sábado, 19 de enero de 2013

HOMBRES DE CIENCIA




Fue la primera vaca que tuvo la mujer. Se la había medio regalado su padre, que tenía el buen tino de ir dando una vaca a cada hija cuando se casaban, con el fin de que se fueran haciendo con un ganado propio que irían incrementando poco a poco. Que las hijas tuvieran una vaca era también una manera de que permanecieran en el pueblo, una manera de que no se fueran con el hombre a Extremadura, una manera, en fin, de que el padre y la madre, ya ancianos, no se quedaran solos durante el invierno.
            La vaca era negra como el betún, con los cuernos oscuros recogidos hacia dentro, algo gacha, grande y gorda, armoniosa y muy dócil. Se había criado en casa y desde que era una becerrilla se había acostumbrado a las zalamerías y caricias de los amos. Era como un borrego, pero como en el pueblo no estaba bien visto llamar borrega a una vaca, decidieron ponerla Cordera. Así que La Cordera, mucho menos conocida que la de Clarín, entró en casa y produjo en los niños el mismo efecto que originó la del cuento en Pinín y Rosa.
            La Cordera recibía todos los mimos, como única que era. Parió sin  novedad y se reveló como una buena madre, abundante, y fácil de ordeñar. El ama no era rica y procuraba alternar los prados, con el fin de que la vaca tuviera siempre hierba fresca. Así que unos días iba al Tejaízo y otros al Valle o a Los Nijares. El inconveniente de este último era que había que estar con ella porque el prado estaba abierto por uno de sus laterales y había que evitar que se comiera la hierba del vecino. Por eso procuraba llevarla a este prado los domingos, cuando no había escuela, para que el niño pudiera ir a guardarla. Y con el niño estaba aquel día de abril, como otros muchos: la vaca en el prado ramoneando entre los zauces y el niño enfrascado en la lectura de un libro cualquiera, porque cualquier libro le venía bien al muchacho. Por eso no vio que la vaca cruzaba el bardo y se metía en lo de tio Natalio, menos pacido que lo suyo. Cuando levantó la cabeza, la vaca ya estaba en medio de la trampalera, comiendo con ansia. El niño corrió y se colocó detrás y a voces y a palos intentó sacarla lo antes posible porque no quería regañinas en casa ni problemas con el vecino.
El animal lo intentó. Intentó salir, pero no pudo. Cuanto más esfuerzo hacía con las manos, más su hundía por las patas. Así hasta que el fango y  la hierba la cubrieron hasta los cuadriles. Enseguida supo el niño que no podría sacarla él solo, así que llamó a voces a cualquiera que pudiera oírle y pronto se presentaron dos hombres que andaban por allí y le ataron una soga a los cuernos y tiraron con fuerza hasta que consiguieron sacarla del atolladero.  El animal salió e intentó andar pero la pata trasera derecha no respondía, por lo que los hombres la sacaron del prado y dijeron al niño que la llevara a casa, que estaba coja y que algo habría que hacer.
El niño recogió sus cosas y arreó al animal, que caminaba con mucha dificultad, arrastrando la pata. Cuando llegaron a casa y la madre vio cómo venía la vaca, llamó a la familia y enseguida llegaron tio Goyo y tio Vitoriano quienes, después de girar y hacer girar al animal varias veces, dijeron que había que enabujarla. Porque entonces se hacían así las cosas. Eran los propios hombres del pueblo los que resolvían estos asuntos. Así que ataron una soga a los cuernos del animal y otra a la pata buena y sin grandes problemas la tumbaron en el suelo y le ataron las patas con una soga por encima de las pezuñas. El animal se dejaba hacer, tranquilizada quizás por las palabras dulces de la madre, que la hablaba como hablaría a un crío. El niño asistía al espectáculo asombrado, como otros niños verían una actuación de circo, sin perder ojo. Uno de los hombres aguzó con la navaja, laboriosamente,  un palo de calabón hasta convertirlo en una especie de aguja perfectamente pulida. Cuando hubo terminado, el otro cogió entre los dedos un  pellizco de piel y carne de la parte superior de la nalga herida y el del palo empujó fuertemente hasta que agujereó la piel por debajo de los dedos y la punta del palo apareció por el otro lado, como se hace para coser. Luego, ató fuertemente al palo un hilo de cáñamo y dio vueltas y vueltas por debajo hasta que se terminó el hilo y la piel quedó estirada y bien estirada. Después desataron a la vaca y entre los dos la ayudaron a levantarse y la llevaron a la casilla donde le esperaba una buena ración de heno.
El niño, que se sentía algo responsable por haberse dejado meter la vaca en el prado del vecino, se quedó un rato en la cuadra, pero como vio que el animal comía el heno con la tranquilidad de otras veces, salió y se fue a la plaza a buscar a alguien a quien contar la aventura.                                                                                                                                     
                                                                                                                               RHM               Enero2013

