jueves, 2 de septiembre de 2010

CAROLO



Carolo no es pequeño ni peludo ni suave; es más bien grande y áspero. Tampoco es blando y más que de algodón, parece de corcho. Ni siquiera sus ojos, negros como el azabache, son duros, sino blandos, como dos ciruelas negras, redondas y húmedas de rocío. Carolo es un burro grande y desgarbado. Tiene las orejas enormes y caídas y cuando anda las mueve rítmicamente arriba y abajo como en un ejercicio de gimnasia imposible en un asno. El pelo, negro en los costillares y entremezclado de blanco en la barriga y las patas, le da un aspecto seductor de burro color ceniza. Pero lo que hace atractivo a Carolo son sus andares.
Siempre hemos tenido en casa burros indómitos que no cabestrean, que no andan y tan tozudos que, a veces, son ellos quienes deciden la ruta. Ni voces ni palos en el cuello consiguen torcer su voluntad de burros. Sin embargo, Carolo es extrañamente dócil: le tiras suavemente del rabero y te sigue confiado y tranquilo. Lo arrimas a una piedra para montar y espera hasta que te has acomodado en la albarda. Cuando lo tocas suavemente con los talones en la panza, emprende el camino; primero despacio y luego al ritmo que marca el jinete. Con esos andares tan particulares: moviendo rítmicamente los ijares y las orejas, balanceando a un lado y a otro el rabo, deprisa, sin necesidad de palo ni de voces. Al principio el jinete vacila un poco imbuido del balanceo del animal, como si fuera algo achispado, pero enseguida se acomoda al ritmo del burro, como si viajara en una barca mecida por un viento suave y constante.
A Carolo lo han comprado en Extremadura y ha hecho el camino con las ovejas que suben en primavera. Es hijo de una burra del guarda de la dehesa a la que los niños llaman Carola –de ahí el nombre del burro- y de un garañón del porquero, grande como un carro de heno. Antes de traerlo a la sierra, lo han castrado, porque los burros enteros rebuznan como locos cuando ven a otros, aunque sean machos, y resultan muy difíciles de dominar, sobre todo por los niños. Así que al pobre Carolo lo ha capado un pastor experto y como no corre a otros burros ni se encela ni tiene malos pensamientos, se ha puesto gordo como un tejón.
Sin embargo, Carolo sufre un problema bastante común en los burros capones: se espanta. Cuando un lagarto se esconde entre las piedras o una culebrilla repta entre el pasto, cuando un pájaro vuela entre los sauces o, incluso, cuando un golpe de viento mueve bruscamente las ramas de los robles, Carolo se asusta, salta y se retuerce hasta alcanzar un escorzo imposible que puede dar con el jinete en el suelo. Los burros espantizos no son buenos para la casa: un brazo, una pierna, un dedo o cualquier otro miembro del cuerpo son más necesarios que el propio burro; por eso, contra el criterio de los más jóvenes, los mayores han decidido venderlo cuando terminen las tareas del verano.
Hoy Carolo ha estado trillando, firmemente uncido al cuello de otro burro. Todo el día dando vueltas y vueltas tirando del trillo sin un mal gesto, triturando con sus cascos la paja de cebada reseca por el sol; moviéndose lánguidamente, como si no le costara, como si no hiciera calor, como si las moscas no le molestaran, como si disfrutara con las canciones hermosas que le llegan del trillo.
Esta noche los niños hemos ido a verle a la cuadra porque Carolo está triste, como si presintiera que lo van vender. Tumbado sobre las patas traseras, las orejas mucho más gachas de lo habitual, los ojos negros húmedos y llorosos, emite pequeños sonidos, como lamentos profundos. Carolo no ha querido cenar. Los mayores entran con cubos de agua y de comida, pero como no come ni bebe, salen preocupados; dicen que no está triste, que está enfermo. Enseguida echan a los niños, que nos quedamos en la calle con los ojos pegados al cristal de la ventana, callados, escuchando. Carolo tiene torzón. Parece ser que ha comido más cebada de la cuenta y luego ha bebido agua y se le han atascado los intestinos. Eso dice un mayor que entra con una vara de acebo. Entre todos lo levantan con mucho trabajo y lo mantienen de pie, sobre las cuatro patas temblorosas. Colocándose un hombre por cada lado, meten la vara por debajo de la barriga y, firmemente sujeta por ambos, comienzan a moverla adelante y atrás, en un masaje suave que pretende mover también el intestino del burro. Una vez y otra, y otra y así hasta que los dos hombres sudan y jadean. Pero el burro sólo quiere descansar en el suelo y, en cuanto le dejan, se echa. Ni un aire ni nada que indique movimiento en las tripas. Pesimismo en las caras, pesadumbre en los amos. Los mayores hablan bajito, como si no quisieran que el burro conociera sus intenciones y, de pronto, parecen ponerse de acuerdo; levantan con mucho esfuerzo al animal otra vez, lo sujetan firmemente y una mujer, con el brazo remangado hasta el hombro y envuelto en un plástico blanco, introduce la extremidad por el ano del animal en un intento vano de alcanzar el atranco y deshacerlo. Carolo ya ni siquiera se queja; tembloroso se deja hacer y, cuando puede, se acuesta sobre los ijares e inclina la cabeza. Los mayores lo rodean como en un duelo prematuro, firmemente convencidos ya del final próximo e ineludible. Sólo los niños, las caritas pegadas a la ventana, abrigamos alguna esperanza. De pronto, Carolo hace un intento por levantarse, emite un quejido largo y profundo y se deja caer sobre un costado cuan largo es. Luego, se queda quieto, las patas muy juntas y el belfo caído.
RHM
Julio 2010.

