocidos: la caída del agua, el traqueteo de la madera de la tolva, el runrún de la piedra enorme cuyo movimiento tanto le cuesta imaginar… Todos conforman una música armoniosa que invita al sueño. Y más de una vez, Braulio se ha quedado dormido plácidamente sobre las piedras limpias de musgo de la entrada, a la sombra de los alisos, hasta que el molinero ha venido a despertarle. Despierta hostias, que estos de Horcajo no pensáis más que en dormir. Y Carolo le lleva hasta un arca enorme donde cae la harina y Braulio la coge y la frota suavemente entre los dedos calculando su textura y le dice al molinero que le cobre la cueza, pero este responde que se la ha cobrado ya y Braulio pone cara de circunstancias y meten la harina en el costal y cargan el burro y Braulio se despide e inicia el camino de regreso.
Braulio imagina ahora al molinero descargando los costales de harina y cargando otros de grano en cualquiera de las casas del pueblo, aunque no esté el ama, como dirá él, porque Leandro tiene esa confianza que dan los años y que le permite subir al sobrado y coger el grano. Cualquier casa antes que volver de vacío. Y así, andando y pensando - pan y agua, pan y vida-, el hombre, siempre detrás del rebaño, cruza la Quebrá y llega a la fuente de la Joya, se sienta, coloca el morral de cabecera y se tumba en el regajo, esperando que aparezca el muchacho, si es que aparece. Y aparece, pero solo, sin la perrucha y cuenta que el animal se ha metido en una cueva, debajo de un canchal, detrás de la Balsa, cerca de la pilas, persiguiendo un bicho, el muchacho no sabe qué es, y que no sale y que su padre le va a matar. Y Braulio, que pensaba explicarle las hermosas vistas del Circo de Gredos, ni siquiera lo intenta, porque se ve que el mozalbete no está para turismos. Así que se sienta, abre el morral y saca la merienda. Y antes de que desate la servilleta, llega la perra, jadeante y sudorosa, con la lengua fuera y un arañazo en una oreja. El muchacho la abraza como si fuera una novia y el bicho le lame las manos y la cara, lo que a Braulio no le hace ninguna gracia, porque los perros son perros. Y, entonces, sí. El muchacho, con la alegría pintada en los ojos, le dice:
- Ande, tío Braulio, cuénteme lo de los novios de tía Jeroma.
Pero el hombre, por eso de mantener la autoridad, le pide que vaya a volver las cabras, que van llegando al cancho de la Mula, en la linde de lo de Navasequilla.
- Que ya sabes que esos tienen malas pulgas.
El muchacho no le oye, porque, con la fuerza de los pocos años, corre como un gamo, monte arriba, seguido del perro. Y, antes de que lleguen, las cabras, como si una fuerza invisible se lo ordenara, rodean la cabeza y enfilan hacia la cumbre del Sillar. Braulio tiende la vista sobre el rebaño extenso, escucha las esquilas armoniosas y siente cómo una sensación de paz le recorre la espalda, como si el mundo se acabara aquí, entre los peñascos del Castrejón.
RHM.
Julio 2011

