miércoles, 18 de junio de 2008

LA BODA DE MIS PADRES



INTRODUCCIÓN

El matrimonio es una cadena tan pesada que para poder cargarla son necesarias dos personas y a veces, tres, decía Óscar Wilde. En tiempos de mis padres no solían contar con ayuda de terceros para la vida en pareja, por lo que no se sabe muy bien cómo se las arreglaban para cargar la pesada cadena del matrimonio, ni siquiera si la cadena les resultaba pesada. De lo que sí puedo dar fe es de la ilusión que supuso para la gente como mi madre el hecho de embarcarse en esa nave llamada matrimonio. Un barco difícil de gobernar, sobre todo por la falta de medios y la inexperiencia del piloto. Tanta inexperiencia que en numerosas ocasiones, el gobierno de la nave debió corresponder a la mujer más veces que al hombre. La administración de los pobres recursos del nuevo hogar, las tareas de la casa, la organización de las faenas del campo, la conveniencia de la compra y venta de animales domésticos, la intendencia y la ropa, pertenecían muchas más veces a la mujer que al hombre. El marido estaba siempre muy ocupado con las herramientas, el alimento del ganado y los trabajos propios de su sexo, como el arijo, la siega y la leña, pero colaboraba poco o nada en la cocina y se mostraba como un perfecto inútil en la casa.

Lo que vais a leer a continuación es el resultado de largas charlas con mis padres, sobre todo con mi madre y con otras gentes del pueblo, y de la rememoración de mis recuerdos de infancia y juventud. Se trata de una aproximación a la celebración de la boda, los preparativos, el vestido y la ceremonia, con el fin de que conservemos en nuestra memoria aquellas costumbres. Pero se trata, sobre todo, de un homenaje hacia unas gentes que vivieron aquellos hechos con una intensidad suprema y que supuso el primer cambio radical en sus vidas, sobre todo para ellas: dejar la casa materna y comenzar una aventura común con un señor que muchas veces, aunque no fuera un absoluto desconocido, sí tenía bastantes aspectos de su carácter y personalidad que la nueva esposa no podría ni siquiera sospechar. Si tenemos en cuenta que, según mi madre, la mayoría de los matrimonios se celebraban entre gentes del pueblo o de Campurbín y sólo excepcionalmente se casaban con forasteros, podremos afirmar que el conocimiento entre los novios, tenía mucho más que ver con la opinión que se tenía de las familias de las que formaban parte cada uno de ellos, que con el conocimiento real entre los futuros esposos, como queda reflejado en esta coplilla:

Aunque te veas forastera,
no lleves pena ninguna
que te vas entre familia
tan buena como la tuya.
RHM enero 08

LOS PREPARATIVOS

Si casarse hoy supone un follón de considerables dimensiones, entonces también lo era. Excepto en lo económico, ahora mucho más caras, las bodas de antes requerían de unos preparativos muy minuciosos. Los primeros contactos entre las dos familias, la comunicación a los invitados (se invitaba hasta a los primos hermanos sin dejarse a ninguno, que se podría molestar) la ropa, la música, la comida, suponían para los novios y sus padres el mismo ajetreo que una boda hoy.

En esta nueva serie de relatos nos acercaremos a los preparativos de la boda, pasando, una a una, por todas las situaciones que debieron vivir los novios de los tiempos de mis padres.

EL NOVIAZGO

Las relaciones amorosas pasaban por muchas vicisitudes hasta que se formalizaban. Los mozos solían tontear con las mozas durante el periodo estival, situándose estratégicamente en los lugares que frecuentara la pretendida: en la fuente donde iba a por el agua (cuántos cántaros de barro se rompieron), en el lavadero, en el prado donde recogía las vacas, en el establo donde cerraba las cabras o en la misma puerta de la casa. Las madres no veían con buenos ojos estas intromisiones en la intimidad del corral, por lo que muchas veces espantaban al pretendiente con comentarios intencionados en voz lo suficientemente alta como para que éste la oyera: “¿Ya está ahí ese? ¡Virgen Santa, qué censo!” Lo más usual era que la muchacha terminara corriendo y el mozo detrás sin que hubiera mayor aproximación. Luego ellos se iban a Extremadura y la mayoría de las mozas se quedaba en el pueblo. Otras se iban a servir a Béjar, Piedrahita, El Barco o Salamanca. Sólo en el caso de que el amor persistiera, el mozo se atrevía a pedir la dirección de su enamorada a algún familiar, generalmente algún primo o prima, iniciándose así las relaciones formales.

