viernes, 24 de marzo de 2017

LA MOZA QUE ESCRIBÍA CARTAS DE AMOR


En aquel pueblo, colgado en la ladera de la sierra, casi todos los habitantes se dedicaban al pastoreo. Los pastos eran ricos y abundantes y alimentaban a un buen número de ovejas y vacas; los veranos eran cálidos, los prados se mantenían verdes hasta bien entrado el mes de julio y los campos estaban siempre llenos de gente afanosa que cantaba y reía. Por el contrario, los inviernos eran fríos y duros. Nevaba tanto que muchas veces los caminos se volvían intransitables y el ganado no podía salir de las cuadras; la carretera se cerraba y los habitantes del pueblo se quedaban incomunicados y no tenían más remedio que guarecerse en la cocina, al arrimo de la lumbre.

Por eso muchos hombres se veían obligados a abandonar el pueblo en estos meses duros de frío y hielo para buscarse la vida en sitios más cálidos, como el abuelo Goyo, temporero de los de verano en el pueblo e invierno en Extremadura, que emprendía el camino, con la escusa por delante, en cuanto las primeras nieves pintaban de blanco los picachos de la sierra. A pie, como se viajaba entonces; acompañado de otros pastores en su misma situación, durmiendo al amparo de las paredes y rezando para que el tiempo les diera una semana de respiro hasta llegar a la dehesa. 

El abuelo Goyo, que disfrutaba de una numerosa descendencia de hijas, seis, solía llevarse con él a una de las más jóvenes. La muchacha viajaba por otros medios. En los coches de línea hasta Béjar y luego en el tren; y si había que dormir en el camino, se buscaba alguna casa conocida y allí se quedaba. En la finca, sus ocupaciones serían las propias de las mujeres de entonces: la comida, la ropa y el cuidado y limpieza del pobre chozo. No se aburría porque era joven y siempre encontraba algo que agradecer a la vida. Unas veces eran los jornales que solían salir cuando apuntaba la primavera, sembrando garbanzos o escardando el trigo, que en aquellos menesteres las mozas serranas eran expertas; otras era el propio devenir de la finca, como el día en que Agustín quiso comprobar de manera práctica el funcionamiento de uno de aquellos acordeones que repetían su canción sólo con empujar las tapas que albergaban el fuelle. Y no se le ocurrió otra cosa que pinchar el cartón para ver lo que había dentro, con lo que descubrió el mecanismo, pero acabó con la música.

La dehesa era como un pequeño mundo, una aldea global. Un grupo de gente que no tenía más remedio que relacionarse, que no podía vivir en soledad porque dependían unos de otros. Aunque se llevaran como el perro y el gato, aunque discutieran por nimiedades, como Agustín y Constantino, que aún siendo ambos de La Zarza, andaban siempre tirándose los trastos por los careos. Por si uno estaba pegado a la carretera o a la hoja, por si era más o menos abundante o por si el ganado se guardaba mejor o peor…
Dependían unos de otros como dependían del ciego los mozos del cuento El ciego de La Vega, de Julio Llamazares, quizá el escritor que más y mejor se ha ocupado de la vida rural en los últimos años; y, sobre todo, del cambio que se ha producido en los pueblos de Castilla a raíz de la emigración masiva de los años sesenta. Escribe julio Llamazares que el ciego de La Vega en su juventud, cuando se iba de fiesta con los jóvenes del pueblo a alguna localidad vecina, a media tarde, por caminos de pastores y trochas fragosas, para no quedarse rezagado, se agarraba a los mozos que le acompañaban. Pero cuando regresaban de madrugada, si la noche era oscura, eran los mozos los que se agarraban a él. Porque a él le daba igual que hubiera luz o no. 
En la dehesa había tres mocitas, pero sólo la serrana sabía leer, por lo que las otras dos pronto le pidieron que les leyera las cartas que recibían de sus novios que venían de lejos, de la misma África, lugar remotísimo y misterioso donde servían a la patria. Y luego, que escribiera las respuestas; porque no tenían más remedio que confiar la intimidad de sus sentimientos a la única que podía interpretar lo que decían las misivas, .
El hecho de que la mocita pudiera interpretar los símbolos de un papel les parecía maravilloso, casi mágico; tan mágico como que aquel sobre hubiera podido recorrer un camino tan largo sin extraviarse y hubiera pasado por tantas manos hasta llegar a las suyas. A las frágiles manos de aquella joven que leía con voz chispeante, a veces entrecortada porque la caligrafía de los escribientes requería de cierto sosiego. La moza serrana hubiera preferido leer y escribir sólo buenas noticias, pero garabateaba lo que le dictaban, y, aunque no conocía a los destinatarios ni era probable que llegaran antes de que ella se fuera, siempre añadía de su cosecha: “recuerdos de la que escribe”. Y cuando leía la respuesta, siempre encontraba escrito: "recuerdos para la que lee".
 Y en ese acto de contar que había llegado la primavera, que habían vendido los borregos o que habían ido a Coria, a la feria o el incidente del acordeón, encontraba la mujer la misma razón para vivir allí que en el hecho de hacer la comida o de lavar la ropa.

