martes, 8 de marzo de 2011

SOPA CASTELLANA


Braulio es ante todo un hombre serio. Serio por dentro y por fuera. Grande, aunque no excesivamente, fuerte, de aspecto noble. Tiene una hermosa cabeza redonda y unas facciones armónicas y proporcionadas. La frente amplia y el pelo escaso; la nariz ancha y recta y la boca dura y firme, cerrada por unos labios finos y algo herméticos. Las orejas pequeñas y el mentón redondo le dan un aspecto de hombre campechano y prudente.
Y es que Braulio es campechano y es prudente, y, desde hace algún tiempo, algo contestatario y un poco burlón, socarrón, incluso. En los concejos Braulio no es de los que hablan sin ton ni son; suele colocarse al fondo, como si quisiera pasar desapercibido, aunque permanece atento y asiente o niega según convenga.
Es un hombre generoso, pero no tonto. Braulio es de los que entregan la petaca al compañero para echar un cigarro de picadura, pero, si el otro lo lía tan gordo que apenas le cabe en el papel, a Braulio no se le olvida y es capaz de no fumar en todo el día si se junta de nuevo con un sujeto así de aprovechado. Braulio ama el léxico sencillo y las frases directas. No es amigo de eufemismos y seguramente, desde donde esté ahora, andará partiéndose las muelas con ciertos usos del lenguaje, sobre todo del que emplean los políticos. A Braulio eso de ganar el futuro, construir las libertades, configurar las políticas y otras expresiones parecidas le produce una cierta sensación de vacío. Él es más partidario de los términos directos, de guiarse por los indicios de la naturaleza. Braulio sabe que si no cura las pezuñas de las ovejas, va a tener una cojera de tres pares de narices o que si pela antes de los últimos de mayo, muchas se van a morir de frío. Y eso por no hablar del tiempo. Braulio es capaz de saber la hora con sólo mirar al sol o de adivinar si va a nevar por el ruido del río o el color del cielo. En fin, en esto del lenguaje a Braulio le gusta la claridad. Aún se ríe cuando se acuerda de aquella vez, en la feria de Cáceres, cuando el amo invitó a comer a los pastores a un restaurante de postín, aún no sabe bien Braulio cómo pudo estar tan generoso. El caso es que en la carta se anunciaba, entre otros, como primer plato sopa castellana con pan de pueblo aderezada con hierbas salvajes. La pidió porque le recordaba a su tierra y también porque, aunque él no lo diga, es algo naturalista y etnógrafo, y esperó expectante. Cuando el camarero trajo la fuente, Braulio, que es de buen beber y mejor comer, no pudo reprimir el comentario:
- Joder, pero si esto son sopas de ajo.
Y desde aquel día supo Braulio que el tomillo y el romero son hierbas salvajes, por más que él las considere domesticadas desde hace mucho tiempo.

lunes, 21 de febrero de 2011

POLITICOS Y RETORTIJONES


Hoy Braulio anda algo malucho. Ayer subió con el ganado hasta la fuente del Arrecío y debió de abusar del agua porque ha pasado mala noche, en un ir y venir de la cama a la casilla, con el vientre como un acordeón. Esta mañana ha ido al médico y mientras esperaba, ha ojeado un periódico que había encima de una silla, en el consultorio. Se ha fijado en él más por cierta necesidad inconsciente que por otra cosa, porque ni de leer tiene ganas hoy Braulio, ocupado como anda con la música de las tripas. Sin embargo, algo le debe de haber llamado la atención porque ha cogido el papel y ha leído el titular: “Hay que pagar bien a los políticos para evitar la corrupción”. Y Braulio ha soltado el periódico encima de la silla como si fuera un bicho que estuviera a punto de picarle. Manda huevos, piensa el hombre entre retortijones. Que hay que pagarlos bien para que no metan la mano en el puchero, porque si cobran poco, pues, qué va a pasar… Y entonces, qué ocurre con los demás, conmigo mismo. Como ganamos la décima parte que ellos, una mierda, vamos, debemos ser todos unos corruptos de la leche. Tiene cojones la cosa. Y, achuchado por un dolorcillo en la parte baja del vientre, Braulio se ha levantado con cierto trabajo y ha empezado a caminar hacia su casa. Eso sí, ha cogido el periódico por lo que pueda pasar en el camino.