A partir de este momento, los novios se verían tanto como fuera posible: en la calle, en el campo, en la plaza o en el baile, sin que hubiera un acercamiento real entre las familias. Mi abuela materna no habló con mi padre hasta que supo que éste había visitado a su hija en Salamanca, donde trabajaba. Entonces prevaleció el amor de madre sobre la conveniencia social y la timidez y acercándose a él le dijo: “Oye, Vitor, he oído que has visto a la Manuela en Salamanca, ¿Qué tal está?” Excepto en un caso como este, lo más común era que si la futura suegra y la nuera se veían de lejos, una de las dos tomara otra calle u otro camino para evitar encontrarse.


Sin embargo, como podréis suponer, en algún momento debería producirse la entrada oficial en la casa de la novia. Mi madre no recuerda cómo entró mi padre en casa de mis abuelos, ni siquiera cómo entraron los novios de sus hermanas mayores. Dice que mi abuelo, un hombre bastante especial para estas cosas, solía cerrar el portón del corral al ponerse el sol y después de esa hora nadie podía entrar ni salir de la casa. Cuenta que en algún momento, cuando ya la relación era de dominio público, el novio entraría en el corral aprovechando que estuviera abierto y, según mi madre, se quedaría, sin muchas explicaciones, dando por hecho mis abuelos que era el novio de la hija.

Otros aseguran, sin embargo, que no tuvieron más remedio que pasar este trago, en algunos casos bastante amargo, porque la relación entre las familias no era buena o porque en una u otra casa consideraban pobres o de poco rango a uno de los dos, aunque la riqueza y la pobreza en mi pueblo fueran muy similares.

Algún novio, más jocoso que los otros, me contó en su día que, aprovechando un permiso de Navidad cuando estaba en la mili, se presentó en la casa del suegro con la intención de formalizar la relación con la hija. Imaginaos la escena: el suegro ligeramente recostado sobre el respaldo del escaño, frente a la lumbre, la mujer en una banqueta baja escarbando en los tizones y la novia en la semioscuridad de la trasera, en un segundo plano para que no se advirtiera el rubor que embargaba sus mejillas. Y cuando todos esperaban una declaración solemne sobre sus intenciones, no sé yo si por timidez o, como decía él, por dar un tono cómico al evento, se plantó delante del hombre y le espetó:

- Buenas, tío Miguel, que me ha dicho mi padre que si me presta usté la guadaña y los martillos para ir a segar mañana.

En pleno enero, como comprenderéis, no se segaba.


















EL AJUAR


El diccionario de la RAE define el término ajuar como el conjunto de muebles, alhajas y ropas que aporta la mujer al matrimonio. En el caso de mi madre y en el de la mayoría de las novias de su época, dicho ajuar venía constituido por la hijuela. Aún se conservan algunos documentos primorosos, hechos a mano, donde se relacionan los elementos que constituían la hijuela, con el fin de dar exactamente lo mismo a la primera de las hijas que se casaba, que a la última.

La hijuela de la novia consistía en lo siguiente:

· La cama.
· Tres juegos de sábanas y fundas de almohada.
· Dos mantas y una colcha.
· Media docena de mudas.
· Media docena de medias.
· Un par de zapatos.
· Tres jerséis.
· Algunos pucheros y cazuelas.
· Un cubo.
· Dos ovejas, una borrega y una cabra.
· Un baúl.

Esta hijuela era entregada por los padres de la novia. Los del novio solían contribuir con otras aportaciones referidas más al ganado que a la ropa o los enseres. Si los contrayentes tenían hermanos mayores que poseyeran bienes propios, solían entregar algún animal, generalmente una borrega, una cabra o una oveja, con el fin de que el nuevo matrimonio fuera conformando su propia ganadería, que ellos llamaban la escusa y que sería el primer patrimonio familiar de los recién casados. Esta escusa, generalmente de 40 ovejas, que se solía complementar con una cabra de leche, acompañaría al pastor en todos los ajustes que realizara durante su vida profesional como un ingreso más, ya que el amo permitía que este ganado pastara en sus fincas de forma gratuita.

