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domingo, 1 de octubre de 2017

HACERSE VIEJO



A Braulio esto de la vejez le ha pillado por sorpresa. Ha trabajado toda la vida viendo sucederse los días y los meses sin darse cuenta, siempre pendiente de los ciclos de la naturaleza. Después del verano, recogido el heno y el pan, echaba la leña y se preparaba para la sementera del otoño. En invierno podaba los bardos y hacía las regaderas en los prados. Algún día soleado iba al molino y, si nevaba, aprovechaba para los arreglos en casa. Luego, estercolaba y disponía lo necesario para la siembra de los huertos. Y cuando las vacas se iban a la dehesa, por el veinte de mayo, acababa con la siembra de las patatas y preparaba la guadaña, que los prados de secano no esperaban más allá de San Juan. Así había sido siempre, salvo cuando se iba a Extremadura en los meses de invierno. Y de pronto, hizo los sesenta y cinco y los hijos, que no el cuerpo, empezaron a marearle con lo del cobrado, que le volvían loco un día sí y otro también. Que las vendas, padre, que ya no te hace falta, que ahora ya te lo dan y, además, nosotros no pensamos jodernos las vacaciones segando y haciendo armeales; que nosotros también necesitamos descansar, que en Madrid no lo regalan y que nos levantamos todos los días de madrugada y el mesecillo de vacaciones lo necesitamos para otras cosas. Así que Braulio, harto de oírles, vendió las vacas y el burrillo y se quedó sólo un par de cabras y con las gallinas, que de esas los hijos no dijeron nada, quizá porque no comían heno y porque les gustaba la tortilla casera y no esa medio descolorida que les dan en Madrid.
            Entonces Braulio se sintió viejo sin haberlo notado antes. Y quizá no se hubiera dado cuanta tan pronto si la mujer no le hubiera apuntado a uno de esos viajes que llaman del Inserso. Fue cuando la boda del nieto, en los últimos días de setiembre. Aprovechando el desplazamiento a Madrid, la hija los llevó a una agencia y contrataron un viaje para muchos meses después, allá por la primavera. Braulio no dijo que no porque conocía las ganas que tenía la mujer de montar en avión; y él también, aunque se lo callara. Y además, de aquí a marzo podrían ocurrir muchas cosas, incluso que él se muriera. Y no era cuestión de quitarles la ilusión a la mujer y a los hijos que con esto del viaje mostraban mucho más entusiasmo que con los trabajos del pueblo. Y, además, según decían ellos, el viaje no era caro porque lo subvencionaba no sé quién.
            Pero marzo llegó y a las cinco de la mañana,  Braulio y la mujer ya estaban con el grupo de viejos en el aeropuerto, aunque el avión no salía hasta las siete y media. Pero como  a ninguno de los dos les ha importado madrugar y tenían mucho que ver, no les molestó la espera. Así fue como Braulio hizo su primer viaje en grupo y, procurando agruparse lo menos posible, pasó los ocho días y siete noches y regresó al pueblo no mucho más moreno de lo que se había ido porque el viejo tiene la piel bastante cetrina pues el aire de la sierra la curte tanto como el del mar.
            Cuando, de regreso en el pueblo, salió por la mañana con las dos cabrillas a la plaza, su amigo Ambrosio, nada más verle, le preguntó por el viaje.
—Coño, Braulio, has vuelto y no digo yo que hayas echao muchos kilos, pero sí alguno. Eso quiere decir que te han dao bien de comer y de beber. Y todo por cuatro reales, que dicen algunos que estos viajes salen más baratos que quedarse en casa.
Braulio podría haberle contado muchas cosas, pero hombre irónico y socarrón como es, optó por darle al viaje un cierto aire humorístico que, la verdad sea dicha, hasta aquel momento no se le había ocurrido.
—Hombre, pues el viaje bien, la verdad. Aunque algunos se quejen sin razón; o con ella, que para gustos están los colores.
— ¿Y de qué se quejan? Si puede saberse…