sábado, 5 de enero de 2013

LA CARTA



            Si hubiera sabido lo que iba a pasar, nunca hubiera dado a leer la carta a tio Parranca. Y si hubiera sabido leer ella, menos aún.
La tía Dominica, por mal nombre, tía Pachiche, llevaba lo de no saber leer como una cruz; como si le faltara algo: un brazo, una mano o un ojo. A veces, cuando nadie la observaba, se quedaba parada delante de los carteles de las tiendas de El Barco o de Plasencia; se fijaba en las imágenes e intentaba relacionarlas con las letras. Así identificó pronto la fotografía de una buena pata de cordero sobre un cartel luminoso con la palabra CARNICERÍA y supo también que unos zapatos con los cordones al aire señalaban una tienda de calzado; pero le resultaba imposible aún relacionar los sonidos con las letras. Y hubiera dado cualquier cosa por aprender a leer, sobre todo porque para ella, dar a leer las cartas era como entregar algo de su intimidad, como pregonar sus secretos más recónditos. Pero entonces las cosas eran así.
Por eso cuando el cartero le entregó el sobre y le dijo que era para Pedro, el marido, ella preguntó que de dónde venía la carta y el otro dijo que de Brozas y la mujer pensó que sería el amo quien escribía para decirle al hombre que tenía que incorporarse al rebaño que bajaba de León. Pero el marido, que era algo nervioso y poco amigo de llegar tarde a los sitios, llevaba ya dos días de camino hacia La Rola, una dehesa cercana a Brozas, donde el tio Pedrillo pasaría el invierno de temporero. Por eso, la tía Dominica no tuvo más remedio que dar la carta a leer y, como en otras ocasiones, decidió llevársela a tio Parranca, que leía bien y, además, era algo pariente
        
La carta, que no era del amo, sino de Vitorio, el compañero,  decía lo siguiente:

Brozas, a 3 de nobiembre de 1919

Amigo Pedro:
Me alegraré que a la llegada de esta te encuentres bien en compañía de los tuyos. Yo quedo bien g. a D.
La presente es para decirte que ayer me junté en un bar de aquí con tio Maragato, el padre del cura Bastida, de la Liseda, que ha traído las  vacas a las Pueblas y me dijo que ha decidío deshacerse de las Jazas y como tú has echao una vaca más y la tierra no es mala y está cerca, y me dijistes que andabas con ganas de comprar, pues te escribo para decírtelo. Si estás interesao pues lo mejor será que bajes a su pueblo lo antes que puedas, no vaya a ser que te se adelante alguno, y que te entrevistes con él a ver si sus entendeis. Por lo demás, poco que contarte. El otoño, algo seco y la hierba escasa, que como no llueva pronto no se que van a comer las ovejas.
Sin más que decirte por el momento y esperando verte pronto, se despide de ti este tu compañero que lo es. Vitorio.