lunes, 24 de enero de 2011

AL TÍO CANTA


- La misma esquila, Valeriana, la misma esquila.
Braulio no suele hacer caso de la radio cuando habla del tiempo. Prefiere fiarse de su intuición: si Serrota se alborota y Greos tira peos… Si hace frío, se pone al sol o se calienta en la lumbre y si hace calor, busca la sombra. Por eso tampoco suele hacer caso de la radio cuando habla de las temperaturas, quizá porque no tiene muy claro eso de los grados bajo cero. Esta mañana, el pueblo ha amanecido con un nevazo enorme y de las canales cuelgan unos caramelos monumentales. Braulio se ha acercado a la plaza para saber si saldrán las cabras y, allí, en amigable charla con otros que quieren saber lo mismo, al tibio sol de la mañana, se ha enterado de lo del tío Canta.
El tío Canta es un hombrecillo algo mayor que vive en uno de los pueblos de arriba. En la aldea la mayoría está al corriente de que, desde hace algún tiempo, el hombre baja con cierta asiduidad a visitar a la tía Poro, una viuda grandota y dispuesta. No se sabe con certeza el trato que mantiene la pareja, aunque se intuye, porque la señora, de carnes prietas, está aún en buena edad. Por lo demás, en el pueblo, todo el mundo ve con buenos ojos la relación y, excepto algunas beatas y ciertos meapilas, la gente entiende que dos personas sin otros compromisos se alegren el invierno como puedan.
El caso es que anoche, como en otras ocasiones, el tío Canta bajó a ver a la tía Poro y cuando regresaba, a punto de amanecer, a su lugar de origen debió salirse del camino borrado por la nieve y cayó a la cañada del tío Matamoros. No pudo salir y allí le ha encontrado algo después el Pedrito que subía con el mulo cargado a vender a Navasequilla. Cuentan los hombres en la plaza que el de Aldeanueva se asustó un poco al oír los quejidos y lamentos que llegaban del huerto y se sorprendió aún más cuando vio al tío Canta hundido en la nieve hasta los sobacos y a punto de sufrir un colapso. Lo sacó como pudo y lo trajo al pueblo. Y allí está, sentado al solecillo tibio, a la puerta de Valeriana, arropado con una manta de jerga. Braulio no puede resistirse y deja el grupo para acercarse al hombre. No tiene buena pinta, la verdad. Se trata de un hombrecillo pequeño, ya entrado en años, de escaso pelo y mirada huidiza. Va vestido con calzones de estezao y zamarra de piel. Encima lleva una pelliza de gruesa lana que, seguramente, le ha salvado la vida. Está descalzo porque le han quitado las abarcas y los deales para calentarle los pies. El hombre bebe con fruición de un vaso de hojalata un café humeante que le debe de haber preparado alguien y que le va calentando el cuerpecillo. Parece algo avergonzado y harto del espectáculo que se está montando a su alrededor y de la curiosidad que suscita en la gente, ociosa por el mal tiempo. Así que cuando la tía Valeriana se interesa por él y le pregunta de nuevo que qué es lo que más le duele, el hombre, a punto de perder las formas, contesta:
- La misma esquila, Veleriana, la misma esquila.
Braulio se ríe por lo bajo y se aleja hacia su casa. Por el camino va recordando un verso que recitaban unos pastores de Burgos un año que estuvo con ellos en el Galapero: ya me come, ya me come,/ por do más pecado había.
RHM. Enero 2011
La foto es cortesía de Juli García Madera.