—Pues de muchas cosas.  Que si para viajar te tienes que levantar a las cuatro de la mañana porque hay que estar en el aeropuerto dos horas antes de embarcar; pues te levantas, que seguro que no nos levantamos a esa hora desde que dormíamos con la pastoría y teníamos que mudar la red entre la noche para estercolar la tierra. Que si cuando llegas al hotel el primer día, a eso de las nueve y poco, una muchacha muy maja te dice que las habitaciones no estarán disponibles hasta la una y media; pues nada hombre. Te das un paseíto y admiras el mar, que seguro que hace tiempo que no lo haces. Que si al día siguiente te reúnen para venderte unas excursiones que doblan el precio del viaje; pues no las cojas. Y que si en medio de la reunión, uno de los viajeros se puso a hablar a gritos por el teléfono móvil; pues te aguantas que, como dijo otro, no todos pudimos ir a un colegio de pago. Y yo creo que no lo decía por mí, que ya sabes que dejé la escuela a los doce años. Que si te sacan de excursión en un autobús de dos pisos y te tienen todo el día subiendo y bajando; pues bien que hacen, que, como dijo uno, algunos en Madrid no se mueven lo que son de largos. Cogen el autobús a la puerta de casa y se bajan delantito del hogar, que con eso del abono a doce euros no dan un paso. Y no digamos si en el hotel meten a muchos más de los que caben y tienes que hacer cola para comer y cenar y sentarte cada día con uno. Que nos hemos acostumbrado a lo bueno y no nos damos cuenta de que nos lo dan limpio y guisado y, aunque lo tengas que coger tú y aguantar los empujones de los más impacientes, es mucho mejor eso que tener que comprarlo y que lo prepare la mujer. Y lo de sentarse con otros, pues tampoco viene mal, que si es cierto que nos volvemos como niños, pues tendremos que hacer lo que hacen los niños que no es otra cosa que buscar amigos en cuanto los dejas solos. Y si los amigos son de lejos, pues mejor, más aprendemos.    En estas andan cuando llega Felipe, el más chico de los quintos de Braulio, que va de cabrero. Viene con el morral y la garrota seguido de un perrillo blanco que caracolea delante con ganas de jugar. Nada más verle, le dice:
—Coño, Braulio, qué buena pinta traes y qué ganas tengo de que llegue diciembre para cumplir los años.
—Bueno, bueno, tú no tengas mucha prisa.

viernes, 17 de febrero de 2017

PASEAR





Pasear, ya no se pasea. Ahora se anda, se camina. Vamos a caminar, dicen los veraneantes de pantalón corto y gorra de visera. Y se cogen un garrote, cuando más alto mejor, se calzan unas zapatillas de colorines y emprenden la marcha como si no tuvieran que regresar, siempre por el mismo sitio, siempre pisando el mismo suelo; unos detrás de otros, sin hablar, casi a paso ligero, intentando robarle al tiempo unos días más de vida.

            A mí, lo que me gusta es pasear. Salir del pueblo por cualquier calle, andando despacito y recreándome en el paisaje. Que trabaje la vista y que trabaje la cabeza, aunque no trabajen mucho las piernas. Tender la mirada a lo lejos y dejar que vuele el pensamiento. Mirar más que ver. Sentir, más que sudar.

Me gusta pasear por el pueblo porque es como regresar a la infancia. A veces pienso que lo utilizo como un recurso para entender este mundo cambiante. Otras, sin embargo, creo que lo que de verdad hago es usarlo como analgésico o, quizá, como tranquilizante. Porque salir al campo es como estrenar el mundo cada mañana, decía Delibes.

Hoy he salido por El Pozo. Entre los álamos se oyen las voces de los muchachos, hartos de pan y hambrientos de vida, corriendo detrás de un balón. Ahí es donde mejor están, pienso; lejos de prados y de trillos; de cabras y de siegas. Miro Las Aljóndigas, un recuerdo en cada rincón. Las paredes escondidas bajo los bardos cada vez más grandes que pronto cubrirán los prados. Me veo acostado al abrigo de una pared esperando a que amanezca para empezar a segar una hierba que ahora no es más que cardos y espinos. Siento el sudor que empapa mi frente y veo a Ángel, El Topo, que arrea un burrillo con una carga de trigo. Sonrío al recordar la oferta: “Si quieres yo te llevo la carga a la era y tú terminas de segar esto”. Pero no hubo trato. “Tú a lo tuyo y yo a lo mío”. Así que él siguió detrás del burro y yo continué asido al astil de la guadaña segando a duras penas un prado que en lugar de menguar, crecía.

