domingo, 20 de noviembre de 2011

SEGADORES






Anda Braulio hoy con otros tres segando para los toros en la cerca el Caño. No tendría que haber venido, porque él no tiene vacas, pero la otra noche se encontró con el Alcalde –o éste le encontró a él- y le dijo que andaba mal de coritos y que fuera por el cuñado, que está en la Herguijuela de semana, que ése sí que tiene unas cuantas, aunque las atienda la mujer, pero eso es harina de otro costal. El caso es que han llegado al corte cuando aún había estrellas en el cielo, han atado los burros en el regajo bien separados para que no se peguen, y han empezado el trabajo, todos en ala, el Marqués el primero.
Han segado un buen rato, aprovechando la frescura de la madrugada y ahora, con el trabajo ya encarrilado, se han parado a almorzar, cada uno de lo suyo y el vino de todos, en abundancia, que hoy paga la comisión. Y así andan, entre trago y trago, pontificando sobre las condiciones físicas del buen corito. El más joven, un mocete de apenas veinte años, dice que ha oído que los mejores segadores son los de Navalosa, que siegan en alpargatas y, algunos, descalzos, y a Braulio le cuesta imaginarse el pie desnudo tan cerca del filo de la guadaña, porque no es la primera vez, ni será la última, que alguien le hace un siete a la bota, cerca del dedo gordo. Nones, que es el más viejo, dice que para segar bien a la guadaña no es necesario ser muy grande ni aplicar mucha fuerza, sino tener habilidad –él dice albelidad- y que se acuerda de una vez, que el año vino tan jodido como este, que él, tio Jorge, Burdiel y Perrenda, ya veis que tasajos, no tuvieron más remedio que echarse el Castrejón abajo a buscarse la vida segando en los prados del valle.
Se acomoda el hombre sobre la hierba fresca del marallo recién segado y sigue contando que ni en Bohoyo, ni en el Barco encontraron, por lo que bajaron el puerto de Tornavacas y llegaron a Cabezuela donde tampoco encontraron qué segar, porque habían bajado también los de El Tremedal y los de El Torno. Hartos de caminar decidieron quedarse en aquel pueblo, en el pajar de un posadero al que conocían por haberle estercolado algún prado cuando bajaban de otoño a Extremadura con el rebaño. Así que allí permanecieron, esperando que saliera algo. Y algo salió porque el dueño de la posada, que no debía fiarse mucho de ellos viendo la escasa estatura que tenían, les propuso que intentaran segar un prado que tenía cerca del pueblo y que ya vería qué les podía pagar, según como se les diera. Llegaron al sitio y tio Burdiel preguntó si aquel prado no tenía fuente y el hombre, señalando a lo lejos un sauce medio perdido entre la hierba, dijo que sí, que allí estaba la fuente. Entró entonces Burdiel en el prado, se ajustó la correa del gazapo a la cintura, aguzó la guadaña y comenzó a segar con aquella finura que le caracterizaba, los pies firmemente apoyados en el suelo, con la abertura justa, los brazos girando lo necesario, el cuerpo recto y la mirada en su sitio. Y detrás del hombre fue surgiendo un marallo derecho y un camino limpio; no paró ni aguzó hasta el sauce. Rodeó el hombre la fuente, la aclaró, bebió un poco y nos llamó para que nos uniéramos a él. Salimos los tres en ala y, cuando llegamos otra vez a la puerta, el posadero, visiblemente satisfecho, dijo que siguiéramos segando, que él se iba a por el almuerzo.
Cuando paramos a comer, ya con el prado demediado, llegó en un caballo un hombre que dijo ser de Navaconcejo y que quería contratarnos ya mismo porque tenía unos prados pegados al río Jerte que convenía segar cuanto antes porque se estaban secando. Pero el posadero dijo con cierto orgullo que los serranos estaban contratados con él y que no segaban para otro nadie. Y con él estuvimos quince días. Así que, muchacho, en esto de la guadaña, como en el cuento de la garduña que contaba mi padre, vale más maña que fuerza.
Al mocete le encantaría conocer el cuento de la garduña, pero el hombre se levanta y, seguro de que los otros vienen detrás, se dirige al corte diciendo:
-Vamos muchachos, que esto es pa nosotros.
RHM


Cortesía de Prudencio Lastra (tio Prudencio) que me contó este relato entrañable en un cálido agosto. Gracias.