viernes, 17 de febrero de 2017

PASEAR





Pasear, ya no se pasea. Ahora se anda, se camina. Vamos a caminar, dicen los veraneantes de pantalón corto y gorra de visera. Y se cogen un garrote, cuando más alto mejor, se calzan unas zapatillas de colorines y emprenden la marcha como si no tuvieran que regresar, siempre por el mismo sitio, siempre pisando el mismo suelo; unos detrás de otros, sin hablar, casi a paso ligero, intentando robarle al tiempo unos días más de vida.

            A mí, lo que me gusta es pasear. Salir del pueblo por cualquier calle, andando despacito y recreándome en el paisaje. Que trabaje la vista y que trabaje la cabeza, aunque no trabajen mucho las piernas. Tender la mirada a lo lejos y dejar que vuele el pensamiento. Mirar más que ver. Sentir, más que sudar.

Me gusta pasear por el pueblo porque es como regresar a la infancia. A veces pienso que lo utilizo como un recurso para entender este mundo cambiante. Otras, sin embargo, creo que lo que de verdad hago es usarlo como analgésico o, quizá, como tranquilizante. Porque salir al campo es como estrenar el mundo cada mañana, decía Delibes.

Hoy he salido por El Pozo. Entre los álamos se oyen las voces de los muchachos, hartos de pan y hambrientos de vida, corriendo detrás de un balón. Ahí es donde mejor están, pienso; lejos de prados y de trillos; de cabras y de siegas. Miro Las Aljóndigas, un recuerdo en cada rincón. Las paredes escondidas bajo los bardos cada vez más grandes que pronto cubrirán los prados. Me veo acostado al abrigo de una pared esperando a que amanezca para empezar a segar una hierba que ahora no es más que cardos y espinos. Siento el sudor que empapa mi frente y veo a Ángel, El Topo, que arrea un burrillo con una carga de trigo. Sonrío al recordar la oferta: “Si quieres yo te llevo la carga a la era y tú terminas de segar esto”. Pero no hubo trato. “Tú a lo tuyo y yo a lo mío”. Así que él siguió detrás del burro y yo continué asido al astil de la guadaña segando a duras penas un prado que en lugar de menguar, crecía.

            Veo La Aljóndiga de tío Bicha, el heno extendido en todo el prado, ya casi seco; y veo el humo que sale de debajo del roble donde tía Fausta ha hecho la lumbre para cocer la olla que se comerán los heneros. Porque entonces las cosas eran así. No había leyes que nos prohibieran hacer fuego en el campo porque no hacían falta. Porque había agua en todas las regaderas y porque los huertos estaban arados y sembrados; y los prados segados y los lindones pacíos… Y tengo que parar porque, aunque yo no creo que cualquier tiempo pasado fuera mejor, siento como si un sentimiento de añoranza embargara mi mente.

Miro la pared del camposanto, domicilio eterno de tantos que fueron y ya no son y una sonrisa leve se dibuja en mi cara. Desde aquí, desde esta misma pared, increpaba a voces tío Porro a mi padre porque veía que el burro estaba paciendo tranquilamente en un regajillo de La Puentecilla, que se tiende bella y serena al sol de la tarde. Saca el burro de lo mío —decía—, que tú tienes mucho argullo, pero muy poco dinero. Y veo a mi padre correr, voceando al animal, aunque solo fuera para que dejara de hacerlo el otro, agarrarle del rabero y atarle a un roble.