            Veo La Aljóndiga de tío Bicha, el heno extendido en todo el prado, ya casi seco; y veo el humo que sale de debajo del roble donde tía Fausta ha hecho la lumbre para cocer la olla que se comerán los heneros. Porque entonces las cosas eran así. No había leyes que nos prohibieran hacer fuego en el campo porque no hacían falta. Porque había agua en todas las regaderas y porque los huertos estaban arados y sembrados; y los prados segados y los lindones pacíos… Y tengo que parar porque, aunque yo no creo que cualquier tiempo pasado fuera mejor, siento como si un sentimiento de añoranza embargara mi mente.

Miro la pared del camposanto, domicilio eterno de tantos que fueron y ya no son y una sonrisa leve se dibuja en mi cara. Desde aquí, desde esta misma pared, increpaba a voces tío Porro a mi padre porque veía que el burro estaba paciendo tranquilamente en un regajillo de La Puentecilla, que se tiende bella y serena al sol de la tarde. Saca el burro de lo mío —decía—, que tú tienes mucho argullo, pero muy poco dinero. Y veo a mi padre correr, voceando al animal, aunque solo fuera para que dejara de hacerlo el otro, agarrarle del rabero y atarle a un roble.

Así, entre recuerdos que me trasladan a la juventud, voy recorriendo un camino que ahora ha perdido su función principal. Así, mirando más que viendo, sintiendo más que andando, cuando me doy cuenta he llegado a El Vallejo. Tiendo la vista hacia el sur y veo el pueblo que se enmarca entre los álamos secos mimetizado en el pasto y los zarzales de lo que antes fueron huertos verdes bien cultivados. A lejos, en el puertecillo que rodea la carretera, la ermita se dibuja en el horizonte con su paredes blancas. 

viernes, 1 de enero de 2016

EN MI PUEBLO



En mi pueblo, por estas fechas, las tareas menguan mucho porque los días se acortan. Se madruga menos y en la sonochada algunas mujeres se van de hilandero a las casas de los vecinos para hilar un copo y compartir la lumbre mientras hablan y hablan. Los hombres suelen dedicarse a quehaceres que no requieren gran esfuerzo. Con alimentar al ganado, hacer alguna regadera y cortar los zauces de los bardos, está todo hecho.  Oficios de poca monta para hombres tan vigorosos como los de mi pueblo, que pueden estar segando a la guadaña una semana entera sin decir esta boca es mía. La única tarea que requiere algo más de energía, si el tiempo se encabrona y le da por nevar, es la de abrir la carretera. Y hay días que la abren por la mañana y por la tarde está lo mismo: otra vez imposible; y es que el clima, como dicen ellos, no es muy solidario con los hombres de mi pueblo. Por eso en estas fechas, es muy recomendable poner a recado la pala y las botas de agua. Y mejor dentro de casa que fuera. Por lo que pueda pasar.

     En mi pueblo, la mayoría de los cumpleaños caen en otoño o a finales del verano, quizá porque cuando el dios Eolo se cabrea, se va la luz y nos quedamos sin teléfono y sin tele. Y sólo protestamos los más viejos y los niños, porque los más jóvenes, no sabemos por qué, se alegran con esta contingencia.

     En mi pueblo, por estas fechas, los que se fueron a Madrid a trabajar de tenderos, que fueron muchos, suelen mandar un paquete a la casa de los padres con cosas de Navidad. Los niños esperamos con ansiedad el envío, que, si no llega a nuestra casa, llegará a la de alguna tía y en cuanto que oímos cantar la lotería en la radio de tía Irene, nos llegamos a la casa del familiar a ofrecernos para cualquier cosa.

-Tía, ¿quiere usté que vaya a por las vacas al prao Llera?

