jueves, 7 de julio de 2016

VIVOS Y MUERTOS




Esto era una vez un pueblo muy pequeño situado cerca de los picos de Gredos. El pueblo no era muy rico, pero todos podían vivir en él porque todos tenían algún huerto en el que sembrar las patatas, las alubias y algo de trigo y centeno en las tierras altas; y todos tenían sus gallinitas, hacían su matanza y tenían una o dos cabrillas que les proporcionaban leche casi todo el año. Muchos poseían una o dos vacas con cuya leche hacían un queso que era la envidia de los otros pueblos. Así que los habitantes de aquel lugar, aunque no eran ricos, no pasaban hambre.
     Como entonces no había asilos ni eso que ahora llaman pomposamente residencias de la tercera edad, era costumbre en el pueblo que los hijos cuidaran de los padres cuando ya no podían valerse. Y si no había hijos, eran los sobrinos los que se hacían cargo de los ancianos a cambio de quedarse con la hacienda, con lo que sólo heredaban los que decidían atender a los viejos. Esta práctica ocasionó más de un problema entre los familiares porque siempre había alguno que se echaba para atrás a la hora de custodiar al tío o a la tía pero que, luego, quería entrar en parte como uno más de los que los habían cuidado.

                Las casas del pueblo no eran muy grandes; muchas no tenían más que el mediocasa, la cocina y la sala, amén del sobrao y de un cuarto para la chiche, por lo que las familias no tenían más remedio que poner las camas de los viejos en los sitios más insólitos, como pasó con el hombre de nuestro cuento, el tío Sinforoso, más conocido por tio Sinfo.
                El tío Sinfo había vivido en feliz matrimonio con la tía Erundina, sin que el cariño que se dedicaron en vida el uno al otro se hubiera visto bendecido con hijos. Cuando murió la mujer, el tío Sinfo decidió aguantar en su casa todo lo que fuera posible. Y así lo hizo hasta que no tuvo más remedio que entregarse al cuidado de los sobrinos que buenamente quisieron hacerse cargo de él. Y de esa manera fue rodando mes a mes de casa de una sobrina a otra, comiendo lo que le daban y durmiendo donde le ponían la cama. La muerte le llegó en casa de la Juliana, que no había tenido más remedio que poner la cama en el mediocasa, algo metida debajo del hueco de la escalera porque las dos alcobas que tenía la casa estaban ocupadas ambas: una por le matrimonia y la otra por las dos hijas.

                Era costumbre en el pueblo que, cuando fallecía alguien, las vecinas se hicieran presentes en la casa del finado para ayudar en lo que hiciera falta. Y muchas veces, más que la ayuda, era una curiosidad malsana y el deseo de ver qué apaños tenía la familia, lo que hacía que algunas intentaran llegar de las primeras. Otras veces, lo que les metía prisa era la parentela, aunque fuera de tercer o cuarto orden, como en  el caso de la tía Daniela, que en cuanto oyó a su vecina Isabel comentar a la puerta que había muerto el tío Sinfo, dejó lo que estaba haciendo y se presentó en casa de la Juliana.
                Nada más entrar, vio el cadáver sobre la cama, en el mediocasa y un mohín de desagrado se dibujó en su cara. Sin más llamó a la pariente y le dijo:

—Tendríais que quitarlo de aquí y llevarlo a la sala.
La reacción de una de las hijas de la prima fue fulminante:

—A la sala no, que tenemos allí la longaniza.
—Pues si tenéis allí la longaniza, que la tengáis, que este ya no se la va a comer.