La hijuela suponía siempre el comienzo, era una ayuda para el nuevo matrimonio, pero era también una especie de documento público para la familia en el caso de que los recién casados no se administraran convenientemente. Alguna vez se oyó decir: “Parece mentira que te veas así con la hijuela que llevaste…”




LAS AMONESTACIONES

Bastante antes de la boda se reunían los padres de los contrayentes para tratar la boda. No sé muy bien de qué se hablaba en esa reunión porque mi madre tiene recuerdos muy vagos ya que la novia no solía estar presente, pero puedo intuir que se tratarían aspectos prácticos, tanto de la ceremonia como de la vivienda y de los recursos del nuevo matrimonio. No serían unas capitulaciones al estilo de los matrimonios celebrados entre la nobleza medieval, pero podrían parecerse un poco.

Una vez fijada la fecha de la boda, lo primero era comunicárselo al cura para que iniciara los trámites de amonestar a los novios. Las amonestaciones eran tres y se leían en la iglesia durante tres domingos seguidos. El cura comunicaba a los feligreses la intención que fulano y mengana, hijos de tal y cual, tenían de contraer matrimonio y preguntaba también si alguien conocía algún impedimento que no permitiera la celebración de la boda, porque entonces “…estaba la cosa más arreglada que ahora, si había algún muchacho por medio o si el marido estaba casado, o tenía alguna ricia, no podía casarse, no como ahora que está todo manga por hombro”. Son palabras textuales de mi madre. Lo cierto es que en ningún caso existió razón alguna que impidiera la celebración de la boda. Sí hubo algún extraño caso en el que, leídas la primera y la segunda amonestación, el novio, a la sazón en los puertos de León, comunicó a su familia que se había comprometido con una moza de aquellas lejanas tierras y que iba a casarse con ella, por lo que los padres tuvieron que ir a casa de los futuros consuegros a darles la desagradabilísima noticia de la ruptura del compromiso con lo que la novia, ya amonestada, se quedó, nunca mejor dicho, compuesta y sin novio.
El primer contacto oficial entre la novia y los padres del novio no se producía hasta que no se había leído la primera amonestación. Entonces, la novia era invitada formalmente a cenar a la casa del novio. A esta cena solía asistir también la mozanovia, moza soltera que actuaba como asistente de la novia, auxiliándola en cualquier cosa que necesitara. A mi madre la acompañó mi tía Benigna, novia entonces de mi tío Tiburcio, vecino de la casa de mis abuelos paternos, donde iba a celebrarse la cena.

En los pueblos pequeños, y el mío lo es mucho, cualquier evento es motivo de comentario entre los vecinos, que acostumbran a colocarse en la calle de manera que puedan enterarse bien de lo que ocurre. En el caso de mi madre, se daba la circunstancia de que los vecinos más cercanos eran el novio y los suegros de la mozanovia y cuando llegó la comitiva formada por la novia, la mozanovia y mi padre, que había tenido el detalle de acompañarlas, allí estaban los vecinos plantados en la puerta de la casa esperando la entrada de los novios, lo que fue motivo de comentario, fuera y en la cena, sobre lo goletones* que podían llegar a ser, aunque esos vecinos fueran el futuro marido y la suegra de mi tía.

Goletón: Término peyorativo que proviene del verbo oler, en el sentido de cotillear.


LA ANTEVÍSPERA Y LA VÍSPERA

EL PAN

Tres días antes de la boda se amasaba el pan en la casa del novio. A esta tarea se invitaba a la novia y a la mozanovia. Se solían cocer dos hornadas de pan, ocho o diez panes de tres libras más o menos (el kg. equivalía a dos libras). Se hacían también roscas pintadas de azafrán y se moldeaban hábilmente trozos de masa a la que se daba forma de pájaros o de estrellas que se colocaban encima de las roscas. Estas figuritas de pan se vendían en la plaza entre los invitados a la ceremonia con el fin de sacar dinero para los novios.

La tarea de amasar el pan era un motivo de sana diversión a la vez que una aproximación real entre la novia y la familia del novio. La mozanovia iba, en cierto modo, en calidad de carabina de la novia, vigilando su comportamiento, no sólo en cuanto al trabajo en sí, sino en cualquier otra actividad, especialmente en la mesa, con el fin de causar una impresión excelente a la familia del novio, sobre todo a la madre. Si la novia se despistaba y cometía o estaba a punto de cometer algún error, la mozanovia se lo indicaba discretamente, con un guiño, un ligero pellizco o cualquier otra señal que pasara desapercibida entre los demás y que habían pactado previamente.

