martes, 20 de febrero de 2018

AHÍ ESTÁ...


 Ahí está, viendo pasar el tiempo. Y no es la puerta de Alcalá. Es la iglesia del pueblo, que lleva ahí desde siempre. A Braulio le gustaría saber todo de la obra magnífica que tiene delante: cómo la edificaron, quién puso las perras, de dónde sacaron la piedra, quién fue el maestro de obras…  Porque el edificio, quizá el más viejo de los que aún quedan en pie en el pueblo, tiene una pinta excelente. Bien es verdad que se ve que le han echado algunos remiendos, pero, aún así, es de una solidez que gusta.

            La iglesia forma parte del pueblo, como los peñascos de El Castrejón o las Campanas de El Frontón. Está ahí, como un elemento más del paisaje. Dicen los que saben que la iglesia tiene más de quinientos años, que se hizo cuando Los Reyes Católicos y que se sabe que fue en aquel tiempo  por unas bolas de piedra que adornan la torre, en la cornisa que pega a las tejas. Dicen también que las iglesias se edificaban en la parte más alta del pueblo, mirando al saliente y que por encima de ellas no se construía ninguna casa. Y que, por dentro, el techo era de piedra, formando una bóveda que hubo que tirar para que no se cayera encima de los que iban a misa. Braulio ha oído contar a su padre que tiraron la bóveda con barrenos y que el cura convidó a vino a los mozos del pueblo para que fueran sacando las piedras, muchas de las cuales sirvieron para hacer la pared de la plaza y las que sobraron fueron aprovechadas en algunas casillas de La Somaílla.
     La pared del poniente ha servido siempre de refugio a una gran cantidad de aviones que anidaban en los huecos y alegraban las tardes de primavera con un piar que se oía en todo el pueblo. Al otro lado está la torre, con su entrada propia y sus campanas; tres: la gorda, que se voltea los días de procesión, sobre todo el día Santiago y la chica, para llamar a misa y con la que se dobla en los entierros. Antes había otra aún más chica, el chinguilín, que se tocaba en Semana Santa cuando no se podían tocar las otras dos. Las campanas servían también para llamar a los vecinos en caso de catástrofe, que en el pueblo siempre era algún fuego al que los hombres y mujeres acudían todo lo deprisa que podían, dejando lo que estuvieran haciendo.
Braulio oyó contar a su abuelo que antes de que hicieran el camposanto de El Jerechal, se enterraba a los muertos en el recinto que rodea la iglesia; y así debió de ser porque desde siempre han llamado cementerio a esta especie de corral que tiene una pared que rodea toda la iglesia. Y decía su abuelo que mucho antes se enterraba dentro de la propia iglesia, aunque él no lo había conocido, pero que a la puerta de la sacristía, en el santo suelo, había una losa con unas letras que él no entendía, pero que había oído decir al cura que indicaban que allí estaba enterrado un tal  Juan González, que a saber quién sería.
      Por dentro, lo más importante es el retablo del altar, que dicen que hizo un tal José, de Villafranca, hace más de doscientos años y que costó algo más de 5.000 reales, moneda que a Braulio le resulta casi más familiar que el Euro de ahora. Y, aunque sólo sea por mantener ocupada la cabeza, Braulio pasa los reales a pesetas, algo menos de 1.300 y luego a Euros, algo más de 7, para que todos lo entiendan.
