lunes, 12 de mayo de 2014

TWITER



No está hoy Braulio muy contento, que digamos. Anoche llegó el sobrino, un zagal de  veinte años que anda estudiando leyes en Madrid. Un muchacho inquieto que siempre ha sido un cascabel, que se interesaba por todo y que a todo quería llegar. Que lo mismo daba de mamar a los chivos, que llevaba las vacas al prado o se presentaba por la tarde en la dehesa para dormir con el tío. Ni el arado ni la siega ni la trilla ni el molino le eran ajenos. Un muchacho cantarín que no callaba un momento. Que siempre ha vivido el presente, que imaginaba el futuro subido en esos montes, corriendo por esas tierras, apacentando cabras y voceando vacas y que no ha perdido nunca la ocasión de que su tío le recordara el pasado.

Bueno, pues llegó ayer entre dos luces y, cariñoso y educado como es, saludó a Braulio, hizo dos o tres preguntas sobre los animales y se enfrascó en la contemplación de un aparatillo oscuro que sacó del bolsillo y que le tuvo embebido toda la noche como si una soga invisible le hubiera atado de pies y manos al cacharro. De vez en cuando movía los dedos compulsivamente y, a veces, sonreía y golpeaba el suelo con un pie, como si realmente estuviera en presencia de alguien.

Y esta mañana se ha levantado tarde y sigue con la misma cantinela. Sentado a la lumbre, sin hacer ni puñetero caso a las llamas que dibujan formas caprichosas en el humero ni a los palos que chisporrotean y brincan por encima de las morillas. Sin hacer ni caso al tío que, sentado en una banqueta, mira a al fuego y bosteza, sospechando que también hoy será un día perdido: él, pensativo, como si estuviera solo y el mozo, con su juguete, también solo.

En un intento de establecer alguna comunicación, Braulio le pregunta que qué hace mirando embobado el teléfono. Pero no hay respuesta. Los dedos del muchacho vuelan por la pantalla a una velocidad de vértigo, mientras una enorme carcajada a punto de estallar se dibuja en su cara. Braulio no tiene más remedio que repetir la pregunta, consciente de que su sobrino no le ha prestado ni la más mínima atención. Éste levanta la vista de la pantalla y mira extrañado a su tío. Le sorprende encontrarle con esa mirada impaciente, como esperando algo que hubiera pedido ya varias veces. Le sorprende lo cerca que está de la lumbre. De hecho, hasta le sorprende estar sentado en el escaño de la casa del viejo, un potro de tortura que, en cambio, hace las delicias del hombre. “Si volviera a entrar me sentaría un poco más apartado de la lumbre, en una de las sillas de la sala, que, al menos, tienen una almohada”, piensa. “Si volviera a entrar, debería hacerlo con el móvil apagado”.

Harto ya de tantas contemplaciones, su tío levanta enérgicamente la voz y repite la pregunta acompañándola de un improperio y de un rápido movimiento del bastón.


-¿Y qué es eso que te tiene tan ocupado? Que ya anoche no pudimos hablar y hoy vas por el mismo camino, que parece que tuvieras el baile ese que llaman de San Vito.

-Estoy mirando mi Twitter

-¿Tuiqué?

-Twitter

--¿Y qué coño es eso del tuiter? Anda, cuéntamelo. Que tiene que ser algo muy importante para que lleves ahí clavado más de una hora oyendo los campanillos de las vacas sin que te hayas dignado salir a verlas. Que tiene que ser muy importante para que tampoco hayas oído los relinchos de la yegua llamando a la potrilla nueva, que apenas tiene un mes y es lista como un coral.

-Mire tío, esto se llama red social. Es como un gran patio de vecinos, o mejor: la plaza del pueblo cuando viene el Tranca. Somos un montón de gente hablando de muchas cosas a la vez. Opinamos, discutimos, intercambiamos opiniones... En realidad el nombre de Twitter viene del verbo piar en inglés. Somos como una bandada de gurriatos encaramados a un árbol piando todos a la vez. Cada gorrión pía sobre el tema que le parece. Cuando muchos gorriones están piando sobre el mismo asunto, éste se convierte en un “trending topic”, en el tema de moda. Para que usted lo entienda: es una manera de estar comunicados, como hacían ustedes antes, con las cartas.