Así, entre recuerdos que me trasladan a la juventud, voy recorriendo un camino que ahora ha perdido su función principal. Así, mirando más que viendo, sintiendo más que andando, cuando me doy cuenta he llegado a El Vallejo. Tiendo la vista hacia el sur y veo el pueblo que se enmarca entre los álamos secos mimetizado en el pasto y los zarzales de lo que antes fueron huertos verdes bien cultivados. A lejos, en el puertecillo que rodea la carretera, la ermita se dibuja en el horizonte con su paredes blancas. 

viernes, 16 de diciembre de 2016

UN HOMBRE


Le recuerdo siempre con traje de pana, chaqueta y chaleco, incluso en verano; silencioso y adusto, los bolsillos rebosantes de trapos que utilizaba profusamente como si fueran pañuelos. Siempre solo, siempre con el cigarro apagado colgando de la comisura de los labios, incluso cuando acunaba al nieto sobre su brazo izquierdo y le palmeaba suavemente con la mano derecha al ritmo cansino de una tonada monótona mil veces repetida: tirín tin tin, tirín tin tin, tirin tin tin…
Siempre me pareció un hombre apenado que vivía porque estaba vivo, pero al que le hubiera dado igual no estarlo. Toda la información que pude reunir sobre él tuvo que venir de fuera. Así fue como supe que antes, de joven, allá por el cambio de siglo, no sólo no era triste, sino que hacía gala de cierto sentido del humor que sus vecinos conocían bien. Como cuando perdió la cabra de la tía Jeroma, que apareció sana y salva a la mañana siguiente en la puerta del corral, a la querencia del ama.
Había nacido en el verano de 1884 y antes de cumplir los veinticinco había vivido lo que otros no viven en toda una larga existencia. Se libró por los pelos de formar parte del cortejo que acompañaba al rey Alfonso XIII por la calle Mayor de Madrid el día de su boda de camino al palacio Real; pero no pudo librase del ambiente prebélico de la llamada guerra de Melilla, que terminó en desastre a finales de 1909. Por allí se movió comiendo las galletas que habían sobrado de la guerra de Cuba —contaba él— subiendo al cerro Gurugú y bajando al Barranco del Lobo. Por allí anduvo esquivando la muerte junto a otros desdichados como él, muchos de ellos ocupando un lugar que no les correspondía, supliendo a otros más ricos, cuyo patrimonio los había librado del viaje; un sistema perverso que redimía a los ricos y condenaba a los pobres. Como casi siempre, sólo que entonces no se trataba de mejoras sociales, sino de luchar por la propia vida.

Alguna vez le oí criticar el sistema de reclutamiento en aquella guerra absurda. No reprendía a los padres que pagaban para que otros murieran en lugar de los suyos. Cualquier padre pagaría por librar a su hijo de la guerra. No. Si su padre hubiera sido un hombre de posibles, habría vendido hasta la camisa y se habría alimentado de cardos, escaramujos y aliceras para evitar que él fuera a África. Pero nada puede dar quien nada tiene. Él criticaba a la Administración que lo permitía, que, incluso, lo facilitaba, convirtiendo lo que tan pomposamente llamaba servicio a la patria en una cuestión meramente económica. 

Y luego, La República;  y La guerra Civil. Entonces rondaba los cincuenta años y ya no tenía miedo de que le llamaran filas; sus miedos tenían que ver más con la trashumancia por caminos y trochas y con la estancia en solitarios puertos de León, expuesto siempre a la rapiña de los dos bandos, ambos igual de peligrosos e igual de rapaces. Sus miedos tenían más que ver con la familia, especialmente con los hijos, tres varones, que podrían ser reclutados en cualquier momento si la guerra se alargaba. Y de eso tampoco se libró. Porque en aquel funesto verano del 37 murió un sobrino, hijo de su hermana y unos días después, debió de ser unos días después, aunque él tardó varias semanas en saberlo, mataron a su hijo primogénito. Lo habían sacada de una cómoda oficina de Toledo, donde cumplía labores de escribiente, para agregarlo a las tropas que iban a tomar la capital. Pero su querido David no llegó a ver Madrid, porque una bala perdida, pero tan certera y cruel como las otras, acabó con su vida en una tierra que no había pisado antes.

 Por si no había sufrido bastante, enviudó a los sesenta y cinco años y se quedó en manos de las nueras, un año en el pueblo y otro fuera, porque uno de los hijos vivía en Extremadura. De su estancia en el pueblo son mis recuerdos y los de los que le conocimos viejo y afligido; de los que no tuvimos la suerte de degustar su fino sentido del humor, su seriedad en los tratos y su predicamento entre los pastores y los amos.