            Braulio piensa todo esto cómodamente sentado a la sombra de un roble en los huertos de la Torre, mientras se riegan los fréjoles con el agua sobrante del depósito, que para cuatro surcos que siembra el nieto no hace falta traer la presa. Y piensa en la iglesia por dentro, cuando el cura decía la misa en lo alto del altar, de espaldas a los feligreses, que sólo se volvía para decir dominus vobiscum; con los monaguillos a ambos lados, levantándole la casulla de vez en cuando y tocando la campanilla en el momento solemne de la consagración o colocando la patena debajo de la barbilla del comulgante. Muchos chiquillos del pueblo, que ya son hombres, e incluso viejos, fueron monaguillos y algunos presumen hoy día de saberse la misa en latín; porque entonces la misa se decía en latín: el cura decía una cosa y el monaguillo respondía de corrido, como un loro, diciendo lo que sabía, pero sin saber lo que decía. Y los que estaban abajo, igual: respondían algo que habían aprendido de memoria, pero cuyo significado les era totalmente desconocido. Muchos niños del pueblo fueron monaguillos y muchos se cayeron transportando aquel misal enorme que había que cambiar de sitio en el altar haciendo una genuflexión al pasar por delante del sagrario. Y muchos probaron el vino o contaron a los otros que lo habían probado.
Braulio recuerda todo esto mientras el agua va empapando los surcos. Entonces la misa era otra cosa. El cura arriba, los niños a la izquierda, las niñas a la derecha, con los maestros vigilantes. Luego, las mujeres y detrás, los hombres. Los mozos en la tribuna, ahora de madera, pero que en tiempos fue también de piedra. Braulio rememora todo desde arriba: los hombres con las gorras en las manos, las calvas brillantes y las pellizas sobre los hombros. Las mujeres, todas de negro, las cabezas cubiertas por un velo también negro. Sólo la maestra, cuya figura se yergue en los bancos de las niñas, pone una nota de color en la penumbra. Y ve la figura del maestro, en la esquina del banco, hierático, dirigiendo miradas inquisitoriales a los niños que se sientan a su izquierda. Todo en un ambiente de recogimiento. Entonces el cura era D. Tal o el señor cura, luego fue el padre Cual y hoy en día es Jesús, José Antonio o Pepe.
            Ahora es otra cosa. El cura dice misa de cara al público, en un altar que han colocado al mismo nivel de los feligreses, apenas unas maderas encima de unas burrillas de metal; cada uno se coloca donde quiere y todo transcurre en una ambiente mucho más familiar, no exento de devoción. Así hasta que llega el momento de darse la paz. Es pronunciar el cura la palabra paz y todo se desata. La iglesia se convierte en una especie de gallinero sin orden ni concierto. Un niño baja de arriba a toda mecha a dar la paz a la abuela que está en el último banco, otros se cruzan y recruzan haciendo caraquetas para no chocarse, porque aprovechan para dar la paz a amigos y conocidos a los que buscan a toda velocidad. De repente, la iglesia se ha convertido en un ir y venir caótico; y hasta el cura abandona el sitial y se acerca a los bancos a dar la mano a los feligreses. Braulio observa todo esto desde su cómodo retiro en la penumbra de la trasera, al lado de la pila bautismal y una leve sonrisa se dibuja en su cara. ¡Ay, si D. Anastasio levantara la cabeza! Y no sin cierto esfuerzo se levanta de la piedra y entra en el huerto.