lunes, 30 de mayo de 2011

TRILLO





En agosto el amarillo lo invade todo. Amarillo de trigo, de campo, de sol. Amarillo en los sombreros de paja de los hombres y en las gorras primorosas de las mujeres. Todos los quehaceres de este mes conducen a la era, como las gargantas de la sierra conducen al río. La era es el río y la mies recogida es la paz. Casi un año entero cuidando el grano, mimándolo, esperando y rezando para que todo llegue a buen puerto, para que por fin se vea en los costales. Ya hemos recogido el pan, dicen las mujeres con alivio, con el mismo tono con el que afirman que la Cordera ha parido con bien, que han vendido la lana o que el muchacho ha venido de la mili.
Hasta que llegan las vacas, en la era todo es quietud y sosiego; todo parece estar en orden: la parva tendida desde el día anterior, los yugos preparados, los trilladores expectantes… Pero con los animales, todo se torna actividad frenética: la calma y el silencio de la mañana se ven repentinamente rotos por las yuntas de vacas que entran en la parva al asalto, como caballos desbocados; por los burros, ingobernables y estúpidos, que no encuentran el camino, como si la era se les quedara pequeña; por las voces y los trillos que se arrollan; por las montañas de paja, como olas gigantescas en las que los trillos podrían ser tablas de surf, si los niños supieran qué es eso.
A mediodía se para todo. Las vacas se quedan quietas, rumiando tranquilas como si ninguna cosa pudiera alterarlas. A los burros se los desengancha del trillo, se los lleva a beber agua y se les permite comer un poco de la misma parva, con sumo cuidado, el grano justo, porque el torzón es traicionero y puede matar al bicho más fuerte. Los hombres y mujeres, provistos de enormes horcas de hierro, dan la vuelta a la mies entre nubes de tamo, abriendo una zanja enorme, como una trinchera. Los niños aprovechan para los primeros juegos a la sombra de los robles, esperando impacientes el momento de la comida.
La tarde es otra cosa. Después de comer todo se ralentiza y en la parva sólo se oye el canto armonioso de la madre; el padre, tumbado a la sombra de los robles, intenta un breve sueño que le alivie del cansancio del día; los niños, desangelados y somnolientos, esperan cualquier cosa que altere el tedio de las horas: que llueva, que toquen las campanas, que se produzca un accidente o que el padre mande a alguno de ellos a llenar el botijo de barro a la fuente. No, a ese no le entrego yo el barril, dice la madre. Los buenos propósitos de la mañana han desaparecido. En las cabecitas de los niños comienzan a anidar ciertos agravios comparativos: que si a la hermana la han relevado varias veces, que si Fulano fue a dar agua a los burros, que si el primo fue el encargado de cortar una vara, que si yo, como voy a ir a llevar las vacas a la dehesa, tengo más derecho al descanso que ellos… A eso de las cinco, cuando cae el sol y en el suelo comienzan a dibujarse las primeras sombras oscuras, llegan las tías y la abuela. Los niños las han visto ya aparecer por la Portillera, limpias y sosegadas, totalmente vestidas de negro –sólo la gorra de paja pone una nota de color en su atuendo-, hablando entre ellas y sonriendo, caminando despacio, como si no tuvieran ninguna prisa o quisieran retrasar el barullo que su entrada produce en la era. ¡A mí, abuela, a mí. Relévame! ¡A él no, que hace un rato ha ido a beber agua; a mí, que no me han relevado en todo el día! Pobrecito mío, comenta la abuela con una sonrisa pícara. Y los gritos se transforman en voces y las voces en llanto y pronto toda la era es un griterío infernal donde sólo los animales mantienen la calma, como si esa algarabía escandalosa no fuera con ellos. Y entonces, sobre el cri-cri de las cigarras y el alboroto de los niños se oye la voz del padre, alta, grave. ¡A que me quito el cinto! Y por un momento se hace el silencio, pero enseguida se reanudan las voces porque los niños saben que no se va a quitar el cinto y que si lo hiciera, los cuerpos de las mujeres se interpondrían entre ellos y el hombre. Y él también lo sabe, por lo que, refunfuñando algo sobre trillar con niños, coge un puñado de baleos y se dispone a hacer una escoba, desentendiéndose inteligentemente del escándalo que forman las mujeres y los niños. Luego, todo se calma, los chiquillos están en la sombra, tumbados sobre los aparejos de los animales, y en la parva sólo se oyen los cantos cadenciosos de las mujeres y, de vez en cuando, alguna risa satisfecha. La calma ha vuelto y ya sólo queda esperar la hora de la suelta.
RHM. Mayo 2011.

