sábado, 29 de marzo de 2014

FUEGO



El niño podría revivir una a una las imágenes del incendio como si hubiera estado presente. Aunque no estuvo. Son tantas y tantas las veces que ha oído contar el episodio a unos y a otros que en su mente se ha formado una película de los hechos tan real que no se diferencia en nada de los acontecimientos, tal como se produjeron.

            Los recuerdos comienzan en la madrugada de un marzo lluvioso, aún en pleno invierno en el pueblo, allá por los primeros años sesenta, cuando su tía, embarazada y a punto del alumbramiento, interrumpió su sueño inocente con voces y golpes en la puerta de la casa materna. “¡Ay, hermanita, ¿te parece que de la casilla de tio Machorro salen llamas? Levántate, que está ardiendo!” Y la respuesta aterrada de la madre. “¡Suéltame las vacas, corre. Corta los corniles!”. Y la voz de fuera: “No, si no es en la casa, que es en la casilla”. Y la madre que salta de la cama como una exhalación y el niño que corre detrás, los pies desnudos sobre el suelo helador, hasta que la voz dura de la mujer, voz de miedo, le para en seco. “Tú ahí quieto. Ni se te ocurra salir de la cama”. Y el niño se acuesta otra vez, pero ya no vuelve a dormirse. Se acurruca en el lecho, ahora frío y solitario, y espera.

            Pronto suenan las campanas; tocan a rebato, aunque a aquella hora, todos en el pueblo saben ya sin ningún error que se trata de algo grave, terrible, que requerirá la ayuda de todos; y todos, repentinamente despiertos, abandonan sus lechos calientes. “Es la casilla de tio Diola, que se está quemando” Y allí se van, hombres y mujeres, provistos de cubos. Algunos, los más precavidos, llevan hachas y escaleras rudimentarias.

El niño puede ver la organización casi militar del trabajo. La fila doble –eso sí que es una cadena humana- que se forma desde el pilón de Abajo hasta la cuadra: en un sentido, los cubos llenos de agua pasan de mano en mano hasta los brazos vigorosos de los hombres que, subidos en precarias escaleras de mano de fabricación propia, arrojan con fuerza el líquido al interior de la casa. En el otro regresan vacíos. Así hasta que se acaba el agua del primer pilón y hay que alargar las hileras para llegar al de la plaza. Incluso se piensa en traer la presa. El niño puede ver a los hombres más jóvenes subidos al tejado, quitando las tejas y hurgando entre las bardas para cortar las vigas que caen al recinto de cualquier manera, en un montón informe para terminar de quemarse y morir allí. El niño puede oír el lamento terrible de la vecina. “Corred aquí, que se me quema la casa!”. Y puede oír también el bramido terrible, casi salvaje, de la vaca, atada a la viga del pesebre con un grueso cornil que no puede romper. El niño puede ver la cara sudorosa y blanca del cura nuevo, un hombre joven, subido al tejado como uno más. Se ha quitado la sotana y echa agua y corta palos y tira tejas no como uno más, sino como el que más. El niño puede ver la cara de alivio de los hombres cuando una especie de pelota gris chamuscada y temblorosa sale al corral como si retozara. Es el burro. “Ese se ha salvado porque estaba suelto, pero la vaca…” Inmediatamente después, otra pelota humeante, ahora marrón, irrumpe en el corral enloquecida. Es la becerra. “Esa ha salido porque tampoco estaba atada, pero la vaca…”. La vaca, el mayor tesoro y casi único capital de los dueños de la cuadra, no saldrá.

Cuando, ya entrada la mañana, los rostros tiznados por el humo, cansados pero satisfechos, se retiran de las paredes aún calientes, el niño se cuela entre las piernas y se acerca a lo que ahora no es más que un portillo ennegrecido, y que antes fue una ventana, para ver los restos del desastre: los dos edificios sin tejado y el suelo lleno de retejones y piedras negras aún humeantes. Sobre las paredes oscuras y húmedas, hueras de revoque, se apoyan vigas y palos menores, tizones enormes que lanzan al sol incipiente un mensaje de desolación y de desgracia irreparable. Y en un rincón, la vaca, extrañamente entera, pero muerta. El niño ve cómo le atan de los cuernos una gruesa soga de esparto que fijan por el otro extremo al yugo de una yunta que alguien ha traído. El niño ve cómo azuzan a las vacas para que tiren de su congénere, ya inerte, y la sacan a la calle. El niño sabe que la van a desollar, a sangrar y a repartirse la carne entre todos, a tanto el kilo. Ese será el primer consuelo que reciban los dueños, sin más seguros ni indemnizaciones.

