viernes, 18 de junio de 2010

LEÑA Y ASCENSORES


No era un oficio que el niño amara especialmente. Guardar las vacas era monótono y aburrido. El día se hacía interminable, tedioso. No había que hacer nada, sólo estar allí, mirando de vez en cuando a los animales y dando alguna voz para que notaran la presencia del vaquero. La linde del prado quedaba dibujada por un leve bardo de sauces que aún no servía para retener a los animales. Los campesinos tenían por costumbre pinchar una hilera de varas cuando dividían una finca en dos o más partes. Todavía hoy se pueden admirar estos bardos hermosos, ahora crecidos de más, que adornan muchos prados que antes fueron uno solo. Hasta que las plantas crecían no había más remedio que guardar las vacas para que no se pasaran de un prado a otro.
Cuando llegó, los dos hombres estaban a lo suyo y no repararon en el niño. El día anterior habían derribado un roble grande y viejo, lo habían despojado de las ramas con hachas afiladas y habían dividido el tronco en pedazos de un metro más o menos serrándolo con un tronzador que el niño ya había visto en otras ocasiones. Ahora estaban rajando los leños para convertirlos en astillas más finas que, una vez secas, calentarían las cocinas en los días siempre fríos del duro invierno serrano. El niño sabía que las cuñas de hierro, utilizadas para astillar los gruesos troncos de roble verde, eran herramientas peligrosas si no se usaban con sumo cuidado. Ya habían originado algún accidente, especialmente cuando saltaban del tronco y volaban como pájaros asustados, al golpearlas fuertemente con la marra. Por eso no se acercó a los dos hombres hasta que pararon para comer.
Uno era ya viejo. Gastaba calzones de estezao y zajones de cuero; se cubría con una gorra de paño negro que tocaba constantemente con la mano libre, como si quisiera cerciorarse de que seguía en su sitio. En el cuerpo llevaba la clásica blusa de lienzo azul, suelta por encima de la cintura. El otro era más joven y vestía una indumentaria más moderna: camisa blanca de rayas y pantalón de pana negro, sujeto a la cintura con una cuerda blanca que llamó la atención al niño. Ambos calzaban abarcas de goma atadas con correas de piel de gato.
Los dos hombres se sentaron a la sombra. Extrajeron de unas grandes alforjas de cuero oscuro un pan redondo y grande abierto como un bocadillo enorme que albergaba en su interior una amarillísima tortilla de patatas. Extendieron una servilleta de cuadros azules y blancos sobre el pasto reseco y encima colocaron una fiambrera de latón que rebosaba trozos de jamón, chorizo, queso, torreznos y trozos de costilla de cerdo frita. Bebían a garlo de una bota de vino, ennegrecida por el uso, que levantaban con ambos brazos y apuntaban directamente a la boca. Se ayudaban de sendas navajas cabriteras que hacían las veces de tenedor y cuchillo. Cortaban pedazos de pan y colocaban encima el fiambre sujetándolo con un dedo; partían pequeños trozos y los llevaban a la boca mientras charlaban animadamente.
El niño, un poco apartado a la sombra de un rebollo, sin perder de vista la linde de los dos prados, sacó de un morralillo de piel de borrego la comida que su madre le había preparado con mimo: pan, fiambre, un gran trozo de queso fresco y un bollo frito bien espolvoreado de azúcar. Entonces le llamaron los hombres para que se sentara con ellos. Se acercó con cierta timidez expectante y pronto se sumergió en la conversación de los mayores; escuchaba embebido cómo contaba el más viejo sus escarceos con el lobo en León y en el pueblo. Entonces llegó el tío Basilio; traía al hombro una azadilla mojada, se quedó mirando a los hombres y sin más preámbulo preguntó, algo irónicamente, si la leña se dejaba rajar. Y el más joven, que aún sudaba copiosamente, respondió inmediatamente que eso era lo malo, que no se dejaba y que por eso andaban a hostias con ella.
El niño, nada experto en ironías, no entendió cómo podría dejarse rajar la leña ni la metáfora de andar a golpes con ella.
El nuevo se sentó tranquilamente, sacó una petaca de piel del bolsillo de la chaqueta, vertió un buen puñado de tabaco en el hueco de la mano derecha, sujetó con la punta de los dedos un fino papel blanco, de librito, y, con destreza de fumador experimentado, lió un cigarro que se colocó entre los labios. El niño, que no había perdido ripio de todo el proceso, se sorprendió del trozo enorme del cigarro que el hombre introdujo en su boca, cerca de la mitad. Cuando se disponía a encenderlo con un chisquero de mecha, una especie de relámpago brilló en la lejanía de la carretera y el hombre dijo que era el reflejo del sol en el cristal de un coche, otro más y van cuatro hoy, y se embarcó en una reflexión sobre la posibilidad nada remota de que pronto habría un coche en cada casa y que qué acierto había sido hacer la carretera, que cuando estaban picando, algunos creían, que para camino de burros y carros, valía como estaba, que no se iba usar y mira tú, cuatro coches hoy, sin contar el del médico, que los había contado él que llevaba toda la mañana en las Puentecillas.
Entonces la conversación derivó sobre los últimos adelantos, que llegaban casi sin avisar, como decía el recién llegado. El más viejo dijo que había visto en el periódico del maestro la fotografía de un edificio cuatro o cinco veces más alto que la torre de la iglesia, por lo menos de cuarenta pisos, uno encima del otro. El niño, que miraba alternativamente al que hablaba y luego a los otros girando el cuello con soltura, imaginó enseguida la escalera de la torre, de treinta y cinco peldaños, que a él le habían parecido muchos más y, sin poderse reprimir, preguntó por las escaleras infinitas que el edificio de la foto debería de tener. El más viejo comentó que había oído decir que existían ya unos aparatos que subían a la gente a esos edificios tan altos; y el que fumaba dijo que eso la sabía él muy bien y la madre del niño, también, porque habían ido los dos a Salamanca a operar a uno de sus hijos de las anginas y habían visto esas cajas, que llamaban ascensores, y que te montabas en ellas y le decías a un hombre que estaba siempre dentro a qué piso ibas y que el aparato – dijo aparato- te subía sin más y que no te mareabas ni nada. Y, mirando al niño, le dijo claramente que si no se lo creía, que a la tarde, cuando llegara a casa, que le preguntara a su madre, que ya vería como no le dejaba por mentiroso.
Pero el niño, que en muchos momentos había estado tan fascinado por la conversación de los mayores, que se había olvidado de comer el bollo frito de pan recién amasado, cuando, ya solo, conducía las vacas al establo, decidió no preguntar nada a su madre, no fuera ésta a pensar que era tan fácil engañarle. Ascensores, menudo nombre- pensaba el niño- Aún si se hubieran llamado montadores, subidores o elevadores, quizá.
RHM. Junio 2010.