Ya viejo, cuando sentado al resolano en el corral dejaba pasar el tiempo, una tarde cálida de otoño, le pregunté por el paradero de la tumba del hijo muerto en la guerra. “Nunca supimos nada, sólo que había muerto” espetó. Yo, entonces, no pude menos que decirle:
—Ahora entiendo que algunos digan que es usted un hombre triste y no le faltan motivos para serlo.

Él, con una viveza inusual en alguien que se tomaba su tiempo para todo, contestó:
—No, hijo. Yo sólo soy un hombre— Y con el revés de la mano se limpió una lágrima furtiva.






lunes, 21 de noviembre de 2016

HAY TIEMPO...



El Cerrao es un topónimo bastante común en la zona. En el pueblo tiene que ver con tres lugares distintos, pero con características comunes: El Cerraón, Las Cerrás y los prados de El Cerrao. Pudiera ser que este nombre hiciera referencia a la configuración del terreno: laderas pronunciadas que se cierran sobre una garganta o un declive que propicia el nacimiento de un arroyo. Pudiera ser también que describiera esa zona en la que se fijan las tormentas cuando el cielo se cierra, se oscurece y no hay más luz que la de los relámpagos que preceden a los truenos. Sin embargo, yo me inclino más porque este topónimo se refiera un terreno abierto que fue comunal en su origen y que se vendió posteriormente, siendo los nuevos propietarios los que cerraron sus posesiones con paredes de piedra y bardos de zauces.
Sea lo que fuere, lo que vamos a contar ocurrió en el prado de El Cerrao, que, curiosamente, no es un prado, sino una heredad árida que el abuelo Rufino sembraba un año de trigo y otro de garbanzos y que lindaba con otra tierra de características similares perteneciente al tío Montaña. Era tan pequeña la superficie de ambas que no merecía la pena llevar dos yuntas, por lo que el abuelo y el tío Montaña, ochentones los dos, se ponían de acuerdo para ararlas en común con la pareja que formaban los burros de ambos.
Y allí se dirigieron aquel día hermoso de primeros de marzo, apuntando ya la primavera, el arado cargado en el burro del abuelo y el tío Montaña, caballero en el suyo. No madrugaron, porque para un cacho tan chico no merecía la pena pasar frío, por lo que decidieron ir después de comer, sin prisas, cuando el sol hubiera limpiado la escarcha y calentado un poco la tierra. A media tarde se presentaron en la finca, descargaron el arado y se pusieron a fumar tranquilamente sentados encima de un montón de cantos, mientras que los dos burros pacían en el lindón la hierbecilla que comenzaba a brotar.
La nuera, que, temerosa de la edad de los gañanes, se había visto en la obligación de acompañarles, no veía muy clara la actitud de los ancianos que habían fumado antes de cargar el arado, habían fumado en el camino y fumaban ahora sin dar visos de comenzar el arijo mientras recordaban sus tiempos mozos. Y fumar entonces requería un tiempo: sacar la petaca, verter el tabaco en la palma de la mano, quitar las estacas, buscar el librito y sacar un papel, que siempre se pegaba a los otros; liar el cigarro, pegarlo con la lengua, sacar el chisquero y el pedernal, golpear ambos varias veces hasta que prendía la mecha y encender el cigarro. Todo un rito que llevaba su tiempo. Por eso, la mujer, que era joven y no quería ser brusca, se dirigió al abuelo con voz suave.
—Abuelo, ¿no enganchan ya?
—Hay tiempo, hay tiempo— dijo el tío Montaña mirando al cielo.
Y aún tardaron un buen rato en enganchar. Y cuando lo hicieron, echaron dos surcos y pararon para fumar, cumpliendo siempre el mismo ritual. Y, cuando parecía que iban bien, perdieron una orejera y, aprovecharon para fumar mientras la buscaban. La nuera miró al sol y repitió la pregunta. Pero ahora fue el abuelo el que dijo que había tiempo. En la parada siguiente, esta vez para machar el cuño de la mancera, fueron los dos a la vez. Hay tiempo, dijeron. Y miraban al sol que había pasado de El Castrejón a El Picozo. La mujer, harta de tanta pasividad e intentando disimular el disgusto que tenía, los dejó solos y se fue a ver de los hijos, que ya debían de haber salido de la escuela. Hizo el camino en un santiamén, segura de que, si los gañanes no cambiaban de música, no iban a tener tiempo de terminar la huebra.
Y no lo tuvieron; porque cuando el astro rey pasó por encima de Los Collados y cayó como una bola detrás de La Sabrosilla y la noche borró las casas del pueblo, el abuelo y el tío Montaña, aún no habían terminado de arar el pequeño trozo de tierra. Y, aunque no era mucho lo que faltaba, no tuvieron más remedio que desenganchar la yunta, aparejar los burros y coger el camino de casa.
           