jueves, 13 de octubre de 2011

CONVENTO





Braulio está tumbado debajo de un calabón al abrigo de la pared de la Dehesilla, medio amodorrado por un sueño insistente, que por algo dicen que esta tierra es dormilona, cuando le sacan del sopor los cascos de una caballería. Se incorpora despacio, no sin cierto trabajo y se pone la mano a modo de visera sobre los ojos hasta que distingue al hombre que, jinete sobre un caballejo colorado, está ya casi encima de él. Se trata de un hombre bastante mayor que se protege la cabeza y la cara arrugada con un sombrero de paja de los que se usan por aquí. Dice ser de Aldeanueva y Braulio mira inmediatamente si trae sogas y azadón porque de todos es sabido que los de este pueblo, llamados los hueveros, han tenido más de un conflicto con los de Horcajo por robar la leña de los cerros de Las Cañás. El hombre no trae aperos para eso, aunque puede haberlos dejado escondidos más atrás, y dice venir a dar sal a algunas de las pocas vacas forasteras que pastan con las nuestras. Tranquilizado Braulio y viéndole dispuesto a la conversación, le dice que tiene oído que Aldeanueva de Santa Cruz fue antes Aldeanueva del Obispo. El hombre se baja del caballo con cierta agilidad, lo traba en la pared, saca una petaca de cuero viejo y descolorido y la pone en la mano de Braulio que vierte un poco de tabaco en la palma, devuelve la petaca al hombre, y comienza a liar el cigarro con el ritual de costumbre.
El hombre lía también el suyo con destreza, lo enciendo con un chisquero de mecha y, después de la primera bocanada, dice:
-Cuentan los viejos del lugar –y Braulio no puede menos de pensar cómo serán esos viejos, porque el hombre aparenta más de ochenta años- que hace mucho tiempo, se pensó en edificar un convento en el pueblo y cuando estaban haciendo los cimientos salió una piedra en forma de cruz. Al intentar partirla para acomodarla a la zanja, la piedra se dividía siempre en forma de cruces más pequeñas, por lo que los operarios, maravillados ante hecho semejante, se lo comunicaron al Obispo quien decidió guardar un fragmento de la piedra para enterrarlo debajo del futuro pórtico y pedir al regidor que cambiara el nombre del lugar, pasando desde entonces a llamarse el pueblo Aldeanueva de Santa Cruz y, popularmente, Aldeanueva de las Monjas.
Braulio, que es algo desconfiado, aunque respetuoso con las creencias de los otros, se siente en la obligación de preguntar qué importancia tuvo el convento y qué misión desarrollaban las monjas que habitaban en él.
El hombre dice que en los tiempos de mayor esplendor el convento llegó a albergar cuatrocientas monjas y a poseer un importante rebaño de ovejas merinas y que esto ocurrió bajo la protección de los Duques, que dotaron espléndidamente al beaterío con los impuestos que pusieron al vino, a la lana y a los molineros y campesinos. Y remata:
-Como siempre. Porque yo no sé qué pensará usté de esos duques que dicen que vivieron en Piedrahíta, pero yo estoy seguro de que no practicaban la caridad con dinero suyo, sino de lo que cobraban en pechos a los campesinos de los pueblos, que, como de costumbre, fueron los paganos del cuento. Porque si eran los propietarios de la tierra y tenían jurisdicción sobre bienes y hombres, amén de la leña y de los animales, pues ya me dirá usté. No sé yo qué beneficios hicieron esos señores a esta tierra; más bien pienso que los beneficiados fueron ellos, que a la fin y a la postre vendieron las tierras que no habían tenido necesidad de comprar, porque se las habían regalado.
Y Braulio, que comparte íntegramente la teoría del hombre, siente nacer en su interior una corriente de simpatía hacia el otro y, llevado de su ingenuidad, le dice que, si viene por leña, que no tenga cuidado, que arranque una carga, que él hará la vista gorda. Y sacando la petaca propia se la ofrece al hombre con un ademán de cordialidad que hubiera sido difícil suponer un rato antes. Pero el hombre le contesta que ya no hay conflicto con la leña, que desde que han comprado las cocinas de gas se gasta mucha menos. Además, ahora los de Horcajo les dejan sacar unas pocas cargas del cerro que está encima de la fuente del Arrecío.
Y el hombre se incorpora, desata el caballo, monta y sale a la cañada dando voces. En la lejanía tres vacas levantan la cabeza y, como si una fuerza invisible las atrajera hacia el jumento, inician la marcha hasta llegar al hombre. Braulio observa desde la pared, el cigarro en la boca, pensando que, muchas veces, una buena conversación derriba más muros que un cañón.
RHM
Agosto2011.

viernes, 7 de octubre de 2011

VERANO

Amor de madre y lección de vida. En otros tiempos hubiéramos llegado corriendo con el puchero en la mano. Y en otros, aún más lejanos, el color del becerro nos hubiera llamado la atención hasta hacernos pesnsar que no sería nuestro.