miércoles, 28 de julio de 2010

OLORES Y SABORES



A la cuñada le gustaba despotricar del pueblo. Aunque había vivido allí hasta después de casada, decía que en el pueblo no había de nada; no había costumbre de limpieza – higiene, explicaba-; se lavaban como los gatos y recalcaba que aún dormían con el orinal debajo de la cama. No como en Olivenza, donde ella vivía, que tenían un cuarto en el corral que llamaban privado y que cuando tenían ganas iban allí y hacían aguas mayores o menores en una especie de baño que tenía un agujero en el medio y echaban un cubo de agua y todo se iba por el boquete. Decía también que ni siquiera tenían cocinilla de gas, y que en su pueblo sólo encendían la lumbre cuando hacía frío, mientras que allí, venías en julio de hacer un armeal o de la era en agosto y tenías que encender la lumbre para hacer una tortilla o unas patatas con arroz.

Las mujeres del pueblo hacían como que la escuchaban y como que se interesaban por el asunto de la cocina y de los otros adelantos que tenía en su pueblo grande, y le contestaban que cómo iba a saber igual una olla de berzas hecha en el puchero, a la lumbre, que con esos inventos del diablo que seguro que la dejaban choncha. Luego, ya solas, la tachaban de tontiloca, marisabidilla y presumida, porque sabían bien que en su casa no había tanto como ella decía y sabían también que su marido, el Eufrasio, que había dejado las ovejas para colocarse de guarda en una dehesa y cobrar todos los meses, ganaba tan poco que tenían que agarrarse a lo que salía y que ella misma se había tenido que poner a servir en la casa de un rico del pueblo y que allí sería donde habría visto el privado – y decían privaaaado- y la cocinilla, en la casa de los amos, que los ricos ya se sabe y que por mucha agua que echaran, aquello tenía que oler; así se consolaban también ellas, que ya estaba bien de tanta presunción y de tanta tontería. Y que en el pueblo los establos del ganado estuvieran al lado de la vivienda no quería decir nada porque ya se sabe que lo de los animales no huele y, además, sirve para estercolar los huertos.