            Tio Parranca desdobló el papel con cuidado, ojeó el contenido y no abrió la boca. Se concentró durante unos minutos más y, ante la mirada inquisitiva de tia Pachiche, dijo con naturalidad absoluta:
-Nada de importancia. Es del amo. Que ya está el rebaño en La Rola, que se vaya Pedro cuanto antes. Y que puede llevarse la cabra, si quiere.
            Y dobló la carta y la metió en el sobre y se la devolvió a tia Dominica que la recogió convencida de que lo que había dicho el hombre era la verdad y nada más que la verdad, como dicen los jueces.
            Y tio Parranca se fue a su casa, aparejó el burro, montó y enfiló hacia La Aliseda a entrevistarse con el Maragato, el padre del cura Bastida. Y aquel mismo día le compró Las Jazas.
RHM
Dicembre 2012

N. Relato debido a la generosidad de Felipe Bohoyo quien agradezco vivamente que me la contara.

lunes, 17 de diciembre de 2012

LA CABRA NEGRA


No es que a Braulio le guste especialmente ir al molino; y, menos aún, al de Las Chorreras. La poca agua que baja de la garganta en otoño convierte la molienda en una tarea sin fin. Todo el santo día para moler cuatro granos de trigo. Eso sí, los molineros son gente agradable, siempre dispuestos a compartir un trozo de tasajo y un trago de vino, si se tercia.

 El camino hasta la ermita transcurre por la carretera que sube a Navasequilla y desde allí, desviándose a la derecha en la misma ermita, se convierte en una vereda angosta, llena de piedras y calabones que dificultan el paso de cualquier caballería. Desde el prado de Paná hay que andar con ojo, porque un resbalón o un mal paso del animal pueden terminar con el costal en el arroyo. Y entonces, adiós burro y adiós grano. Por eso hay gente que agarra el burro del rabero y no lo suelta hasta pasar la garganta. Sin embargo, Braulio piensa que es mejor dejar que el animal se las apañe solo, sin arrearle, dejándole libertad para que busque el paso más conveniente.

La vista es impresionante: abajo, Zapardiel, con su torre irguiéndose soberana sobre las casas arracimadas en torno a la plaza, en uno de cuyos frentes negrean las verjas de una casa blanca, grande, que llaman de los Caselles; más allá, las eras, aún amarillentas y, detrás, el robledal y los cerros pelados que marcan el camino hacia Ortigosa. A la derecha, el río medio seco y a lo lejos, los picachos azulados de Gredos, Risco Redondo en primer término. Al fondo, los pinares y la carretera que dicen de Madrid.

El último trecho del camino se hace a través de una calzada de piedra hecha por las manos sabias de los hombres de antes, entre curvas y recodos,  con el molino acercándose y alejándose como si tuviera vida, siempre por debajo de los canchales de La Somaílla, entre subidas y descensos hasta alcanzar la morera que adorna la entrada del edificio.

El molino está abierto. Braulio da una voz, descarga y traba un extremo de la soga a una mano del burro y el otro a un rebollete, dejando el trozo de cuerda suficiente para que animal pueda comer sin que se enrede a se aleje demasiado. El molinero, que es algo teniente, saluda desde dentro cuando ve acercarse al hombre. Sobre la frente lleva unas gafas oscuras sujetas a la parte posterior de la cabeza con una goma, que le dan un aspecto extraño. Anda muy afanoso picando la piedra e indica al hombre que tendrá que esperar un rato hasta que acabe y pueda colocar en su sitio la inmensa mole redonda que pende de una grúa de madera como si fuera de juguete. Entonces se ocupará de su grano. Braulio sabe que estas cosas pasan y, aún puede ser peor, porque, a veces, el molino está cerrado y no hay más remedio que acercarse al pueblo, a casa de la madre, a ver qué pasa y si alguien puede venir a abrir. Resignado, sale al exterior y se sienta en una piedra dispuesto a liar un cigarro. No ha terminado el hombre de pasar la lengua por el papel cuando llegan hasta él las cabras de Navasequilla que ramonean en apacible careo entre los tomillos y las hierbas frescas de la regadera. Todas juntas, menos una, negra como la pez, que pasta a unos metros del rebaño, sola, como si estuviera enfadada con las otras. Extrañado, el hombre pregunta al cabrero, viejo y arrugado como él por los años y los aires de la sierra, cuál es la causa de la separación. “Esa es que es nueva, la compraron antier en Navalperal y hoy es el segundo día que viene a la cabrá. No sé, yo creo que anda algo triste, así que habrá que enseñarla para que haga buena junta con las otras”.