            Y en la cabecita del niño se va asentando un respeto profundo hacia estos campesinos, duros como el pedernal, firmes en sus amores y desamores, moradores de unos pueblos huérfanos de cualquier ayuda institucional, que dan siempre una bella lección de solidaridad cuando ocurren estas desgracias. Por encima de lindes, aguas o ganados.

martes, 25 de febrero de 2014

ASPERÓN



asperón1. 1. m. Arenisca de cemento silíceo o arcilloso, que se emplea en los usos generales de construcción y también, cuando es de grano fino y uniforme, en piedras de amolar (DRAE).
Anda y que no ha pasado y paseado veces Braulio por El Asperón, pensando siempre que el nombre tendría que ver con lo que en el pueblo entiende todo el mundo por áspero. Un terreno áspero es un terreno brusco, escabroso, difícil para caminar. Claro que esto de los nombres tiene su intríngulis porque una manzana agria, de esas reinetas que no se pueden comer hasta Navidad, también es áspera. Y no hablemos de las aliceras, que eso son palabras mayores.

El caso es que el otro día, un maestro nuevo que ha llegado al pueblo y que anda empeñado en que los hombres vayan a la escuela por la noche, se puso a hablar de los nombres del pueblo y dijo que El Asperón era algo así como un tipo de arcilla gorda, “mucho más gruesa que esa que ustedes llaman ardilla”. Y, si te pones a pensar, no le falta razón. Que no hay más que fijarse en las piedras de las eras, que son como de arenisca barriza. Y no son nada duras, que se parten solas y siempre andan los cachos rodando por la calle. Así que los que pusieron El Asperón al trozo este que va desde la plaza hasta la Portillera, no andaban descaminados. Y eso que en el pueblo, terreno áspero es casi todo, que no hay más que fijarse en las rodillas de los muchachos.

            Y desde que lo dijo el maestro, Braulio mira con otros ojos el trozo de calle. Siempre ha pensado, y lo ha pensado muchas veces, que si se fijara una tormenta en lo alto del Collaíllo y descargara encima de la carretera, el andaluyo no tendría otro lugar de paso que El Asperón. Y eso debió de pensar también Juan Rojillo, el marido de Joaquina, el otro día, cuando el incidente con Pascual.

De Joaquina, se dicen muchas cosas. Braulio está al tanto de todos los chismes que corren en el pueblo sobre la mujer y Piñón, pero no hace ningún caso, porque piensa que cada uno es muy libre de organizar su vida como le parezca y allá cada cual. Eso no quiere decir que no conozca los cuentos como los conocerá todo el pueblo, que aquí, los inviernos son muy largos y las lenguas inquietas.

            El caso es que el otro día se produjo eso que Braulio había pensado tantas veces. Sobre las cuatro de la tarde asomó una amenazadora nube oscura  por encima del camino del Cerro. El calor aumentó y la nube se fue extendiendo hacia El Collaíllo, cada vez más grande, cada vez más negra, cada vez más tenebrosa. Por fin se fijó encima del cercao de Agapito y allí se quedó, de guardia, como esperando órdenes. Todo el cielo se fue oscureciendo hasta que estalló el primer trueno y unas cuantas gotas vinieron a refrescar un poco el ambiente tórrido que había invadido el pueblo llenando de tensión y angustia los corazones de los más aprensivos, que aquí hay muchos que tienen un miedo cerval a las tormentas. Y algunos, incluso se ponen malos y les duele la cabeza y la barriga hasta que se produce el estallido, que entonces es como si ellos también explotaran; y se relajan y descansan.