Al día siguiente, a media mañana, el tío Montaña se presentó en la vivienda del abuelo y, desde la bocacalle que daba al corral, dijo a la mujer, que lavaba en la pila:
—Dile a tu aguelo que salga, a ver si esta tarde vamos a terminar el cachillo que nos quedó ayer en El Cerrao.
La mujer, que aún tenía en el cuerpo el enfado de la tarde anterior y que sabía que el abuelo no podía oír al compañero, porque andaba en el sobrao, hizo de tripas corazón, sonrió levemente y respondió:
—Mi aguelo no está. Se ha ido a Los Heros para todo el día. Así que tendrá usté que arreglarse solo.
            Y por lo bajo, con gesto duro, dijo:
—Que te crees tú que va a volver. Para fumar contigo en El Cerrao, que fume en lo alto de la era.

sábado, 22 de octubre de 2016

EL ABUELO RELANCES




No se sabe muy bien quién le bautizó con tal apodo. El caso es que al abuelo Julián le pusieron Relances por mal nombre y, aunque el DRAE recoge tres significados diferentes para dicho vocablo, ninguno de ellos se ajusta a la personalidad del abuelo, que más que con sucesos casuales o dudosos, tendría que ver con la socarronería propia de los campesinos más listos.
En el pueblo hay apodos para todos los gustos. Algunos hacen escarnio de ciertos defectos, físicos sobre todo, otros no tienen un significado claro, pero los hay tan atinados que definen al sujeto mejor que una fotografía en color. Este debió de ser el caso del tío Relances que, según cuentan los más viejos del lugar, era capaz de encontrar siempre el lado más burlón de las cosas y de poner una nota de humor en ciertos sucesos del mundo rural que, sin ser graves, podían complicar bastante la tranquila vida de sus paisanos.
Hasta que enviudó, el abuelo Relances había vivido en Campurbín, felizmente casado con la abuela Manuela, de cuyo matrimonio nacieron dos hijos y una hija. Cuando murió la abuela, el hombre, que aún estaba en buena edad, se mudó a Horcajo, donde siguió viviendo en su casa, solo, de manera independiente, con sus vacas y sus quehaceres diarios hasta que se lo permitió la edad
Son muchas las anécdotas que se cuentan del abuelo Relances, que debía de tener fascinados a los nietos con sus chascarrillos. Y no sólo a los nietos, sino a cualquier muchachón o moza que coincidiera con él en las tardes tediosas del invierno en los prados de Llera. Por eso no resulta difícil imaginarle alrededor de una lumbre, rodeado de muchachos que escuchan embelesados sus historias, mientras extienden las manos hacia el fuego para mitigar un poco el frío polar de los meses más duros del invierno serrano.
Muy conocida resulta su visión de la economía del momento cuando aseguraba que había hecho un viaje desde Badajoz al pueblo sin gastar una perra.
—Jo, abuelo, iría usted pidiendo— decían las nietas hechizadas por el relato.
—No, iba a ir dando— contestaba el abuelo con una sonrisa socarrona.
            En otra ocasión, ante las quejas del maestro, que se lamentaba de gastar muchos zapatos debido al lamentable estado que presentaban las calles del pueblo, auténticos lodazales en invierno y llenas de cantos y boñigas en todo tiempo, el abuelo Julián expresaba al profesor que no compartía tal opinión sobre el calzado, que tenía él unos zapatos que le habían durado quince años. Y, cuando el maestro le preguntaba que cuántas veces se los había puesto, el tío Relances contestaba sin inmutarse que dos: en su propia boda y  el día que vino el obispo a confirmar a la muchacha.