A las seis de la tarde, en pleno agosto, por la terrible sierra castellana, con tres de los suyos -polvo, sudor y hierro- Loren cabalga. Y cabalgó hasta que un inoportuno reventón le obligó a detenerse. Cambiar la rueda a un coche nuevo no resulta fácil, sobre todo si no se ha leído uno el libro de uso. Si Lorenzo escribiera esto, diría que estuvimos a punto de perder la vida, pero como no es él quien escribe, diré que sudamos bastante, ellos sobre todo, pero que salimos ilesos.

¿Dragones o pájaros a punto de volar? La Naturaleza, siempre caprichosa, ha modelado año tras año, siglo tra siglo, las rocas hasta coformar estas figuras que son un regalo para la vista.




sábado, 10 de septiembre de 2011

OCTUBRE





Anda el otoño tan revuelto entre nieblas y agua que no se puede hacer nada en el campo. Así que cuando esta mañana el sol ha teñido de amarillo los picos de la Jerrera anunciando un día de octubre fresco y seco, los hombres y las mujeres del pueblo se han preparado enseguida para recoger las patatas antes de que la lluvia convierta otra vez los huertos en chapinales. Braulio ha ido antes a la pastoría a apartar las ovejas y se he llevado las suyas a Los Maíllos, para que ramoneen un poco en las lindes y se coman las vides, mientras que él ayuda a la hermana. Braulio está hoy contento. Anoche vino el sobrino, un muchacho joven que anda en la ciudad, aprendiendo a vivir, de dependiente en una tienda de chiche. No conoce el hombre el sueldo del mozo, que no será grande, pero el muchacho ha venido conduciendo un coche y la hermana está más contenta que unas castañuelas.
El vehículo, de un color azul oscuro, algo descascarillado, tiene en el cristal trasero un disco redondo y negro con un ocho y un cero pintados de blanco. Cuando Braulio ha preguntado, el sobrino le ha dicho que, como es novato, el ochenta es para indicar que no puede pasar de esa velocidad y que además tiene prohibido ir por carreteras nacionales y autopistas los domingos y festivos antes de las doce de la noche. Es decir, que si viaja de día, tiene que hacerlo por las comarcales y locales.
Braulio nada ha dicho; ha ido a por el burro y con la ayuda del mozo ha cargado dos sacos de patatas, uno a cada lado de la albarda, enlazados, y se ha echado al camino no sin antes indicar a la hermana que cuide de que las ovejas no se metan en los huertos que están sin coger, que, luego, cuando él vuelva, ya las llevará al prao del Machoto para que se harten, que el otoño será malo para la siembra y las patatas, pero los prados rebosan de hierba. Y ahí va Braulio con el burro del rabero bien pegado a la orilla de la carretera -que últimamente la Guardia Civil te da un disgusto en cualquier momento-, la gorra calada hasta las cejas, el cigarro en la boca, medio apagado, la garrota en la mano y la cabeza dándole vueltas al ochenta del muchacho. Recuerda Braulio que cuando él aprendió a montar en la potra de casa, en los campos de Brozas, el padre siempre le decía que jinete y caballo nuevos necesitan luz y buen terreno. Tú monta siempre en la cañá, no te metas entre las piedras ni las jaras, busca el terreno limpio para que el animal galope sin trabas. Y así aprendió Braulio, buscando los caminos de carros y las mañanas de sol, hasta que la maña y el dominio sobre la yegua le convirtieron en uno de los mejores jinetes del pueblo, capaz de dominar cualquier caballo. Y piensa el hombre que eso sería lo que le vendría bien al sobrino: luz y buenas carreteras; y piensa también si los políticos que han parido tal idea serán conscientes de la barbaridad que han hecho y, sobre todo, si alguna vez, aunque ya estén retirados, sentirán algún cargo de conciencia por los jóvenes novatos que van a morir en esas carreteras llenas de curvas asesinas en noches de agua, viento y nieve, sólo para dejar libre el camino a los conductores más experimentados. Porque eso también lo ha dicho el muchacho: Tío, es que hay que evitar los embotellajes. Y a Braulio la palabra le ha parecido tan horrible como la norma.
RHM
Julio2011.