Pero a la mujer no se le olvidó lo de la cocina y cuando fue a Olivenza a llevar a la abuela, que la tenían a años, y la cuñada dijo que iba a hacerles un agua porque la anciana iba bastante mareada, se dio buena cuenta de que no encendió la lumbre, sino que levantó la tapadera de una especie de caja grande de latón pintado de blanco con ribetes azules, giró un botón que tenía en el frontal y de un redondel negro de la parte superior surgió una llama azul que calentó el agua en un pispás. Así que la mujer, que al fin y al cabo estaba en casa ajena, no tuvo más remedio que bajarse del burro y preguntar a la cuñada por la cocinilla. La otra, que algo presumidilla debía de ser, le dio todo tipo de detalles sobre el aparato y repitió muchas veces que si la compraba que tuviera mucho cuidado con el gas, que explotaba a la mínima y que tendría que agujerear la puerta de la cocina y la de la calle para que saliera en el caso de que hubiera un escape. Y le enseñó el habitáculo donde iba la botella y la cabeza, que tenía como una pestaña - una válvula, dijo la cuñada-, que había que cerrar siempre que no se cocinara.

La del pueblo pequeño se asustó un poco, pero pensó más en lo que ganaba que en lo que podría pasar y, además en su casa tenían la jornilla en las puertas para que entraran y salieran los gatos y la chimenea abierta y el marido se tiraba una buena parte de agosto echando leña y ella sudaba la gota gorda en verano, cuando lo primero que tenía que hacer nada más levantarse era encender la lumbre y lo mismo a mediodía y por la noche, aunque hiciera un calor de mil demonios. Así que, al regresar, mientras esperaba en El Barco a que se hiciera la hora para el coche de línea, fue a ver a uno que descendía de La Lastra, de los Folanas decían, y le pidió precio por la más chica que tuviera porque la cocina de la casa era muy pequeña. Y como vio al hombre dispuesto y el precio no la desarreglaba, la compró y a los pocos días se la llevaron y, aunque tuvieron que sacar la cantarera, la cocinilla quedó lista para el uso en la parte de atrás y la mujer, enterada de todo lo que necesitaba saber para guisar en ella. Y cuando, al verano siguiente, vino la cuñada y vio el utensilio, preguntó con cierto retintín si ella o el hombre habían notado alguna diferencia en el sabor de la comida y la mujer, con cierto orgullo, respondió que su marido decía que los guisos de puchero no sabían igual, pero que lo que perdía en el paladar lo ganaba en los brazos, que unas buenas cargas de leña se había ahorrado.
RHM
Julio 2010.