                Y colorín colorado, este cuento no es más largo.

sábado, 11 de junio de 2016

LAS HAZAS Y LAS JAZAS




 Según el diccionario de La Real Academia Española, la palabra haza, que proviene del latín fascia con el significado de faja, es una porción de tierra labrantía o de sembradura. Así pues, el topónimo Hazas, designaría una porción de tierra, más larga que ancha, dedicada al cultivo. En el pueblo tenemos dos lugares que responden a ese nombre: uno discurre entre el camino Llano y la carretera. Comienza en la garganta y llega hasta las Cerraíllas. En el pueblo siempre han denominado a estas tierras Las Jazas, porque, como es sabido, en el habla del lugar, la H, que antes había sido F,  se transformó en J. Numerosos ejemplos avalan esta teoría en la toponimia del pueblo: las Jontanas (de Hontanar, lugar donde nacen muchos manantiales), el Jerechal (Helechar), la Jerrera (Herrera) o La Joyuela (Hoyuela). El otro engloba las tierras que descansan sobre la regadera de la presa en el tramo que va desde el depósito del agua hasta la carretera. Para este último, sin embargo, el pueblo siempre ha utilizado el topónimo Las Hazas.

            Los dos terrenos han correspondido siempre a particulares, aunque el primero de ellos fue un todo hasta no hace mucho tiempo. Perteneció a un cura apellidado Bastida, dueño también de los prados de El Cura, que lo vendió al tio Parranca. Este, a su muerte, lo repartió entre sus herederos. Hoy está dividido en varias suertes cuyos propietarios están relacionados por un vínculo de parentesco. El segundo también pudo pertenecer a un solo dueño, si bien resulta más difícil establecer ese vínculo de parentesco entre sus actuales amos debido a que  algunos vendieron su parte.

            No hace mucho tiempo, viajando por tierras del sur, me encontré por casualidad con este topónimo en la localidad de Vejer, en la provincia de Cádiz. De pronto la guía dijo que estábamos pasando por un terreno denominado Las Hazas, cuya historia era bastante peculiar y que se daba también en la localidad de Barbate y sólo en los dos pueblos. Investigando un poquito —no fue necesario mucho, porque Internet responde a cualquier información— me enteré de que en realidad se llaman las Hazas de la suerte. Y quizá no sea casualidad que en nuestro pueblo llamemos suerte a la porción de tierra que recibimos cuando la poca superficie obliga a partir alguna tierra en el momento de heredar. A mí me ha tocado la suerte de la derecha, dicen los viejos.


La historia de Las Hazas de la suerte en esos dos pueblos del sur, comenzó en el siglo XIII cuando Sancho IV, rey de Castilla entre los años 1284 y 1295, ocupó la villa de Vejer y pensó con buen criterio que no sería fácil que la gente se decidiera a poblar aquel territorio fronterizo debido a sus peligros, por lo que decidió poner en práctica algún incentivo. Así pues determinó regalar al municipio una superficie de casi tres mil quinientas hectáreas, algo así como siete dehesas de Horcajo, para que fueran cultivadas por gente asentada en el pueblo. El terreno sería sorteado entre los vecinos de la localidad con el único requisito de pertenecer a su población de derecho. Hoy, Las Hazas están divididas en 232 partes, lo que da una media de 12,5 hectáreas para cada una de las suertes. Comenzó así una tradición que ha llegado al siglo XXI después de sortear diversas amenazas e incluso un largo litigio con el ducado de Medina Sidonia que intentó gestionar los terrenos como si fueran suyos. Nada nuevo.

Actualmente Las Hazas de la suerte se siguen sorteando entre los vecinos del pueblo por periodos de cuatro años coincidiendo con los bisiestos. Aquellos vecinos que hayan resultado agraciados en un sorteo quedan excluidos de los siguientes. También se permite el subarriendo, por lo que muchos vecinos optan porque sean otros quienes cultiven la tierra, percibiendo a cambio una cantidad que ronda los cuatro mil euros. El mismo derecho tienen también los vecinos de Barbate con tierras de esta localidad, si bien con un número menor de parcelas: ciento veinticuatro.

            Estas tierras figuran hoy incluidas en el Inventario de Bienes de la Corporación como comunales; es decir, bienes de dominio público cuyo aprovechamiento corresponde al común de los vecinos y son inalienables, inembargables e imprescriptibles por lo cual no se pueden arrendar más que a las personas que figuren en el padrón de vecinos.