lunes, 9 de mayo de 2011

YUGO







Braulio lleva ya un buen rato sentado a la sombra de un roble fumando un cigarro de picadura que ha liado con el ritual de siempre: el tabaco justo en la palma de la mano, el papel entre los dedos anular y meñique, el examen minucioso del montoncillo para quitarle las estacas, el depósito del tabaco en el papel, el giro suave con los dedos, la lengua que humedece la cola y el cigarro que surge, redondo y grueso, algo excesivo, quizá. El chisquero, la piedra y los golpes contundentes con el canto de la mano derecha sobre la rueda, y la chispa que enciende la mecha, la aplicación al extremo del cilindro y la primera chupada, larga, profunda y el humo que se recorta contra el azul del cielo de agosto. Braulio no tiene más vicio que el del tabaco, y ni siquiera sabe que es un vicio. Fuma porque los hombres fuman y porque ya es un hábito colocarse el cigarro entre los labios y esperar, entre chupadas y nubes de humo, a que se vaya consumiendo. Ningún médico le ha dicho que deje de fumar; es más, con D. José se echa sus buenos cigarros cuando coinciden en los caminos porque el médico también es aficionado. Sólo una cosa preocupa a Braulio con esto del tabaco: los fuegos. Aún recuerda cuando Santiago, el Machorro, prendió la casilla por dejar un cigarro encendido a la puerta del pajar, encima de una piedra del machón. Se le olvidó, y se enteró cuando le despertaron las campanas tocando a fuego, de madrugada. La cosa terminó con la casilla propia y la del Diola hechas escombros y con la vaca de Félix abrasada. El burro de Santiago, como estaba suelto, logró salir, pero la vaca, atada al pesebre por un grueso cornil, no. El pueblo reaccionó como en otras ocasiones, Braulio estuvo allí, firme en la fila que se formó desde el pilón hasta las cuadras, pasando los cubos de agua, y luego se acercó al fuego para ver al cura que se había quitado la sotana y que, sudoroso como un campesino, daba toda una lección de manejo del hacha en lo que quedaba del tejado. A Santiago aquello le costó la vida, porque desde el incendio no levantó cabeza y murió al poco tiempo. Por eso Braulio no fuma en la parva y tiene sumo cuidado cuando lo hace en el campo en el verano.
En estas reflexiones anda el hombre, medio adormilado, la gorra sobre los ojos entrecerrados por la claridad de la mañana de agosto, cuando el tropel de las vacas y el ruido frenético de los changarros le ponen en guardia. Braulio se levanta, coge el yugo, desata las coyundas, traspasa la puerta y se sitúa en medio de la carretera. Cuando llega la primera vaca, la llama por su nombre – ven, Morena, ven, entra- le coloca el yugo sobre la cabeza y, como quien sigue un ritual mil veces repetido, traba el engaño en el cuerno izquierdo mientras el sobrino, que ha traído el ganado de la dehesa, sujeta el otro extremo del yugo. Cuando termina, llama a la otra vaca, también por su nombre, - entra, Garbosa, entra-, la agarra suave pero firmemente, de los dos cuernos, y la lleva hasta donde espera la primera, el yugo sobre la cabeza, rumiando tranquila; repite todos los pasos anteriores, traba una fina soga de los cuernos y de la oreja derecha de los animales y con voz animosa conduce la yunta a la parva.
RHM. Abril 2011