jueves, 13 de enero de 2011

EL QUÉ DIRÁN


Aunque él no lo sabía, Braulio era algo filósofo. Grande y fuerte, con la cabeza redonda y firme y unos ojos negros y lánguidos que indicaban pensamientos profundos. No era un campesino al uso, o, por lo menos, nunca se le había visto agobiado con el trabajo, ni siquiera en la fuga del heno. Tampoco sería de los que montaban gresca cada mañana con la mujer y los hijos, si los hubiera tenido -que no era el caso, porque Braulio estaba soltero y bien soltero- Era más bien tranquilo y parecía disfrutar de cada paso que daba, cuando decidía dar alguno, porque otras veces se recostaba plácidamente sobre las piedras de alguna pared, se bajaba un poco la punta de la boina sobre los ojos, a modo de sombrero y se perdía en pensamientos que sólo él conocía, dejando pasar el tiempo, calentándose al sol del invierno como un lagarto necesitado de energía para poner en marcha los músculos del cuerpo. Así podía estar horas, sin importarle nada y, sobre todo, sin importarle la opinión de los otros, eso que el cura llamaba “el qué dirán”.
Braulio había pensado muchas veces en esa manera de nombrar algo con tres palabras: el qué dirán. Él estaba acostumbrado a los nombres certeros, directos como una flecha al significado de las cosas. Una orejera era una orejera y un cuño era un cuño. Cuando oía estas palabras, Braulio representaba mentalmente el objeto y lo veía claro, nítido, adornado, si acaso, con alguna experiencia, agradable o no. Por eso cuando el cura decía que había que tener cuidado con “el qué dirán”, Braulio, medio adormecido en la penumbra de la iglesia, no lograba imaginarse nada; se rascaba la cabeza con cierto disimulo, como acomodándose la gorra, entrecerraba los ojos intentando mirar hacia adentro, pero sólo encontraba un vacío negro indicador de la nada más real.
Por el verano solía volver al pueblo Eufrasio, un compañero de pastoreo que había emigrado a la ciudad, y que hablaba por los codos. Braulio ponía siempre cuidado en lo que decía el otro, sobre todo en las palabras nuevas que usaba profusamente. Un buen día, caminando bajo la sombra fresca de los álamos de El Venero, Eufrasio dijo que en Madrid el coche era una herramienta de trabajo. Así; una herramienta, y lo remachó dos o tres veces. Braulio repitió el ritual de la gorra y los ojos y tuvo que rebuscar un poco en su cabeza para identificar el coche como una herramienta corriente -una hazada o una guadaña- hasta descubrir una imagen concreta: se vio en el cómodo asiento trasero de un coche que le llevaba al prado de los Eros en un momento y que le recogía luego, harto de segar; eso sí que era una herramienta y no el burro.
Esto de el qué dirán le tenía algo desasosegado. Porque Braulio pensaba que entre lo que se dice y lo que se hace siempre ha habido bastante diferencia y que eso de vivir de cara a lo que pudieran decir los demás iba o crear unos hombres de moral intachable en lo que se veía y no tanto en lo que sólo veían ellos mismos. Y pensaba Braulio en esos tipos que nunca habían roto un huevo, ponderados en el decir, en el comer y en el beber, primorosos en el trato con la mujer y hasta con el ganado. Y los imaginaba en sus casas, con una mala leche considerabe, prontos en el insulto y ligeros de mano, y eso sin ir más allá, porque a saber qué pensarían y qué perversiones se les ocurrirían a esas mentes tan preocupadas por una forma de vida monocolor.
Por eso cuando supo que la Pascuala le miraba con buenos ojos y la invitó a la Rebolla para estrechar la relación y lo que se pudiera estrechar y vio que la moza se mostraba poco receptiva y bastante preocupada con el qué dirán, Braulio decidió ajustarse en Brozas de por año con unos de León y no quiso saber nada más de ella. Por eso estaba soltero, gracias a Dios.
RHM. Dic2010.

jueves, 11 de noviembre de 2010

PAN

Apenas vislumbró por entre las hojas de la puerta un hilo de luz, se echó abajo de la cama. Llevaba ya un buen rato despierta, como siempre que tenía que masar, esperando que se hiciera de día. Entre los oficios propios de la mujer, amasar el pan le gustaba especialmente: convertir la harina blanca y fina en pan tierno y esponjoso evocaba en ella cierta misión esencial y creadora; pero, sobre todo, era el propio proceso lo que llevaba a la mujer a reflexiones íntimas propiciadas por el agua tibia, la harina maleable y el calor de la cocina.

Se abrigó bien y metió en casa un haz de escobas que había dejado ya preparado en la casilla la noche anterior. No se fijó mucho en la fina película de nieve que adornaba el suelo ni en los carámbanos que colgaban de las canales porque en el pueblo y en este tiempo era algo natural. Encendió la lumbre y colgó de las llares un gran caldero de cobre, limpio y reluciente por dentro, lleno de agua a la que añadió un buen puñado de sal; bajó la artesa del sobrado y la colocó en el escaño y, mientras se calentaba el agua, se bebió un tazón de café con leche y un poco de pan. Luego se lavó cuidadosamente las manos, echó la harina en la artesa y vertió el agua, añadió la lielda[1] y comenzó el amasado: despacio, mezclando harina y agua cuidadosamente, con cariño, triturando con las manos los pequeños grumos que se iban formando, una vez y otra hasta que el agua y la harina se fueron mezclando en un solo cuerpo tierno y maleable.