lunes, 5 de febrero de 2018

HONESTO U HONRADO





  El día que Braulio oyó decir honesto por honrado era uno más de ese invierno suave tan poco frecuente en el pueblo. Un invierno seco, continuador de un otoño seco y de un verano en el que no había caído una gota de agua. Los arroyos eran apenas una huella y los más viejos del lugar, Braulio entre ellos, habían asistido por primera vez al triste espectáculo de ver secas algunas fuentes que habían manado toda la vida. Así hasta que el tiempo se encabronó y cayó lo que hacía tiempo que no caía: un nevazo que dejó al pueblo incomunicado, a los animales en las casillas y a los viejos en la cocina, al calor de la lumbre y con la radio como única compañía.
            Braulio, que no es un hombre culto por formación, pero que es leído por voluntad, escucha el ronroneo monótono del locutor, ocupado ahora en las triquiñuelas de esos políticos que parecen vivir en una realidad paralela; que se saltan la ley e intentan esquivar a la justicia con regates que tienen mucho que ver con la cobardía. El locutor pontifica sobre la doble moral y termina diciendo que en su opinión, —en su opinión, lo deja bien claro—, que nunca se sabe quién puede estar detrás de los dineros en las empresas de radio. Pues eso, que, en su opinión, son personas deshonestas. A Braulio esta matraca monotemática, curiosamente, no contribuye a serenarle. Por eso lleva ya un buen rato escarbando la lumbre sin prestar atención al ronroneo del aparato que reposa en una estantería de la trasera de la cocina, tapadito con una tela de colorines para protegerlo del humo. Pero cuando oye el calificativo, aguza el oído y escucha otra vez: deshonestos, eso es lo que son estos políticos que tiran la piedra y esconden la mano, enfatiza el locutor.
            Braulio siempre ha creído que la honestidad tiene que ver con asuntos de cintura para abajo, o eso es lo que ha oído mil veces al cura, que lo repite en cada misa y en cada rosario, dirigiéndose sobre todo a las mujeres, como si los hombres estuvieran libres de ese pecado. Y eso que al viejo, los comentarios del cura le suscitan ciertas dudas. Porque el clérigo habla también de la honra de las mujeres, refiriéndose al mismo asunto; pero lo dice de otra manera: las mujeres pierden la honra o se la quitan, pero siempre de manera pasiva, como si no tuvieran nada que ver en ello.
          Braulio está convencido de que estas cosas de la política tienen que ver más con la honradez que con la honestidad. Y una sonrisilla leve se dibuja en su rostro porque se acuerda de aquella vez que llamaron a Vítor al Ayuntamiento porque, creía el alcalde, que había abierto un poco, no mucho, el bocín de la presa de El Tejadizo y que, como a lo bobo, así lo dijeron ellos, había dejado el remano convenientemente guiado al prado del mismo nombre. Y todos sabían en el pueblo que, durante el verano, los frutos tenían preferencia sobre los pastos. Pero cuando, al ser de día, fue el veedor a soltar la poza, se encontró con que estaba a medias. Y no hubo que investigar mucho para deducir que si el remano iba al prado, el amo del prado sería el culpable. Así que esa misma mañana, se presentó en casa el alguacil para comunicar al hombre que al anochecer se personara en El Ayuntamiento.  Por lo del agua, dijo. Tampoco le costó mucho enterarse de qué era lo del agua; le bastó con salir a la calle y hablar con los vecinos. Y tampoco tardó mucho en descubrir lo que había pasado. El día anterior había sido el último en regar en el huerto de La Torre y el último estaba obligado a tapar la poza. Y él había mandado a la muchacha chica y seguramente la habría tapado mal y ahí estaba el resultado.
            Cuando, en la comida, preguntó a la niña, esta dijo que habían ido unos pocos a taparla y que uno de ellos, había guiado el cortadero hacia el prado porque, había dicho, la noche era muy larga y, cuando rebosara, pues la que saliera que empapara bien el pradito para que echara hierba verde para las vaquitas; y que eso era mucho mejor que dejar que el agua fuera regadera adelante. Y que habían tapado bien el bocín y que no sabía por qué se había ido el agua. El padre sí lo supo enseguida: las pocas fuerzas de la niña para tirar del palo. Y eso fue lo que contó en el Ayuntamiento. Y remachó: 
            —No sé cómo habéis llegado a pensar que yo podía haber ido entre la noche a soltar la poza y que iba a ser tan gilipollas de echar el agua al mi prao como si no supiera la huella que deja el agua en este tiempo. Además, que lo sepáis, yo no hago estas cosas. Soy un hombre honrado.
            Y dijo honrado. Porque si hubiera dicho honesto, Braulio, que formaba parte de la Corporación, se hubiera descojonado a reír.