Aunque nuestra zona se repobló posteriormente, no es difícil imaginar cómo pudo ser la repoblación, no sólo de nuestro valle del Tormes, sino de la zona, en general. Sabemos que esta tierra fue repoblada por foramontanos, de fuera de los montes, como atestiguan numerosos restos dejados en la toponimia y en el léxico. Sabemos que muchos de los repobladores eran cántabros y astures que no serían muy ricos allá en su tierra, que, además, debería de estar superpoblada al ser el único territorio libre de invasores en aquellos tiempos.  No es extraño, pues,  que muchos hombres se arriesgaran a empezar una nueva vida en un territorio fronterizo sujeto a los avatares de la guerra, con el fin de tener tierras sobre las que no podrían acreditar la propiedad, pero sí la posesión, sobre todo si las cultivaban. Unas tierras que estarían en barbecho porque el clima no favorecería que los invasores los cultivaran teniendo otras más fértiles al sur del Sistema Central. Así surgen las primeras posesiones basadas en el en el derecho de presura, que no sería otra cosa que apropiarse del terreno conquistado.

No sabemos si Almanzor (939 – 1002) se paseó a caballo por nuestros caminos, ni siquiera podemos afirmar que esa leyenda, que lo sitúa descansando en el pico que lleva su nombre después de guerrear contra los cristianos en Béjar, sea cierta. Por eso no podemos aseverar que algún rey repartiera Las Hazas como premio a los valientes que se arriesgaron a vivir aquí. Pero hubiera sido bonito que el topónimo respondiera a una historia parecida.
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martes, 24 de mayo de 2016

EL PRADO DE LAS ÁNIMAS


Eran cuatro. Dos mocetones altos y fuertes y un hombrecillo viejo y algo arrugado que caminaba como un conejo, moviendo velozmente las piernas, pero con zancadas tan cortas que los otros no tenían ningún problema para seguirle. El tercero era un hombre fornido, de edad mediana, que se había unido a ellos al dejar el teso y que no les había dirigido la palabra más que para preguntarles si iban hacia lo alto. Luego resultó ser el maestro de La Lastra.
            Habían ido por la mañana a Piedrahíta, a la feria de Los Santos y habían vendido lo que llevaban, pero la entrega se había retrasado mucho y ahora tenían un largo trayecto de regreso a la aldea. No les daba miedo la noche porque conocían el camino y habían contado con la luna, que en las noches serranas es la mejor amiga del caminante, pero la niebla que bajaba de los altos era como un mal presagio y a medida que se acercaban a la cumbre, se hacía más espesa.
 Seguramente aquellos hombres habían aprendido a conocer a todos los seres que pueblan la sierra: el alacrán, un bicho tan rabioso que prefiere picarse a sí mismo si se ve acosado, la víbora, tan dañina; el bastardo, que tiene un mamar tan suave, que cuando chupa la teta de una vaca recién parida, esta no vuelve a dejar mamar al becerro. O, al menos, eso es lo que cuentan las madres en las noches largas del invierno mientras hilan el copo al amor de la lumbre. Seguramente aquellos hombres sabrían distinguir perfectamente una jineta de un garduño, ambos capaces de colarse por cualquier agujero, por pequeño que fuera, para comerse las gallinas si no andabas listo.
            Probablemente aquellos hombres sabrían mucho de lobos, enemigos naturales de los pastores. Sabrían que el lobo no se ve, pero se siente su presencia hasta el punto de que el aire se enrarece y a los hombres se les erizan los pelos y les entra un sudor persistente, incluso en las noches más frías del invierno. Tal vez aquellos hombres habrían participado en alguna de las batidas que se organizaban en los pueblos, los hombres a caballo, el que lo tenía, tocando cuernos y trompetas y dando voces para expulsar al lobo del término municipal, aunque la expulsión no llegara más que al pueblo vecino y en todos los pueblos hicieran lo mismo. Quizá por eso, alguno de los caminantes no creería en estas cazas incruentas; porque ya se sabe que “a lobos y a leña verde el que más anda más pierde”, como dijo el andarín mientras subían un repecho capaz de cortar el resuello al más pintado.