Cuenta mi madre que cuando se casó el hijo de una prima hermana suya, estando ella ayudando a amasar el pan y asistiendo también la novia y la mozanovia, en el momento de la comida y sentadas ya a la mesa, la mozanovia pisó discretamente a la novia, como habían convenido anteriormente para el caso de que la novia comiera demasiado, a lo que esta contestó airada y en voz alta: “Pero bueno, si todavía no he empezado…”

















LAS RESES

Se daba este nombre a los animales que se mataban para comer como plato principal el día de la boda. Generalmente eran carneros, aunque también podían ser machos cabríos. Estos animales eran criados para este fin por el padre del novio y recibían cuidados especiales desde su nacimiento. La víspera de la boda, familiares del novio procedían al sacrificio de los animales. Las reses se degollaban y se recogía la sangre, se evisceraban y se dejaban colgadas durante toda la noche para que la carne se atiesara. Al día siguiente se troceaban y se guisaban. Se aprovechaba todo: la sangre se cocía y se mezclaba con las vísceras para hacer la chanfaina y la carne se guisaba en caldereta. De la cocina se encargaban las guisanderas, mujeres y en algún caso hombres, allegadas a la familia que no asistían a la ceremonia, con el fin de tener a punto la comida

Era costumbre reservar una paleta con parte del costillar que se regalaba a los hombres no invitados para que pudieran cenar a la salud del novio. Este trozo de carne se conocía con el nombre de espalda y se pinchaba en un palo vertical en cuyos extremos se ponían dos panes de los amasados para la boda. En la parte del costillar se colocaba un palo transversal con el fin de mantener la carne estirada. Aún recuerdo perfectamente la figura, quizá un poco macabra para mis ojos de niño, que formaban la carne y los panes.

Ir a la cena, que se celebraba la misma noche de la boda, se denominaba “ir a la espalda”. A veces se realizaba una suerte de competición entre los mozos y los casados que se denominaba “correr la espalda”. Se colocaban en grupo detrás de una raya hecha en el suelo de tierra y el mozonovio sujetaba la espalda a una distancia prudencial, unos 150 metros. Se daba la salida y si alcanzaba la espalda primero un soltero, la carne era para los solteros y en caso contrario, para los casados. Lo más común era que, ganara quien ganase, los solteros y los casados terminaran cenando juntos. Una vez terminada la cena, cada invitado ponía algo de dinero con el fin de cumplir con el novio.

Para las mozas no invitadas, la novia daba el convite. Consistía en un ágape a base de pastas, bollos, natillas, arroz dulce y galletas regadas con anís y aguardiente, que se celebraba también la noche de la boda en la casa de los padres de la novia. El desarrollo de la reunión era parecido al descrito para los mozos y la espalda, recogiéndose también un pequeño donativo para cumplir con la novia.




EL CUMPLÍO

La víspera de la boda, ya anochecido, los más allegados de la familia del novio, se personaban en casa de la novia con el cumplío, que consistía, sobre todo, en comida: arroz con leche, natillas, dulces y algún licor. La familia de la novia correspondía con algo parecido para la casa del novio. El ambiente era de jolgorio y, aunque las familias se conocieran desde siempre y se lanzaran algunas pullas sobre todo por los apodos, no cenaban juntas, sino que cada familia regresaba a sus respectivas casas a comer lo que les habían preparado. A la novia solía regalársele en este acto un collar de perlas de dos vueltas, aunque no hace muchos años fue muy comentado un regalo consistente en un reloj de pulsera que un novio incluyó para su futura en el cumplido de la víspera. La madre, las hermanas y las amigas de la novia se hacían cruces sobre lo rumboso que era el novio y la buena situación económica que debía de tener para regalar algo tan caro.
Aún recuerdo el cumplido de mi hermana, hace treinta y cuatro años. Se casaba con su novio del pueblo, por lo que las familias se conocían de siempre, incluso se daba la circunstancia de que unos familiares eran tíos de ambos, por lo que hubo alguna broma sobre dónde debía ir cada uno. Mis padres, mis hermanas y yo esperábamos con la familia de mis padres en nuestra casa la llegada de la familia del novio. Vinieron ya anochecido, con dos flamantes cestos de mimbre blancos tapados con sendos paños, también blancos, inmaculados. Dentro de los cestos, natillas, flan, arroz con leche y pastas. Mis padres entregaron algo parecido y después de las bromas de rigor, sobre las familias, los futuros hijos e incluso el ganado, la familia del novio abandonó la casa y regresó a la suya. Entonces comenzamos el banquete. Todo limpio, cuidado, higiénico, pero mi tío Tiburcio quiso que tomáramos las natillas en su sombrero de paño, compañero de mil aguaceros y muchísimos sudores. Sólo los más valientes se atrevieron a probarlas en tan anacrónico plato y, curiosamente, ninguno de ellos faltó a la ceremonia luego mañana.