jueves, 11 de enero de 2018

HA VUELTO A NEVAR


He oído decir a muchos niños y jóvenes que sueñan frecuentemente con despertar alguna mañana con un nevazo como los de antes. Un bello sueño que, si se hace realidad, los llevará  a conocer uno de los sucesos más espectaculares de la Naturaleza: lo que antes era campo adormecido por el invierno, robles mustios y peñascos grises, aparece de pronto cubierto de un blanco uniforme pleno de formas caprichosas y extrañas que cuesta reconocer. No se ve a nadie, no hay más acompañamiento que la blancura nítida del paisaje y el azul del cielo; nada se oye, sólo ese silencio que señala que la nieve se adueña del campo. Los pájaros, que volaban tristes debajo de los nubarrones negros que anuncian la nevada, se recortan ahora en el cielo azulísimo con un vuelo grácil y alegre, contagiados de ese cambio asombroso, casi irreal. 
Ya no nieva como antes.
Antes nevaba mucho más, pero sobre todo, sufríamos mucho más las nevadas que caían. Cincuenta años atrás, un nevazo alteraba repentinamente la existencia monótona del invierno. Antes de cerrarse el cielo sobre los picachos de Gredos, alguno de los ancianos que se calentaban al solecillo débil de la tarde, miraba al valle e, invariablemente, decía: se oye el ruido del río en La Aliseda; viene la nieve. Y la nieve venía. Primero era un ventarrón que ululaba amenazante; luego, el cielo se oscurecía y, cuando cesaba el viento y nada se oía, la nieve empezaba a caer mansamente, oscureciendo aún más el cielo y transformando el negro terroso de las calles en un blanco impoluto. Todo envuelto en un silencio mágico, casi religioso. Llegaba la noche y los más previsores metían la pala en casa, seguros de que a la mañana siguiente la necesitarían para salir.Y así era. Había nevado y todo se trastornaba. De repente había que preocuparse de resolver las necesidades más urgentes. Primero la leña; y el agua, que estaba en las fuentes. Todo el pueblo era blanco ahora y sobre el perfil inmaculado de la nieve se veían las figuras negras de las mujeres, arropadas hasta la cabeza, moviéndose por unas veredillas estrechas, con un calabón en la mano, un brazado de astillas o un cántaro al cuadril. Luego, el ganado. Las vacas no podrían salir de la cuadra en varios días, por lo que habría que aprovisionarse de heno y, sobre todo, habría que darles agua.  Y hay que ver el agua que puede beber una vaca; y lo peleones que son estos animales cuando se juntan con otros de su misma especie. Y lo caprichosas que resultan cuando no les gusta el agua del pilón de abajo y hay que llevarlas al de arriba. Y lo trabajoso que puede resultar convencer a las más díscolas de que no pueden retozar libres por el campo nevado, sino que han de volver al duro cornil que las ata al pesebre.
Aunque la comida no era un problema, porque en casi todas las casas había harina de trigo y un horno y la matanza estaba aún reciente, en cualquier momento podían sonar las campanas llamando a espalar la carretera. O la turuta de tío Agapito. Porque entonces, si ya existían las máquinas quitanieves, nosotros no estábamos enterados, así que los hombres del pueblo, que no eran muchos, pero sí más que ahora, abrían la carretera palada a palada y miraban al cielo, convencidos de que, si volvía a nevar, el trabajo que estaban haciendo sería estéril. 
Los niños no éramos ajenos a este cambio de vida: todo el día con las botas de goma, aquellas katiuscas, frías y duras, que sólo mantenían secos los pies si tenías cuidado de que no se metiera la nieve por arriba. Íbamos a la escuela, donde un minúsculo brasero que debía calentar el local, calentaba sobre todo la mesa del maestro. Nos arrimábamos a la lumbre en aquellas cocinas frías y humosas, con una chimenea enorme; una lumbre que, ya era sabido, te abrasaba por delante y no te calentaba por detrás; y andábamos llenos de barro, porque tarde o temprano la nieve acababa derritiéndose y las calles se convertían en un lodazal.  Y trabajábamos, porque los niños éramos mano de obra imprescindible en las casas: ateridos de frío cargábamos con un acechillo de heno; ateridos de frío llevábamos las vacas al pilón y corríamos detrás de las retozonas y ateridos de frío partíamos leña y ayudábamos en las tareas de la casa. Y ateridos de frío jugábamos felices y nos deslizábamos velozmente por unas pendientes que llamábamos esbaruzaeras, sin más tabla ni trineo que las suelas de nuestro calzado. Y hacíamos unas bolas enormes que abandonábamos cuando ya no podíamos con ellas en cualquier lugar, donde permanecían días y días, como testigos mudos del nevazo cuando ya todo era agua. Y, al llegar a casa, nos metíamos tan encima de la lumbre que nos dolían las uñas y nos salían sabañones.
Por eso los niños de entonces, sexagenarios ahora, no soñamos con grandes nevazos; por eso los viejos de ahora, aun conociendo lo necesaria que  es la nieve, sienten una especie de punzada en el estómago cuando oyen ciertas florituras a esos que asisten al espectáculo de la nieve desde detrás de una ventana con doble cristal, cómodamente sentados en un salón con calefacción, donde arde una chimenea que no echa humo. Por eso no se sorprenden de que, cuando un joven de los de ahora pide que nieve, alguno de los de antes le responda con sorna: “Que nieve, pero que no caiga toda junta. Y, si te empeñas, que caiga en las tus costillas”.