Braulio, que como es de rigor ha invitado a tabaco al vecino, acude a la voz del molinero, escupe la colilla, la pisa y se despide pensando en la cabra solitaria. Estas historias le dan siempre qué pensar. A veces, los animales tienen las mismas reacciones que las personas. O parecidas.
RHM
Diciembre2012

jueves, 22 de noviembre de 2012

domingo, 21 de octubre de 2012

EL AJUSTE DE TIO LUIS

Se habían casado aquel agosto y el marido estaba sin amo. No es que anduviera preocupado, porque la juventud puede con todo, pero algo habría que encontrar; porque no era el caso de quedarse en el pueblo con una vaca y un burro, mano sobre mano la mayor parte del invierno, viendo pasar los días. Así que cuando Catalino le dijo que en casa de la tía Ave, en Coria, había un sitio para él, no se lo pensó dos veces. Eso sí, “no sé si podrás llevar la mujer, porque no quieren mujeres con los pastores, que dicen que las mujeres en las desas hacen mu mal agua”. Aún así, no se lo pensó y fue a verlos y se ajustó y con ellos estuvo dos años, el segundo ya con la mujer, porque cuando le conocieron, no se atrevieron a decirle que no la trajera. 
En invierno bajaban a Cáceres, a una finca que se llamaba Martín Gómez, en la línea férrea que va hacia Mérida. El hombre guardaba el ganado y la mujer criaba a la niña que ya tenía casi un año y hacía las faenas de la casa, del chozo, más bien, que se limpiaba en un pispás y que tampoco requería de mucho brillo. La mujer hacía punto, lavaba y cosía sentada en una toza de encina, aprovechando el calorcillo tibio del sol del invierno extremeño. Hacia el mediodía, salía al careo, en busca del marido, con la niña en los brazos y la comida en una cesta: un pucherillo con algo de cuchara y unos torreznos o una tortilla, que para eso tenían tres gallinas. Y el consabido pan. 
En el ajuste, además de la excusa, el amo se había comprometido de palabra a entregar al hombre una botella de aceite cada quincena y veinte kilos de harina al mes. Cuando necesitaba pan, la mujer se lo decía al amo y éste le traía media saca de harina sin cerner que colaba en un cedazo casero, que ella misma se había hecho, para separar el cozuelo y el salvado y dejar sólo la harina blanca y fina que luego transformaba en pan. El horno estaba en El Hocino, una finca colindante a la que la mujer se desplazaba en una burra, la harina en la albarda y la niña en brazos, siempre temiendo que el animal se espantara y tuvieran una desgracia. El regreso era igual, pero ya con el pan, aún caliente, en un costal. 
Un día que el marido había echado el ganado hacía el cordel, se encontró con tio Luis, también del pueblo, que venía de camino buscando amo y el pastor le dijo que no se fuera muy lejos, que a ellos podría hacerles apaño, si se entendía con el amo. Y se entendieron, aunque al amo no le gustó mucho que el hombre tuviera ya al pie de sesenta años, y tio Luis se ajustó de temporero. A él no le daban harina, sólo el aceite y unos turrucos de pan ya amasado, negro, y duro como una piedra, tan poco apetecible, que el hombre lo comía sólo cuando no tenía otra cosa. La verdad es que el amo no trató muy bien a tío Luis. Había hecho el camino desde el pueblo con cuarenta ovejas, pero sólo le dejó treinta de excusa, poniéndole en el brete de quitar las diez sobrantes o pagarlas, como hizo el viejo cuando hicieron la cuenta de los borregos. Ya veis qué importancia podrían tener diez ovejas en una finca en la que pastaban tres hatajos de varios cientos. 
Pero el tío Luis aceptó porque la cosa estaba como estaba, como ahora; que hay gente que ha vivido siempre en crisis. Y parece que estas situaciones afectan más a unos que a otros y siempre a los mismos; y tampoco era cosa de volverse al pueblo con las cuarenta ovejas delante, caminito arriba, catorce días con sus catorce noches. Y cuando llegara, ¿qué?, un fracaso. Allí todo el invierno, goloseando entre los lindones, riñendo con unos y con otros, que buena era entonces la gente de los pueblos, que sembraban hasta en las piedras y cuidaban cada cacho como si les fuera la vida en ello, y es que a lo mejor les iba. 
Así que el hombre se quedó y pasó el invierno en armonía con el matrimonio, viviendo en el chozuelo y haciendo la sonochada en el chozo grande, teclando a la niña todo lo que podía y más. Cuando llegaba la hora, tío Luis se iba a su currucho, cruzando el regato a la luz tenue de un farol de aceite tan viejo como él, se acostaba en su cama de escobas y esperaba la amanecida, que traería otro día como el anterior y el anterior… 
Y cuando masaba la mujer, nunca le faltó al tío Luis un pan blanco y mollar de hermosa corteza dorada. Por eso aquel invierno, los perros de la finca comieron pan, aunque fuera negro y estuviera duro. 
RHM 