-No, hijo, ya ha ido el tío Vicente.
            Y si el tío Vicente se hubiera retrasado un poco, a lo mejor, en lugar de una peladilla hubiera caído algún mazapán o cualquier otra golosina de las que abundan en el paquete y que tan ricas nos saben.
            En mi pueblo, en Nochebuena, las familias cenan en casa, siempre añorando a alguien, y luego suelen juntarse todos en la vivienda de alguno de los hermanos para tomar café y dar buena cuenta del paquete que ha llegado de Madrid. Se come turrón y mazapán y se bebe con mesura, en una copa que va pasando de unos a otros. No se selecciona la bebida porque en mi pueblo, donde el único licor que se toma es el recio aguardiente que se compra para la matanza, cualquier cosa nos viene bien. Los niños tomamos sopa en vino y no bebemos de esas botellas de formas raras y nombres exóticos como “Cualquiercosa” o “Loquesea”, que dicen las madres que eso no es para niños, que escarba en el pecho como si te pincharas con un espino.
            En mi pueblo, en Nochevieja, la gente no suele hacer nada especial, porque, al fin y al cabo, qué importancia tiene cambiar de año si vamos a seguir haciendo lo mismo. Lo único diferente es que el día de Año Nuevo se celebra el Cabildo en el Ayuntamiento y se echan los cargos para todo el año y habrá que estar atentos por si nos toca llevar la cruz o nos interesa quedarnos con el macho o ser comisionados de la dehesa o de El Castrejón y, si no hay más remedio, a ver quién es el compañero. Y hay que repasar las cuentas de los salientes y ver que cuadra todo, las vacas del pueblo y las forasteras y que no se han dejado ninguna sin cobrar ni han pagado a nadie de más. Y no es que en mi pueblo no nos fiemos de los cargos, que no es eso, que todos son gente honrada, además de que poco se puede llevar alguien de donde poco hay.
            En mi pueblo, en estas fechas, hace un frío que pela y algunos caminos se llenan de hielo de parte a parte y los niños tenemos que echar estiércol para que las vacas puedan pasar por El Trampal sin resbalarse, no vaya a ser que alguna se encoje o se desgracie para siempre. Y hombres tan curtidos como los de mi pueblo, tiritan en la iglesia y por eso no van a la misa del Gallo y algunos, cuando salen al pórtico de la iglesia el día de Navidad y se ve caer el hielo al trasluz del sol bajo un cielo claro y de un azul intenso, dicen que preferirían estar con las vacas en Los Eros. Y seguramente es cierto.
            En mi pueblo, antes salía humo de todas las chimeneas y pasaban todas estas cosas porque había mucha gente.
RHM. Enero 2016.
NOTA: Sirva este pequeño relato de homenaje a todas las personas que, por desgracia, tuvieron que abandonar el pueblo donde nacieron y sirva, especialmente, de reconocimiento a los que se quedaron. Feliz año a todos