Amasaba la mujer y pensaba. El pan. Pan con chorizo, con queso, solo; pan con todo. Pan. La palabra más importante en las cocinas de Castilla. Ni siguiera lo llamaban trigo cuando lo sembraban, sino, pan. Ya hemos recogido el pan, decían. Lo habían sembrado, aricado, escabuchado, escardado, segado y trillado. Habían sufrido para recogerlo y limpiarlo y se habían enfurecido muchas veces ante la escasa colaboración del cielo que, incomprensiblemente, enviaba el granizo cuando ya estaba seco o la tormenta cuando estaba en la era. No era de extrañar lo que contaba su padre: aquel labriego que, con la parva extendida, ya casi trillada y en la oscuridad encendida por una sucesión de rayos furiosos y una lluvia salvaje, blasfemaba furibundo por encima del ruido ensordecedor de los truenos desafiando a Dios, con una horca en la mano. Baja si te atreves, decía, mientras veía alejarse el trabajo de todo el año y acercarse inexorablemente el hambre, como en tiempos pasados. Hambre para él y hambre para los suyos, porque el pan era el alimento principal: pan en el desayuno, pan en la comida y pan en la cena. Pan a cualquier hora y en cualquier momento. Cómete un bocao pan y vete a cambiar el agua. Pan. Siempre el pan como alimento fundamental y, a veces, único.

La mujer no amasaba ya con las manos, sino con los puños cerrados, hundiendo los brazos, ahora libres de ropa hasta los codos, en la masa tibia y esponjosa. Habían acribado el grano y lo habían envasado en blancos costales, limpios como el jaspe, lo habían llevado al molino y habían seguido el runrún de la piedra, habían frotado la harina entre los dedos calibrando su textura, imaginando el pan. Pan bienhechor, generoso, pan sano, saludable, benefactor. Por eso decía el médico que comieran migas, que cenaran pan, que él no había curado nunca un cólico de sopas.

Cuando la masa tuvo la textura adecuada, la distribuyó con mimo ocupando toda la superficie de la artesa, la roció levemente con harina y la arropó con una manta, como se arropa a un niño y, ciertamente, la artesa y la ropa parecían una cuna. Metió otro haz de calabones en la cocina, los partió, los echó en el horno y, con un tizón de la lumbre baja, los prendió fuego. Se quedó un momento mirando las llamas y, cuando tuvo la certeza de que no se iban a apagar, se retiró hacia la trasera oscura de la cocina y cogió un pequeño pedazo de masa que había separado anteriormente, se sentó a la lumbre, debajo de la claridad de la chimenea y, con la práctica que dan los años, hizo cuatro bolas de masa, moldeándolas en el hueco de la mano y estirándolas hasta formar una especie de torta. Puso a la lumbre las trébedes – ella decía estrébedes- y, encima, una sartén con una buena cucharada de manteca de cerdo que se derritió al instante, y depositó cuidadosamente una torta hasta que adquirió un hermoso color dorado; la sacó y la espolvoreó generosamente con azúcar e hizo lo mismo con las otras tres, consiguiendo unos suculentos bollos fritos que, sin duda, harían las delicias de los hijos cuando salieran al recreo.

La mujer quitó la tapa del horno y se cercioró de que la leña ardía sin dificultad; retiró la manta de la artesa y acarició la masa, hizo un gesto de asentimiento y, con un cuchillo enorme, cortó un buen trozo, lo amasó otra vez, le dio forma de pan y lo depositó encima del otro escaño sobre el que había extendido un mantel. Repitió el proceso varias veces hasta configurar ocho panes redondos en los que hizo cuatro cortes superficiales en forma de cuadrado. Luego formó dos más pequeños, los frotó con aceite y les hundió el dedo índice varias veces siguiendo el borde circular. A continuación moldeó un trozo más para la lielda que usaría la próxima vez. A la mujer le habría gustado inventar panes con formas caprichosas, originales: pájaros, animales, flores o plantas, pero cierto pudor y la trascendencia del oficio se lo impedían.