sábado, 15 de septiembre de 2012

MAGOS


Si siempre esperábamos con impaciencia la noche de Reyes, aquel año, mucho más. Porque por fin íbamos a ver de cerca a tan importantes personajes. Atraído por tan novedoso acontecimiento, todo el pueblo se había congregado en la parte baja de la plaza, entre el pilón y las dos fuentes, dejando libre el trozo embarrado de la carretera, esperando con impaciencia la llegada de Los Magos. Hacía ya un buen rato que había anochecido y una neblina escasa se extendía por encima de las cabezas. Los niños aguantábamos como podíamos el frío, el hielo y la humedad de la noche invernal. Nuestras caras, nerviosas, reflejaban emoción, turbación y esperanza. Pero cuando vimos aparecer entre la bruma el primer caballo montado por un jinete con turbante y una amplia capa que nos pareció de seda verde, todo nuestro frío desapareció como por arte de magia.
            Los Reyes y su séquito se mezclaron con la gente, dejaron que nos acercáramos sin ningún reparo, que admiráramos su vestimenta, tan nueva para nosotros, sólo intuida por los pocos que habían leído ya algún cuento oriental. Dejaron que nos fijáramos en sus barbas marrones y grises, en sus amplias casacas brillantes y en sus pantalones bombachos que descansaban sobre unas botas puntiagudas que, eso lo supimos después, se llamaban babuchas. Uno de los tres, negro como el betún que le cubría, era para la mayoría el primer hombre de color que veíamos. Pero, cuando los más atrevidos intentaron tocar su piel para ver si era como la nuestra, él, mucho más recatado que los otros dos, no lo permitió.
            Los Reyes no trajeron regalos. Bastaba con su presencia, que venía a confirmar su existencia. Y no necesitábamos nada más. Por eso, cuando el niño oyó decir a un hombre viejo, que se tapaba la cabeza con un  andrajoso sombrero de paño, que uno de los de a caballo era el tío Pesao, de La Aliseda, el muchacho estuvo seguro de que el viejo, además de arrugas y frío, tenía un serio problema en la vista. Que no veía, vamos. Porque aquellos eran los Reyes y en la cabeza de los niños, plenamente ocupada por la necesidad de corroborar su existencia, no cabía ninguna otra cosa. Y menos aún cabía duda alguna.
Los Reyes tiraron caramelos, hicieron caracolear a los caballos sobre el suelo duro de la carretera, saludaron varias veces y se fueron hacía el pueblo vecino. De su llegada quedó, además de un recuerdo imborrable en la imaginación de los niños, una bicicleta comunitaria que custodió el cura y que los niños usamos como pudimos hasta que se rompió.
            Los Reyes no han vuelto nunca al pueblo. De su primera y única visita queda hoy el reconocido agradecimiento al cura que tuvo la idea, que fue capaz realizarla y que dejó en los niños el primer rasgo ilusionante de una noche mágica que tardaríamos muchos años en olvidar. Incluso cuando supimos que Los Reyes, más que de Oriente, vinieron del sur.
RHM
Septiembre 2012