Cuentan que el abuelo era muy cuidadoso con las herramientas. Y muy poco amigo de prestarlas. A veces pasaba horas enteras marcando los yugos, las azadas, los trillos y otros utensilios con una jota y una eme mayúsculas que indicaban claramente la propiedad de la herramienta. Uno de estos útiles era una azuela que el hombre mimaba con cariño. Perfectamente enmangada y afilada, el abuelo Relances la cuidaba como oro en paño y procuraba no prestársela a nadie que no fuera de su estricta confianza. Y de su estricta confianza no había nadie.
Pero hete aquí que un buen día se presentó el hijo de un primo segundo para pedirle la azuela.
—Tío Julián, que está mi padre haciendo un arado y está ahora liado con el dental y me ha dicho que le pida la azuela porque la suya está embotada y casi no corta.
—Pues mira, hijo. No te la voy a dar porque tu padre apoya el dental en las piernas y no quisiera yo que se cortara los zajones o que tuvierais una desgracia mayor en casa porque, además, se rajara el muslo y se sanguinara.
—Que no, tío Julián, que esté usté tranquilo, que mi padre apoya el dental en una piedra de la pared, que le he visto yo hacerlo ahora mismo.
—Pues por eso no te dejo la azuela, hijo. Por eso no te la dejo.

sábado, 17 de septiembre de 2016

VACAS



Dicen que donde escasean las noticias cualquier cosa puede serlo. Cuando pasas el verano en un pueblecillo pequeño, donde conoces a todo el mundo y sabes cómo piensa la mayoría, donde no hay prensa y las noticias llegan casi siempre por la boca de los compañeros de paseo, se suelen sobredimensionar las cosas. Lejos del runrún diario de la política, la atención suele dirigirse a asuntos más nimios. Pero este verano no ha sido así. Porque todos los que andamos por la zona del valle de El Tormes nos hemos sentido concernidos. Porque, aunque ahora no tengamos vacas, las tuvimos. Porque, aunque ahora vivamos de otra manera, antes vivimos del campo. Porque conocemos el esfuerzo de los ganaderos. Y, sobre todo, porque estamos muy preocupados por el futuro de nuestros pueblos. La provincia de Ávila ha perdido el 35,6 % de población desde el año 1950. En términos absolutos somos casi 93.000 habitantes menos. Y esta pérdida no se ha dado en la capital ni en los núcleos de la cara sur de Gredos. La mayor pérdida se ha producido en el entorno de El Barco y Piedrahíta, en esos pueblos que están a más de 60 km. de la capital.
Un brote de tuberculosis acaba con todas las vacas de Aliseda de Tormes: "Se ha producido el vacío sanitario"
            El titular es de La Sexta. El entrecomillado debe de corresponder a palabras textuales de algún político. Y duele. Duele ver en la pantalla a personas que conoces y que no entienden lo que pasa. Porque, ¿qué pasa con las vacas de la zona? Alguien, la Junta probablemente, tendrá que dar bastantes explicaciones.
            Tendrá que explicar por qué si al sanear una explotación se detecta un animal enfermo, sólo uno, se mata a toda la cabaña. Tendrá que explicar si no sería más razonable poner en cuarentena a todos los animales y repetir los análisis para detectar cómo evoluciona la enfermedad y si el contagio es o no efectivo al cabo de un tiempo prudencial —el que determinen los veterinarios— actuar en consecuencia. Una consecuencia que podría ser, en el caso más positivo, que no fuera necesario matar a los animales que aún no están infectados.
            Tendrá que explicar si, como dicen los ganaderos, es la fauna salvaje la transmisora de la enfermedad. Y si es así, tendrá que explicar cuáles son las medidas que se han tomado al respecto. Porque no es posible vacunar ni tratar a los cientos de jabalíes y cérvidos que poco a poco se van adueñando del campo. Y no es posible que los pocos habitantes que quedan en la zona lo intenten de nuevo si no están absolutamente seguros de que se están tomando medidas efectivas contra los transmisores del virus.
            Alguien de la Junta tendrá que hacer la pedagogía necesaria para que no nos creamos que la muerte masiva de los animales responda a un plan diseñado para terminar con el ganado vacuno en la zona. Porque, dicen muchos, es más rentable cambiar la producción. Optar por el ganado ovino o los antiguos rebaños de cabras. Que sobran vacas, vaya. Y alguien tendrá que explicarles a ustedes que lo que ha pasado en La Aliseda no es un “vacío sanitario”: vacío de vacas sí ha quedado el pueblo, pero sanitario no es, porque los portadores siguen en la sierra, sin que nadie se haya ocupado de ellos, al menos que nosotros sepamos.