LA CAMA DE LA NOVIA

La madre regalaba a la novia la cama completa: catre, somier, colchón de borra, cobertor, manta, sábanas, dos almohadas y una colcha, la más bonita que había, dice mi madre y no lo dudo porque esta cama, que se montaba en la habitación más vistosa de la casa, solía ser visitada por los vecinos, familiares y amigas de la novia.
Mi madre eligió la manta en Béjar. Había ido con mi abuelo Goyo a llevar la lana de las ovejas a esa localidad salmantina con dos burritos cargados con sacos, cuarenta y cinco kilómetros de nada. Iban por el cordel por miedo a la requisa. Viajaron durante toda la noche. Salieron del pueblo al atardecer, buscando cuidadosamente el silencio de los caminos retirados, utilizando la carretera y los puentes sólo lo estrictamente necesario, en El Barco el puente viejo, acercándose a la sierra, donde descansaron y comieron algo. Ya en la provincia de Salamanca, recuerda mi madre que la cara de mi abuelo se relajó, porque entraba en tierras de los amos, receptores de la lana y gente bastante influyente en la zona.

Me imagino a mi madre y mi abuelo detrás de los burros mirando a ambos lados del camino, escudriñando entre los robles y las piedras, imaginando formas y temiendo cualquier encuentro: mal si era la guardia civil y peor si eran los maquis o cualquier otra persona con el suficiente valor como para enfrentarse a una mujer y a un hombre mayor y quitarles la lana y los burros.

Llegaron sin novedad y una vez entregada y cobrada la lana, mi abuelo propuso a mi madre que se comprara lo que quisiera, eligiendo ella una manta peluda buenísima, que ha tenido muchos años en la cama. La colcha era idéntica a la de su prima Benita. Las compraron en El Barco la tía Francisca y mi abuela Andrea. Era una colcha de color rosa con brocados del mismo color. Aún la conserva.

Pusieron la cama en casa de mi abuela Andrea, en la sala de arriba y allí vinieron a verla todas sus amigas, entre las que recuerda a tía Eugenia, que luego mañana le colocaría la mantellina.

Más adelante contaré cómo la ropa de esta cama preciosa e incluso el colchón era sustraída el mismo día de la boda y llevada a la plaza en el momento de ofrecer.


EL DÍA MÁS FELIZ DE MI VIDA


EL TRAJE DE LA NOVIA

La novia calzaba zapatos hechos a medida, generalmente en Piedrahita, en casa del tío Periquito. Cubrían sus piernas medias finas de algodón de color negro. La falda, también negra, era plisada y encima se colocaba el delantal, que era de fiesta: de color negro, llevaba en la parte baja adornos de pasamanería de bramante y cenefas con bordados. En el cuerpo la novia se ponía la “chambra”, una blusa, también negra, bordada con bodoques y nido de abeja que mi madre llama callo de vaca. Encima se colocaba siempre el pañuelo, prenda de un tejido llamado pelocabra, de color granate, amarillo o verde botella. En la cabeza se ponía invariablemente la mantellina. Como ropa interior llevaba las enaguas, la camisa y el justillo, algo parecido al sujetador de hoy. Habitualmente y el día de la boda también, se ataba a la cintura la faltriquera, especie de bolsa de paño fino o de lana, forrada de tela, con una abertura vertical que coincidía con la del manteo y que podría hacer las veces del bolso de hoy.

Las bodas se celebraban casi siempre en los meses de verano, por lo que no era necesaria la ropa de abrigo. Ya irían bastante abrigadas con aquellos pañuelos, mantellinas y faldas que en un buen día de verano constituirían una auténtica tortura, sobre todo para la novia.