Se levantó, retiró la chapa de la puerta del horno y, sin más termómetro que la mano derecha extendida, calibró la temperatura. Demasiado caliente, pensó; así que metió del corral un palo largo con unos trapos atados en uno de los extremos – el barredor- lo mojó en un cubo y le restregó por el suelo del horno, encima de las brasas, rebajando así la temperatura. Esperó un momento, cogió una pala de madera, colocó encima el primer pan y lo introdujo en el horno, depositándolo cuidadosamente en el fondo; hizo lo mismo con los otros y con otro palo largo curvado en un extremo, que llamaban jurgunero, fue comprobando que los panes no se tocaban. Cerró el horno y con un paño se limpió unas gotas de sudor que perlaban su frente noble. No estaba cansada, sólo algo intranquila por el resultado de la hornada que se estaba cociendo. Tenía calor, pero se abrigó bien, porque el calor y el frío son muy traicioneros, y salió a la puerta para ir fregando los cacharros que había usado. Cuando entró de nuevo en la casa, un olor familiar y eterno lo invadía todo. Se acercó al horno, retiró la chapa de la puerta, y, con la pala, fue sacando los panes, uno a uno, los limpió de ceniza con un trapo y los fue depositando en un cesto de mimbre para que se enfriaran. Fuera nevaba copiosamente.
RHM. Nov. 2010.
[1] Lielda: levadura. En León, yelda.