      Ya no nos valen cuentos como que son leyes europeas las que nos obligan a matar las vacas. Europa somos nosotros, los obligados y también lo son ustedes, los que obligan. Son ustedes o miembros de sus partidos los que tienen que defendernos, en Europa, en Madrid o en Valladolid. Las cosas se cambian desde dentro siempre que haya voluntad de cambiarlas. Y ustedes están dentro.
            ¿Alguno de nuestros representantes en esos Organismos europeos, madrileños o vallisoletanos ha pensado en el futuro de esta zona? Seguramente no se han dado cuenta de que cada vez que a un ganadero se le cierra la explotación, también se cierra una casa. Seguramente no se han parado a pensar que uno o varios muchachos se tendrán que ir a Madrid a que les paguen una miseria hasta que lleguen al paro o a la RMI. Quizá no se les haya ocurrido que una explotación cerrada es una posibilidad menos de que un niño corra por las calles, de que se reabra una escuela, de que se oigan voces y risas en la plaza… Parece que a nuestros políticos les resulta más fácil mantener parados en las grandes ciudades que en los pueblos.
            Eso que ustedes denominan eufemísticamente “vacío sanitario” no es más que otro peaje, uno más, que obliga a que se vacíen las casas de nuestros pueblos, unos pueblos cada vez más solitarios, en los que ya sólo se llenan los cementerios.
            Si es cierto que alguien dijo alguna vez que una ardilla podía recorrer España de norte a sur saltando de árbol en árbol sin tocar el suelo, quizá también sea cierto, como escribió hace unas semanas uno de nuestros más ilustres académicos, que el animalito podría recorrer España hoy saltando de un político incompetente a otro. Especialmente en nuestra tierra, añado yo. Sin distinción de ideologías.


RHM

jueves, 1 de septiembre de 2016

SORDOS


 Había una vez en un pueblo muy pequeño una familia compuesta por cuatro miembros: el padre, la madre, un hijo y una hija, todos afectados de una gran sordera. La familia no andaba bien de dinero y tenía alguna deuda que no podía pagar. 

Un buen día, cuando el hombre de la casa estaba en el corral cortando leña, pasó por allí un vecino al que le debían dinero.
—Buenos días—, dijo el vecino.
— ¿Quéee…? ¿Que te dé el dinero? Pues si me demandas, demándame, pero yo ahora no lo tengo—. Y se metió para casa y le dijo a la mujer, que estaba en la cocina, porque las mujeres de aquel pueblo se pasaban mucho tiempo en la cocina:
—Mira, mujer. Ha pasado por la puerta del corral el del dinero y me ha dicho que si no se lo devuelvo, que me demanda y yo le he dicho que me demande si quiere que yo ahora no tengo el dinero.
— ¿Quéee…? ¿Qué has traído un carnero? Pues si está gordo, tráele pa dentro, que le matemos—. Y llamó a la hija que estaba en la sala haciendo la cama.
—Mira, hija. Ha venio padre y ha traído un carnero y yo le he dicho que si está gordo, que le meta pa dentro, que le matemos.
—¿Quéee…? ¿Qué hay un mozo a la puerta? Pues si es alto y guapo y buen mozo, que pase, que me caso con él—. Y salió a buscar al hermano que estaba en el sobrao preparando un costal de trigo para llevarlo al molino.
—Mira, hermano. Ha venío madre y me ha dicho que hay un mozo a la puerta y yo le he dicho que si es alto y guapo y buen mozo, que pase, que me caso con él.
Del museo etnográfico de Castilla y León, en la ciudad de Zamora.
— ¿Quéee…? ¿Qué me estáis haciendo unos pantalones? Pues na más que miréis por estos—. Y bajó a decirle a la madre:
—Madre, que me ha dicho mi hermana que me estáis haciendo unos pantalones. Y yo le he dicho que na más que miréis por estos.
— ¿Quéee…? ¿Que está tu padre a por vino? Pues a mí me da igual que sea blanco que tinto, que yo todo me lo jinco.

           Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
NOTA: Cortesía de mi tía Juana, que se sabe unos cuentos maravillosos.