-Pues anda, que no ha cambiado esto de las cartas desde que andaba en manos de tio Regino. Que iba a por el correo a la Aliseda de buena mañana y no lo traía hasta por la tarde. Claro que, si teníamos prisa, salíamos al encuentro.

-¿Cómo que iban al encuentro? ¿Y quién era el tio Regino ese y qué tenía que ver con el correo?

Por un momento, Braulio ve en el mocete  al niño que fue, al niño que podía preguntar hasta aburrir; al niño que sorbía las historias hasta agotarlas, como los animales agotan el agua de las pilas después de un día de trilla. Sobre todo porque ha soltado el aparatucho, ha cruzado las palmas de las manos debajo de la barbilla, se ha recostado en el escaño y se ha quedado mirando fijamente al hombre, como hacía antes.

 -Tio Regino era de Los Cuartos, pero se había venido a vivir aquí, al pueblo, a esa casa que compró tu tía cerca de la plaza, que allí nació tu abuelo. El hombre era muy mayor y era el cartero que traía las cartas desde La Aliseda; en un burro. El caso es que el hombre, que sólo tenía ese animal y unas cuantas gallinas, arrendó un prado en Los Eros, el prao de tio Tomás, que tu padre sabe bien cuál es, y salía por las mañanas y recogía la valija y se volvía, pero, para que comiera el burro, lo metía en el prado, que le cogía de camino, y allí se estaba hasta por la tarde. Así que si estabas esperando carta o tenías muchas ganas de saber si la tenías, pues llevabas el ganado por allí y te hacías el encontradizo y le preguntabas. “Tio Regino, ¿tengo yo carta?” Y el hombre miraba en la morrala y, si la tenías te la daba y, a lo mejor, te daba también la de alguna hermana si se la pedías. Igualito que ahora, con eso del tuiter, que dices que puedes hablar con uno, aunque esté en La Argentina, que no sé yo si eso podrá ser verdad. Porque yo puedo entender lo del teléfono, que, al fin y al cabo, va por un cable, pero eso de que vaya por el aire, así, sin más, no lo tengo yo tan seguro.

                Y es en ese mismo instante cuando suena un bip, bip en el cacharro que está encima del escaño y se ilumina el cristal como un reclamo y el muchacho se endereza como un muelle, lo coge y lo manipula, lo mira y se vuelve a enfrascar en el aparato como si se hubiera quedado solo.  Braulio se levanta, engancha la garrota y, despacito, sale al mediocasa y, luego a la calle, dejando al sobrino embelesado con el juguete. Sale un poco triste porque Braulio es un firme partidario del progreso, pero, a veces, no acierta a comprender estos inventos que, en lugar de unir, no hacen más que separar. Y, además, porque tiene la sensación de que el que queda dentro moviendo los dedos como un poseso y piando con otros pájaros como él, ha abandonado definitivamente el nido que tantos ratos de felicidad le han proporcionado. A él y al tío.

P.D. Escrito a medias con mi hijo Víctor, que aportó la idea y la parte técnica, además  de su parte literaria.  Gracias.

RHM-VHP

Febrero 2014.




                

martes, 6 de mayo de 2014

UN REGALO PARA LOS OJOS

 Hace ya muchos años que no se veían las pozas de El Cervunal como están ahora: llenas de agua y de flores.
Sobre el origen de estos barrancos en medio de la llanura herbosa, los más viejos del lugar cuentan y no acaban. Entre las leyendas más peregrinas, aquella que dice que se produjo un incendio y que el cervuno estuvo ardiendo varios meses, sin que pudieran apagarlo. 
Lo más probable es que sea cosa de la erosíón, sobre todo de la nieve y del hielo.




Hemosa vista de El Circo de de Gredos.


Las salegas de El Cervunal.






sábado, 29 de marzo de 2014

FUEGO



El niño podría revivir una a una las imágenes del incendio como si hubiera estado presente. Aunque no estuvo. Son tantas y tantas las veces que ha oído contar el episodio a unos y a otros que en su mente se ha formado una película de los hechos tan real que no se diferencia en nada de los acontecimientos, tal como se produjeron.