lunes, 7 de junio de 2010





El agua en los prados, los nidos incipientes, las tardes eternas y los anocheceres lentos y suaves; los grillos musicales, la luz única. Es la primavera en el valle.

sábado, 5 de junio de 2010

SIMEÓN


Mira que se lo dije bien clarito. Que si vienes a atar, que tengas en cuenta que voy a cargar yo solo. Estábamos terminando de recoger los chivos de la orilla después de haber segado lo mollar de La Iruela. Era entre dos luces y llevábamos ya un rato jugando a la lotería con la hoz y los dedos de la mano izquierda; pero queríamos terminar aunque se quedaran sin atar los haces. Luego mañana ya vendría Simeón a recoger las gavillas y por eso le dije que hiciera los haces arreglados. Porque hay que conocer a Simeón: grande como un toro y fuerte como una mula. Tan grande que una vez que se cayó entre la pared de la almialera y el almeal se vieron mal para sacarle entre cuatro hombres. Tan fuerte que podía levantar una garipola de heno de una sola vez, como si fuera papel. Una tarde que andábamos unos pocos matando el tiempo, ya al anochecer, en la Asomadilla vimos que se movía algo en la fuente del Barajón y dijo Juan Mindaña: Llega un bulto a la fuente; o es una carga de heno, o es el toro concejo, o es Simeón. Cuando El Mediero le fue con el cuento, Simeón quiso enseguida ir a buscar a Juan para cantarle las cuarenta, aunque yo creo que, en el fondo, le agradaba que le comparáramos con el toro del pueblo, el bicho más grande que conocíamos.
Así que cuando fui a cargar y cogí el primer haz ya me pareció que pesaba algo más de lo normal. Lo coloqué con cuidado para que no se esgranara, las espigas a la derecha, y puse el segundo al revés, tracamundeao, como nos han enseñado desde chicos y el tercero encima, al hilo con el primero; luego, hice lo mismo con los otros tres, los até con cuidado y situé bien el burrillo, que ya lo decía el abuelo, si quieres cargar bien un burro, la mano derecha pónsela al culo y me dispuse a echar los lazos. Los levanté con bastante esfuerzo y me di la vuelta, pero cuando empujé para ponerlos encima de la albarda, ¡los cojones!, no llegué más allá de la testera. El burro se movió y los lazos fueron al suelo. Me cabreé lo mío con Simeón y con el animal, aunque bien sabía yo que el burro no tenía ninguna culpa. Como pude los levanté otra vez y los apoyé en la albarda, luego me subí por el otro lado y tirando de ellos con fuerza me dejé caer al suelo. Sólo así, como se carga el heno, conseguí subirlos. Después coloqué otro haz en el centro, las espigas para atrás, como Dios manda y pinché los cargadores en los lados con otros dos haces; eché en lo más alto el cuarto y tire la riata; trabé el ventril y apreté con todas mis fuerzas. Que no son muchas. El burro ya no se movía, quizá algo asustado por mis bramidos anteriores. Cerré la puerta y, el animal delante y yo detrás, emprendimos el camino hacia la era.
Tuve que parar dos o tres veces a enderezar la carga, que se ladeaba, no sé si porque iba floja o porque el mismo burro, que llevaba un sofocón grande y se doblaba como si quisiera revolcarse, la torcía. Al pasar el arroyo del Tejaízo estuvo a punto de caerse, así que me agarré a ella como si se fuera a escapar y así llegamos a la Portillera. Allí estaba la mi María, con un huevo batido en vino, para llevar la carga a la era y que yo me fuera a soltar la pastoría; pero nada más separarme de ella oí un chillido y cuando volví la vista, vi al burro y la carga en la tierra del camino. Y entonces sí. Se me nubló la mente y, más que gritos fueron aullidos. La Virgen y los Santos y todos los Coros celestiales fueron saliendo de mi boca con palabras que vale más no reproducir. Y cuando María dijo: Ay, Nisio, por favor, no blasfemes más y encomiéndate a Dios, yo, sin pensarlo, respondí: ¡Encomiéndate a Dios, encomiéndate a Dios, encomiéndate al forro de los mis cojones! Y con la ayuda de la mujer, cargué el burro otra vez y, uno por cada lado de la carga, llevamos a la era el poco grano que quedaba.