            Seguramente aquellos hombres podrían identificar sin error los sonidos de la noche: el canto del cuco, tan distinto al de la lechuza o al del búho, el guarreo de la zorra llamando a otras o el mugido de las vacas sobresaltadas por algún peligro. O el del cuclillo, que emite un sonido rítmico, lúgubre y cadencioso capaz de asustar a cualquiera que no tenga bien atados los machos. Aquellos eran hombres que tenían una identidad total con el campo; que no distinguían entre el día y la noche, “entre el día y la noche no hay pared”, dijo uno de los mozos; y que no temían más que a lo que no podían controlar: la primera necesidad del lobo era comer y la suya, evitar que comiera de su ganado. Eso lo entendía cualquiera. Lo que no podían controlar era el efecto de esta niebla que había surgido casi de repente y que se había instalado en lo alto de la sierra, cubriendo los picos y que avanzaba hacia la ladera como si alguien la viniera empujando desde arriba. La niebla por arriba y la noche por abajo, porque pronto la oscuridad se iría adueñando del valle y las luces del pueblo grande —el único con luz eléctrica— irían desapareciendo engullidas por la distancia.
No supieron cuándo perdieron el camino, que ya no era tal, sino una trocha invadida por los espinos y la maleza. De pronto, los cuatro hombres se encontraron en medio de un calabonar, totalmente rodeados de una capa de niebla que casi no les permitía divisarse entre ellos y mucho menos reconocer alguna señal que les permitiera identificar el camino de regreso. Entonces tuvieron la certeza de que se hallaban perdidos y que la desgracia podría ser mayor porque la niebla había empezado a destilar un agüilla fría que, en aquellas fechas y en aquellos parajes, pronto sería hielo.  
            Algo preocupados, decidieron caminar de dos en dos en direcciones opuestas, sin alejarse más de lo que alcanza una voz en el silencio de la noche, para ver si encontraban alguna señal que les permitiera identificar el camino o, al menos, alguna pared que les sirviera de refugio mientras se levantaba la niebla, si es que se levantaba. Así anduvieron un buen rato en medio de un silencio sepulcral solo roto por las voces de los hombres.
           
El hombrecillo y un mozo estaban ahora en medio de un tremedal. La tierra se movía bajo sus pies y las botas se les habían llenado de barro hasta los tobillos. El mocetón atisbaba entre la niebla buscando alguna referencia, alguna señal, algún indicio, algo conocido que les llevara otra vez al camino. Entonces las oyeron. Eran campanas que tañían llamando a los fieles a algún rezo. El hombrecillo recordó que era el día de las ánimas y trató de ubicar la procedencia, aunque poco importaba de qué pueblo fueran las campanas. Con voz fuerte llamó a los otros y juntos empezaron a caminar hacia el sonido que se repetía monótono de forma intermitente. El hombrecillo sabía que en los pueblos de la sierra suelen llamar a los feligreses tres veces, con toques de campana que se repiten cada poco tiempo. Sólo pedía que este tañer lejano que horadaba la niebla hubiera sido el primero, porque ahora caminaban cuesta abajo por unos barbechos y si volvían a sonar las campanas, pronto identificarían alguna señal que les conduciría hacia un camino, cualquier camino, porque cualquiera sería bueno para llevarles a casa.
P.D. Esta leyenda circula por el pueblo en torno al topónimo referido al prado de Las Ánimas.

martes, 15 de marzo de 2016

TOPÓNIMOS


TOPÓNIMOS

TOPONIMIA: 1. f. Estudio del origen y significación de los nombres propios de lugar (DRAE)
    
Quizá os hayáis preguntado alguna vez cómo surgieron los nombres que designan ciertos lugares de nuestro pueblo. Tal vez os hayáis interrogado sobre el porqué de El Castrejón, Los Santos o La era Vicente, que no designa una sola era, sino el lugar donde se ubican unas pocas. Algunos de estos nombres son bastante evidentes: La fuente Fría, El Venero o El arroyo Caliente se explican por sí solos, otros requieren de un estudio más profundo.