viernes, 12 de junio de 2015

ABUELO



             
Durante muchos años he vivido convencido de que mi abuelo -el padre de mi madre- no me había enseñado nada. No convivimos mucho tiempo y tampoco tuvimos una relación de esas que algunos escritores glosan con lenguaje almibarado cuando el abuelo ya no puede desmentirlos. “Todo lo que sé sobre las ovejas me lo enseñó mi abuelo”, dicen. Y los amigos del chiste fácil responden presurosos: “Claro, por eso no te arrimas a ellas”.
            El abuelo Goyo y yo no nos llevábamos mal. Era, sencillamente, que nuestros centros de interés divergían como esas líneas que dibujaba el maestro en la pizarra y que, aun estando muy próximas en el origen, cada vez se alejaban más en los extremos. Él quería convencerme de que el futuro estaba en el campo y mi futuro entonces no iba más allá de las cuentas que tenía que llevar hechas a la escuela al día siguiente. Además, yo ya intuía que el futuro podía estar en cualquier sitio. Él me contaba las bondades de dormir al raso cuidando las vacas, como el vaquerillo de Gabriel y Galán, cuyo poema recitaba de memoria, y a mí se me ponía la carne de gallina cuando, en la dehesa, el sol empezaba a ocultarse. Él quería enseñarme a diferenciar unas ovejas de otras y a mí, además de seres estúpidos, me parecían todas iguales, como gotas de agua. Él quería hacer de mí un personaje capaz de patear la garganta noches enteras llevando el agua a los prados y yo confiaba en la lluvia, que siempre acaba cayendo. En definitiva, él quería enseñarme un montón de cosas que yo no tenía ningún interés en aprender. Mis sueños por aquel entonces tenían más que ver con lo inmediato que con lo práctico.
             Y luego estaba la convivencia. Ninguno de los dos sabíamos disimular; ni siquiera lo intentábamos. Él hablaba de lobos y yo de la escuela. Él arreglaba una herramienta y yo leía. Él peroraba de la siembra y yo recitaba de memoria los ríos de Europa. Pechora, Mezén, Dvina, Vístula, Oder… y antes de que terminara la letanía, él me preguntaba que para qué servía eso. Yo no respondía, pero le miraba, levantaba más la voz y continuaba: Elba, Rin, Ródano… Y, entonces, él, con una media sonrisa, recitaba: “He dormido esta noche en el monte/ con el niño que cuida mis vacas/ y en el valle tendió para ambos/ el rapaz su raquítica manta”. Y me miraba desafiante, como si quisiera dejar bien clarito que él también era capaz de aprender cosas de memoria y que lo que él aprendía era muchos más importante que lo que aprendía yo.
Si estábamos en la era y alguno de los tíos preguntaba lo del kilo de paja y el kilo de hierro y yo respondía antes que ninguno de los primos: "pesan lo mismo, tontos”, el abuelo no podía reprimir entonces una sonrisa que a mí me parecía satírica y por lo bajo me llamaba sabihondo.

             Luego él se murió y yo me quedé. Me quedé sin él y sin referente. Y fue irse él y dejar yo de recitar de memorieta. Fue irse él y empezar yo interesarme por el campo. A medida que fui creciendo, notaba más su ausencia y me interesaba más su persona. Debe de ser verdad eso de que el hombre está hecho de contradicciones. Incluso la familia decía que tenía cosas del abuelo, que utilizaba sus frases y sus  gestos.
 Ahora, siempre que espero paciente a que madure la fruta, siempre que quito con mimo la hierba a las lechugas o acaricio los tomates, siempre que madrugo para regar o aprovecho la noche para pensar; cuando me levanto antes de día por el puro placer de ver al sol pintar de amarillo los robles de El Picozo, me acuerdo de sus lecciones. Y, aunque sigo sin saber diferenciar unas ovejas de otras, he aprendido a disfrutar de la vida en el campo. Y es que, quizá, mi abuelo utilizó conmigo sin saberlo eso que ciertos educadores llaman psicología inversa.
RHM