RHM
Mayo 2010.

jueves, 27 de mayo de 2010

INGENUO

En el pueblo siempre tuvimos con Dios una relación de respeto no exenta de temor. El fervor religioso, al menos externamente, dependió mucho del cura de turno. Los hubo que se integraron poco; cumplían fielmente con su cometido, pero apenas se mezclaban con la gente: caminaban siempre solos leyendo un libro de tapas negras y bordes dorados, contestando lacónicamente a las escuetas buenas tardes, señor cura de los aldeanos. Inspiraban poca confianza y si preguntaban algo, siempre surgía la eterna susceptibilidad de los campesinos pobres: ¡Qué querrá saber éste. Si te pregunta, tú no contestes! Y así transcurría la vida religiosa en el pueblo, entre misas dominicales, rosarios en mayo, bautizos, matrimonios y viáticos. Cada uno a lo suyo, o, mejor dicho, cada uno en su casa y Dios en la de todos.
Sin embargo todo cambió con la llegada del padre Ángel. Cuando me dijo mi hermana que había venido un cura nuevo y que había que llamarle padre, me extrañó bastante, sobre todo porque padre no hay más que uno y el mío estaba, como casi siempre, en Extremadura y yo no entendía cómo mi madre iba a consentir que yo llamara padre a otro. Pero era cierto: había llegado un cura nuevo que se llamaba Ángel, al que había que llamar Padre Ángel. Se instaló con sus padres -estos sí lo eran- en la inmensa y destartalada casa que llamábamos del cura, al lado mismo de la iglesia. La única casa del pueblo que tenía rosales en las paredes y frutales en el gran corral que la rodeaba. Que estuviera separada del antiguo cementerio sólo por una pared no debió importar a los curas porque, al fin y al cabo, hacía muchos años que no se enterraba a nadie allí y, además, como decía mi abuela: “De ahí no ha vuelto ninguno. Ni volverá”.
Recuerdo al cura nuevo como un hombre alto y fuerte, moreno, con el pelo negro, liso, la cara redonda y ancha y la frente amplia. Era algo panzudo y de aspecto imponente frente a los escuálidos vecinos del pueblo. Poseía una voz bien timbrada y un verbo fácil que adecuaba sencillamente al vocabulario de los campesinos. En conjunto, resultaba bastante atrayente Enseguida despertó mi curiosidad, sobre todo por lo que oía a los mayores en la escuela: que subía con ellos a la torre por la noche y tiraban cohetes dando palmadas y golpeándose los pantalones a la altura de los muslos, que les había enseñado a fabricar las obleas que servirían en la iglesia para tomar la comunión, que se sabía un montón de juegos nuevos, como el pañuelo, la bandera y otros, que por la noche esperaban a que bajara de Navasequilla para mirar las estrellas y escuchar de su boca las historias más seductoras... Así que el Padre Ángel tuvo pronto una numerosa corte de admiradores entre los chicos y chicas mayores a la que yo no pude pertenecer por mi poca edad y bien que lo sentí.
El cura intervenía en todo: iba a la escuela como si fuera el maestro, e incluso se hizo cargo de los alumnos en ausencia de éste y lo hizo muy bien. Trajo al pueblo los Reyes Magos en una noche mágica e imborrable sólo empañada por el frío y la falta de luz; hablaba con todos con una llaneza y camaradería que a mí me asombraba y parecía, y seguramente lo estaba, dispuesto a atender cualquier problema a cualquier hora y en cualquier lugar donde se le necesitara.