      Estos nombres, los topónimos, son palabras que nos han acompañado siempre, que nos han servido de referencia, que nos han situado en un lugar determinado. En definitiva, son nombres que han arraigado en nosotros con un fuerte sentido de pertenencia.
En España existen más de siete millones de topónimos con más de mil años de antigüedad. Se trata de palabras que idearon nuestros antepasados más antiguos para referirse a lugares en los que se desarrollaba su vida diaria. Lugares con los que tenían una relación viva, casi filial. Por eso, ninguno de los topónimos que veremos, referidos a nuestro pueblo, son nombres puestos al azar. No. Se trata de sustantivos que significan algo, que indican algo, que conducen a algún sitio. Nombres que nos hablan de un pasado entendible, histórico, que tienen que ver con los habitantes de estas tierras antes de la dominación romana, con el despoblamiento y la invasión árabe allá por los comienzos del siglo VIII, con la posterior repoblación hacia el siglo XIII y con los tiempos posteriores. Son nombres que nos unen con nuestro pasado y que nos explican cómo se vivió en estas tierras. Son nombres que nos dicen que existieron hombres ligados a la tierra como Bernardo, Pepe Lindo, tio Platito o tio Tomás; que a alguien en el pueblo llamaban El Duque o que hubo un Don Gil que tuvo tierras en un lugar llamado El Escardón, que hubo un cura que tuvo prados… Nombres que nos dicen que en un sitio muy concreto del pueblo hubo viñas alguna vez, aunque hoy no quede rastro de ellas. Son, pues, el cordón umbilical que explica nuestra existencia, la clave de nuestra vida.

Nombres con mucho más sentido que el que los hubiéramos dado ahora. Fijémonos, si no, en los puentes que adornan la carretera: el de la Garganta, el del Espeñaero y el de Campurbín y que nuestros hijos llaman sencillamente el primer, el segundo o el tercer puente. Y es que, quizá, la imaginación no sea la cualidad que más adorna a nuestra juventud, aunque sí lo fue para los que llamaron Tetas de Viana o Mujer Muerta a topónimos conocidos de nuestra geografía.

Digamos ahora que la toponimia no es una ciencia exacta y que se presta a interpretaciones varias y, digamos también, que su conocimiento requiere de mucho estudio y mucha dedicación. Dejemos muy claro  que quien esto firma no es un entendido en estos menesteres. Lo sé por uno de los mayores expertos en este campo, Pedro Luis Siguero Llorente, a quien pido perdón por inmiscuirme en su mundo y a quien agradezco vivamente que me haya facilitado el camino para  aprender lo poco que sé de esta materia.

Digamos también, que los topónimos que se presentan a continuación no son el fruto de un trabajo científico ni pretenden serlo. Se trata más bien de una explicación lógica basada en la tradición oral y en investigaciones superficiales.

Los nombres de lugares, los topónimos, tienen que ver, sobre todo, con los repobladores que bajaron del norte hacía la cuenca de El Duero a medida que la reconquista de nuestras tierras se iba ensanchando hacia el sur. Son esos pueblos que se llaman Naharros, (de navarros), de los Caballeros (de los caballeros repobladores), y otros. Algunos son, sencillamente, accidentes del terreno: picozo, collado, cerro, llano, cuesta... Y otros son las propiedades de ciertos hombres y mujeres que las bautizaron con sus nombres. En los nombres de algunos hay que buscar la raíz latina: dehesa (defessa), haza (fascia, faja) y en los de otros, quizá los más numerosos, habrá que fijarse en el cultivo que producían: mijares, herreñas, linares…

En próximas entradas intentaré explicar algunos de los topónimos del pueblo. Hoy, a modo de aperitivo, escribiré sobre El Bardal
El Bardal: El DRAE define barda como cubierta de sarmientos, paja, espinos o broza que se pone sobre las tapias de los corrales, huertas y heredades para su resguardo y, en una segunda acepción, como maleza o matojos silvestres con espinas. En el pueblo, las bardas se colocaban debajo de los armeales para evitar la humedad y por la misma razón se enrollaban en torno al palo en la parte más alta. También se colocaba barda debajo de las tejas y en las paredes de algunos corrales. Aquí, bardal tiene un significado colectivo, como lugar donde se cría mucha barda.