viernes, 18 de junio de 2010

LEÑA Y ASCENSORES


No era un oficio que el niño amara especialmente. Guardar las vacas era monótono y aburrido. El día se hacía interminable, tedioso. No había que hacer nada, sólo estar allí, mirando de vez en cuando a los animales y dando alguna voz para que notaran la presencia del vaquero. La linde del prado quedaba dibujada por un leve bardo de sauces que aún no servía para retener a los animales. Los campesinos tenían por costumbre pinchar una hilera de varas cuando dividían una finca en dos o más partes. Todavía hoy se pueden admirar estos bardos hermosos, ahora crecidos de más, que adornan muchos prados que antes fueron uno solo. Hasta que las plantas crecían no había más remedio que guardar las vacas para que no se pasaran de un prado a otro.
Cuando llegó, los dos hombres estaban a lo suyo y no repararon en el niño. El día anterior habían derribado un roble grande y viejo, lo habían despojado de las ramas con hachas afiladas y habían dividido el tronco en pedazos de un metro más o menos serrándolo con un tronzador que el niño ya había visto en otras ocasiones. Ahora estaban rajando los leños para convertirlos en astillas más finas que, una vez secas, calentarían las cocinas en los días siempre fríos del duro invierno serrano. El niño sabía que las cuñas de hierro, utilizadas para astillar los gruesos troncos de roble verde, eran herramientas peligrosas si no se usaban con sumo cuidado. Ya habían originado algún accidente, especialmente cuando saltaban del tronco y volaban como pájaros asustados, al golpearlas fuertemente con la marra. Por eso no se acercó a los dos hombres hasta que pararon para comer.
Uno era ya viejo. Gastaba calzones de estezao y zajones de cuero; se cubría con una gorra de paño negro que tocaba constantemente con la mano libre, como si quisiera cerciorarse de que seguía en su sitio. En el cuerpo llevaba la clásica blusa de lienzo azul, suelta por encima de la cintura. El otro era más joven y vestía una indumentaria más moderna: camisa blanca de rayas y pantalón de pana negro, sujeto a la cintura con una cuerda blanca que llamó la atención al niño. Ambos calzaban abarcas de goma atadas con correas de piel de gato.
Los dos hombres se sentaron a la sombra. Extrajeron de unas grandes alforjas de cuero oscuro un pan redondo y grande abierto como un bocadillo enorme que albergaba en su interior una amarillísima tortilla de patatas. Extendieron una servilleta de cuadros azules y blancos sobre el pasto reseco y encima colocaron una fiambrera de latón que rebosaba trozos de jamón, chorizo, queso, torreznos y trozos de costilla de cerdo frita. Bebían a garlo de una bota de vino, ennegrecida por el uso, que levantaban con ambos brazos y apuntaban directamente a la boca. Se ayudaban de sendas navajas cabriteras que hacían las veces de tenedor y cuchillo. Cortaban pedazos de pan y colocaban encima el fiambre sujetándolo con un dedo; partían pequeños trozos y los llevaban a la boca mientras charlaban animadamente.
El niño, un poco apartado a la sombra de un rebollo, sin perder de vista la linde de los dos prados, sacó de un morralillo de piel de borrego la comida que su madre le había preparado con mimo: pan, fiambre, un gran trozo de queso fresco y un bollo frito bien espolvoreado de azúcar. Entonces le llamaron los hombres para que se sentara con ellos. Se acercó con cierta timidez expectante y pronto se sumergió en la conversación de los mayores; escuchaba embebido cómo contaba el más viejo sus escarceos con el lobo en León y en el pueblo. Entonces llegó el tío Basilio; traía al hombro una azadilla mojada, se quedó mirando a los hombres y sin más preámbulo preguntó, algo irónicamente, si la leña se dejaba rajar. Y el más joven, que aún sudaba copiosamente, respondió inmediatamente que eso era lo malo, que no se dejaba y que por eso andaban a hostias con ella.
El niño, nada experto en ironías, no entendió cómo podría dejarse rajar la leña ni la metáfora de andar a golpes con ella.
El nuevo se sentó tranquilamente, sacó una petaca de piel del bolsillo de la chaqueta, vertió un buen puñado de tabaco en el hueco de la mano derecha, sujetó con la punta de los dedos un fino papel blanco, de librito, y, con destreza de fumador experimentado, lió un cigarro que se colocó entre los labios. El niño, que no había perdido ripio de todo el proceso, se sorprendió del trozo enorme del cigarro que el hombre introdujo en su boca, cerca de la mitad. Cuando se disponía a encenderlo con un chisquero de mecha, una especie de relámpago brilló en la lejanía de la carretera y el hombre dijo que era el reflejo del sol en el cristal de un coche, otro más y van cuatro hoy, y se embarcó en una reflexión sobre la posibilidad nada remota de que pronto habría un coche en cada casa y que qué acierto había sido hacer la carretera, que cuando estaban picando, algunos creían, que para camino de burros y carros, valía como estaba, que no se iba usar y mira tú, cuatro coches hoy, sin contar el del médico, que los había contado él que llevaba toda la mañana en las Puentecillas.
Entonces la conversación derivó sobre los últimos adelantos, que llegaban casi sin avisar, como decía el recién llegado. El más viejo dijo que había visto en el periódico del maestro la fotografía de un edificio cuatro o cinco veces más alto que la torre de la iglesia, por lo menos de cuarenta pisos, uno encima del otro. El niño, que miraba alternativamente al que hablaba y luego a los otros girando el cuello con soltura, imaginó enseguida la escalera de la torre, de treinta y cinco peldaños, que a él le habían parecido muchos más y, sin poderse reprimir, preguntó por las escaleras infinitas que el edificio de la foto debería de tener. El más viejo comentó que había oído decir que existían ya unos aparatos que subían a la gente a esos edificios tan altos; y el que fumaba dijo que eso la sabía él muy bien y la madre del niño, también, porque habían ido los dos a Salamanca a operar a uno de sus hijos de las anginas y habían visto esas cajas, que llamaban ascensores, y que te montabas en ellas y le decías a un hombre que estaba siempre dentro a qué piso ibas y que el aparato – dijo aparato- te subía sin más y que no te mareabas ni nada. Y, mirando al niño, le dijo claramente que si no se lo creía, que a la tarde, cuando llegara a casa, que le preguntara a su madre, que ya vería como no le dejaba por mentiroso.
Pero el niño, que en muchos momentos había estado tan fascinado por la conversación de los mayores, que se había olvidado de comer el bollo frito de pan recién amasado, cuando, ya solo, conducía las vacas al establo, decidió no preguntar nada a su madre, no fuera ésta a pensar que era tan fácil engañarle. Ascensores, menudo nombre- pensaba el niño- Aún si se hubieran llamado montadores, subidores o elevadores, quizá.
RHM. Junio 2010.