lunes, 18 de diciembre de 2017

NADA NUEVO BAJO EL SOL

   
A Braulio le gusta sentarse al solecillo tenue del mes de enero. Al resolano, como dicen en el pueblo, la cabeza tapada con la boina, las manos en el bastón y la espalda apoyada en las piedras de la pared. Así; con los ojos semicerrados, pensando; aunque muchas veces ni siquiera sabe que piensa; o recordando cosas, aunque ya no recuerda o no quiere recordar porque la memoria es selectiva y a veces se emperra en traer a la cabeza cosas que le duelen en el alma y otras no es capaz de recordar ni el nombre de la dehesa donde estuvo a punto de casarse. 

A Braulio casi nunca le interesa la conversación de la sobrina, que suele parlotear con la vecina mientras borda y borda unas letras inacabables sobre una tela blanca aprisionada en un bastidor de madera. Pero hoy es otra cosa. Andan las dos mujeres a vueltas con los cambios que da el mundo, que hay que ver a donde hemos llegado, que fíjate tú —dice muy seria la sobrina parando el bordado y mirando a la otra fijamente, como si en esa mirada larga y profunda se escondiera el conocimiento de todos los adelantos que en el mundo han sido—. Que ha contado el mi muchacho, que ha estado aquí el domingo, o el finde, como dice él, que se fueron a Oporto y que un hombre los llevó al aeropuerto en el su coche —el del hijo— y que se lo trajo y cuando regresaron, allí estaba otra vez el hombre con el coche para recogerlos y que yo pensé que sería un amigo, pero no, que no le conocían de nada y que eso es un servicio que se puede contratar por Internet, ya ves tú que qué cosas. Y como la otra no dice nada, la sobrina sigue perorando, haciéndose cruces sobre lo adelantados que viven en Madrid y que dónde vamos a llegar.
            Pero Braulio hace ya un rato que no la escucha. Desde que oyó lo del coche, su imaginación, ávida de recuerdos, ha volado hacia atrás, cuando no había coches en el pueblo y, para ir a El Barco a por lo más necesario, no tenían más remedio que ir andando por La Lastra o en el coche de línea que pasaba por La Aliseda. Braulio ha hecho muchas veces los seis kilómetros que separan los dos pueblos en el coche de San Fernando,  unas veces a pie y otras andando, pero si había que traer pienso o algo de peso, no tenía más remedio que llevarse el burro, como hacían otros muchos.
Así que bien de mañana aparejaba el animal y echaba camino abajo por El Castrejón, que la carretera no le gustaba y cuanto menos fuera por ella, mejor, que algunos decían que Los Guardias eran algo impertinentes  con lo de la circulación por la derecha. Y cuando llegaba al pueblo de abajo, dejaba el animal en casa de algún amigo o conocido y ellos lo acogían amorosamente, lo metían en la cuadra y le decían que allí le estaría esperando el burrito para cuando regresara en el coche de línea, sobre las tres y media. Mismamente como lo que cuenta la sobrina del hijo en el aeropuerto, sólo que este caso el conductor era él. Claro que alguna vez, Braulio, que solía poner esos días el aparejo más nuevo al animal para que los otros no le criticaran, se sorprendía al ver ciertas manchas de estiércol o restos de heno o de tierra en la manta nueva que arropaba la albarda. Y, aunque Braulio nada decía al hospedero, le miraba con sorna y hacía algún comentario intencionado, dirigiéndose al burro,  sobre lo descansado que debía de estar, que se había tirado seis horitas en la cuadra sin dar golpe. Pero como el otro no se daba por aludido, no iba más allá porque los burros no tienen cuentakilómetros. Y Braulio sonríe tan ruidosamente que las dos mujeres  se callan de repente y se le quedan mirando como si le hubiera dado algo.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