Todas estas prendas, excepto la mantellina y el pañuelo, las confeccionaba la novia ayudada por sus familiares. También debía confeccionar la novia los calzoncillos del novio. No sabemos muy bien cómo se las arreglaban con la talla, pues las fuentes consultadas sobre este tema aseguran que no les tomaban medida. Suponemos que se apañarían con algún hermano o familiar del sexo masculino y de dimensiones similares. Dice mi madre que los hacían a ojo de buen cubero, pero esto es bastante improbable. Quizá algún día, si tenéis ocasión de hablar con mi tía Elisa, os pueda contar lo divertido que resultó la confección de los del tío Teófilo.

Cuenta mi madre cómo unos meses antes de su boda, el 25 de agosto del 47, fue con mi abuela Andrea a Piedrahita para que el zapatero le tomara medidas y le hiciera los zapatos de la boda. Cuando salían de la tienda, un localillo situado en los bajos de la plaza, vieron expuestos varios baúles, elemento imprescindible en el ajuar de la novia y, haciéndoselo notar mi madre a la suya, ésta, ni corta ni perezosa, adquirió uno. El vendedor cargó el mueble en el burro, no sabemos muy bien cómo lo ataría, y madre e hija emprendieron el camino de vuelta, veintitantos kilómetros de nada por la sierra, y, unas veces andando y otras a pie, llegaron a su casa. Este primoroso elemento, tan trabajosamente adquirido, sigue hoy en casa de mi madre lleno de ropa blanca.

Unos días antes de la ceremonia, mi madre debió ir a recoger los zapatos. Hizo el viaje sola. Salió del pueblo de madrugada por el camino de los Reventones, atravesó lo llano de la sierra y las Beceillas, pasó por la Pellona, el Poyal, Navamuñana y la dehesa de la Mora, para salir a la carretera que viene de El Barco, en lo alto de Collado. Una moza de buen ver, de 24 años, por esos caminos, con la sola compañía del burro. No tenía miedo porque, dice mi madre, “que entonces había mucha gente en los campos, más que ahora…”.












LA MANTELLINA DE ROCADOR

Entre las prendas que formaban el taje de boda de la novia, era la mantellina la más reputada. Consistía en una especie de velo que le cubría la cabeza y caía levemente sobre los hombros enmarcando el rostro de la novia. Por fuera era de paño fino negro y por dentro llevaba un forro de tela de dos colores.
Las más conocidas y apreciadas eran las de rocador, palabra que se usa entre los charrros par designar un conjunto de bordados, adornos de pasamanería y brillantes que realzaban la parte externa de la pieza. Por dentro solía ir forrada de tela de raso blanco y fieltro negro.

Una vez concluida la ceremonia en el juzgado, los recién casados se dirigían a casa de los padres del novio para tomar algo antes del banquete. Cuando llegaba la novia a la casa de los padres del novio, la suegra le retiraba la mantellina de la cara y la besaba en ambas mejillas, considerándose este acto como la entrada oficial de la novia en la nueva familia. Luego, la suegra doblaba cuidadosamente la mantellina y la depositaba en una de las dependencias más nobles de la casa, generalmente la sala.

Es bastante conocido el hecho de dos hermanos que se casaron el mismo día, uno de ellos con una mujer ya viuda. Cuando llegaron a la casa del novio, después de la ceremonia, la suegra retiró la mantellina y besó a una de las dos recién casadas, curiosamente a la que no era viuda y, cuando debía besar a la otra, pasó de largo, como si no existiera, ni la besó ni la quitó la mantellina.
Curiosamente luego no vivieron mal suegra y nuera.
También resulta curioso el caso de otra novia que, desconociendo la costumbre, y cuando ya no se llevaba la mantellina, sino el velo, en el momento en el que la suegra intentó retirar de su cabeza esta última prenda para proceder al ritual del beso, la novia, como digo desconocedora de la costumbre, dio un respingo y no permitió que le quitara el velo de la cabeza. Estando la suegra en los últimos días, cuando las confidencias no enturbian ya ninguna relación posterior, en ese momento de sinceridad próxima al fin, al acercarse la novia, ahora también abuela, a la cama de la suegra, esta le dijo “Hay que ver lo buena que has sido para mí, aunque no tuviste buenos principios”. Al inquirir la nuera extrañada por esos principios tan inquietantes, la suegra le explicó que el día de la boda, cuando fue a retirarle el velo para besarla y oficializar así la entrada en la familia, no lo había permitido.

En fin, cosas veredes…

1 comentario:

Unknown dijo...

Precioso relato, que me recuerda las largas charlas con mi abuelo delante de un plato de migas.

A ver que tal el siguiente!!