No sé muy bien cuándo cambió la situación. Ni siquiera recuerdo si fue de forma brusca o no. Pero sí sé que pronto el cainismo ancestral que nos caracteriza se hizo presente en el pueblo y reclamó su parte de tarta en forma de rumores malintencionados que la ingenuidad de un niño, en este caso yo, llevó a los oídos del cura. Ahora sospecho que ya debía de conocer por algún otro medio los comentarios chismosos que ciertos ciudadanos y, sobre todo, ciertas ciudadanas hacían de su ilustre persona. El caso es que cuando me fui a confesar y el padre me preguntó sobre la murmuración e insistió un poquito con dos hábiles y certeras preguntas, yo le explique con pelos y señales los comentarios que había oído a las mujeres y que no reproduzco aquí porque seguramente no serían ciertos. Muchas veces he pensado en la expresión que debió de poner el sacerdote, pero entonces ni siquiera hice ademán de levantar la cabeza para mirarle.
El cura se quedó algún tiempo más y luego se fue. Y con él se fue, como un viento fresco y vivificador, el primer soplo de modernidad que vino al pueblo y, quizá, la posibilidad de haber cambiado algo en el triste destino de los campesinos. Regresó varios años después, un día de El Corpus para celebrar la misa y la procesión. Entonces, ya más mayor, me sorprendieron los abrazos efusivos, las sonrisas directas y los gestos de cariño que le dedicaron los y las que antes tanto le habían criticado, así como los esfuerzos que hacían para estar a su lado. Hoy ni siquiera me hubiera sorprendido.
RHM
Dic09