 

 



sábado, 6 de febrero de 2016

PESETAS DE IDA Y VUELTA

Para los que no saben cómo somos, somos lo que los demás les cuentan
 Cuando heredó el prado de La Concepción, no se puso muy contento, la verdad sea dicha. Estaba lejos, no había ninguno más del pueblo por allí y, por si fuera poco, había que traerse el heno a casa. Además, el abuelo, con esa confianza proverbial que manifiestan los suegros hacia los yernos, no había dejado de decir a quien quisiera oírle que el prado era una joya, pero que en según qué manos, no iba a ser muy productivo. Así que el yerno se lo tomó como algo personal y todos los días, él o la mujer y luego los muchachos, cuando valieron, se volcaron en el riego y en la vigilancia para que ninguno de los que andaban por allí con cabras u ovejas aprovecharan la soledad del lugar para alimentarlas gratis.
El prado estaba en un barranco, casi más cerca de Zapardiel que del pueblo, en medio de un monte atestado de calabones. Cuando el hombre iba a regar, aprovechaba para echar una carga de leña que arrancaba siempre en terreno común, aunque para conseguir llevar algo decente, tuviera que buscar y rebuscar entre los piornos cien veces esquilmados. Y eso que bien cerca los había muy buenos y fáciles de arrancar. Pero eran de El Castrrejón de Navasequilla y aquello era privado, de socios, como decían ellos y sólo los socios podían sacar de allí la leña. Y es que entonces la leña era un bien muy apreciado, que el que más y el que menos echaba veinticinco o treinta cargas para casa; no como ahora, que sobran tantos calabones que por muchos sitios ni siquiera el ganado puede pasar.
 Aquella tarde, el hombre tenía prisa; esperaba un hijo y la mujer andaba ya fuera de cuentas y en cualquier momento se podría producir el parto y, aunque él no tuviera que intervenir, que de eso se habían ocupado siempre las cuñadas y las viejas más entendidas, no quería estar fuera si se producía el acontecimiento. Por eso arrancó con fuerza unos calabones, los amontonó e hizo los lazos, pero cuando iba a cargar, se dio cuenta de que no tenía bastante leña para completar el sobernal. Acuciado por la prisa, reparó en un hermoso piorno que, al borde del camino, pero en lo de los otros, se ofrecía como una tentación. No se lo pensó dos veces. Agarró el azadón, escarbó un poco en la tierra y con un certero golpe sacó un tronco y luego otro y otro; y habría seguido si alguien no le hubiera tocado con fuerza en el hombro.
— No jodas, Vítor. Sabes de sobra que aquí no podéis arrancar leña los de Horcajo.
— Ya lo sé, pero me faltaban unos cachos y con la prisa que tengo, que en cualquier momento pare la mujer, pues ya ves. — Pues esos cachos valen quince pesetas. Así que mañana o pasado a más tardar te personas en mi pueblo y se las entregas al comisionado, que se llama Horacio. Tú le conoces bien, que habéis sido compañeros en Extremadura. El hombre cargó y arreó el burrillo hacia el pueblo, apenado por el dinero que tanta falta hacía en casa y cabreado por haberse dejado pillar como un pardillo. Sólo el nacimiento de la niña, que vino con bien a la mañana siguiente, le hizo olvidar un poco la inquina que sentía.
Sabía que no le iban a perdonar, aunque sólo fuera para servir de escarmiento, así que en cuanto todo estuvo en orden en casa, el hombre madrugó, echó carretera arriba, buscó al comisionado del otro pueblo y le pagó las quince pesetas.
 Estaban por entonces arreglando el tejado de la ermita, común a los dos pueblos y allí estaba el amo del prado echando una prestación, sobando cemento y alcanzando ladrillos cuando uno de los que venían con agua de la fuente de El Escanillo le dijo que, si quería cobrarse las quince pesetas, ahora era el momento, porque un buen hatajo de ovejas había saltado la pared y estaba tranquilamente comiéndose la hierba que con tanto afán regaba él para las vacas.