lunes, 11 de abril de 2011

ERA


Salíamos del pueblo por la Portillera antes de amanecer y caminábamos deprisa, carretera arriba hasta el camino del cerro, empinado y lleno de piedras traicioneras. Subíamos jadeando, sorteando los barrancos y los cantos rodados, hasta el alto; luego, la bajada y el comentario invariable al pasar por la cruz cincelada en la roca - aquí mató una chispa a un hombre que venía en un caballo a ver la novia-. Lo sabíamos de sobra, desde siempre, pero había que decirlo, como si así exorcizáramos cualquier posibilidad de correr la misma suerte. Cruzábamos el pueblo de Navasequilla, aún dormido, bajo el brillo metálico de un cielo lleno de estrellas, apenas alguna sombra en las calles desiertas o en las eras solitarias y entrábamos en la dehesa por el Charcón, el chozo en lontananza y la cerca al fondo, las vacas echadas, rumiando tranquilas al son acompasado de los cencerros. Entrábamos rompiendo la quietud casi idílica de la aurora y, cada uno, buscábamos las nuestras, las que llevaríamos a la era para trillar, dos o tres yuntas - ahí hay una de tu tío Vicente-. Esa, no, que fue ayer- y las sacábamos del recinto para que comieran, todas juntas, mientras nosotros desatábamos el pobre hatillo, pan y chiche, y comíamos también, tumbados sobre la hierba fresca y mullida. Hacia las ocho y media, con el sol ya tendido en la finca, nos íbamos acercando a la puerta, las vacas delante y nosotros estratégicamente colocados detrás, los palos a punto y las voces encendidas, intimidatorias, porque las más viejas intuían ya que el buen trato de la mañana no era gratuito y en algún lugar de su cerebro debían representarse duras imágenes de un largo día enganchadas al yugo, tirando del trillo en una serie de giros interminables y monótonos. Y, de repente, una levantaba la cabeza y echaba a correr como loca, garganta arriba, el rabo levantado, sin volverse, con un solo objetivo: huir cuanto antes de la puerta fatídica porque, una vez fuera, la angostura de la calle impediría cualquier intento. Entonces estallaba la batalla: voces, gritos, insultos y la carrera de los más jóvenes detrás de la vaca díscola mientras los mayores se ocupaban de las otras. Al final, el encuentro irremediable, el palo en el morro o en los costillares, el grito de desahogo -qué te creías, puta-, el jadeo sudoroso y la satisfacción y el reconocimiento agradecido de los otros – pues hoy, si no llegas a venir tú, esta no sale-.

sábado, 26 de marzo de 2011

QUÉ SUEÑA MARCELINO



Hace unos días que unos alumnos de Marino le regalaron un buche precioso, redondo y peludo. El burrillo es pequeño, sumiso y alegre, hermoso como un diosecillo trotón. Se llama Marcelino y ha venido a romper el tedio rutinario del largo invierno serrano.


QUÉ SUEÑA MARCELINO




Desde que los vi entrar por el testero del prado supe que algo iba a cambiar en mi vida de burro en ciernes. Venían hablando ente ellos, riendo y fumando, señalándome con los garrotes. Eran tres mozos jóvenes y fuertes. Me cogieron en brazos y sin más explicaciones me sacaron del prado y me metieron en una especie de cajón enorme y con ruedas que iba enganchado a un coche de los que llaman todoterreno. El habitáculo tenía una ventana enrejada y por ella, bajo un cielo plomizo, vi cruzar campos yermos y árboles sin hojas. Circulamos un buen rato y, cuando nos detuvimos, los mismos brazos fuertes y vigorosos me bajaron del vehículo y, con mucho cuidado, con mimo, incluso, me metieron en un cercado enorme con muchos robles y poca hierba y me entregaron a otro hombre vestido de azul que, al principio, pareció sorprendido, aunque, por los gestos de asentimiento y las risas agradecidas, supuse que mi presencia no le desagradaba. No puedo decir, como el poeta, que entré en el prado con un trotecillo alegre, acariciando con mi hocico las suaves florecillas porque, ni había florecillas, ni mi ánimo era alegre. Entré más bien obnubilado y tristón, casi a punto de llorar y me acerqué a buscar el amparo de una potra oscura, de buena alzada y algo apática, que me recibió con la más absoluta indiferencia. Y aquí estamos ahora la yegua y yo, únicos habitantes del recinto, hermanados como si fuéramos familia de verdad: ella aparentemente fría, distante y altiva, y yo pequeño y chiquito, indefenso, buscando siempre la protección de la compañera, fuerte y poderosa, que, ahora sí, me acoge como a un hijo indefenso. Viendo pasar la vida y soñando… Soñando con campos amarillos de trigo, con mañanas cubiertas de rocío, con arroyos calientes y gargantas de aguas frías y cristalinas; soñando con rebuznos que rompen el silencio de la tarde, con pesebres repletos de pienso; con mozas en flor que cantan y aman. Soñando, en definitiva, con un tiempo pasado que no ha de volver.