domingo, 1 de julio de 2012

EN CASA DEL HERRERO
 Si alguien en el pueblo habla del herrero, todos los niños saben que se refiere al tío Félix, el de La Lastra. Muchos le conocen ya y los demás lo están deseando porque, además de conocer a personaje tan singular y entrañable, el hecho de ir solo a la Lastra a herrar el burro supone un paso muy importante en la escala de crecimiento de los niños. De ahí a ir al molino, a la taberna o a dormir con la pastoría no hay más que un paso. Por eso el niño siente cierta alegría oculta cada vez que el burro tropieza en los cantos y enseña un trozo de herradura rota y oxidada. Y aún más cuando oye decir al padre: “Vamos a tener que herrarle”.
En invierno los animales de carga y acarreo andan de cualquier manera, pero los trabajos de la primavera y del verano obligan a un arreglo en el calzado, porque un mal paso, propiciado por la deformación de los cascos o los trozos de herradura que el tiempo ha roto, puede acabar con cualquier caballería, o con cualquier jinete, y ya sabemos lo necesarios que son ambos en la pobre economía de los pueblos serranos.
Así que un viernes gris de finales de febrero, cuando el niño toma la leche en la cocina, el padre, muy ceremonioso, le pregunta si valdría él –el niño- para ir luego mañana, aprovechando que no habrá escuela, bueno, escuela sí hay, pero no habrá clase, piensa el niño, a herrar el burro a La Lastra, porque -eso se lo dice a la madre- llega la hora de echar las cargas y no es el caso de que el burro se caiga y se hiera – el padre dice jiera- con la falta que nos hace. El muchacho dice que sí e intenta no reflejar la alegría que siente dentro, por si acaso. Por si acaso el padre piensa que se ha conchabado con alguien y decide dejarlo para otro sábado. Porque los padres son así.
Pero no lo deja y el niño, que ha dormido poco intentando acelerar el paso del tiempo, sale bien de mañana, por el camino Llano, montado a parranquete sobre un borrico blanco ceniza, enorme y poderoso como un caballo. El camino discurre paralelo a la carretera hasta Los Collados, aunque algo más alto, y, desde allí, se convierte en una vereda estrecha y encajonada entre las pajas altas y amarillas, que tantas veces ha cortado el niño para hacer zambombas en Nochebuena. Luego, se interna en una angosta calleja que desemboca en la dehesa boyal para caer a un camino que pronto se convertirá en carretera.
Cuando el niño llega a la fragua, lleva los miembros tan entumecidos – él dice entumíos- que es incapaz de bajar del burro. En la puerta trastea un hombre algo mayor, de pelo cano y boina de paño, totalmente vestido de pana, que nada más verle, reconoce al animal y pregunta el nombre al muchacho; este le contesta con media vocecilla apenas audible por el frío y el herrero dice: “Hombre, como tu abuelo”, y le ayuda a bajar y, después de trabar al burro en la pared, conduce al niño a la cocina, donde trajina una señora totalmente vestida de negro que resulta ser el ama de la casa.
En cuanto entra el niño, la mujer deja lo que está haciendo y le conduce a la lumbre, le envuelve las manos en el mandil y, amorosamente, le obliga con un suave apretón en un codo a extender las manos, como esperando algo, –para que vayas entrando en calor y no te duelan las uñas-. Luego, acerca una banqueta y, aunque el tío Félix, el herrero más famoso de la comarca, se muestra algo impaciente y entra y sale un par de veces resoplando, la mujer hace caso omiso y sienta al muchacho enfrente del fuego y, sin más comentarios, le acerca un tazón de leche caliente que le devuelve la vida.