martes, 30 de agosto de 2011



LA BENDITA CRUZ DE MAYO
A quien trabaje el día 13 de mayo no le faltarán trabajos en todo el año.
Hoy Braulio ha tenido un percance. No es que él sea supersticioso, que no es el caso, pero algo habrá, porque lo cierto es que hoy es 13 de mayo y el refrán lo dice bien clarito. Otra cosa es lo que interpreten los que no saben de esto, como la médica, que cuando conoció la sentencia dijo que qué bien, que trabajo es lo que hace falta. La pobre mujer no fue capaz de entender que trabajo ahí no quiere decir trabajo precisamente.
Ya hacía días que le tenía dicho Juan Mindaña que le ayudara a domar la chota, pero no pensó que tuviera a ser hoy, día tan señalado en el pueblo. A lo mejor Juan no ha tenido otro remedio porque ya es tiempo de que las vacas se vayan a la dehesa y, seguramente, quería enganchar antes la novilla, que luego no se sabe cómo bajan y, en agosto es mucho peor, porque no encuentras un huerto en condiciones, todos están duros como piedras y no es cuestión de agarrar al animal y que se hiera o le pase cualquier cosa.
El caso es que hoy, cuando la han sacado de la casilla, la tía Bastiana ya les ha advertido de lo poco conveniente de la fecha e, incluso, ha llamada burro a Juan, que no ha hecho ningún caso, la verdad. Han llevado la yunta a los huertos de la Torre, que son llanos y están de barbecho a la espera de las patatas y, con engaños y carantoñas, han conseguido uñir a la chotona, una erala guapa como pocas, negra y pelifina, que está gorda como una nutria. Pero ha sido atarla al yugo y se ha puesto como loca, dando unos botes de espanto. Enseguida Braulio se ha dado cuenta de que la vaca grande no iba a tener fuerza para sujetar a la nueva ni siquiera con la ayuda de los dos hombres, Juan a la soga y él con la ijada. Y así ha sido porque en uno de esos saltos imposibles la yunta ha caído por el lindón con tan mala fortuna que la chota se ha golpeado contra un roble y ha perdido el cuerno izquierdo, se ha escornado, que decimos nosotros. El disgusto de Juan era bien visible, porque un animal así no vale mucho y no tendrá más remedio que quitarle. Y a ver quién escucha ahora a la Sebastiana. Y al pueblo, que seguro que le saca punta al día y al cuerno.
RHM. Febrero 2011.