martes, 11 de mayo de 2010

CALABONES Y TOMILLOS



Allá por el año 1895, aprovechando que el Estado andaba, como ahora, escaso de fondos, los hombres del pueblo compraron la dehesa. Se beneficiaron de los vientos desamortizadores de la Ley Madoz, que puso a la venta muchos de los bienes llamados de propios de esta zona de la provincia de Ávila. Es probable que los compradores no supieran entonces que estaban dotando al pueblo de la única finca capaz de producir ingresos en efectivo de forma inmediata y continuada. De hecho, ciento quince años después, sigue siendo la posesión más rentable del pueblo y la única que reparte beneficios anualmente. Los administradores de la dehesa eran dos comisionados que se nombraban el día de Año Nuevo a propuesta de los salientes y después de que el concejo revisara y aprobara las cuentas. Que el cargo se aceptara de mejor o peor grado dependía de diversas circunstancias. Se valoraba, sobre todo, la buena sintonía con el compañero, llegándose incluso a rechazar con un rotundo y claro yo con ése no soy si la susodicha sintonía no era la adecuada. A veces, los consejos de los más allegados tampoco contribuían a que el cargo de comisionado se ejerciera con más entusiasmo que el estrictamente necesario. Recuerdo ahora, cuando los comisionados ya no residen en el pueblo, una anécdota que oí a un grupo de ancianos una tarde cálida de verano. Estaban sentados a la entrada del pueblo, sobre una viga dura que, a falta de mejor banco, les servía de descansadero después de haber paseado despacito hasta el puente, firmemente apoyados en sus rudimentarios bastones de álamo o sauce. Hablaba con voz firme una señora mayor, enteramente vestida de negro como las otras, sobre un viaje que uno de sus hijos -comisionado aquel año- tuvo que realizar desde Madrid al pueblo en pleno invierno, con las carreteras nevadas y el tiempo incierto, para recabar unos documentos relacionados con la dehesa boyal en el Ayuntamiento de la localidad.
-Mira, cuando me dijo que se venía al pueblo, es que me encendí. Así que le dije: Pues yo… Que tú vayas al pueblo por la desa, por esas carreteras, con el tiempo que está, pa la parte que tienes… Tú estate quietito y el que tenga parte que lo negocie, que muchos he visto yo que bien que cobran en agosto cuando pagan las vacas, pero luego, cuando hay que hacer algo, bien que se están en casa. Que ya lo decía tu padre, el mi pobre, que algunos sólo van a la desa el día de las regaderas; a pimplar y porque es gratis.
Hablaba la mujer y asentían los demás, como si todos compartieran la misma opinión y como si todos hubieran sido siempre colaboradores desinteresados, aunque, mientras dibujaban con el garrote extraños arabescos en la tierra ocre del borde de la carretera, en su cabeza, estarían ubicando a cada uno de los otros en el bando correspondiente.
Los comisionados determinaban los días de regaderas, las fechas de entrada y salida, el número de vacas forasteras, la búsqueda de toros, y, además llevaban la administración económica de la finca: cobro y reparto de beneficios, a tanto la centésima. En agosto, aprovechando que la mayoría de los propietarios estaba en el pueblo, se hacían las cuentas y se entregaba a cada socio la cantidad correspondiente en forma de dinerito contante y sonante y en función de la parte que tuviera. La propiedad estaba tan repartida que muchos no poseían más que algunas centésimas.
La administración de la dehesa estuvo siempre sometida a controversias que, en muchas ocasiones, se dilucidaban en los días de regaderas – de asistencia obligada para todos los que tuvieran parte-. El día señalado, nos juntábamos en la puerta de la finca y allí, mientras los hombres hacían las regaderas que llevarían el agua a las zonas de pastos y levantaban los portillos que se habían originado durante el invierno, las mujeres y los niños, bajo la batuta de algún hombre mayor y animados por el ya entonces clásico vamos, muchachitos, de tio Catalino, recorríamos toda la propiedad deshaciendo las boñigas de las vacas y esparciéndolas entre la hierba incipiente para que sirvieran de abono a las praderas, aún invernales. A la hora de comer nos juntábamos en la puerta del chozo, sacábamos del morral las viandas que llevábamos de casa y conversábamos amigablemente hasta que algunos hombres, animados por el vino de Jerte que la Comisión repartía con prodigalidad aquel día, levantaban la voz algo más de lo conveniente y todos nos callábamos para escuchar y contar luego lo que había pasado. Recuerdo que en aquella ocasión la discusión había surgido entre los socios que tenían vacas -la mayoría– y otro que no las tenía y que se quejaba de lo poco que pagaban los animales del pueblo:
-¡Qué bonito, está de cojones esto de la desa, tú cinco, este tres, ese las que quiera, a la desa gratis, a comerse lo mío y lo de los otros que no las tenemos! ¡Tiene huevos; vosotros cobráis los becerros y nosotros mantenemos las madres!
Intervino entonces un hombre moreno, de aspecto serio y cachazudo, quien, sin levantar mucho la voz, respondió:
-Calla, hombre, no te quejes tanto, que en tocante a la parte de la desa, poco nos pueden robar a ti y a mí, porque yo no tendré más de un calabón y tú no creo que llegues a un tomillo.
Entonces, por encima de las risas del grupo, se oyó una voz rotunda:
-Di que sí, muchacho.
RHM. Mayo 010.

jueves, 29 de abril de 2010

A TI TE DEJO...