 El hombre dejó la faena y corrió cuesta abajo hasta dar vista al prado. Efectivamente: unas cuarenta, o quizá más, comían con glotonería extendidas por el verde, ajenas al cuidado de la pastora, una moza de buen ver que cantaba y cosía en lo alto de la pared sin hacer intención de sacarlas. Al advertir la presencia del hombre, la zagala dejó la costura, saltó al prado y comenzó a arrear el ganado ayudada por un diminuto perrillo careto más agresivo que eficaz.
El hombre colaboró con la moza por la cuenta que le tenía y, cuando consiguieron sacar la última, le dijo:
—Muchacha, dime cómo te llamas y de quién son estas ovejas, porque soy el amo del prado.
La moza respondió:
—Yo no tengo nombre y las ovejas no tienen amo-. Y se alejó a toda velocidad, poniendo tierra de por medio.
Cuando regresó a la ermita y contó el suceso, el que le había advertido de la presencia del ganado en el prado —del mismo pueblo que la moza, por más señas— le dio el nombre de la muchacha y le dijo que era la hija de Horacio, uno de los comisionados de El Castrejón. Tú le conoces bien, que habéis sido compañeros en Extremadura.
 Por la noche, ya en el pueblo, el hombre se entrevistó con el secretario de la Hermandad para contarle el caso y éste le dijo que podía denunciar por el daño y por negarse la moza a darle el nombre y que por ambas cosas podría pedir dinero.
Sin embargo, a la mañana siguiente, antes de que hubiera tomado una decisión, se presentó en casa el padre de la muchacha que le dijo que se había enterado de la cosa y que ya se sabe, esta juventud, que es la hostia, que no se encomienda ni a dios ni al diablo y que a ver cómo lo podían arreglar, que él no era partidario de denuncias y que mejor hablarlo entre ellos que no andar con el juez por medio ni con tasadores ni otras tonterías y que él lo había visto antes de bajar y que había levantado un par de piedras de la pared y que era más el detalle de la moza que el daño.
-Pues el detalle vale quince pesetas. Así que, si estás de acuerdo, pues me las das y aquí paz y después gloria. Y si son las mismas quince que te di la semana pasada, pues mejor que mejor.
-Las mismas no pueden ser, que aquellas están en otro talego, pero igual te valen estas-. Y echó mano a la cartera y le entregó tres duros en billetes de cinco.
 Unos días después estaba el hombre otra vez arrancando leña en el cerro, cerca del prado que cuidada con tanto ahínco, cuando llegaron dos muchachetes que guardaban un pequeño hato de borregos, unos treinta animalillos que rebuscaban entre los calabones algo que llevarse a la boca en aquel agosto que terminaba.
El hombre levantó la cabeza y antes de saludar a los mozalbetes, oyó cómo uno le decía al otro:
Ves delante y ponte en la pared del prado. Y ten mucho cuidado; que no se salte ninguno.
Y, acercándose al hombre, le dijo:
—¿Sabe usté de quién es este prao?
El hombre podría haber dicho que sí, pero sin saber muy bien por qué, respondió.
—No. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque dicen en mi pueblo que lo ha cogido ahora un tío cabrito que es más malo que un dolor y nos ha dicho mi madre que tengamos cuidado, que cobra el dinero sólo porque alguna se suba a la pared, aunque no salte. Y que ya les ha soplado los cuartos a unos cuantos de mi pueblo y a otros del suyo.
El hombre de la leña sonrió levemente y no contestó. No contestó porque, como buen campesino, sabía desde niño que el miedo guarda la viña.