miércoles, 20 de octubre de 2010

DE BURROS Y ALBARDAS

Llevaba toda la tarde puliendo el palo de álamo que había cortado con intención de hacer una garrota, pero no debía de haber acertado con el retoño porque cuando quiso doblarlo para hacer la curva de la empuñadura, se había partido con un chasquido seco y rotundo. Así que no había tenido más remedio que forjar un garrote largo y tosco, afilado en el extremo más delgado. Más por aburrimiento que por otra cosa. Toda la santa tarde en el prado de La Balsa cuidando de un burro enorme, soso y triste y llenando de agua un pequeño pozo que tapaba y soltaba cada poco para regar el prado, un pocillo por cada cortadero. Ni siquiera tenía el aliciente de montar en el burro porque su padre no le había dejado traer la albarda y a pelo no le apetecía mucho, la verdad. Además, el burro, grande y gordo, no ganaría nunca un campeonato de velocidad. Por eso seguía alisando y raspando el palo con una navajilla roma y algo oxidada que había logrado sacar de casa sin que le viera su madre, deseando con todas sus fuerzas que el sol, que aún andaba alto por encima de los cerros del Llanillo, corriera deprisa y que la tarde se acabara.
Apenas la luz amarilla dejó de iluminar las copas verdes de los robles, puso la cabezada al borrico, lo llevó hasta la puerta, lo sacó al camino y se encaminó al pueblo, el rabero en una mano y el garrote en la otra. Al llegar a las tapias del camposanto vio venir a su hermana caminando delante de un burrillo gris, pequeño y gordo como un tejón, que cabresteaba detrás de ella cargado con varias mantas en lo alto de una albarda nueva y tan pequeña como el burro. Cuando el niño reconoció al animal, no le extrañó que su hermana –que amaba a más no poder montar en los burros- viniera andando, porque el burrillo, que resultó ser el de tía Elisa, veloz como un gamo, tenía fama de falso, indómito y algo escabezao. La niña llevaba en la mano una cesta de mimbre cubierta con una servilleta de cuadros blancos y azules que tapaba lo que el chiquillo supuso que sería la cena de algún pastor, sobre todo, porque cerca del asa sobresalía la tapadera de un puchero de porcelana roja.
Cuando se encontraron, cerca de las primeras casas del pueblo, la cara de la muchacha reflejaba un convencimiento firme, como si en los pocos metros que habían caminado el uno hacia el otro, hubiera tomado una decisión que, en un primer momento, el muchacho, no sólo no entendió, sino que le pareció bastante rara. Porque el niño había acompañado ya una vez a su padre a Zapardiel a encargar una albarda para el burro que traía detrás y el albardero, un hombre viejo, sosegado y poco hablador, había medido al burro con una cuerda desde las ancas hasta la base del cuello y había hecho un nudo y luego, con otra cuerda, había rodeado la panza del animal y había hecho lo mismo. Por eso no entendió muy bien a su hermana cuando comenzó a descargar las mantas del burrillo y las dejó encima de una pared y le desacinchó y quitó la albarda y se la colocó al burro grande del muchacho y le apretó los ataharres y la cincha, que apenas le llegaba. Y cuando terminó de aparejar al burro, miró el resultado y pareció satisfecha, aunque el niño intuía por el precario equilibrio de la carga, aún más alta cuando la muchacha cargó las mantas y montó encima, que algo malo iba a pasar, porque la altura del cargamento y el balanceo del burro presagiaban un viaje delicado. Y así fue, porque cuando el animal llegó a la regadera de la presa y levantó las patas delanteras para saltar, la albardilla, pobremente sujeta con la cincha, se escoró hacia un lado y la niña, las mantas y la cesta cayeron al suelo, afortunadamente sin más pérdidas de consideración que el contenido del puchero. La muchacha, en un intento vano de paliar su desgracia, recogió con la cuchara algo de la comida esparcida entre las hierbas, procurando evitar los guijarros y la tierra y la añadió a la poca que había quedado dentro del recipiente. Y así llegó a la mampara y entregó la cena al tío Teófilo que inquirió enseguida la causa de la desproporción entre la albarda y el animal y que, cuando conoció la historia, se quedó aún más extrañado que el niño. Cenó el hombre pan y chiche y, cuidadosamente y sin más preguntas, vació el contenido del puchero encima de una lancha para que lo comieran los perros. Luego encargó gravemente a la muchacha que no se le ocurriera volver a montar en el burro y la mandó para casa.
Mientras tanto, el niño encantado con el cambio y algo envalentonado, arrimó el burrillo a una piedra y montó a pelo, sin albarda, sobre las agujas, sujetándose fuertemente con las piernas a la panza del animal, que, encantado también con el cambio de planes, enfiló hacia casa con un trotecillo alegre que hubiera sido galope si la prudencia del niño y cierto miedo – todo hay que decirlo- no lo hubieran retenido con firmes tirones del rabero. Y así, caballero en un burro que siempre tenía ganas de correr, entró el muchacho en la calle que da a la plaza y queriendo dejar bien claritas sus dotes de jinete, intentó arrear al animal un golpecillo con el garrote que tan firmemente había pulido toda la tarde, con tan mala fortuna que, más que golpe, le salió un puyazo directo a los ijares. El burro levantó las patas traseras de tal manera que el niño no tuvo más remedio que iniciar un vuelo que le llevó directamente a aterrizar a plomo sobre la dura tierra de la plaza. “Ya se mató ese muchacho”, oyó que decía alguien que le ayudaba a levantarse y le palpaba brazos, piernas y cabeza con cierta agitación. Pero el chiquillo no tenía nada más que la boca y la nariz llenas de tierra, además de muchas ganas de llorar y un temor considerable a llegar a casa. Así que cogió al animal del ramal y lo llevó hasta la casa de su ama, repitió la historia increíble del cambio de albarda y, despacito, tardando todo lo posible, se fue acercando a su casa para ver si la hermana había llegado ya. Cierta intuición infantil le decía que sería mejor esperar para dar las explicaciones los dos a la vez. Además, a lo mejor, a la muchacha no le habría ocurrido nada.