Cuando el chico, reconfortado, sale al corral, encuentra al herrero afanado en la fabricación de las herraduras. El patio es un pequeño rectángulo con medio techo cubierto de escobas, que ocupa toda la fachada de la casa y que acoge en la parte derecha una pila de granito mediada de agua y a su lado, la sencilla fragua en la que trabaja el hombre. Sobre una repisa de piedra se sitúa el hogar repleto de un carbón negruzco y metálico entre cuyos trozos asoma la boca negra del enorme fuelle que se eleva un poco sobre la misma repisa de piedras, separado de la lumbre por un simple murete de ladrillo con una agujero en el que encaja el tubo. En el asa superior de dicho fuelle hay firmemente atada una cuerdecilla que, después de pasar por una garrucha, termina en una cadena en la que se ha atravesado un palo. Este sencillísimo mecanismo, que pende en el vacío por encima del niño, permite accionar el aparato y airear el hogar hasta conseguir la temperatura necesaria para que el tío Félix, con mano maestra, convierta la tira de hierro enrojecido, que maneja con unas tenazas, en una linda herradura. El hombre ha calentado el hierro, lo ha curvado sobre la parte cónica del gran yunque clavado en una enorme toza de roble en medio del corral, lo ha cortado y lo ha situado sobre la parte plana para comprobar el asiento y, con una especie de buril que termina en una punta piramidal, ha hecho a ojo tres agujeros equidistantes y simétricos en cada uno de los laterales del hierro. Luego, ha estirado el brazo con la herradura en la punta de las largas tenazas, la ha mirado con ojo crítico y la ha lanzado a la pila sin ningún miramiento, para que se enfríe. Después, ha repetido el proceso con las otras tres. El muchacho, atento a las instrucciones del herrero, ha tirado del fuelle con la fuerza de sus pocos años y ha asistido fascinado al proceso de fabricación, entre los resoplidos del hombre que trabaja en silencio, con media lengua fuera y movimientos mecánicos y medidos.
Luego salen a la placita breve que se extiende delante de la casa; el muchacho quita el aparejo al burro y el herrero, situándose de espaldas a la cabeza del animal, le golpea suavemente con la mano abierta en la pata delantera por debajo de la rodilla y tira hacia arriba; el burro levanta la extremidad sin protestar, como si entendiera el lenguaje no verbal del hombre. El herrero ordena al niño que sujete fuertemente el casco con las dos manos mientras él arranca con unas tenazas enormes los trozos de herradura; luego, sin ayuda, con una herramienta que se llama pujavante y que al niño le parece un cogedor afilado, va cortando la pezuña hasta convertir la planta del casco, sucia y deforme, en una superficie lisa y pulida sobre la que sitúa la herradura. Después va colocando un clavo de cabeza geométrica sobre cada uno de los agujeros, los golpea alternativamente hasta que aparecen por el lateral del casco y los corta con las tenazas doblando cuidadosamente los extremos y remachándolos para que no se salgan. El herrero termina una pata y empieza con otra hasta completar las cuatro. Trabaja con la ayuda del niño, en cuya cabeza bulle la idea de que falta algo. Y de pronto se acuerda; lo que espera impaciente es ese martillazo en los costillares que, según ha oído contar, atiza el herrero a los animales díscolos antes de terminar, seguido del comentario: “Este bicho no puede ser inteligente”. Pero el burro del niño sí que debe de serlo porque aguanta todo el proceso sin un mal gesto, como si estuviera asistiendo a un espectáculo ajeno que nada tuviera que ver con él.
Terminada la operación, el herrero cobra e invita al muchacho a la taberna, que se encuentra al lado de la fragua, y, sin preguntarle qué quiere tomar, pide dos medios que resultan ser dos considerables vasos de un vino oscuro y fuerte. El niño, que está bien educado, recuerda entonces las palabras de su padre: “A la taberna no hay que ir, pero si no tenemos más remedio, no hay que echarse para atrás; si te invitan, tú, invita”. Y, sin pensárselo dos veces, pide al tabernero: “Nos ponga otra”, e intenta acodarse en un mostrador al que apenas llega. Luego, sale, apareja al burro, se despide educadamente y monta, enfilando el camino de Horcajo. En el estómago nota cierto cosquilleo, que no traía al venir, como si el grueso jersey de lana emitiera chiribitas y en la cabeza, una sensación placentera cercana a la euforia que no acierta a descifrar. Eso sí, ahora no siente ningún frío.
RHM. Junio 2012
Nota: Este breve relato se debe a la generosidad de Damián García, a quien agradezco que me lo contara en uno de esos ratos, menos frecuentes de lo quisiéramos, que dedicamos a recordar la niñez. Gracias, Damián.