Y fue entonces, cuando casi no llovía, el momento que eligió Juan Rojillo para salir con una azaúcha y ponerse a escarbar debajo de la pontezuela de la plaza, aclarando la alcantarilla para que nada entorpeciera el paso del agua cuando se produjera la previsible riada; para que la arena y el cascote tuvieran vía libre hacia las casas de Benitón, Pascual y Lorenzo, con lo que eso supone, sobre todo para esta última, que está en plena calle, que las otras, al menos tienen un corralillo delantero. Y allí andaba afanado el hombre cuando salió Pascualito hecho una fiera y gritando como un loco. Y a punto estuvieron de pasar a mayores. Se dijeron de todo y todo malo, pero lo que más fastidió a Juan fue que le llamara Cornelio. “¡Vete a casa, Cornelio, que seguro que allí haces más falta! ¡Cornelio, más que Cornelio!”. Y lo repitió. A Juan le jodió mucho lo de Cornelio, sobre todo porque no lo entendió. Así que por la noche, después de la tormenta, que fue menos de lo que se pensaba, se las ingenió para preguntar al maestro qué significaba la palabrita. “Hombre, Sr. Juan, Cornelio fue un nombre muy común entre los romanos. Un Cornelio destruyó Cartago y vino a la península hace casi dos mil años. Lo que pasa es que, al contrario que otros nombres romanos como Quintiliano, Lucio o Julio, este se ha ido perdiendo; por eso le extraña”. Y claro que le extraña. Ahora mucho más, porque Juan está seguro de que Pascual no sabe nada de Cartago; ni siquiera sabrá qué es eso de la península. ¿Y lo de los años? Dos mil años. ¡Como si fuera ayer! Anda que va a saber el maestro lo que ocurrió hace dos mil años y cómo se llamaba la gente.

Y le extraña más todavía cuando observa que Relances, que anda al quite, como siempre, tiene en la cara una sonrisa socarrona que algo querrá decir.

RHM
Febrero 2014.
La historia me la contó Felipe Bohoyo este verano. Muchas gracias.

martes, 21 de enero de 2014

ABURRIMIENTO

Esta noche ha nevado. No mucho, pero si lo suficiente como para que los caminos se hayan convertido en un chapinal de barro y lodo. Y esperemos que no hiele, porque entonces vamos apañados para unos pocos días de frío y humedad. A Braulio no le gusta la nieve y no puede disimularlo. Se hace el remolón en la cocina, se arrima a la lumbre, fuma más que de costumbre y utiliza cualquier excusa para no asomar la cabeza a la calle hasta que el sol, que suele brillar con más fuerza cuando sale después de un nevazo, calienta un poco el ambiente. Sólo entonces se anima algo el viejo y, bien abrigado, camina despacito, apoyado firmemente en la garrota, sopesando cada paso, no se vaya a caer, hasta la solana más cercana, lejos de las canales que pronto empezarán con su goteo rítmico a mojar el suelo y a humedecer el aire. Suele salir Braulio con el transistor que le trajo de Ceuta el sobrino, bien sujeto debajo del brazo y en cuanto se acomoda encima de una toza de madera que lleva ya allí mucho tiempo, seguramente olvidada, enciende el aparato y se sumerge en un sopor que le alivia un poco, aunque no consigue levantarle el ánimo, algo aburrido, la verdad, porque Braulio es hombre de conversación y en estos días la soledad se nota más.
Y en estas anda el hombre cuando una noticia que vocea la radio le saca de su ensimismamiento. Aguza el oído y escucha a uno de esos tertulianos de costumbre, quien, con ese uso tan peculiar de la lengua que suelen hacer, está diciendo: “Centremos la cuestión. Este señor se aburre en un trabajo al que sólo va una vez al mes y que le proporciona un sueldo que marea. Ya me gustaría a mí aburrirme así”. Debe de referirse a ese político que ha declarado que porque se aburre va a dejar un trabajo al que solo va una vez al mes y que está pagado como si le hubiera dedicado la vida entera.
     A Braulio estas cosas ya no le extrañan, y esta noticia la conocía de antes. Así que apaga y saca la petaca. Levanta la vista y mira a lo lejos, a los campos blancos, brillantes, que la nieve tapa por completo. A los robles, que sabiamente han perdido ya la hoja para evitar averías. Al cielo, intensamente azul, que luce inocente como si la noche anterior no les hubiera regalado una nevada enorme. Braulio no se aburre casi nunca.
     Podría haberse aburrido, piensa mientras fuma, cuando iba detrás del burro con una carga de estiércol a Lo Llano de la Sierra, más de una hora pasito a pasito. O cuando andaba segando, ris –ras, una vez y otra sin querer oír a los brazos, varios metros, parando solo para aguzar. O en los largos días de junio, interminables, cuando ir con la pastoría podía suponerle un poco de descanso. O cuando, en las noches otoñales, bajo una escueta mampara, dormía con el ganado escuchando los sonidos de la noche: tan familiares, tan adormecedores. No. Braulio no ha tenido ocasión de aburrirse casi nunca.
            Podría haberse aburrido en la parva, sentado en el trillo, dando vueltas y más vueltas, siempre por el mismo carril, moliendo lentamente la mies que tan necesaria es para estos días de invierno. Podría haberse aburrido segando a la hoz, agachado hasta el suelo, los dedos siempre al borde del filo, los riñones quejándose y el sudor resbalándole por detrás de las orejas, humedeciendo el escaso cabello que adorna su cuello. Podría haberse aburrido arando detrás de la yunta, la mano empuñando firmemente la mancera y la boca hablando a las vacas como se habla a un niño: tira Cordera, baja, tente, vuelve. 
       Podría haberse aburrido cuando, en la era, estallaba la tormenta y había que correr. Soltar los animales y correr. Correr a por mantas, recoger la parva, barrer y tapar. Tapar antes del estallido, antes de que el cielo que hoy luce bello, arruinara para siempre el trabajo de todo el año y condenara a la miseria a los pobres campesinos. Podría haberse aburrido, pero no. Entonces no se aburría. Se encabronaba con el tiempo, con el cielo y con quien lo custodia. Ni siquiera tenía tiempo de pensar en el aburrimiento. 
     Cómo iban a aburrirse los hombres y mujeres del campo cuando se ahorraba una vaca, se moría el burro de torzón, se les quemaba la casa o les ocurría otra desgracia cualquiera. Convencido como está de la necesidad perentoria de estercolar, arar, sembrar, segar, recoger y de las consecuencias de no hacerlo, Braulio no se aburre. Procura disfrutar del canto de las mozas en las eras vecinas, de los niños que riñen, lloran y ríen; de las voces de los otros gañanes que dirigen las yuntas mientras abren la tierra para preñarla de amor y sementera, como decía un verso que los leyó el maestro la otra noche y que a él le impresionó.  Pero no se aburre.
No. El aburrimiento queda para esta gente de hoy. Para esos que cobran una pasta por un trabajo que les ocupa un día al mes y que les deja otros treinta para seguir aburriéndose contando nubes, diseñando joyas o escribiendo libros que solo interesan a los suyos. Previo paso por caja, naturalmente. Así se aburre cualquiera. Cualquiera que no tenga que pensar cómo vendrá el año.
Y Braulio se levanta despacio, coge el transistor y se vuelve a la cocina. Que ha vuelto a refrescar y no es cosa de cogerse un catarro. Que en la cama sí que se va a aburrir. Sobre todo sin poder fumar y aguantando a la sobrina. 
Ruherma. Enero  2014.

sábado, 14 de diciembre de 2013

DIFERENCIAS

Braulio está medio tumbado en un cancho de las campanas de El Frontón, la espalda apoyada en el duro granito y la mirada perdida en la lejanía, disfrutando de la hermosa tarde de junio y del paisaje que se extiende ante él. Tiene los ojos clavados en las montañas de Gredos, que azulean a lo lejos, envueltas en un halo gris difuminado por un sol brillante, parado encima de Los Collados. Es media tarde. El hombre está de pastor, con las cabras del pueblo, que a finales de la primavera cambian el careo para aprovechar la vainilla de los calabones y el frescor de la altura. Han recorrido hombre y cabras un buen trecho desde esta mañana.
Los animales ramonean en la falda que llaman La Cuesta, medio ocultos por la espesura de las escobas, con los cuernos en alto y los cuellos enhiestos en un afán incansable de comer y comer, como si ese fuera su único vínculo con la vida y, quizás lo sea; los campanillos ponen una nota armónica en el monte, antes silencioso y solitario. Braulio oye, pero no escucha. Tampoco piensa, sólo mira. Mira abajo, como lo haría desde un avión, al pueblecillo que se retrata bajo el cielo azul, con la iglesia al frente, como si fuera el espolón de un barco varado en un mar imaginario que se hubiera secado de repente, depositando al pueblo cuidadosamente sobre el promontorio que forman las dos gargantas.
En el camino de El Pozo, a su paso por el camposanto, hormiguea una figura negra, diminuta. Es una mujer. Braulio imagina una a una las piezas que componen el atuendo de la figurilla que avanza lentamente; puede enumerarlas sin dejarse ninguna: alpargatas de tela negra con el piso de goma, medias de lana, falda y mandil de percal, chambra de tela y rebeca de lana. Un pañuelo de merino anudado en lo alto de la cabeza pone, a veces, una única nota de color al negro absoluto que viste su cuerpo.
Hace ya mucho tiempo que en las entrañas del hombre ha ido calando como lluvia fina un sentimiento de admiración hacia las mujeres del pueblo. En su cabeza se ha ido escribiendo con tinta indeleble la valía de estos seres insustituibles que atienden la casa, el campo y los animales, y que son la imagen principal de la familia.
Seguramente la mujer de negro que camina hacia Las Alhóndigas se ha levantado con el alba, con el marido, si es que este no está en Extremadura, ha encendido la lumbre y preparado el almuerzo; ha soltado las gallinas y echado de comer al guarro. Ha ordeñado las cabras y las ha dado un pienso antes de llevarlas a la plaza. De regreso habrá traído un cántaro de agua. Ha preparado a los niños para la escuela y, quizás, haya atendido cariñosamente a alguno de los mayores que envejecen en la casa y que mueren allí. Es posible que haya amasado una buena hornada de pan tierno y sabroso y, porque aún no es tiempo, que si lo fuera, habría ido a llevar el almuerzo a los coritos, habría dado la vuelta al heno, habría hecho la comida y estaría dispuesta para recoger algún prado por la tarde. También habría sacado tiempo para regar algún huerto. Incluso podría estar hoy de cabrera con Braulo o de vaquera en la dehesa o con la pastoría en algún lugar remoto, lejos de casa… O echando cargas, caminando detrás el burro a la vez que teje unos calcetines. Si fuera tiempo, la mujer habría ido con el hombre a uñir la yunta, se habría hartado de cavar allí donde no llegara el arado; le habría ayudado disciplinadamente a recoger los bártulos y, al llegar a casa, mientras el marido descarga los aperos y se sienta en el poyo, ella preparará la comida, incansable, como si el trabajo duro no hiciera mella en su cuerpo frágil, como si no necesitara cuidados. Sin más recompensa que la satisfacción de hacer bien lo que hay que hacer.
El hombre, sin embargo, regresará casi siempre cansado de segar, de arar o de la leña y se echará la siesta sin más merecimiento que su propio egoísmo, fiándolo todo a su condición masculina. A su condición de macho que emigra a Extemadura, dejándola sola con vacas y niños, para aportar el escaso peculio que servirá para comprar lo imprescindible, lo estrictamente necesario, aquello que las manos sabias no pueden elaborar. Reposará sin un átomo más de cansancio que la mujer que friega en la cocina, que vuelve a dar de comer a las gallinas y a los guarros y se prepara para las faenas de la tarde, o del día siguiente cualesquiera que sean, dispuesta a mantener funcionando el hogar.
Braulio recuerda y ama. Ama a estas mujeres, dueñas y señoras de la casa, de la hacienda y de los animales. Admira a estos seres capaces de imponer su voluntad sin ninguna dureza, dejando siempre al hombre en buen lugar: a ver qué dice el hombre... dirán si se les pregunta, aunque luego se haga lo que digan ellas. Ama a estos seres que poseen unos conocimientos justos, pero que son capaces, sin embargo, de gobernar la casa para que la comida y el pobre dinero que administran lleguen a todos los sitios y duren todo el año.
Braulio se levanta trabajosamente, camina un poquito, estirando las piernas y se acerca al mozalbete que duerme profundamente unos metros más allá, ajeno al paso del tiempo, tirado encima de una dura lancha cuan largo es, como un lagarto; lo golpea suavemente con la punta de la garrota y, antes de que se incorpore, no puede evitar decirle: “anda que no tienes suerte ladrón, suerte de haber nacido macho”.

RHM. Diciembre 2013

martes, 19 de noviembre de 2013

DIME CÓMO HABLAS...

   
 A Braulio le llama bastante la atención la manera que tienen los políticos de dirigirse a los ciudadanos. No sé si se habrán fijado en su forma de hablar. No sé si se habrán fijado en la solemnidad con la que adornan las simplezas más simples, las obviedades más obvias. El viejo piensa algunas veces que nuestros administradores deben de seguir un protocolo diseñado por algún asesor que piensa que los ciudadanos de a pie somos gente límite cercana a la idiotez a la que hay que hablar muy despacio, alargando las pausas, marcando las sílabas e intercalando silencios para que el mensaje vaya calando poco a poco. Además de mirar fijamente a la cámara para que creamos que lo que miran son nuestros ojos, deben engolar la voz, de manera que parezca que lo que están diciendo tiene una trascendencia vital para nosotros, aunque sea una patochada más grande que la catedral de Burgos; que muchas veces lo es.  Porque, deben de pensar, ellos y sus asesores, que si nos hablaran como el tendero de la esquina o el policía del barrio o el profesor de nuestra escuela, no nos enteraríamos de nada. Y no digamos si nos hablaran como los locutores de la radio o de la tele.
            Braulio se imagina muchas veces a cualquiera de ellos, a ese para el que todas las palabras son esdrújulas o a ese otro que se recrea en el vocablo como un torero en la plaza o a esos que se han ido, pero que están volviendo siempre… Braulio se imagina a cualquiera de estos en la plaza del pueblo, delante de un micrófono anunciando solemnemente: “Señores: como no puede ser de otra manera, la cabrada acaba de abandonar la plaza para iniciar su careo diario.” Y se descojona de la risa, que menos mal que está solo, que si no, alguno pensaría que la vejez se le nota ya también en la cabeza, pero por dentro.
            Y no es que Braulio se queje de lo que dicen ni de que tengan siempre soluciones para nuestros problemas antes de llegar al cargo o después de haberlo dejado. Es cómo lo dicen. Y Braulio saca la petaca como si fuera a liar un cigarro y extrae un papelillo cuidadosamente doblado, que despliega y alisa con la mano, en el que ha recogido con letra torpe y deslavazada algunas frases gloriosas de lo más granado de nuestra clase política. De antes y de ahora, que no es nueva la manera que tienen nuestros políticos de referirse a cuestiones ordinarias.

El hombre fija sus ojillos en el papel y, aunque no entiende lo que lee, imagina qué pasaría en el pueblo si los comisionados de la dehesa no pagaran a los socios porque han decidido realizar una congelación temporal de los dividendos del agro. O si, con el objetivo de que los vejetes como él redujeran sus visitas a la médica, propusieran un tique moderador sanitario. O si a los casos de divorcio, que ya los hay en el pueblo, se los denominara cese temporal de la convivencia. Y qué decir de los pastores que trashuman todos los otoños y primaveras de León o de La Meseta a Extremadura. ¿Ustedes se imaginan al mayoral del tío Regino comunicando al amo que "como es habitual en estas fechas, estamos prestos para realizar nuestra campaña de movilidad temporal? ¿Se imaginan la cara que pondría? Y eso que la movilidad bien temporal era, que se tiraban más tiempo fuera de casa que dentro. Y cómo sentaría que alguien llamara indemnización en diferido a la cueza que cobra Carolo por convertir en harina el excelente grano que tanto cuesta cosechar, que esa sí que es una indemnización innegociable, que el molinero mete el cacharro en el costal y saca lo que le parece. O si el Ayuntamiento colocara a dedo a unos cuantos lugareños y nos dijera que lo que ha hecho es una reestructuración del sector público. O si después del sopapo de la contribución, nos explicaran que se trata de un recargo temporal de solidaridad. Y qué pasaría si el guarda bajara el jornal de los pinos y nos comentara que no se trata de que cobren menos, sino de una desaceleración transitoria que origina un crecimiento negativo, que debe ser algo así como si los robles, en lugar de crecer hacia el cielo, lo hicieran hacia el interior de la tierra, aunque el de El Venero no cumpla este precepto, que cada año está más alto. Y, si en vez de a día por vaca, nos dijeran que ahora hay que guardar a día y medio y que eso no es un aumento sustancial de los días de guarduría sino una colaboración transitoria incrementada por la necesidad, ¿qué pasaría?
¿Que qué pasaría? Pues pasaría que pronto andaríamos a palos.
           
RHM
Noviembre 2013


miércoles, 6 de noviembre de 2013

TENDENCIAS

Braulio lleva ya un buen rato en la ermita, sentado sobre una piedra, al abrigo de la pared recién pintada, tan blanca, tan hermosa. Hubo un tiempo en que el pequeño edificio que se levanta sobre el collado tuvo categoría de parroquia mientras la iglesia del pueblo estuvo caída; después fue la ermita la que estuvo en ruinas. No quedaron en pie más que las cuatro paredes, sin más techo que el cielo ni más puerta que el aire;  el suelo se llenó de retejones y las ovejas entraban al recinto como Pedro por su casa. Mucha devoción, mucha devoción, pero hasta que no llegó el cura aquel que se hizo llamar padre, a nadie se le ocurrió arreglar el edificio y poner una puerta como Dios manda. Eso sí, a tanto por vecino. Por vecino y por medio vecino, que si los matrimonios pusieron cuatro, los viudos y solteros como él pusieron dos. ¡Qué tiempos aquellos! Entonces todo el mundo era gente de orden. Si había que arreglar la ermita a tanto por casa, se arreglaba; se lo quitaba uno de donde fuera y a otra cosa. Se ponía lo que había que poner y punto. Y nadie se negaba, incluso si andaba algo justo, que ya se ocuparía algún familiar de ponerlo por él de manera que no se le viera el culo.
            En aquellos tiempos, medita Braulio mientras se calienta la espalda sobre la requemada pared, todo estaba mucho más claro. La gente tenía ocupaciones que entendía todo el mundo: los pastores eran pastores y los amos, amos. Y a nadie le gustaba que le confundieran con otro ni que se mezclaran las cosas. Los vaqueros a las vacas y los porqueros a los guarros, que ya lo decían estos últimos. “Pastor de guarros te quiero ver, que de ovejas y cabras cualquiera es”. Y a mucho honra.
            No como ahora, que proliferan algunas profesiones como las moscas en verano: directores de tendencias, diseñadores de cualquier cosa, organizadores de eventos, expertos en moda, creadores de... Y eso por no hablar de esas revistas que su sobrina, la peluquera, llama del corazón y que al hombre le alteran el hígado. Porque Braulio siempre ha sido un hombre celoso de su intimidad y nunca ha entendido cómo hay gente que se presta a desvelar sus miserias más íntimas delante de una cámara de fotos o de televisión. Y, menos aún, cómo hay quien se aviene a participar en esa especie de circo que montan en la tele siete u ocho personas que se dicen periodistas y que hablan a gritos porque, piensa el hombre, les interesa mucho más el espectáculo que la información. Y no es que él sea un ingenuo y no sepa que lo hacen por dinero, incluso por mucho dinero; pero aún así.
             Y ¿dónde se estudian esas carreras? ¿Y quién otorga los títulos? Tiene huevos. La cantidad de profesionales que han surgido últimamente sin haber pasado por la universidad. Y cómo presumen. No hay mejor universidad que la calle, manifiestan en cuanto pueden. Yo he aprendido en la mejor escuela posible: la de la vida. Y salen en las revistas al volante de coches que casi nadie puede comprar, aunque no sean suyos, aunque hayan tenido que vender el alma, como leyó él que había hecho una vez uno. Alemán, dicen que era. Y aún hay ingenuos que se lo creen. Y aún hay adolescentes que los siguen por ese camino azaroso que no conduce más que al desastre. Pandilla de mangantes. Braulio los pondría a picar, a ellos y a sus mentores, para que dejaran de engañar a la gente, para que dejaran de ser señuelos para esos jóvenes que se creen sus memeces a pies juntillas y que nunca conseguirán lo que ellos.

            Porque para creativo de verdad, el compañero aquel de Brozas, que peló a una borrega de cría y le hizo unas lorzas en el rabo y la dejó una amborla en el lomo y otra en lo alto de la cabeza, entre las orejas, que estaba el animal de lo más pintiparado. Claro, que los compañeros no entendieron tal obra de arte y, en lugar de felicitarle, decían entre dientes que era algo gilipollas. Y no quieran ustedes imaginar qué pensarían las ovejas del hatajo, que miraban a la borrega como a un bicho raro y hasta los carneros se apartaban de ella. Y eso que el animal estaba gordo y hermoso.
RHM
Noviembre 2013

martes, 15 de octubre de 2013

INVENTOS



Braulio no tiene más vicios que la radio y el tabaco, si es que al cigarro oscuro que cuelga permanentemente de la comisura de la boca  como si fuera un apéndice más de la cara, se le puede llamar vicio. Porque está más tiempo apagado que encendido e, incluso, se podría asegurar que está siempre apagado. La radio es otra cosa.
 Braulio cogió afición a la radio desde que, estando de zagal en La Herguijuela, participó como extra en la película “Historias de la radio”, que se rodó en aquel pueblo en su parte final, allá por el 55. Desde entonces ha seguido con interés la evolución de este medio, que, en su inicio, como refleja la película, se hacía en un teatro: el público ocupaba las butacas y los locutores, el escenario. Todo era en directo. Un enorme micrófono colgaba del techo y debajo de él se iba desarrollando toda una sesión de radio simple y auténtica. Luego evolucionó; empezó a llegar a todos los rincones y, cuando los políticos y otros poderes se dieron cuenta de las enormes posibilidades del invento, aquella manera de hacer radio desapareció para siempre. Surgieron las tertulias, y los contertulios, antes tan cuidadosos con la lengua, pasaron a ser tertulianos y empezaron a expresarse de una forma extraña, tan particular, que algún periodista como Antonio Burgos llama a esta manera de hablar El Tertulianés. Y a opinar de lo divino y lo humano, que parece mentira que tan poca gente pueda saber tanto de todo, que lo mismo pontifican sobre cuestiones relacionadas con la política, la educación, la sanidad o la economía que nos ilustran sobre la metamorfosis de la mariposa o la mejor forma de tocar las castañuelas.
En estos días dulces del otoño, Braulio se levanta, come algo, cuelga la radio en un clavo del machón de la puerta, saca la petaca y lía parsimoniosamente un cigarro gordo y extraño, más grueso en un extremo que en el otro, se lo pone en la boca y se sienta en el poyo, con la garrota entre las piernas y la mirada baja, como meditando, mientras el aparato, a todo volumen, va desgranando noticias y opiniones entreveradas de anuncios de productos que el viejo no conoce ni conocerá jamás. . La radio le hace compañía, a él y al barrio, porque, cuando los hombres se van a sus quehaceres después de atendido el ganado y la mañana se sosiega, la radio de Braulio se puede oír desde lejos. Y es que el viejo anda ya algo teniente y no oye todo lo que quisiera, aunque algunas veces se haga el sordo mucho más de lo que está.
            A Braulio le gusta la radio porque no le obliga a nada. Porque le permite hacer otras cosas. Porque la puede abandonar cuando quiera, incluso sin apagarla. Cuando algo le interesa, escucha y cuando el runrún le cansa, se evade y piensa en lo suyo y oye sin escuchar, como si el aparato fuera una piedra más de la pared y el sonido algo cotidiano que ya formara parte de la vida del viejo.
            ¡Qué tiempos estos! Las noticias se cuentan casi al mismo tiempo que se producen y las opiniones son tan dispares, tan contradictorias algunas, que parece que hubiera varios mundos diferentes. Y es que, sospecha Braulio, igual no hay muchos mundos distintos, pero sí bastantes maneras de entender y de situarse ante el único que existe.
            Qué tiempos estos en los que, aunque nadie entienda cómo ni por dónde puede llegar el sonido al aparato, todos dan por bueno que llegue, sin hacer preguntas, no vaya a ser que les pase como a tía Dolores, que llegó a creer que dentro del aparato había un hombre diminuto que veía y contaba lo que veía. Braulio recuerda el incidente como algo muy lejano, cuando El Coco trajo el primer aparato y lo puso en la cocina, enfrente de la ventana que comunicaba  con el mediocasa. Lo colocó en un hueco de la pared, y para evitar el humo y el polvo lo cubrió con una hermosa cortina llena de colorines y, cuando la mujer preguntó desde la puerta que qué era lo que sonaba y que cómo podía ser aquello, Félix, que era algo bromista, le dijo que había un hombrecillo dentro y que si quería verle, que viniera luego mañana que ahora no tenía tiempo, que tenía una vaca de parto y que no era cosa de que se malograra la cría por estarse con ella enseñándole cómo funcionaba el cacharro. Y se fue a avisar a Manolo, su compañero de fatigas en los días de nieve, y le contó lo de la mujer y entre los dos urdieron la broma que fue famosa en el pueblo y no tanto en Extremadura porque los pastores no consideraron conveniente contarla, no fueran a pensar los extremeños que en el pueblo estaban aún más atrasados que ellos.
            El caso fue que Manolo se escondió en la cocina y cuando Tía Dolores apareció por la puerta de entrada, El Coco la entretuvo en el mediocasa y Manolo, viendo por la ventana el atuendo que traía la mujer, bajó el volumen del aparato, engoló la voz todo lo que pudo y dijo algo parecido a esto: “Y en este instante entra en ca Félix una señora mayor, vestida enteramente de negro, con toquilla de lana y pañuelo de merino atado a la cabeza. Se llama Dolores y vamos a dedicarle una canción”. Y aprovechando que sonaba algo de música, subió el volumen y bajó la voz y una suave melodía inundó la casa. Pero la tía Dolores no se enteró de la música porque, en cuanto oyó su nombre y la descripción de su atuendo, dio media vuelta y salió de la casa como alma que lleva el diablo. Que no tenía ella ya edad para brujerías. Y no volvió a entrar en la casa de El Coco hasta mucho tiempo después. Y cuando no tenía más remedio que pasar por delante del corral, la tía Dolores se santiguaba discretamente. Por si acaso.
RHM. Octubre 2013.