lunes, 7 de junio de 2010





El agua en los prados, los nidos incipientes, las tardes eternas y los anocheceres lentos y suaves; los grillos musicales, la luz única. Es la primavera en el valle.

sábado, 5 de junio de 2010

SIMEÓN


Mira que se lo dije bien clarito. Que si vienes a atar, que tengas en cuenta que voy a cargar yo solo. Estábamos terminando de recoger los chivos de la orilla después de haber segado lo mollar de La Iruela. Era entre dos luces y llevábamos ya un rato jugando a la lotería con la hoz y los dedos de la mano izquierda; pero queríamos terminar aunque se quedaran sin atar los haces. Luego mañana ya vendría Simeón a recoger las gavillas y por eso le dije que hiciera los haces arreglados. Porque hay que conocer a Simeón: grande como un toro y fuerte como una mula. Tan grande que una vez que se cayó entre la pared de la almialera y el almeal se vieron mal para sacarle entre cuatro hombres. Tan fuerte que podía levantar una garipola de heno de una sola vez, como si fuera papel. Una tarde que andábamos unos pocos matando el tiempo, ya al anochecer, en la Asomadilla vimos que se movía algo en la fuente del Barajón y dijo Juan Mindaña: Llega un bulto a la fuente; o es una carga de heno, o es el toro concejo, o es Simeón. Cuando El Mediero le fue con el cuento, Simeón quiso enseguida ir a buscar a Juan para cantarle las cuarenta, aunque yo creo que, en el fondo, le agradaba que le comparáramos con el toro del pueblo, el bicho más grande que conocíamos.
Así que cuando fui a cargar y cogí el primer haz ya me pareció que pesaba algo más de lo normal. Lo coloqué con cuidado para que no se esgranara, las espigas a la derecha, y puse el segundo al revés, tracamundeao, como nos han enseñado desde chicos y el tercero encima, al hilo con el primero; luego, hice lo mismo con los otros tres, los até con cuidado y situé bien el burrillo, que ya lo decía el abuelo, si quieres cargar bien un burro, la mano derecha pónsela al culo y me dispuse a echar los lazos. Los levanté con bastante esfuerzo y me di la vuelta, pero cuando empujé para ponerlos encima de la albarda, ¡los cojones!, no llegué más allá de la testera. El burro se movió y los lazos fueron al suelo. Me cabreé lo mío con Simeón y con el animal, aunque bien sabía yo que el burro no tenía ninguna culpa. Como pude los levanté otra vez y los apoyé en la albarda, luego me subí por el otro lado y tirando de ellos con fuerza me dejé caer al suelo. Sólo así, como se carga el heno, conseguí subirlos. Después coloqué otro haz en el centro, las espigas para atrás, como Dios manda y pinché los cargadores en los lados con otros dos haces; eché en lo más alto el cuarto y tire la riata; trabé el ventril y apreté con todas mis fuerzas. Que no son muchas. El burro ya no se movía, quizá algo asustado por mis bramidos anteriores. Cerré la puerta y, el animal delante y yo detrás, emprendimos el camino hacia la era.
Tuve que parar dos o tres veces a enderezar la carga, que se ladeaba, no sé si porque iba floja o porque el mismo burro, que llevaba un sofocón grande y se doblaba como si quisiera revolcarse, la torcía. Al pasar el arroyo del Tejaízo estuvo a punto de caerse, así que me agarré a ella como si se fuera a escapar y así llegamos a la Portillera. Allí estaba la mi María, con un huevo batido en vino, para llevar la carga a la era y que yo me fuera a soltar la pastoría; pero nada más separarme de ella oí un chillido y cuando volví la vista, vi al burro y la carga en la tierra del camino. Y entonces sí. Se me nubló la mente y, más que gritos fueron aullidos. La Virgen y los Santos y todos los Coros celestiales fueron saliendo de mi boca con palabras que vale más no reproducir. Y cuando María dijo: Ay, Nisio, por favor, no blasfemes más y encomiéndate a Dios, yo, sin pensarlo, respondí: ¡Encomiéndate a Dios, encomiéndate a Dios, encomiéndate al forro de los mis cojones! Y con la ayuda de la mujer, cargué el burro otra vez y, uno por cada lado de la carga, llevamos a la era el poco grano que quedaba.
RHM
Mayo 2010.