Muy cerca de las escuelas del pueblo se encontraban las eras municipales, una en cada barrio. En el tiempo de la trilla estaban llenas de vida de la mañana a la noche: gente que cantaba montada en el trillo, otros que gritaban a los animales y niños que corrían entre la mies. El resto del año se utilizaban para almacenar grandes montones de leña de piorno que llamábamos hacinas. Cuando perdieron su función principal, la trilla, algunos vecinos se fueron llevando discretamente las lanchas del suelo para habilitar otras eras, ahora particulares, y nadie se ocupó de cerrar los socavones que dejaban, originado así una especie de paisaje lunar por el que los niños corríamos como gamos sorteando barrancos y saltando agujeros que dificultaban tanto la persecución como la huida en nuestros juegos. En este patio destartalado y desigual pasábamos los niños el recreo de la mañana, entre las hacinas de piornos resecos por el tiempo, simulando incruentas luchas entre perros y lobos, persiguiendo aros que sustraíamos a las calderillas de latón u hostigándonos unos a otros hasta que el maestro, único vigilante del reloj, nos llamaba para reanudar el trabajo en la escuela.

Los niños que se quedaban fuera de los juegos por cualquier circunstancia solían subirse a las hacinas de leña para asistir desde tan privilegiada atalaya a las carreras y escorzos de los compañeros, animando con sus gritos a los participantes en las terribles batallas de pitisí, pídola, la baya o la bandera. A nuestros padres no les gustaba que nos subiéramos a la leña porque se caían los gramujos de la escoba y luego no servía para encender. Aunque los hijos de los dueños hacíamos guardia frente a nuestro montón para evitar que se sentaran otros chiquillos, siempre nos subíamos algunos y mirábamos cómo jugaban los otros, plácidamente, mientras comíamos el pan con torreznos o chorizo o los suculentos bollos fritos que la madre hacía cuando masaba. Sólo se sentaban los amigos más allegados, ejerciendo el amo entre los niños de su edad y los más pequeños una exhibición de poderío infantil que nos elevaba a altas cotas de bienestar: tú sí, tú no. Tú no me dejaste jugar el otro día, así que ahora no subes. La defensa del fortín y la elección de los momentáneos moradores dependían mucho de la calidad del atacante e, incluso, de los familiares que compartieran con él escuela ese año. La edad y el volumen eran factores determinantes a la hora de permitir o no la subida a la leña. Así que cuando le tocaba quedarse fuera de los juegos a algún mayorzote fuerte y desgarbado del último año, que se subía sin pedir permiso, el dueño de la hacina, ante las miradas inquisitoriales de los compañeros que estaban abajo, solía decir: “A ti te dejo”. Era una forma de salvar la dignidad porque el grandote se iba a sentar de cualquier manera. Y era también una forma de evitar un conflicto de final incierto y acaso problemático para el guardián del castillo.

Exactamente esto fue lo que me recordó el otro día un cura que intentaba explicar a través de la televisión la postura de la Iglesia en relación con El Rey y la ley del aborto de la “miembra, joven y austera” Aído. Decía el prelado que serían excomulgados los diputados y senadores que, siendo católicos, votaran a favor de la ley. Cuando se le preguntó por El Monarca, sólo le faltó decir: “A ti, te dejo”.
RHM

lunes, 12 de abril de 2010

NOCHES LOCAS




Después del episodio de la oveja en el corral y a medida que crecía, me fui convenciendo de que no había sido llamado para ejercer profesión tan noble y tan dura como el pastoreo. Así que, persuadido como estaba de dedicarme a otros menesteres, siempre que me arrimé a las ovejas lo hice por necesidad perentoria. Iba con ellas cuando no había más remedio porque mi padre estuviera enfermo o porque tuviera otras obligaciones ineludibles. Y enfermo estaba aquel final de agosto de hace más de cuarenta años cuando me vi en la obligación de guardar la pastoría y dormir al raso para que los animales estercolaran una tierra en Lo llano de la sierra. Los días anteriores al evento andaba yo ya un poco preocupado, no porque me diera miedo pasar la noche solo debajo de la mampara, aunque nunca he sido lo que se dice valiente, sino por la posibilidad de que se soltaran las ovejas y originaran algún estropicio. Así que, ante tal situación, mi primo Ángel, pastor avezado y referente en este oficio, me dio un curso rápido sobre el asunto e, igual que ciertos políticos aprenden economía en una tarde y así nos va, yo aprendí que “si se sueltan las ovejas en agosto, hay que buscarlas en los altos, no en los barrancos, por muchas razones, pero, sobre todo por el calor”.