            Los recuerdos comienzan en la madrugada de un marzo lluvioso, aún en pleno invierno en el pueblo, allá por los primeros años sesenta, cuando su tía, embarazada y a punto del alumbramiento, interrumpió su sueño inocente con voces y golpes en la puerta de la casa materna. “¡Ay, hermanita, ¿te parece que de la casilla de tio Machorro salen llamas? Levántate, que está ardiendo!” Y la respuesta aterrada de la madre. “¡Suéltame las vacas, corre. Corta los corniles!”. Y la voz de fuera: “No, si no es en la casa, que es en la casilla”. Y la madre que salta de la cama como una exhalación y el niño que corre detrás, los pies desnudos sobre el suelo helador, hasta que la voz dura de la mujer, voz de miedo, le para en seco. “Tú ahí quieto. Ni se te ocurra salir de la cama”. Y el niño se acuesta otra vez, pero ya no vuelve a dormirse. Se acurruca en el lecho, ahora frío y solitario, y espera.

            Pronto suenan las campanas; tocan a rebato, aunque a aquella hora, todos en el pueblo saben ya sin ningún error que se trata de algo grave, terrible, que requerirá la ayuda de todos; y todos, repentinamente despiertos, abandonan sus lechos calientes. “Es la casilla de tio Diola, que se está quemando” Y allí se van, hombres y mujeres, provistos de cubos. Algunos, los más precavidos, llevan hachas y escaleras rudimentarias.

El niño puede ver la organización casi militar del trabajo. La fila doble –eso sí que es una cadena humana- que se forma desde el pilón de Abajo hasta la cuadra: en un sentido, los cubos llenos de agua pasan de mano en mano hasta los brazos vigorosos de los hombres que, subidos en precarias escaleras de mano de fabricación propia, arrojan con fuerza el líquido al interior de la casa. En el otro regresan vacíos. Así hasta que se acaba el agua del primer pilón y hay que alargar las hileras para llegar al de la plaza. Incluso se piensa en traer la presa. El niño puede ver a los hombres más jóvenes subidos al tejado, quitando las tejas y hurgando entre las bardas para cortar las vigas que caen al recinto de cualquier manera, en un montón informe para terminar de quemarse y morir allí. El niño puede oír el lamento terrible de la vecina. “Corred aquí, que se me quema la casa!”. Y puede oír también el bramido terrible, casi salvaje, de la vaca, atada a la viga del pesebre con un grueso cornil que no puede romper. El niño puede ver la cara sudorosa y blanca del cura nuevo, un hombre joven, subido al tejado como uno más. Se ha quitado la sotana y echa agua y corta palos y tira tejas no como uno más, sino como el que más. El niño puede ver la cara de alivio de los hombres cuando una especie de pelota gris chamuscada y temblorosa sale al corral como si retozara. Es el burro. “Ese se ha salvado porque estaba suelto, pero la vaca…” Inmediatamente después, otra pelota humeante, ahora marrón, irrumpe en el corral enloquecida. Es la becerra. “Esa ha salido porque tampoco estaba atada, pero la vaca…”. La vaca, el mayor tesoro y casi único capital de los dueños de la cuadra, no saldrá.

Cuando, ya entrada la mañana, los rostros tiznados por el humo, cansados pero satisfechos, se retiran de las paredes aún calientes, el niño se cuela entre las piernas y se acerca a lo que ahora no es más que un portillo ennegrecido, y que antes fue una ventana, para ver los restos del desastre: los dos edificios sin tejado y el suelo lleno de retejones y piedras negras aún humeantes. Sobre las paredes oscuras y húmedas, hueras de revoque, se apoyan vigas y palos menores, tizones enormes que lanzan al sol incipiente un mensaje de desolación y de desgracia irreparable. Y en un rincón, la vaca, extrañamente entera, pero muerta. El niño ve cómo le atan de los cuernos una gruesa soga de esparto que fijan por el otro extremo al yugo de una yunta que alguien ha traído. El niño ve cómo azuzan a las vacas para que tiren de su congénere, ya inerte, y la sacan a la calle. El niño sabe que la van a desollar, a sangrar y a repartirse la carne entre todos, a tanto el kilo. Ese será el primer consuelo que reciban los dueños, sin más seguros ni indemnizaciones.

