martes, 15 de octubre de 2013

INVENTOS



Braulio no tiene más vicios que la radio y el tabaco, si es que al cigarro oscuro que cuelga permanentemente de la comisura de la boca  como si fuera un apéndice más de la cara, se le puede llamar vicio. Porque está más tiempo apagado que encendido e, incluso, se podría asegurar que está siempre apagado. La radio es otra cosa.
 Braulio cogió afición a la radio desde que, estando de zagal en La Herguijuela, participó como extra en la película “Historias de la radio”, que se rodó en aquel pueblo en su parte final, allá por el 55. Desde entonces ha seguido con interés la evolución de este medio, que, en su inicio, como refleja la película, se hacía en un teatro: el público ocupaba las butacas y los locutores, el escenario. Todo era en directo. Un enorme micrófono colgaba del techo y debajo de él se iba desarrollando toda una sesión de radio simple y auténtica. Luego evolucionó; empezó a llegar a todos los rincones y, cuando los políticos y otros poderes se dieron cuenta de las enormes posibilidades del invento, aquella manera de hacer radio desapareció para siempre. Surgieron las tertulias, y los contertulios, antes tan cuidadosos con la lengua, pasaron a ser tertulianos y empezaron a expresarse de una forma extraña, tan particular, que algún periodista como Antonio Burgos llama a esta manera de hablar El Tertulianés. Y a opinar de lo divino y lo humano, que parece mentira que tan poca gente pueda saber tanto de todo, que lo mismo pontifican sobre cuestiones relacionadas con la política, la educación, la sanidad o la economía que nos ilustran sobre la metamorfosis de la mariposa o la mejor forma de tocar las castañuelas.
En estos días dulces del otoño, Braulio se levanta, come algo, cuelga la radio en un clavo del machón de la puerta, saca la petaca y lía parsimoniosamente un cigarro gordo y extraño, más grueso en un extremo que en el otro, se lo pone en la boca y se sienta en el poyo, con la garrota entre las piernas y la mirada baja, como meditando, mientras el aparato, a todo volumen, va desgranando noticias y opiniones entreveradas de anuncios de productos que el viejo no conoce ni conocerá jamás. . La radio le hace compañía, a él y al barrio, porque, cuando los hombres se van a sus quehaceres después de atendido el ganado y la mañana se sosiega, la radio de Braulio se puede oír desde lejos. Y es que el viejo anda ya algo teniente y no oye todo lo que quisiera, aunque algunas veces se haga el sordo mucho más de lo que está.
            A Braulio le gusta la radio porque no le obliga a nada. Porque le permite hacer otras cosas. Porque la puede abandonar cuando quiera, incluso sin apagarla. Cuando algo le interesa, escucha y cuando el runrún le cansa, se evade y piensa en lo suyo y oye sin escuchar, como si el aparato fuera una piedra más de la pared y el sonido algo cotidiano que ya formara parte de la vida del viejo.
            ¡Qué tiempos estos! Las noticias se cuentan casi al mismo tiempo que se producen y las opiniones son tan dispares, tan contradictorias algunas, que parece que hubiera varios mundos diferentes. Y es que, sospecha Braulio, igual no hay muchos mundos distintos, pero sí bastantes maneras de entender y de situarse ante el único que existe.
            Qué tiempos estos en los que, aunque nadie entienda cómo ni por dónde puede llegar el sonido al aparato, todos dan por bueno que llegue, sin hacer preguntas, no vaya a ser que les pase como a tía Dolores, que llegó a creer que dentro del aparato había un hombre diminuto que veía y contaba lo que veía. Braulio recuerda el incidente como algo muy lejano, cuando El Coco trajo el primer aparato y lo puso en la cocina, enfrente de la ventana que comunicaba  con el mediocasa. Lo colocó en un hueco de la pared, y para evitar el humo y el polvo lo cubrió con una hermosa cortina llena de colorines y, cuando la mujer preguntó desde la puerta que qué era lo que sonaba y que cómo podía ser aquello, Félix, que era algo bromista, le dijo que había un hombrecillo dentro y que si quería verle, que viniera luego mañana que ahora no tenía tiempo, que tenía una vaca de parto y que no era cosa de que se malograra la cría por estarse con ella enseñándole cómo funcionaba el cacharro. Y se fue a avisar a Manolo, su compañero de fatigas en los días de nieve, y le contó lo de la mujer y entre los dos urdieron la broma que fue famosa en el pueblo y no tanto en Extremadura porque los pastores no consideraron conveniente contarla, no fueran a pensar los extremeños que en el pueblo estaban aún más atrasados que ellos.
            El caso fue que Manolo se escondió en la cocina y cuando Tía Dolores apareció por la puerta de entrada, El Coco la entretuvo en el mediocasa y Manolo, viendo por la ventana el atuendo que traía la mujer, bajó el volumen del aparato, engoló la voz todo lo que pudo y dijo algo parecido a esto: “Y en este instante entra en ca Félix una señora mayor, vestida enteramente de negro, con toquilla de lana y pañuelo de merino atado a la cabeza. Se llama Dolores y vamos a dedicarle una canción”. Y aprovechando que sonaba algo de música, subió el volumen y bajó la voz y una suave melodía inundó la casa. Pero la tía Dolores no se enteró de la música porque, en cuanto oyó su nombre y la descripción de su atuendo, dio media vuelta y salió de la casa como alma que lleva el diablo. Que no tenía ella ya edad para brujerías. Y no volvió a entrar en la casa de El Coco hasta mucho tiempo después. Y cuando no tenía más remedio que pasar por delante del corral, la tía Dolores se santiguaba discretamente. Por si acaso.
RHM. Octubre 2013.

