viernes, 12 de febrero de 2010

CÁNTARO



Algunas noches del duro invierno aparecía en casa alguna de mis tías bien provista de rueca y uso para pasar la sonochada con nosotros. Mi madre decía que venían de hilandero y debía de ser así porque se sentaban al amor de la lumbre e iban hilando el copo con paciencia infinita a la débil luz del candil y, cuando hubo luz eléctrica, a la de una bombilla mortecina. Hablaban y hablaban, a veces reían, robando así un trozo a la larga noche invernal. Yo solía hacer los deberes sentado en una banqueta, usando como mesa el escaño de madera. El runrún de la conversación de las mujeres no interfería en mi quehacer, quizá porque los diálogos reincidían la mayoría de las veces sobre temas que no me interesaban nada: que si Fulana y Mengana habían reñido malamente y se habían hartado a picardías, que si Tal moza hablaba con algún mozo y que la familia de ella no le quería o cualquier otra cosa que les viniera a la cabeza. Sólo cuando alguna palabra suelta me llamaba la atención, ponía yo interés en la plática. Dejaba cuidadosamente el lápiz sobre el cuaderno y dirigía la mirada a la mujer que hablaba esperando con impaciencia que la narración tomara cuerpo para centrarme totalmente en ella. Me perdía siempre o casi siempre el origen del cuento que solía ser la continuación de algún comentario que yo no había oído: “Tú como la del cántaro…”, seguido de una risa. Entonces yo preguntaba siempre:
- ¿Qué es lo del cántaro, tía?
- ¿Qué es lo del cántaro, tía? ¿Qué es lo del cántaro, tía?- remedaba mi madre con una mirada tierna y cálida- Anda, cuéntaselo o ya tenemos la noche hecha.
Y mi tía relataba:
En el pueblo siempre ha estado muy mal visto que alguien no pague sus deudas. Contaba mi madre que una mujer con fama de mala pagadora encargó un cántaro de barro a otra que iba a El Barco acompañada de su marido, con el compromiso de pagárselo por la tarde, cuando se lo trajera. La viajera decidió desde el primer momento no comprar el cántaro ante el temor de no cobrarlo, por lo que cuando la primera fue a recoger el encargo le dijo:
-Ay, chacha. Te lo compré, pero me se ha roto. Veníamos llegando a la fuente el Gamo cuando algo raceó entre los espinos. Se espantó el burro y por no carme yo, me se cayó el cántaro y se hizo añicos.
Se dio la vuelta la mujer y dijo para sí.
- Anda que si se lo pago…
La otra, desde dentro de la casa, susurró al marido:
- Anda que si se lo compro…
RHM. Ene10.

No hay comentarios: