A Braulio esto
de la vejez le ha pillado por sorpresa. Ha trabajado toda la vida viendo
sucederse los días y los meses sin darse cuenta, siempre pendiente de los
ciclos de la naturaleza. Después del verano, recogido el heno y el pan, echaba
la leña y se preparaba para la sementera del otoño. En invierno podaba los
bardos y hacía las regaderas en los prados. Algún día soleado iba al molino y,
si nevaba, aprovechaba para los arreglos en casa. Luego, estercolaba y disponía lo necesario
para la siembra de los huertos. Y cuando las vacas se iban a la dehesa, por el
veinte de mayo, acababa con la siembra de las patatas y preparaba la guadaña,
que los prados de secano no esperaban más allá de San Juan. Así había sido
siempre, salvo cuando se iba a Extremadura en los meses de invierno. Y de
pronto, hizo los sesenta y cinco y los hijos, que no el cuerpo, empezaron a
marearle con lo del cobrado, que le volvían loco un día sí y otro también. Que
las vendas, padre, que ya no te hace falta, que ahora ya te lo dan y, además,
nosotros no pensamos jodernos las vacaciones segando y haciendo armeales; que nosotros también
necesitamos descansar, que en Madrid no lo regalan y que nos levantamos todos
los días de madrugada y el mesecillo de vacaciones lo necesitamos para otras
cosas. Así que Braulio, harto de oírles, vendió las vacas y el burrillo y se
quedó sólo un par de cabras y con las gallinas, que de esas los hijos no
dijeron nada, quizá porque no comían heno y porque les gustaba la tortilla casera
y no esa medio descolorida que les dan en Madrid.
Entonces
Braulio se sintió viejo sin haberlo notado antes. Y quizá no se hubiera dado
cuanta tan pronto si la mujer no le hubiera apuntado a uno de esos viajes que
llaman del Inserso. Fue cuando la boda del nieto, en los últimos días de
setiembre. Aprovechando el desplazamiento a Madrid, la hija los llevó a una
agencia y contrataron un viaje para muchos meses después, allá por la primavera.
Braulio no dijo que no porque conocía las ganas que tenía la mujer de montar en
avión; y él también, aunque se lo callara. Y además, de aquí a marzo podrían
ocurrir muchas cosas, incluso que él se muriera. Y no era cuestión de quitarles
la ilusión a la mujer y a los hijos que con esto del viaje mostraban mucho más
entusiasmo que con los trabajos del pueblo. Y, además, según decían ellos, el
viaje no era caro porque lo subvencionaba no sé quién.
Pero
marzo llegó y a las cinco de la mañana,
Braulio y la mujer ya estaban con el grupo de viejos en el aeropuerto,
aunque el avión no salía hasta las siete y media. Pero como a ninguno de los dos les ha importado
madrugar y tenían mucho que ver, no les molestó la espera. Así fue como Braulio
hizo su primer viaje en grupo y, procurando agruparse lo menos posible, pasó
los ocho días y siete noches y regresó al pueblo no mucho más moreno de lo que
se había ido porque el viejo tiene la piel bastante cetrina pues el aire de la
sierra la curte tanto como el del mar.
Cuando,
de regreso en el pueblo, salió por la mañana con las dos cabrillas a la plaza,
su amigo Ambrosio, nada más verle, le preguntó por el viaje.
—Coño, Braulio, has vuelto y no digo yo
que hayas echao muchos kilos, pero sí
alguno. Eso quiere decir que te han dao
bien de comer y de beber. Y todo por cuatro reales, que dicen algunos que estos
viajes salen más baratos que quedarse en casa.
Braulio podría
haberle contado muchas cosas, pero hombre irónico y socarrón como es, optó por
darle al viaje un cierto aire humorístico que, la verdad sea dicha, hasta aquel
momento no se le había ocurrido.
—Hombre, pues el viaje bien, la verdad. Aunque
algunos se quejen sin razón; o con ella, que para gustos están los colores. — ¿Y de qué se quejan? Si puede saberse…

—Bueno, bueno, tú no tengas mucha prisa.
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