En el pueblo llamábamos pastoría a un rebaño de unas trescientas ovejas de varios amos, que guardábamos por días. El relevo se producía muy de mañana y la red se cambiaba -mudar la red, decíamos- a alguna tierra del pastor de turno. A veces, según la época del año, incluso se mudaba de sitio en la misma tierra durante la noche con el fin de que las ovejas estercolaran una superficie mayor.

Aquel día de finales del verano, saqué las ovejas del redil al pintar el sol y, seguido de una perrilla negra y viva que llevaba varios años en casa, las llevé a los regajos de las Lagunillas, donde pasamos el día, ellas en el cervuno y yo buscando la sombra debajo de un calabón sobre un suelo áspero e inhóspito, dormitando unas veces y leyendo otras. No debí darles un buen careo porque por la tarde, mientras yo clavaba pobremente las estacas de la red en una tierra dura y polvorienta, los animales se agarraban a la hierba de las paredes de los prados vecinos como si no hubieran comido en todo el día. Pero eso lo deduje después.

Cerré el ganado, até bien los biscales de la parte superior de las estacas, especialmente los de las esquinas, como me había enseñado mi primo, cené pan y chiche con algún traguillo del vino que me había sobrado, hice la cama en el suelo, debajo de la mampara y me fui a charlar con el tío Emilio, que estaba con su pastoría en una tierra cercana. Fumamos un cigarrillo y hablamos un rato hasta que el hombre dijo: Bueno, muchacho, habrá que ir pensando en acostarse. Regrese a la majada, me descalcé y me metí vestido entre las mantas de lana blanca y negra que tantas veces había visto en casa. Enseguida me quedé profundamente dormido. No sé qué extraño estremecimiento me obligó a despertarme sobre las dos de la mañana, pero lo cierto es que, cuando abrí los ojos, allí sólo estábamos la perra y yo. Ni una sola oveja había en la red, y ningún ruido indicaba dónde podían estar. Sin pensarlo dos veces, me puse las botas y, seguido de la perra, que aparentaba estar tan nerviosa como yo, prendí hacía el Vallejo, el Frontón, el mojón de Pepe Lindo, el risco de la Tarayuela y recorrí todo el careo del día unas veces de pie y otras rodando, sin que en ningún momento el miedo u otra sensación que no fuera la necesidad de encontrar el rebaño turbara mi afán. Subí pareones, salté barrancos, tropecé, caí, me levanté, grité, callé y escuché intentando oír algún campanillo que me indicara la presencia de los animales, pero lo único que oía era mi propia respiración entrecortada por la fatiga y el cascabel de la perrilla, que se paraba entre mis piernas como si tuviera miedo. Al fin, cansado, arañado y dolorido llegué a la mampara sin haber dado con el rebaño. Sólo entonces se me ocurrió buscar ayuda.

Así que no tuve más remedio que despertar al vecino, que, somnoliento e incorporado a medias entre las mantas, dijo con esa serenidad que caracteriza a los pastores de verdad acostumbrados a situaciones mucho más difíciles: No hombre, no, hoy, con el fresquillo que hace y el aire que corre, los animales habrán ido para abajo, buscando el abrigo. Vamos a por ellas. La seguridad con la que dijo vamos a por ellas me tranquilizó bastante. Cogió la garrota y, después de obligar a su perro a quedarse al lado de la red, comenzó a caminar hacia el Porrezuelo y en menos que canta un gallo encontró el rebaño plácidamente acostado en las patatas que el tío Perincheles había sembrado en la Fuente de la Huesa. Las levantamos, y los animales caminaron dócilmente hasta la red. Clavó Emilio las estacas caídas por las ovejas al salir golpeándolas fuertemente con el mazo, como debería haber hecho yo al anochecer y como sin darse importancia me dijo: Anda, trata de dormir el resto de la noche, que ahora ya no se van a ir. Están hartas. Y se fue despacio hacia su mampara. Faltaba un cuarto de hora para dar las cinco y el cielo estaba rutilante y hermoso; pero yo no me había dado cuenta hasta entonces.
RHM
Abril10