sábado, 14 de diciembre de 2013

DIFERENCIAS

Braulio está medio tumbado en un cancho de las campanas de El Frontón, la espalda apoyada en el duro granito y la mirada perdida en la lejanía, disfrutando de la hermosa tarde de junio y del paisaje que se extiende ante él. Tiene los ojos clavados en las montañas de Gredos, que azulean a lo lejos, envueltas en un halo gris difuminado por un sol brillante, parado encima de Los Collados. Es media tarde. El hombre está de pastor, con las cabras del pueblo, que a finales de la primavera cambian el careo para aprovechar la vainilla de los calabones y el frescor de la altura. Han recorrido hombre y cabras un buen trecho desde esta mañana.
Los animales ramonean en la falda que llaman La Cuesta, medio ocultos por la espesura de las escobas, con los cuernos en alto y los cuellos enhiestos en un afán incansable de comer y comer, como si ese fuera su único vínculo con la vida y, quizás lo sea; los campanillos ponen una nota armónica en el monte, antes silencioso y solitario. Braulio oye, pero no escucha. Tampoco piensa, sólo mira. Mira abajo, como lo haría desde un avión, al pueblecillo que se retrata bajo el cielo azul, con la iglesia al frente, como si fuera el espolón de un barco varado en un mar imaginario que se hubiera secado de repente, depositando al pueblo cuidadosamente sobre el promontorio que forman las dos gargantas.
En el camino de El Pozo, a su paso por el camposanto, hormiguea una figura negra, diminuta. Es una mujer. Braulio imagina una a una las piezas que componen el atuendo de la figurilla que avanza lentamente; puede enumerarlas sin dejarse ninguna: alpargatas de tela negra con el piso de goma, medias de lana, falda y mandil de percal, chambra de tela y rebeca de lana. Un pañuelo de merino anudado en lo alto de la cabeza pone, a veces, una única nota de color al negro absoluto que viste su cuerpo.
Hace ya mucho tiempo que en las entrañas del hombre ha ido calando como lluvia fina un sentimiento de admiración hacia las mujeres del pueblo. En su cabeza se ha ido escribiendo con tinta indeleble la valía de estos seres insustituibles que atienden la casa, el campo y los animales, y que son la imagen principal de la familia.
Seguramente la mujer de negro que camina hacia Las Alhóndigas se ha levantado con el alba, con el marido, si es que este no está en Extremadura, ha encendido la lumbre y preparado el almuerzo; ha soltado las gallinas y echado de comer al guarro. Ha ordeñado las cabras y las ha dado un pienso antes de llevarlas a la plaza. De regreso habrá traído un cántaro de agua. Ha preparado a los niños para la escuela y, quizás, haya atendido cariñosamente a alguno de los mayores que envejecen en la casa y que mueren allí. Es posible que haya amasado una buena hornada de pan tierno y sabroso y, porque aún no es tiempo, que si lo fuera, habría ido a llevar el almuerzo a los coritos, habría dado la vuelta al heno, habría hecho la comida y estaría dispuesta para recoger algún prado por la tarde. También habría sacado tiempo para regar algún huerto. Incluso podría estar hoy de cabrera con Braulo o de vaquera en la dehesa o con la pastoría en algún lugar remoto, lejos de casa… O echando cargas, caminando detrás el burro a la vez que teje unos calcetines. Si fuera tiempo, la mujer habría ido con el hombre a uñir la yunta, se habría hartado de cavar allí donde no llegara el arado; le habría ayudado disciplinadamente a recoger los bártulos y, al llegar a casa, mientras el marido descarga los aperos y se sienta en el poyo, ella preparará la comida, incansable, como si el trabajo duro no hiciera mella en su cuerpo frágil, como si no necesitara cuidados. Sin más recompensa que la satisfacción de hacer bien lo que hay que hacer.
El hombre, sin embargo, regresará casi siempre cansado de segar, de arar o de la leña y se echará la siesta sin más merecimiento que su propio egoísmo, fiándolo todo a su condición masculina. A su condición de macho que emigra a Extemadura, dejándola sola con vacas y niños, para aportar el escaso peculio que servirá para comprar lo imprescindible, lo estrictamente necesario, aquello que las manos sabias no pueden elaborar. Reposará sin un átomo más de cansancio que la mujer que friega en la cocina, que vuelve a dar de comer a las gallinas y a los guarros y se prepara para las faenas de la tarde, o del día siguiente cualesquiera que sean, dispuesta a mantener funcionando el hogar.
Braulio recuerda y ama. Ama a estas mujeres, dueñas y señoras de la casa, de la hacienda y de los animales. Admira a estos seres capaces de imponer su voluntad sin ninguna dureza, dejando siempre al hombre en buen lugar: a ver qué dice el hombre... dirán si se les pregunta, aunque luego se haga lo que digan ellas. Ama a estos seres que poseen unos conocimientos justos, pero que son capaces, sin embargo, de gobernar la casa para que la comida y el pobre dinero que administran lleguen a todos los sitios y duren todo el año.
Braulio se levanta trabajosamente, camina un poquito, estirando las piernas y se acerca al mozalbete que duerme profundamente unos metros más allá, ajeno al paso del tiempo, tirado encima de una dura lancha cuan largo es, como un lagarto; lo golpea suavemente con la punta de la garrota y, antes de que se incorpore, no puede evitar decirle: “anda que no tienes suerte ladrón, suerte de haber nacido macho”.