jueves, 27 de mayo de 2010

INGENUO

En el pueblo siempre tuvimos con Dios una relación de respeto no exenta de temor. El fervor religioso, al menos externamente, dependió mucho del cura de turno. Los hubo que se integraron poco; cumplían fielmente con su cometido, pero apenas se mezclaban con la gente: caminaban siempre solos leyendo un libro de tapas negras y bordes dorados, contestando lacónicamente a las escuetas buenas tardes, señor cura de los aldeanos. Inspiraban poca confianza y si preguntaban algo, siempre surgía la eterna susceptibilidad de los campesinos pobres: ¡Qué querrá saber éste. Si te pregunta, tú no contestes! Y así transcurría la vida religiosa en el pueblo, entre misas dominicales, rosarios en mayo, bautizos, matrimonios y viáticos. Cada uno a lo suyo, o, mejor dicho, cada uno en su casa y Dios en la de todos.
Sin embargo todo cambió con la llegada del padre Ángel. Cuando me dijo mi hermana que había venido un cura nuevo y que había que llamarle padre, me extrañó bastante, sobre todo porque padre no hay más que uno y el mío estaba, como casi siempre, en Extremadura y yo no entendía cómo mi madre iba a consentir que yo llamara padre a otro. Pero era cierto: había llegado un cura nuevo que se llamaba Ángel, al que había que llamar Padre Ángel. Se instaló con sus padres -estos sí lo eran- en la inmensa y destartalada casa que llamábamos del cura, al lado mismo de la iglesia. La única casa del pueblo que tenía rosales en las paredes y frutales en el gran corral que la rodeaba. Que estuviera separada del antiguo cementerio sólo por una pared no debió importar a los curas porque, al fin y al cabo, hacía muchos años que no se enterraba a nadie allí y, además, como decía mi abuela: “De ahí no ha vuelto ninguno. Ni volverá”.
Recuerdo al cura nuevo como un hombre alto y fuerte, moreno, con el pelo negro, liso, la cara redonda y ancha y la frente amplia. Era algo panzudo y de aspecto imponente frente a los escuálidos vecinos del pueblo. Poseía una voz bien timbrada y un verbo fácil que adecuaba sencillamente al vocabulario de los campesinos. En conjunto, resultaba bastante atrayente Enseguida despertó mi curiosidad, sobre todo por lo que oía a los mayores en la escuela: que subía con ellos a la torre por la noche y tiraban cohetes dando palmadas y golpeándose los pantalones a la altura de los muslos, que les había enseñado a fabricar las obleas que servirían en la iglesia para tomar la comunión, que se sabía un montón de juegos nuevos, como el pañuelo, la bandera y otros, que por la noche esperaban a que bajara de Navasequilla para mirar las estrellas y escuchar de su boca las historias más seductoras... Así que el Padre Ángel tuvo pronto una numerosa corte de admiradores entre los chicos y chicas mayores a la que yo no pude pertenecer por mi poca edad y bien que lo sentí.
El cura intervenía en todo: iba a la escuela como si fuera el maestro, e incluso se hizo cargo de los alumnos en ausencia de éste y lo hizo muy bien. Trajo al pueblo los Reyes Magos en una noche mágica e imborrable sólo empañada por el frío y la falta de luz; hablaba con todos con una llaneza y camaradería que a mí me asombraba y parecía, y seguramente lo estaba, dispuesto a atender cualquier problema a cualquier hora y en cualquier lugar donde se le necesitara.