            Y en la cabecita del niño se va asentando un respeto profundo hacia estos campesinos, duros como el pedernal, firmes en sus amores y desamores, moradores de unos pueblos huérfanos de cualquier ayuda institucional, que dan siempre una bella lección de solidaridad cuando ocurren estas desgracias. Por encima de lindes, aguas o ganados.

martes, 25 de febrero de 2014

ASPERÓN



asperón1. 1. m. Arenisca de cemento silíceo o arcilloso, que se emplea en los usos generales de construcción y también, cuando es de grano fino y uniforme, en piedras de amolar (DRAE).
Anda y que no ha pasado y paseado veces Braulio por El Asperón, pensando siempre que el nombre tendría que ver con lo que en el pueblo entiende todo el mundo por áspero. Un terreno áspero es un terreno brusco, escabroso, difícil para caminar. Claro que esto de los nombres tiene su intríngulis porque una manzana agria, de esas reinetas que no se pueden comer hasta Navidad, también es áspera. Y no hablemos de las aliceras, que eso son palabras mayores.

El caso es que el otro día, un maestro nuevo que ha llegado al pueblo y que anda empeñado en que los hombres vayan a la escuela por la noche, se puso a hablar de los nombres del pueblo y dijo que El Asperón era algo así como un tipo de arcilla gorda, “mucho más gruesa que esa que ustedes llaman ardilla”. Y, si te pones a pensar, no le falta razón. Que no hay más que fijarse en las piedras de las eras, que son como de arenisca barriza. Y no son nada duras, que se parten solas y siempre andan los cachos rodando por la calle. Así que los que pusieron El Asperón al trozo este que va desde la plaza hasta la Portillera, no andaban descaminados. Y eso que en el pueblo, terreno áspero es casi todo, que no hay más que fijarse en las rodillas de los muchachos.

            Y desde que lo dijo el maestro, Braulio mira con otros ojos el trozo de calle. Siempre ha pensado, y lo ha pensado muchas veces, que si se fijara una tormenta en lo alto del Collaíllo y descargara encima de la carretera, el andaluyo no tendría otro lugar de paso que El Asperón. Y eso debió de pensar también Juan Rojillo, el marido de Joaquina, el otro día, cuando el incidente con Pascual.

De Joaquina, se dicen muchas cosas. Braulio está al tanto de todos los chismes que corren en el pueblo sobre la mujer y Piñón, pero no hace ningún caso, porque piensa que cada uno es muy libre de organizar su vida como le parezca y allá cada cual. Eso no quiere decir que no conozca los cuentos como los conocerá todo el pueblo, que aquí, los inviernos son muy largos y las lenguas inquietas.

            El caso es que el otro día se produjo eso que Braulio había pensado tantas veces. Sobre las cuatro de la tarde asomó una amenazadora nube oscura  por encima del camino del Cerro. El calor aumentó y la nube se fue extendiendo hacia El Collaíllo, cada vez más grande, cada vez más negra, cada vez más tenebrosa. Por fin se fijó encima del cercao de Agapito y allí se quedó, de guardia, como esperando órdenes. Todo el cielo se fue oscureciendo hasta que estalló el primer trueno y unas cuantas gotas vinieron a refrescar un poco el ambiente tórrido que había invadido el pueblo llenando de tensión y angustia los corazones de los más aprensivos, que aquí hay muchos que tienen un miedo cerval a las tormentas. Y algunos, incluso se ponen malos y les duele la cabeza y la barriga hasta que se produce el estallido, que entonces es como si ellos también explotaran; y se relajan y descansan.