RHM. Diciembre 2013

miércoles, 6 de noviembre de 2013

TENDENCIAS

Braulio lleva ya un buen rato en la ermita, sentado sobre una piedra, al abrigo de la pared recién pintada, tan blanca, tan hermosa. Hubo un tiempo en que el pequeño edificio que se levanta sobre el collado tuvo categoría de parroquia mientras la iglesia del pueblo estuvo caída; después fue la ermita la que estuvo en ruinas. No quedaron en pie más que las cuatro paredes, sin más techo que el cielo ni más puerta que el aire;  el suelo se llenó de retejones y las ovejas entraban al recinto como Pedro por su casa. Mucha devoción, mucha devoción, pero hasta que no llegó el cura aquel que se hizo llamar padre, a nadie se le ocurrió arreglar el edificio y poner una puerta como Dios manda. Eso sí, a tanto por vecino. Por vecino y por medio vecino, que si los matrimonios pusieron cuatro, los viudos y solteros como él pusieron dos. ¡Qué tiempos aquellos! Entonces todo el mundo era gente de orden. Si había que arreglar la ermita a tanto por casa, se arreglaba; se lo quitaba uno de donde fuera y a otra cosa. Se ponía lo que había que poner y punto. Y nadie se negaba, incluso si andaba algo justo, que ya se ocuparía algún familiar de ponerlo por él de manera que no se le viera el culo.
            En aquellos tiempos, medita Braulio mientras se calienta la espalda sobre la requemada pared, todo estaba mucho más claro. La gente tenía ocupaciones que entendía todo el mundo: los pastores eran pastores y los amos, amos. Y a nadie le gustaba que le confundieran con otro ni que se mezclaran las cosas. Los vaqueros a las vacas y los porqueros a los guarros, que ya lo decían estos últimos. “Pastor de guarros te quiero ver, que de ovejas y cabras cualquiera es”. Y a mucho honra.
            No como ahora, que proliferan algunas profesiones como las moscas en verano: directores de tendencias, diseñadores de cualquier cosa, organizadores de eventos, expertos en moda, creadores de... Y eso por no hablar de esas revistas que su sobrina, la peluquera, llama del corazón y que al hombre le alteran el hígado. Porque Braulio siempre ha sido un hombre celoso de su intimidad y nunca ha entendido cómo hay gente que se presta a desvelar sus miserias más íntimas delante de una cámara de fotos o de televisión. Y, menos aún, cómo hay quien se aviene a participar en esa especie de circo que montan en la tele siete u ocho personas que se dicen periodistas y que hablan a gritos porque, piensa el hombre, les interesa mucho más el espectáculo que la información. Y no es que él sea un ingenuo y no sepa que lo hacen por dinero, incluso por mucho dinero; pero aún así.
             Y ¿dónde se estudian esas carreras? ¿Y quién otorga los títulos? Tiene huevos. La cantidad de profesionales que han surgido últimamente sin haber pasado por la universidad. Y cómo presumen. No hay mejor universidad que la calle, manifiestan en cuanto pueden. Yo he aprendido en la mejor escuela posible: la de la vida. Y salen en las revistas al volante de coches que casi nadie puede comprar, aunque no sean suyos, aunque hayan tenido que vender el alma, como leyó él que había hecho una vez uno. Alemán, dicen que era. Y aún hay ingenuos que se lo creen. Y aún hay adolescentes que los siguen por ese camino azaroso que no conduce más que al desastre. Pandilla de mangantes. Braulio los pondría a picar, a ellos y a sus mentores, para que dejaran de engañar a la gente, para que dejaran de ser señuelos para esos jóvenes que se creen sus memeces a pies juntillas y que nunca conseguirán lo que ellos.

            Porque para creativo de verdad, el compañero aquel de Brozas, que peló a una borrega de cría y le hizo unas lorzas en el rabo y la dejó una amborla en el lomo y otra en lo alto de la cabeza, entre las orejas, que estaba el animal de lo más pintiparado. Claro, que los compañeros no entendieron tal obra de arte y, en lugar de felicitarle, decían entre dientes que era algo gilipollas. Y no quieran ustedes imaginar qué pensarían las ovejas del hatajo, que miraban a la borrega como a un bicho raro y hasta los carneros se apartaban de ella. Y eso que el animal estaba gordo y hermoso.
RHM
Noviembre 2013

viernes, 12 de julio de 2013

VERANO I



Con la llegada del calorcillo, que en el pueblo nunca es excesivo, las calles, desiertas casi todo el año, comienzan a llenarse de seres  que andan medio en coretes, con los pies apenas cubiertos por un extraño calzado y las cabezas tapadas por gorras extravagantes. Se nota sobre todo por la noche, cuando muchos corrales, oscuros como boca de lobo y silenciosos durante la mayor parte del año, se llenan de luz y de voces. O en los resolanos y las sombras, que se pueblan de gente ociosa cuyo atuendo denuncia que no son de aquí, aunque aquí hayan nacido o aquí tengan sus raíces. Son los veraneantes.