No sé muy bien cuándo cambió la situación. Ni siquiera recuerdo si fue de forma brusca o no. Pero sí sé que pronto el cainismo ancestral que nos caracteriza se hizo presente en el pueblo y reclamó su parte de tarta en forma de rumores malintencionados que la ingenuidad de un niño, en este caso yo, llevó a los oídos del cura. Ahora sospecho que ya debía de conocer por algún otro medio los comentarios chismosos que ciertos ciudadanos y, sobre todo, ciertas ciudadanas hacían de su ilustre persona. El caso es que cuando me fui a confesar y el padre me preguntó sobre la murmuración e insistió un poquito con dos hábiles y certeras preguntas, yo le explique con pelos y señales los comentarios que había oído a las mujeres y que no reproduzco aquí porque seguramente no serían ciertos. Muchas veces he pensado en la expresión que debió de poner el sacerdote, pero entonces ni siquiera hice ademán de levantar la cabeza para mirarle.
El cura se quedó algún tiempo más y luego se fue. Y con él se fue, como un viento fresco y vivificador, el primer soplo de modernidad que vino al pueblo y, quizá, la posibilidad de haber cambiado algo en el triste destino de los campesinos. Regresó varios años después, un día de El Corpus para celebrar la misa y la procesión. Entonces, ya más mayor, me sorprendieron los abrazos efusivos, las sonrisas directas y los gestos de cariño que le dedicaron los y las que antes tanto le habían criticado, así como los esfuerzos que hacían para estar a su lado. Hoy ni siquiera me hubiera sorprendido.
RHM
Dic09