martes, 10 de septiembre de 2013

LA PARTIDA






En ciertos pueblos de la raya entre Ávila y Salamanca es algo natural encontrar a las puertas de las casas en las cálidas tardes de primavera y otoño grupos de cinco o seis mujeres sentadas alrededor de una tosca mesa de madera, sobre duras banquetas de fabricación casera jugando al Tute o a la Brisca. En Horcajo, sin embargo, sólo juegan los hombres. Siempre al Cinco y siempre en la taberna. Y, eso sí, después de atalantado el ganado, no vaya a ser que les pase como a aquel de La Aliseda, que se puso a jugar a las cartas y tanto se embebió en la partida que se olvidó de ir a recoger las vacas y, cuando, avisado por la mujer –nada amorosamente, por cierto-, salió de la taberna, era ya noche cerrada, por lo que los pobres animales no tuvieron más remedio que dormir al raso en pleno enero.
            A Braulio siempre le ha llamado la atención este juego que se plantea como una batalla, tres contra tres o cuatro contra cuatro, en el que la inteligencia, la empatía, la chispa, la prudencia y cierta psicología de bar, además de ligar unas cartas regulares o, al menos, no mucho peores que las de los contrarios, son material suficiente para no arrimarse al mostrador al final del juego. También le gusta por la jerarquía que se establece entre los que integran el equipo: uno lleva la voz cantante y la mayoría obedece. Obedecen incluso los que habitualmente mandan. Será por la cuenta que los tiene. Porque alguien que controle lo que pasa en la mesa, que sea valiente sin pasarse y que se fije en ciertos detalles, además de tener alguna práctica y un elemental grado de sensatez, suele llevar a buen puerto la partida. Eso no quita para que alguno, díscolo por naturaleza, se pase de rosca y meta la pata.
            Todos comparten la bebida: se organiza la partida, se hace el sorteo, alguno arruga el hocico porque le ha tocado alguien de los de arriba, y se pide a Vitoriano que prepare un pienso compuesto, que no es otra cosa que una jarra de cerveza con gaseosa que periódicamente pasa de mano en mano y de boca en boca por riguroso orden de asiento. Otras veces se trata de vino duro y peleón que el tabarnero –nosotros le llamamos así- sube de Jerte o de Tornavacas a lomos del burro en los pellejos de cabra que aquí llaman colambres.
            Braulio, que es algo exquisito, aunque él no lo sepa, no juega con cualquiera. Huye de algunos jugadores como el diablo de la cruz. Porque sabe que cuando empieza a cocer el vino en la barriga, puede pasar cualquier cosa. Por eso procura jugar siempre que puede con gente de confianza, porque está firmemente convencido de que las cartas son para pasar un buen rato, aunque haya que pagar la jarra, no para disgustarse o llegar a algo peor.

A Braulio le llama bastante la atención el uso que los jugadores hacen de este bello don que es la palabra. Cuando no juega, se coloca detrás de la mesa, lo suficientemente cerca como para ver y, sobre todo, para oír. Si la cara es el espejo del alma, las expresiones de los jugadores revelan tan bien su interior, que basta con observarles un rato para saber cómo va el juego y, sobre todo, cómo les afecta cada jugada. Dime cómo hablas y te diré quién eres. Y las palabras reflejan tan bien la personalidad de cada uno, que Braulio, si fuera psicólogo, que no es el caso, podría hacer un retrato de los integrantes de la partida sin equivocarse mucho.  Las pullas, las invectivas, los comentarios irónicos, a veces críticos y escasamente ofensivos y, sobre todo, las respuestas, hacen que el tiempo pase sin que se den cuenta. Sólo en contadas ocasiones, las voces de los más exaltados, obligan a intervenir al tabernero, que suele andar en animada charla con algún otro cliente en el mostrador. A veces, incluso, la batalla se prolonga hasta el día siguiente, como ocurrió la otra mañana, cuando antes de pintar el sol, el Mediero, que iba a por una carga de centeno, se presentó en casa de Burdiel con burro y todo, y sin más  preámbulos golpeó en la puerta y le dijo: “Juan, si metes la puta ganas, me cagüen la leche”.
Sin embargo, entre todos los comentarios, y siempre dentro de la buena armonía que tanto le gusta a Braulio, ninguno como el último, el que resume todos los demás: Vitoriano, mira a ver qué te deben estos y divide entre cuatro, preguntado por uno cualquiera de los que han ganado. Que la otra noche lo hizo Relances, como es tan cachondo, y Juan Rojillo, que no suele venir mucho y que no estaba nada contento porque  la noche no le había ido bien, le dijo que dejara de tocar los huevos, que si no tenía que pagar, por lo menos que no se riera de los demás, que ya sabían bien ellos que tenían que preguntar lo que se debía y que allí, el que más y el que menos sabía dividir y que ya harían ellos el reparto. Y el otro, sin cortarse un pelo, que no te enfades hombre, que es que yo tengo en casa un puchero y que pregunto lo que pagáis porque cuando llego, echo lo que me hubiera tocado apoquinar de haber perdido y por Reyes, le compro a la mujer un collar con lo que ahorro y que ese es el motivo por el que me intereso por lo vuestro. Y el otro no sabía si reírse o soltarle un guantazo porque Relances es viudo desde hace ya algún tiempo.
RHM
Julio 2013.