Y fue entonces, cuando casi no llovía, el momento que eligió Juan Rojillo para salir con una azaúcha y ponerse a escarbar debajo de la pontezuela de la plaza, aclarando la alcantarilla para que nada entorpeciera el paso del agua cuando se produjera la previsible riada; para que la arena y el cascote tuvieran vía libre hacia las casas de Benitón, Pascual y Lorenzo, con lo que eso supone, sobre todo para esta última, que está en plena calle, que las otras, al menos tienen un corralillo delantero. Y allí andaba afanado el hombre cuando salió Pascualito hecho una fiera y gritando como un loco. Y a punto estuvieron de pasar a mayores. Se dijeron de todo y todo malo, pero lo que más fastidió a Juan fue que le llamara Cornelio. “¡Vete a casa, Cornelio, que seguro que allí haces más falta! ¡Cornelio, más que Cornelio!”. Y lo repitió. A Juan le jodió mucho lo de Cornelio, sobre todo porque no lo entendió. Así que por la noche, después de la tormenta, que fue menos de lo que se pensaba, se las ingenió para preguntar al maestro qué significaba la palabrita. “Hombre, Sr. Juan, Cornelio fue un nombre muy común entre los romanos. Un Cornelio destruyó Cartago y vino a la península hace casi dos mil años. Lo que pasa es que, al contrario que otros nombres romanos como Quintiliano, Lucio o Julio, este se ha ido perdiendo; por eso le extraña”. Y claro que le extraña. Ahora mucho más, porque Juan está seguro de que Pascual no sabe nada de Cartago; ni siquiera sabrá qué es eso de la península. ¿Y lo de los años? Dos mil años. ¡Como si fuera ayer! Anda que va a saber el maestro lo que ocurrió hace dos mil años y cómo se llamaba la gente.

Y le extraña más todavía cuando observa que Relances, que anda al quite, como siempre, tiene en la cara una sonrisa socarrona que algo querrá decir.

RHM
Febrero 2014.
La historia me la contó Felipe Bohoyo este verano. Muchas gracias.