viernes, 1 de enero de 2016

EN MI PUEBLO



En mi pueblo, por estas fechas, las tareas menguan mucho porque los días se acortan. Se madruga menos y en la sonochada algunas mujeres se van de hilandero a las casas de los vecinos para hilar un copo y compartir la lumbre mientras hablan y hablan. Los hombres suelen dedicarse a quehaceres que no requieren gran esfuerzo. Con alimentar al ganado, hacer alguna regadera y cortar los zauces de los bardos, está todo hecho.  Oficios de poca monta para hombres tan vigorosos como los de mi pueblo, que pueden estar segando a la guadaña una semana entera sin decir esta boca es mía. La única tarea que requiere algo más de energía, si el tiempo se encabrona y le da por nevar, es la de abrir la carretera. Y hay días que la abren por la mañana y por la tarde está lo mismo: otra vez imposible; y es que el clima, como dicen ellos, no es muy solidario con los hombres de mi pueblo. Por eso en estas fechas, es muy recomendable poner a recado la pala y las botas de agua. Y mejor dentro de casa que fuera. Por lo que pueda pasar.

     En mi pueblo, la mayoría de los cumpleaños caen en otoño o a finales del verano, quizá porque cuando el dios Eolo se cabrea, se va la luz y nos quedamos sin teléfono y sin tele. Y sólo protestamos los más viejos y los niños, porque los más jóvenes, no sabemos por qué, se alegran con esta contingencia.

     En mi pueblo, por estas fechas, los que se fueron a Madrid a trabajar de tenderos, que fueron muchos, suelen mandar un paquete a la casa de los padres con cosas de Navidad. Los niños esperamos con ansiedad el envío, que, si no llega a nuestra casa, llegará a la de alguna tía y en cuanto que oímos cantar la lotería en la radio de tía Irene, nos llegamos a la casa del familiar a ofrecernos para cualquier cosa.

-Tía, ¿quiere usté que vaya a por las vacas al prao Llera?

-No, hijo, ya ha ido el tío Vicente.
            Y si el tío Vicente se hubiera retrasado un poco, a lo mejor, en lugar de una peladilla hubiera caído algún mazapán o cualquier otra golosina de las que abundan en el paquete y que tan ricas nos saben.
            En mi pueblo, en Nochebuena, las familias cenan en casa, siempre añorando a alguien, y luego suelen juntarse todos en la vivienda de alguno de los hermanos para tomar café y dar buena cuenta del paquete que ha llegado de Madrid. Se come turrón y mazapán y se bebe con mesura, en una copa que va pasando de unos a otros. No se selecciona la bebida porque en mi pueblo, donde el único licor que se toma es el recio aguardiente que se compra para la matanza, cualquier cosa nos viene bien. Los niños tomamos sopa en vino y no bebemos de esas botellas de formas raras y nombres exóticos como “Cualquiercosa” o “Loquesea”, que dicen las madres que eso no es para niños, que escarba en el pecho como si te pincharas con un espino.
            En mi pueblo, en Nochevieja, la gente no suele hacer nada especial, porque, al fin y al cabo, qué importancia tiene cambiar de año si vamos a seguir haciendo lo mismo. Lo único diferente es que el día de Año Nuevo se celebra el Cabildo en el Ayuntamiento y se echan los cargos para todo el año y habrá que estar atentos por si nos toca llevar la cruz o nos interesa quedarnos con el macho o ser comisionados de la dehesa o de El Castrejón y, si no hay más remedio, a ver quién es el compañero. Y hay que repasar las cuentas de los salientes y ver que cuadra todo, las vacas del pueblo y las forasteras y que no se han dejado ninguna sin cobrar ni han pagado a nadie de más. Y no es que en mi pueblo no nos fiemos de los cargos, que no es eso, que todos son gente honrada, además de que poco se puede llevar alguien de donde poco hay.
            En mi pueblo, en estas fechas, hace un frío que pela y algunos caminos se llenan de hielo de parte a parte y los niños tenemos que echar estiércol para que las vacas puedan pasar por El Trampal sin resbalarse, no vaya a ser que alguna se encoje o se desgracie para siempre. Y hombres tan curtidos como los de mi pueblo, tiritan en la iglesia y por eso no van a la misa del Gallo y algunos, cuando salen al pórtico de la iglesia el día de Navidad y se ve caer el hielo al trasluz del sol bajo un cielo claro y de un azul intenso, dicen que preferirían estar con las vacas en Los Eros. Y seguramente es cierto.
            En mi pueblo, antes salía humo de todas las chimeneas y pasaban todas estas cosas porque había mucha gente.
RHM. Enero 2016.
NOTA: Sirva este pequeño relato de homenaje a todas las personas que, por desgracia, tuvieron que abandonar el pueblo donde nacieron y sirva, especialmente, de reconocimiento a los que se quedaron. Feliz año a todos