viernes, 12 de julio de 2013

VERANO I



Con la llegada del calorcillo, que en el pueblo nunca es excesivo, las calles, desiertas casi todo el año, comienzan a llenarse de seres  que andan medio en coretes, con los pies apenas cubiertos por un extraño calzado y las cabezas tapadas por gorras extravagantes. Se nota sobre todo por la noche, cuando muchos corrales, oscuros como boca de lobo y silenciosos durante la mayor parte del año, se llenan de luz y de voces. O en los resolanos y las sombras, que se pueblan de gente ociosa cuyo atuendo denuncia que no son de aquí, aunque aquí hayan nacido o aquí tengan sus raíces. Son los veraneantes.

A Braulio le gusta que vengan; le rejuvenecen  las gorrillas claras y los pantalones cortos. ¡Quién le iba a decir que los hombres de ahora, algunos casi tan viejos como él, volverían a llevar calzonas como los niños de antes!  Pero a Braulio le gustan, sobre todo, las conversaciones que se gastan los nuevos. Algunas veces por lo estúpidas que pueden llegar a ser, que si no nos conociéramos todos y supiéramos de dónde viene cada uno, parecería que algunos no se han arrimado a una oveja en su vida ni han raspado una casilla ni han coqueteado con la necesidad o con el hambre. Braulio los reconoce enseguida por la manera de hablar: ya no dicen “vengo d’en ca la abuela” sino de casa de la abuela; recalcan mucho las terminaciones -hemos llegado ayer- y, hace ya muchos años,  algunos las recargaron  tanto, en su afán de mostrarse diferentes, que llegaron  a decir frido o bacalado. Braulio recuerda aún con guasa lo bien que se lo pasaban los lugareños recordando las explicaciones que una veraneanta daba al Sr. Cura sobre los rigores del clima en el pueblo de abajo. En la Aliseda hace más frido por la mareda del rido, dicen que decía, aunque él nunca la oyó, la verdad sea dicha. Y, seguramente, tampoco será cierto.  

Aunque Braulio prefiere a los que hablan con los del pueblo llanamente, como alguien que ha nacido allí y que ha tenido que buscarse la vida en otra parte, tan mala o tan buena como esta, tiene un absoluto respeto por todos, seguro como está de que todos guardan la infancia en la memoria y de que cada calle, cada esquina o cada piedra son viejas sombras del pasado que les hieren o les alegran el alma según las vivencias que tuvieron.


Suelen juntarse unos y otros a la puerta de Juan Currín, esperando que llegue el panadero, aprovechando la sombra de la pared y el asiento corrido de duro cemento algo descascarillado por el hielo. Braulio, que siempre ha sido madrugador, llega despacito, sin llamar la atención, silencioso y humilde y se sitúa en un extremo, bien tapado con el sombrero de paja, la mano apoyada en la garrota y la mirada ausente, como si la cosa no fuera con él. Saluda a quien le saluda e ignora a quien le ignora, que de todo hay en esta viña veraniega que es el pueblo, y mantiene bien abierto el oído, por si entre los que pasan y los que se sientan alguien dice algo interesante.

Braulio, que ya es viejo y ha vivido en muchos sitios, se da cuenta enseguida de que entre los que hablan los hay de distinto jaez: los hay que escuchan y los hay que son escuchados, como si lo que dicen fuera la misma palabra de Dios. Los hay también que son el mismísimo espíritu de la contradicción: todo lo discuten y todo lo critican. A Braulio no le cuesta ningún trabajo reconocer en ellos a padres, abuelos o tíos de las mismas características, como si la genética los hubiera marcado más fuertemente que la vida. Y cuando la conversación gira hacia los trillados caminos de la política o del fútbol, Brulio cierra el oído y tiende la vista hacia los Collados, ahora grises, baldíos y llenos de espinos y calabones, y recorre con  sus ojos cansados el camino Llano  y, de pronto, las tierras se tornan amarillas y rebosan de gente que canta afanosa y el camino se llena de burros cargados de trigo que andan presurosos hacia las eras arreados por los amos, siempre con prisa en este tiempo.


No es que el viejo sea partidario del aforismo que dice que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero no le importaría nada que aquellos tiempos volvieran. Como a otros de los que en este momento recuerdan sus años mozos.

RHM

Julio2013