martes, 21 de enero de 2014

ABURRIMIENTO

Esta noche ha nevado. No mucho, pero si lo suficiente como para que los caminos se hayan convertido en un chapinal de barro y lodo. Y esperemos que no hiele, porque entonces vamos apañados para unos pocos días de frío y humedad. A Braulio no le gusta la nieve y no puede disimularlo. Se hace el remolón en la cocina, se arrima a la lumbre, fuma más que de costumbre y utiliza cualquier excusa para no asomar la cabeza a la calle hasta que el sol, que suele brillar con más fuerza cuando sale después de un nevazo, calienta un poco el ambiente. Sólo entonces se anima algo el viejo y, bien abrigado, camina despacito, apoyado firmemente en la garrota, sopesando cada paso, no se vaya a caer, hasta la solana más cercana, lejos de las canales que pronto empezarán con su goteo rítmico a mojar el suelo y a humedecer el aire. Suele salir Braulio con el transistor que le trajo de Ceuta el sobrino, bien sujeto debajo del brazo y en cuanto se acomoda encima de una toza de madera que lleva ya allí mucho tiempo, seguramente olvidada, enciende el aparato y se sumerge en un sopor que le alivia un poco, aunque no consigue levantarle el ánimo, algo aburrido, la verdad, porque Braulio es hombre de conversación y en estos días la soledad se nota más.
Y en estas anda el hombre cuando una noticia que vocea la radio le saca de su ensimismamiento. Aguza el oído y escucha a uno de esos tertulianos de costumbre, quien, con ese uso tan peculiar de la lengua que suelen hacer, está diciendo: “Centremos la cuestión. Este señor se aburre en un trabajo al que sólo va una vez al mes y que le proporciona un sueldo que marea. Ya me gustaría a mí aburrirme así”. Debe de referirse a ese político que ha declarado que porque se aburre va a dejar un trabajo al que solo va una vez al mes y que está pagado como si le hubiera dedicado la vida entera.
     A Braulio estas cosas ya no le extrañan, y esta noticia la conocía de antes. Así que apaga y saca la petaca. Levanta la vista y mira a lo lejos, a los campos blancos, brillantes, que la nieve tapa por completo. A los robles, que sabiamente han perdido ya la hoja para evitar averías. Al cielo, intensamente azul, que luce inocente como si la noche anterior no les hubiera regalado una nevada enorme. Braulio no se aburre casi nunca.
     Podría haberse aburrido, piensa mientras fuma, cuando iba detrás del burro con una carga de estiércol a Lo Llano de la Sierra, más de una hora pasito a pasito. O cuando andaba segando, ris –ras, una vez y otra sin querer oír a los brazos, varios metros, parando solo para aguzar. O en los largos días de junio, interminables, cuando ir con la pastoría podía suponerle un poco de descanso. O cuando, en las noches otoñales, bajo una escueta mampara, dormía con el ganado escuchando los sonidos de la noche: tan familiares, tan adormecedores. No. Braulio no ha tenido ocasión de aburrirse casi nunca.
            Podría haberse aburrido en la parva, sentado en el trillo, dando vueltas y más vueltas, siempre por el mismo carril, moliendo lentamente la mies que tan necesaria es para estos días de invierno. Podría haberse aburrido segando a la hoz, agachado hasta el suelo, los dedos siempre al borde del filo, los riñones quejándose y el sudor resbalándole por detrás de las orejas, humedeciendo el escaso cabello que adorna su cuello. Podría haberse aburrido arando detrás de la yunta, la mano empuñando firmemente la mancera y la boca hablando a las vacas como se habla a un niño: tira Cordera, baja, tente, vuelve. 
       Podría haberse aburrido cuando, en la era, estallaba la tormenta y había que correr. Soltar los animales y correr. Correr a por mantas, recoger la parva, barrer y tapar. Tapar antes del estallido, antes de que el cielo que hoy luce bello, arruinara para siempre el trabajo de todo el año y condenara a la miseria a los pobres campesinos. Podría haberse aburrido, pero no. Entonces no se aburría. Se encabronaba con el tiempo, con el cielo y con quien lo custodia. Ni siquiera tenía tiempo de pensar en el aburrimiento. 
     Cómo iban a aburrirse los hombres y mujeres del campo cuando se ahorraba una vaca, se moría el burro de torzón, se les quemaba la casa o les ocurría otra desgracia cualquiera. Convencido como está de la necesidad perentoria de estercolar, arar, sembrar, segar, recoger y de las consecuencias de no hacerlo, Braulio no se aburre. Procura disfrutar del canto de las mozas en las eras vecinas, de los niños que riñen, lloran y ríen; de las voces de los otros gañanes que dirigen las yuntas mientras abren la tierra para preñarla de amor y sementera, como decía un verso que los leyó el maestro la otra noche y que a él le impresionó.  Pero no se aburre.
No. El aburrimiento queda para esta gente de hoy. Para esos que cobran una pasta por un trabajo que les ocupa un día al mes y que les deja otros treinta para seguir aburriéndose contando nubes, diseñando joyas o escribiendo libros que solo interesan a los suyos. Previo paso por caja, naturalmente. Así se aburre cualquiera. Cualquiera que no tenga que pensar cómo vendrá el año.
Y Braulio se levanta despacio, coge el transistor y se vuelve a la cocina. Que ha vuelto a refrescar y no es cosa de cogerse un catarro. Que en la cama sí que se va a aburrir. Sobre todo sin poder fumar y aguantando a la sobrina. 
Ruherma. Enero  2014.