jueves, 2 de septiembre de 2010

CAROLO



Carolo no es pequeño ni peludo ni suave; es más bien grande y áspero. Tampoco es blando y más que de algodón, parece de corcho. Ni siquiera sus ojos, negros como el azabache, son duros, sino blandos, como dos ciruelas negras, redondas y húmedas de rocío. Carolo es un burro grande y desgarbado. Tiene las orejas enormes y caídas y cuando anda las mueve rítmicamente arriba y abajo como en un ejercicio de gimnasia imposible en un asno. El pelo, negro en los costillares y entremezclado de blanco en la barriga y las patas, le da un aspecto seductor de burro color ceniza. Pero lo que hace atractivo a Carolo son sus andares.
Siempre hemos tenido en casa burros indómitos que no cabestrean, que no andan y tan tozudos que, a veces, son ellos quienes deciden la ruta. Ni voces ni palos en el cuello consiguen torcer su voluntad de burros. Sin embargo, Carolo es extrañamente dócil: le tiras suavemente del rabero y te sigue confiado y tranquilo. Lo arrimas a una piedra para montar y espera hasta que te has acomodado en la albarda. Cuando lo tocas suavemente con los talones en la panza, emprende el camino; primero despacio y luego al ritmo que marca el jinete. Con esos andares tan particulares: moviendo rítmicamente los ijares y las orejas, balanceando a un lado y a otro el rabo, deprisa, sin necesidad de palo ni de voces. Al principio el jinete vacila un poco imbuido del balanceo del animal, como si fuera algo achispado, pero enseguida se acomoda al ritmo del burro, como si viajara en una barca mecida por un viento suave y constante.
A Carolo lo han comprado en Extremadura y ha hecho el camino con las ovejas que suben en primavera. Es hijo de una burra del guarda de la dehesa a la que los niños llaman Carola –de ahí el nombre del burro- y de un garañón del porquero, grande como un carro de heno. Antes de traerlo a la sierra, lo han castrado, porque los burros enteros rebuznan como locos cuando ven a otros, aunque sean machos, y resultan muy difíciles de dominar, sobre todo por los niños. Así que al pobre Carolo lo ha capado un pastor experto y como no corre a otros burros ni se encela ni tiene malos pensamientos, se ha puesto gordo como un tejón.
Sin embargo, Carolo sufre un problema bastante común en los burros capones: se espanta. Cuando un lagarto se esconde entre las piedras o una culebrilla repta entre el pasto, cuando un pájaro vuela entre los sauces o, incluso, cuando un golpe de viento mueve bruscamente las ramas de los robles, Carolo se asusta, salta y se retuerce hasta alcanzar un escorzo imposible que puede dar con el jinete en el suelo. Los burros espantizos no son buenos para la casa: un brazo, una pierna, un dedo o cualquier otro miembro del cuerpo son más necesarios que el propio burro; por eso, contra el criterio de los más jóvenes, los mayores han decidido venderlo cuando terminen las tareas del verano.
Hoy Carolo ha estado trillando, firmemente uncido al cuello de otro burro. Todo el día dando vueltas y vueltas tirando del trillo sin un mal gesto, triturando con sus cascos la paja de cebada reseca por el sol; moviéndose lánguidamente, como si no le costara, como si no hiciera calor, como si las moscas no le molestaran, como si disfrutara con las canciones hermosas que le llegan del trillo.
Esta noche los niños hemos ido a verle a la cuadra porque Carolo está triste, como si presintiera que lo van vender. Tumbado sobre las patas traseras, las orejas mucho más gachas de lo habitual, los ojos negros húmedos y llorosos, emite pequeños sonidos, como lamentos profundos. Carolo no ha querido cenar. Los mayores entran con cubos de agua y de comida, pero como no come ni bebe, salen preocupados; dicen que no está triste, que está enfermo. Enseguida echan a los niños, que nos quedamos en la calle con los ojos pegados al cristal de la ventana, callados, escuchando. Carolo tiene torzón. Parece ser que ha comido más cebada de la cuenta y luego ha bebido agua y se le han atascado los intestinos. Eso dice un mayor que entra con una vara de acebo. Entre todos lo levantan con mucho trabajo y lo mantienen de pie, sobre las cuatro patas temblorosas. Colocándose un hombre por cada lado, meten la vara por debajo de la barriga y, firmemente sujeta por ambos, comienzan a moverla adelante y atrás, en un masaje suave que pretende mover también el intestino del burro. Una vez y otra, y otra y así hasta que los dos hombres sudan y jadean. Pero el burro sólo quiere descansar en el suelo y, en cuanto le dejan, se echa. Ni un aire ni nada que indique movimiento en las tripas. Pesimismo en las caras, pesadumbre en los amos. Los mayores hablan bajito, como si no quisieran que el burro conociera sus intenciones y, de pronto, parecen ponerse de acuerdo; levantan con mucho esfuerzo al animal otra vez, lo sujetan firmemente y una mujer, con el brazo remangado hasta el hombro y envuelto en un plástico blanco, introduce la extremidad por el ano del animal en un intento vano de alcanzar el atranco y deshacerlo. Carolo ya ni siquiera se queja; tembloroso se deja hacer y, cuando puede, se acuesta sobre los ijares e inclina la cabeza. Los mayores lo rodean como en un duelo prematuro, firmemente convencidos ya del final próximo e ineludible. Sólo los niños, las caritas pegadas a la ventana, abrigamos alguna esperanza. De pronto, Carolo hace un intento por levantarse, emite un quejido largo y profundo y se deja caer sobre un costado cuan largo es. Luego, se queda quieto, las patas muy juntas y el belfo caído.
RHM
Julio 2010.