jueves, 7 de julio de 2011

MOLINO







Hoy Braulio está de cabrero. Le tocan las cabras: ya se sabe, uno del barrio arriba con uno del barrio abajo; con él está el muchacho chico de Gregorio y, la verdad, desde que han salido del pueblo, Braulio casi ni le ha visto. El mocete trae una perrilla negra, bastante nueva, que anda como loca husmeando los rastros de los conejos, con el muchacho detrás, a su bola, como dicen los sobrinos. Así que Braulio está en los Rosalejos, sentado sobre una piedra de granito, dura como el acero, recostado sobre el morral, los ojos entrecerrados, el cigarro en la boca y el oído atento a los changarros de las cabras que ramonean entre los rebollos y los calabones.
Anda Braulio dándole vueltas a la vida. Anida hoy en su cabeza un cierto poso de tristeza; mira al otro lado y sólo ve la carretera vacía, detrás de las encinas, allí donde se mató el cartero, que bien que lo vio él aquel día de marzo, que estaba como hoy en el Castrejón, con los chotos, y desde los regajos Grandes estuvo un buen rato viendo el coche blanco, un seiscientos dicen que era, medio tumbado sobre la cuneta, inmóvil. Y Braulio pensando que dónde andaría el chófer, sin saber que el hombre estaba ya muerto, atrapado entre la puerta y el suelo. Nadie sabe cómo va a acabar. Por eso le jode que el muchachete ande perdido con la perra. Porque hoy, no sabe bien el porqué, necesita compañía. Y bien dispuesto que venía él desde que supo que tendría tal compañero. Dispuesto a enseñarle las cruces de piedra que marcan las lindes con lo de la Angostura, una cuestión de necesidad, porque el día que falten los viejos no se sabe qué pasará con las lindes y los linderos.
Braulio se levanta con cierta dificultad y comienza a bajar hacia las cercas del tío Cabecilla. No quiere que se metan las cabras, que estos de la Aliseda son como son. Busca la vereda del Portechuelo y allí se encuentra con Carolo. Viene el molinero con dos bestias: una mula chiquita y regordeta y la yegua, también negra, que le compró a Alfonso, a Alifonso, como dice Carolo. Lo hicimos en un momento, en el arroyo Caliente. Véndeme la yegua, cuánto me das, mil pesetas y tuya es la yegua. Así, todo de un tirón y Alfonso que se baja y se monta en la otra y Carolo que se lleva la negra. Trae dos costales de trigo, de harina más bien, que lleva al pueblo para que las mujeres amasen el pan. Se despiden y Braulio no puede menos que pensar en el molino, un viejo caserón situado en la margen derecha del río. Braulio recuerda que el padre del hombre que camina detrás de la mula regentó el molino hasta que la mala suerte le mató enganchándole en una de las correas que mueven el cedazo. Braulio ha ido muchas veces a moler. Por eso ama todo lo que tenga que ver con el molino: la tolva, las piedras, las correas, el agua… Incluso las telarañas empolvadas de harina que cuelgan de las vigas del techo como blancos fantasmas le parecen familiares, como de casa. Todos los ruidos le son conocidos: la caída del agua, el traqueteo de la madera de la tolva, el runrún de la piedra enorme cuyo movimiento tanto le cuesta imaginar… Todos conforman una música armoniosa que invita al sueño. Y más de una vez, Braulio se ha quedado dormido plácidamente sobre las piedras limpias de musgo de la entrada, a la sombra de los alisos, hasta que el molinero ha venido a despertarle. Despierta hostias, que estos de Horcajo no pensáis más que en dormir. Y Carolo le lleva hasta un arca enorme donde cae la harina y Braulio la coge y la frota suavemente entre los dedos calculando su textura y le dice al molinero que le cobre la cueza, pero este responde que se la ha cobrado ya y Braulio pone cara de circunstancias y meten la harina en el costal y cargan el burro y Braulio se despide e inicia el camino de regreso.
Braulio imagina ahora al molinero descargando los costales de harina y cargando otros de grano en cualquiera de las casas del pueblo, aunque no esté el ama, como dirá él, porque Leandro tiene esa confianza que dan los años y que le permite subir al sobrado y coger el grano. Cualquier casa antes que volver de vacío. Y así, andando y pensando - pan y agua, pan y vida-, el hombre, siempre detrás del rebaño, cruza la Quebrá y llega a la fuente de la Joya, se sienta, coloca el morral de cabecera y se tumba en el regajo, esperando que aparezca el muchacho, si es que aparece. Y aparece, pero solo, sin la perrucha y cuenta que el animal se ha metido en una cueva, debajo de un canchal, detrás de la Balsa, cerca de la pilas, persiguiendo un bicho, el muchacho no sabe qué es, y que no sale y que su padre le va a matar. Y Braulio, que pensaba explicarle las hermosas vistas del Circo de Gredos, ni siquiera lo intenta, porque se ve que el mozalbete no está para turismos. Así que se sienta, abre el morral y saca la merienda. Y antes de que desate la servilleta, llega la perra, jadeante y sudorosa, con la lengua fuera y un arañazo en una oreja. El muchacho la abraza como si fuera una novia y el bicho le lame las manos y la cara, lo que a Braulio no le hace ninguna gracia, porque los perros son perros. Y, entonces, sí. El muchacho, con la alegría pintada en los ojos, le dice:
- Ande, tío Braulio, cuénteme lo de los novios de tía Jeroma.
Pero el hombre, por eso de mantener la autoridad, le pide que vaya a volver las cabras, que van llegando al cancho de la Mula, en la linde de lo de Navasequilla.
- Que ya sabes que esos tienen malas pulgas.
El muchacho no le oye, porque, con la fuerza de los pocos años, corre como un gamo, monte arriba, seguido del perro. Y, antes de que lleguen, las cabras, como si una fuerza invisible se lo ordenara, rodean la cabeza y enfilan hacia la cumbre del Sillar. Braulio tiende la vista sobre el rebaño extenso, escucha las esquilas armoniosas y siente cómo una sensación de paz le recorre la espalda, como si el mundo se acabara aquí, entre los peñascos del Castrejón.
RHM.
Julio 2011