sábado, 14 de diciembre de 2013

DIFERENCIAS

Braulio está medio tumbado en un cancho de las campanas de El Frontón, la espalda apoyada en el duro granito y la mirada perdida en la lejanía, disfrutando de la hermosa tarde de junio y del paisaje que se extiende ante él. Tiene los ojos clavados en las montañas de Gredos, que azulean a lo lejos, envueltas en un halo gris difuminado por un sol brillante, parado encima de Los Collados. Es media tarde. El hombre está de pastor, con las cabras del pueblo, que a finales de la primavera cambian el careo para aprovechar la vainilla de los calabones y el frescor de la altura. Han recorrido hombre y cabras un buen trecho desde esta mañana.
Los animales ramonean en la falda que llaman La Cuesta, medio ocultos por la espesura de las escobas, con los cuernos en alto y los cuellos enhiestos en un afán incansable de comer y comer, como si ese fuera su único vínculo con la vida y, quizás lo sea; los campanillos ponen una nota armónica en el monte, antes silencioso y solitario. Braulio oye, pero no escucha. Tampoco piensa, sólo mira. Mira abajo, como lo haría desde un avión, al pueblecillo que se retrata bajo el cielo azul, con la iglesia al frente, como si fuera el espolón de un barco varado en un mar imaginario que se hubiera secado de repente, depositando al pueblo cuidadosamente sobre el promontorio que forman las dos gargantas.
En el camino de El Pozo, a su paso por el camposanto, hormiguea una figura negra, diminuta. Es una mujer. Braulio imagina una a una las piezas que componen el atuendo de la figurilla que avanza lentamente; puede enumerarlas sin dejarse ninguna: alpargatas de tela negra con el piso de goma, medias de lana, falda y mandil de percal, chambra de tela y rebeca de lana. Un pañuelo de merino anudado en lo alto de la cabeza pone, a veces, una única nota de color al negro absoluto que viste su cuerpo.
Hace ya mucho tiempo que en las entrañas del hombre ha ido calando como lluvia fina un sentimiento de admiración hacia las mujeres del pueblo. En su cabeza se ha ido escribiendo con tinta indeleble la valía de estos seres insustituibles que atienden la casa, el campo y los animales, y que son la imagen principal de la familia.
Seguramente la mujer de negro que camina hacia Las Alhóndigas se ha levantado con el alba, con el marido, si es que este no está en Extremadura, ha encendido la lumbre y preparado el almuerzo; ha soltado las gallinas y echado de comer al guarro. Ha ordeñado las cabras y las ha dado un pienso antes de llevarlas a la plaza. De regreso habrá traído un cántaro de agua. Ha preparado a los niños para la escuela y, quizás, haya atendido cariñosamente a alguno de los mayores que envejecen en la casa y que mueren allí. Es posible que haya amasado una buena hornada de pan tierno y sabroso y, porque aún no es tiempo, que si lo fuera, habría ido a llevar el almuerzo a los coritos, habría dado la vuelta al heno, habría hecho la comida y estaría dispuesta para recoger algún prado por la tarde. También habría sacado tiempo para regar algún huerto. Incluso podría estar hoy de cabrera con Braulo o de vaquera en la dehesa o con la pastoría en algún lugar remoto, lejos de casa… O echando cargas, caminando detrás el burro a la vez que teje unos calcetines. Si fuera tiempo, la mujer habría ido con el hombre a uñir la yunta, se habría hartado de cavar allí donde no llegara el arado; le habría ayudado disciplinadamente a recoger los bártulos y, al llegar a casa, mientras el marido descarga los aperos y se sienta en el poyo, ella preparará la comida, incansable, como si el trabajo duro no hiciera mella en su cuerpo frágil, como si no necesitara cuidados. Sin más recompensa que la satisfacción de hacer bien lo que hay que hacer.
El hombre, sin embargo, regresará casi siempre cansado de segar, de arar o de la leña y se echará la siesta sin más merecimiento que su propio egoísmo, fiándolo todo a su condición masculina. A su condición de macho que emigra a Extemadura, dejándola sola con vacas y niños, para aportar el escaso peculio que servirá para comprar lo imprescindible, lo estrictamente necesario, aquello que las manos sabias no pueden elaborar. Reposará sin un átomo más de cansancio que la mujer que friega en la cocina, que vuelve a dar de comer a las gallinas y a los guarros y se prepara para las faenas de la tarde, o del día siguiente cualesquiera que sean, dispuesta a mantener funcionando el hogar.
Braulio recuerda y ama. Ama a estas mujeres, dueñas y señoras de la casa, de la hacienda y de los animales. Admira a estos seres capaces de imponer su voluntad sin ninguna dureza, dejando siempre al hombre en buen lugar: a ver qué dice el hombre... dirán si se les pregunta, aunque luego se haga lo que digan ellas. Ama a estos seres que poseen unos conocimientos justos, pero que son capaces, sin embargo, de gobernar la casa para que la comida y el pobre dinero que administran lleguen a todos los sitios y duren todo el año.
Braulio se levanta trabajosamente, camina un poquito, estirando las piernas y se acerca al mozalbete que duerme profundamente unos metros más allá, ajeno al paso del tiempo, tirado encima de una dura lancha cuan largo es, como un lagarto; lo golpea suavemente con la punta de la garrota y, antes de que se incorpore, no puede evitar decirle: “anda que no tienes suerte ladrón, suerte de haber nacido macho”.

RHM. Diciembre 2013