RHM. marzo2011.

martes, 8 de marzo de 2011

SOPA CASTELLANA


Braulio es ante todo un hombre serio. Serio por dentro y por fuera. Grande, aunque no excesivamente, fuerte, de aspecto noble. Tiene una hermosa cabeza redonda y unas facciones armónicas y proporcionadas. La frente amplia y el pelo escaso; la nariz ancha y recta y la boca dura y firme, cerrada por unos labios finos y algo herméticos. Las orejas pequeñas y el mentón redondo le dan un aspecto de hombre campechano y prudente.
Y es que Braulio es campechano y es prudente, y, desde hace algún tiempo, algo contestatario y un poco burlón, socarrón, incluso. En los concejos Braulio no es de los que hablan sin ton ni son; suele colocarse al fondo, como si quisiera pasar desapercibido, aunque permanece atento y asiente o niega según convenga.
Es un hombre generoso, pero no tonto. Braulio es de los que entregan la petaca al compañero para echar un cigarro de picadura, pero, si el otro lo lía tan gordo que apenas le cabe en el papel, a Braulio no se le olvida y es capaz de no fumar en todo el día si se junta de nuevo con un sujeto así de aprovechado. Braulio ama el léxico sencillo y las frases directas. No es amigo de eufemismos y seguramente, desde donde esté ahora, andará partiéndose las muelas con ciertos usos del lenguaje, sobre todo del que emplean los políticos. A Braulio eso de ganar el futuro, construir las libertades, configurar las políticas y otras expresiones parecidas le produce una cierta sensación de vacío. Él es más partidario de los términos directos, de guiarse por los indicios de la naturaleza. Braulio sabe que si no cura las pezuñas de las ovejas, va a tener una cojera de tres pares de narices o que si pela antes de los últimos de mayo, muchas se van a morir de frío. Y eso por no hablar del tiempo. Braulio es capaz de saber la hora con sólo mirar al sol o de adivinar si va a nevar por el ruido del río o el color del cielo. En fin, en esto del lenguaje a Braulio le gusta la claridad. Aún se ríe cuando se acuerda de aquella vez, en la feria de Cáceres, cuando el amo invitó a comer a los pastores a un restaurante de postín, aún no sabe bien Braulio cómo pudo estar tan generoso. El caso es que en la carta se anunciaba, entre otros, como primer plato sopa castellana con pan de pueblo aderezada con hierbas salvajes. La pidió porque le recordaba a su tierra y también porque, aunque él no lo diga, es algo naturalista y etnógrafo, y esperó expectante. Cuando el camarero trajo la fuente, Braulio, que es de buen beber y mejor comer, no pudo reprimir el comentario:
- Joder, pero si esto son sopas de ajo.
Y desde aquel día supo Braulio que el tomillo y el romero son hierbas salvajes, por más que él las considere domesticadas desde hace mucho tiempo.

lunes, 21 de febrero de 2011

POLITICOS Y RETORTIJONES


Hoy Braulio anda algo malucho. Ayer subió con el ganado hasta la fuente del Arrecío y debió de abusar del agua porque ha pasado mala noche, en un ir y venir de la cama a la casilla, con el vientre como un acordeón. Esta mañana ha ido al médico y mientras esperaba, ha ojeado un periódico que había encima de una silla, en el consultorio. Se ha fijado en él más por cierta necesidad inconsciente que por otra cosa, porque ni de leer tiene ganas hoy Braulio, ocupado como anda con la música de las tripas. Sin embargo, algo le debe de haber llamado la atención porque ha cogido el papel y ha leído el titular: “Hay que pagar bien a los políticos para evitar la corrupción”. Y Braulio ha soltado el periódico encima de la silla como si fuera un bicho que estuviera a punto de picarle. Manda huevos, piensa el hombre entre retortijones. Que hay que pagarlos bien para que no metan la mano en el puchero, porque si cobran poco, pues, qué va a pasar… Y entonces, qué ocurre con los demás, conmigo mismo. Como ganamos la décima parte que ellos, una mierda, vamos, debemos ser todos unos corruptos de la leche. Tiene cojones la cosa. Y, achuchado por un dolorcillo en la parte baja del vientre, Braulio se ha levantado con cierto trabajo y ha empezado a caminar hacia su casa. Eso sí, ha cogido el periódico por lo que pueda pasar en el camino.