A Braulio le gusta que vengan; le rejuvenecen  las gorrillas claras y los pantalones cortos. ¡Quién le iba a decir que los hombres de ahora, algunos casi tan viejos como él, volverían a llevar calzonas como los niños de antes!  Pero a Braulio le gustan, sobre todo, las conversaciones que se gastan los nuevos. Algunas veces por lo estúpidas que pueden llegar a ser, que si no nos conociéramos todos y supiéramos de dónde viene cada uno, parecería que algunos no se han arrimado a una oveja en su vida ni han raspado una casilla ni han coqueteado con la necesidad o con el hambre. Braulio los reconoce enseguida por la manera de hablar: ya no dicen “vengo d’en ca la abuela” sino de casa de la abuela; recalcan mucho las terminaciones -hemos llegado ayer- y, hace ya muchos años,  algunos las recargaron  tanto, en su afán de mostrarse diferentes, que llegaron  a decir frido o bacalado. Braulio recuerda aún con guasa lo bien que se lo pasaban los lugareños recordando las explicaciones que una veraneanta daba al Sr. Cura sobre los rigores del clima en el pueblo de abajo. En la Aliseda hace más frido por la mareda del rido, dicen que decía, aunque él nunca la oyó, la verdad sea dicha. Y, seguramente, tampoco será cierto.  

Aunque Braulio prefiere a los que hablan con los del pueblo llanamente, como alguien que ha nacido allí y que ha tenido que buscarse la vida en otra parte, tan mala o tan buena como esta, tiene un absoluto respeto por todos, seguro como está de que todos guardan la infancia en la memoria y de que cada calle, cada esquina o cada piedra son viejas sombras del pasado que les hieren o les alegran el alma según las vivencias que tuvieron.


Suelen juntarse unos y otros a la puerta de Juan Currín, esperando que llegue el panadero, aprovechando la sombra de la pared y el asiento corrido de duro cemento algo descascarillado por el hielo. Braulio, que siempre ha sido madrugador, llega despacito, sin llamar la atención, silencioso y humilde y se sitúa en un extremo, bien tapado con el sombrero de paja, la mano apoyada en la garrota y la mirada ausente, como si la cosa no fuera con él. Saluda a quien le saluda e ignora a quien le ignora, que de todo hay en esta viña veraniega que es el pueblo, y mantiene bien abierto el oído, por si entre los que pasan y los que se sientan alguien dice algo interesante.

Braulio, que ya es viejo y ha vivido en muchos sitios, se da cuenta enseguida de que entre los que hablan los hay de distinto jaez: los hay que escuchan y los hay que son escuchados, como si lo que dicen fuera la misma palabra de Dios. Los hay también que son el mismísimo espíritu de la contradicción: todo lo discuten y todo lo critican. A Braulio no le cuesta ningún trabajo reconocer en ellos a padres, abuelos o tíos de las mismas características, como si la genética los hubiera marcado más fuertemente que la vida. Y cuando la conversación gira hacia los trillados caminos de la política o del fútbol, Brulio cierra el oído y tiende la vista hacia los Collados, ahora grises, baldíos y llenos de espinos y calabones, y recorre con  sus ojos cansados el camino Llano  y, de pronto, las tierras se tornan amarillas y rebosan de gente que canta afanosa y el camino se llena de burros cargados de trigo que andan presurosos hacia las eras arreados por los amos, siempre con prisa en este tiempo.


No es que el viejo sea partidario del aforismo que dice que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero no le importaría nada que aquellos tiempos volvieran. Como a otros de los que en este momento recuerdan sus años mozos.

RHM

Julio2013