lunes, 30 de mayo de 2011

TRILLO





En agosto el amarillo lo invade todo. Amarillo de trigo, de campo, de sol. Amarillo en los sombreros de paja de los hombres y en las gorras primorosas de las mujeres. Todos los quehaceres de este mes conducen a la era, como las gargantas de la sierra conducen al río. La era es el río y la mies recogida es la paz. Casi un año entero cuidando el grano, mimándolo, esperando y rezando para que todo llegue a buen puerto, para que por fin se vea en los costales. Ya hemos recogido el pan, dicen las mujeres con alivio, con el mismo tono con el que afirman que la Cordera ha parido con bien, que han vendido la lana o que el muchacho ha venido de la mili.
Hasta que llegan las vacas, en la era todo es quietud y sosiego; todo parece estar en orden: la parva tendida desde el día anterior, los yugos preparados, los trilladores expectantes… Pero con los animales, todo se torna actividad frenética: la calma y el silencio de la mañana se ven repentinamente rotos por las yuntas de vacas que entran en la parva al asalto, como caballos desbocados; por los burros, ingobernables y estúpidos, que no encuentran el camino, como si la era se les quedara pequeña; por las voces y los trillos que se arrollan; por las montañas de paja, como olas gigantescas en las que los trillos podrían ser tablas de surf, si los niños supieran qué es eso.
A mediodía se para todo. Las vacas se quedan quietas, rumiando tranquilas como si ninguna cosa pudiera alterarlas. A los burros se los desengancha del trillo, se los lleva a beber agua y se les permite comer un poco de la misma parva, con sumo cuidado, el grano justo, porque el torzón es traicionero y puede matar al bicho más fuerte. Los hombres y mujeres, provistos de enormes horcas de hierro, dan la vuelta a la mies entre nubes de tamo, abriendo una zanja enorme, como una trinchera. Los niños aprovechan para los primeros juegos a la sombra de los robles, esperando impacientes el momento de la comida.
La tarde es otra cosa. Después de comer todo se ralentiza y en la parva sólo se oye el canto armonioso de la madre; el padre, tumbado a la sombra de los robles, intenta un breve sueño que le alivie del cansancio del día; los niños, desangelados y somnolientos, esperan cualquier cosa que altere el tedio de las horas: que llueva, que toquen las campanas, que se produzca un accidente o que el padre mande a alguno de ellos a llenar el botijo de barro a la fuente. No, a ese no le entrego yo el barril, dice la madre. Los buenos propósitos de la mañana han desaparecido. En las cabecitas de los niños comienzan a anidar ciertos agravios comparativos: que si a la hermana la han relevado varias veces, que si Fulano fue a dar agua a los burros, que si el primo fue el encargado de cortar una vara, que si yo, como voy a ir a llevar las vacas a la dehesa, tengo más derecho al descanso que ellos… A eso de las cinco, cuando cae el sol y en el suelo comienzan a dibujarse las primeras sombras oscuras, llegan las tías y la abuela. Los niños las han visto ya aparecer por la Portillera, limpias y sosegadas, totalmente vestidas de negro –sólo la gorra de paja pone una nota de color en su atuendo-, hablando entre ellas y sonriendo, caminando despacio, como si no tuvieran ninguna prisa o quisieran retrasar el barullo que su entrada produce en la era. ¡A mí, abuela, a mí. Relévame! ¡A él no, que hace un rato ha ido a beber agua; a mí, que no me han relevado en todo el día! Pobrecito mío, comenta la abuela con una sonrisa pícara. Y los gritos se transforman en voces y las voces en llanto y pronto toda la era es un griterío infernal donde sólo los animales mantienen la calma, como si esa algarabía escandalosa no fuera con ellos. Y entonces, sobre el cri-cri de las cigarras y el alboroto de los niños se oye la voz del padre, alta, grave. ¡A que me quito el cinto! Y por un momento se hace el silencio, pero enseguida se reanudan las voces porque los niños saben que no se va a quitar el cinto y que si lo hiciera, los cuerpos de las mujeres se interpondrían entre ellos y el hombre. Y él también lo sabe, por lo que, refunfuñando algo sobre trillar con niños, coge un puñado de baleos y se dispone a hacer una escoba, desentendiéndose inteligentemente del escándalo que forman las mujeres y los niños. Luego, todo se calma, los chiquillos están en la sombra, tumbados sobre los aparejos de los animales, y en la parva sólo se oyen los cantos cadenciosos de las mujeres y, de vez en cuando, alguna risa satisfecha. La calma ha vuelto y ya sólo queda esperar la hora de la suelta.
RHM. Mayo 2011.