martes, 11 de mayo de 2010

CALABONES Y TOMILLOS



Allá por el año 1895, aprovechando que el Estado andaba, como ahora, escaso de fondos, los hombres del pueblo compraron la dehesa. Se beneficiaron de los vientos desamortizadores de la Ley Madoz, que puso a la venta muchos de los bienes llamados de propios de esta zona de la provincia de Ávila. Es probable que los compradores no supieran entonces que estaban dotando al pueblo de la única finca capaz de producir ingresos en efectivo de forma inmediata y continuada. De hecho, ciento quince años después, sigue siendo la posesión más rentable del pueblo y la única que reparte beneficios anualmente. Los administradores de la dehesa eran dos comisionados que se nombraban el día de Año Nuevo a propuesta de los salientes y después de que el concejo revisara y aprobara las cuentas. Que el cargo se aceptara de mejor o peor grado dependía de diversas circunstancias. Se valoraba, sobre todo, la buena sintonía con el compañero, llegándose incluso a rechazar con un rotundo y claro yo con ése no soy si la susodicha sintonía no era la adecuada. A veces, los consejos de los más allegados tampoco contribuían a que el cargo de comisionado se ejerciera con más entusiasmo que el estrictamente necesario. Recuerdo ahora, cuando los comisionados ya no residen en el pueblo, una anécdota que oí a un grupo de ancianos una tarde cálida de verano. Estaban sentados a la entrada del pueblo, sobre una viga dura que, a falta de mejor banco, les servía de descansadero después de haber paseado despacito hasta el puente, firmemente apoyados en sus rudimentarios bastones de álamo o sauce. Hablaba con voz firme una señora mayor, enteramente vestida de negro como las otras, sobre un viaje que uno de sus hijos -comisionado aquel año- tuvo que realizar desde Madrid al pueblo en pleno invierno, con las carreteras nevadas y el tiempo incierto, para recabar unos documentos relacionados con la dehesa boyal en el Ayuntamiento de la localidad.
-Mira, cuando me dijo que se venía al pueblo, es que me encendí. Así que le dije: Pues yo… Que tú vayas al pueblo por la desa, por esas carreteras, con el tiempo que está, pa la parte que tienes… Tú estate quietito y el que tenga parte que lo negocie, que muchos he visto yo que bien que cobran en agosto cuando pagan las vacas, pero luego, cuando hay que hacer algo, bien que se están en casa. Que ya lo decía tu padre, el mi pobre, que algunos sólo van a la desa el día de las regaderas; a pimplar y porque es gratis.
Hablaba la mujer y asentían los demás, como si todos compartieran la misma opinión y como si todos hubieran sido siempre colaboradores desinteresados, aunque, mientras dibujaban con el garrote extraños arabescos en la tierra ocre del borde de la carretera, en su cabeza, estarían ubicando a cada uno de los otros en el bando correspondiente.
Los comisionados determinaban los días de regaderas, las fechas de entrada y salida, el número de vacas forasteras, la búsqueda de toros, y, además llevaban la administración económica de la finca: cobro y reparto de beneficios, a tanto la centésima. En agosto, aprovechando que la mayoría de los propietarios estaba en el pueblo, se hacían las cuentas y se entregaba a cada socio la cantidad correspondiente en forma de dinerito contante y sonante y en función de la parte que tuviera. La propiedad estaba tan repartida que muchos no poseían más que algunas centésimas.
La administración de la dehesa estuvo siempre sometida a controversias que, en muchas ocasiones, se dilucidaban en los días de regaderas – de asistencia obligada para todos los que tuvieran parte-. El día señalado, nos juntábamos en la puerta de la finca y allí, mientras los hombres hacían las regaderas que llevarían el agua a las zonas de pastos y levantaban los portillos que se habían originado durante el invierno, las mujeres y los niños, bajo la batuta de algún hombre mayor y animados por el ya entonces clásico vamos, muchachitos, de tio Catalino, recorríamos toda la propiedad deshaciendo las boñigas de las vacas y esparciéndolas entre la hierba incipiente para que sirvieran de abono a las praderas, aún invernales. A la hora de comer nos juntábamos en la puerta del chozo, sacábamos del morral las viandas que llevábamos de casa y conversábamos amigablemente hasta que algunos hombres, animados por el vino de Jerte que la Comisión repartía con prodigalidad aquel día, levantaban la voz algo más de lo conveniente y todos nos callábamos para escuchar y contar luego lo que había pasado. Recuerdo que en aquella ocasión la discusión había surgido entre los socios que tenían vacas -la mayoría– y otro que no las tenía y que se quejaba de lo poco que pagaban los animales del pueblo:
-¡Qué bonito, está de cojones esto de la desa, tú cinco, este tres, ese las que quiera, a la desa gratis, a comerse lo mío y lo de los otros que no las tenemos! ¡Tiene huevos; vosotros cobráis los becerros y nosotros mantenemos las madres!
Intervino entonces un hombre moreno, de aspecto serio y cachazudo, quien, sin levantar mucho la voz, respondió:
-Calla, hombre, no te quejes tanto, que en tocante a la parte de la desa, poco nos pueden robar a ti y a mí, porque yo no tendré más de un calabón y tú no creo que llegues a un tomillo.
Entonces, por encima de las risas del grupo, se oyó una voz rotunda:
-Di que sí, muchacho.
RHM. Mayo 010.