VIEJAS


    
  El niño iba con las viejas a El Castrejón porque se lo mandaban. Ni le gustaba madrugar ni le gustaban aquellas ovejas que habían dado ya todo lo que podían dar. Eran animales de desecho, alguna machorra, que se cambiaban cada año por borregas de cría para mantener el hatajo productivo. El futuro de aquellos animales no iba más allá de los veinte días que faltaban para Santiago, el tiempo justo para coger algún kilo con la hierba fresca de la sierra. Eran ovejas que, inexorablemente, terminarían desolladas y colgadas de un gancho para alegrar el puchero, siempre pobre, de los coritos o para contribuir a la celebración de algún evento familiar. El niño tampoco entendía la razón por la que había que guardarlas todos los días, de mañana y de tarde, con frío y con calor; más bien, lo consideraba un castigo.
 El padre las subía de Extremadura a primeros de julio porque, según decía y nadie podía desmentirle, aquí se pagaban más y, si ponían algún kilo, mucho mejor, ya que las viejas se vendían al peso, no como los becerros, que se vendían a ojo y un kilo más o menos no importaba tanto. Lo que el padre no decía era que los compradores, cualquiera de los dos hombres del pueblo que mataban, le ponían como condición no hacerse cargo de los animales hasta la fiesta, porque el tu muchacho puede ir con ellas que ya no hay escuela y así le tienes atareado, que ya se sabe que el trabajo del niño es poco, pero el que no se aprovecha es un tonto. Y el muchacho, un niño más bien, era él. Él era el que se daba el madrugón, cuando en el pueblo, aunque fuera julio, hace un frío que pela. Él era el que, muerto de sueño, sacaba del corral los cinco o seis animales díscolos y torpes y los arreaba, ramoneando en los lindones y sacándolos de algún prado, hasta El Castrejón. Él era el que, aburrido como una lombriz, esperaba al abrigo de la pared la llegada del sol y de los otros pastores infantiles para idear un juego, una conversación o alguna travesura que matara aquel tedio que le consumía.

                La travesura podía ser cualquier cosa, unas veces inofensiva y otras no. Escalar alguno de los peñascos que adornan la sierra no resulta fácil y mucho más difícil puede resultar bajar sin romperse la cabeza. Subirse a lo más alto de cualquiera de los álamos que bordean los prados no es especialmente dificultoso, pero deslizarse como en un tobogán por las ramas más bajas para caer sobre la mullida hierba del prado, aún sin segar, es un juego que puede dar que sentir. Y más peligroso aún es que llegue el ama del prado y no entienda la travesura porque no le guste que se aplaste la hierba, lista para la guadaña, y coja un bardusco y agarre al que se deje, siempre el más torpe o el más pequeño, y lo azote hasta que el chiquillo logre escapar, mientras los otros contemplan la escena lo suficientemente lejos para huir del zurriago y lo bastante cerca para no perder detalle de lo que está pasando. Y no es lo malo que recibas algún zurriagazo, no. Lo peor es aguantar las risas de los otros y afrontar los días siguientes sin contarlo en casa, sin que la madre entienda por qué de pronto te escondes o das un rodeo o desapareces por una callejuela sin dar explicaciones o por qué buscas excusas para no ir a cierta casa si te mandan a un recado.
      Y aún es peor si el prado es de algún pariente. Porque la última travesura fue en uno de los álamos de un familiar y, aunque el niño logró escapar, sabe que la mujer le vio y le identificó perfectamente y que la cosa puede llegar a oídos de los padres. Así que, cuando la madre del niño le dice que tiene que ir con las cabras de la del zurriago porque se le casa una hija y no pueden atender el ganado y que, antes de sacarlas, vaya a su casa para recoger la merienda, el niño siente que ha llegado el momento fatídico. Si dice que no quiere ir, malo y si va, peor. Además, los padres, que también están invitados a la boda, se sienten muy orgullosos de que el niño sirva ya para esos menesteres. Por eso sube la cuesta temblando con el morral al hombro y la garrota en la mano, pensando en el recibimiento que le hará la mujer del bardusco, porque teme que le pida explicaciones y que le riña; o que le amenace con contárselo a la madre. El niño tiene un ligero temblor cuando empuja la enorme puerta del corralón y un temblor aún mayor cuando cruza la puerta de casa, abierta de par en par, como es costumbre en el pueblo. 
              Y no entiende nada cuando la mujer, la misma que arreaba zurriagazos al pobre pastorcillo hace tres días, le recibe sonriente con una cazuela de porcelana roja en una mano y una cuchara en la otra. Toma, hijo, le dice, que ya me ha dicho tu madre que eres algo goloso y que te encanta el arroz con leche.
 Y, mientras come, el niño entiende mucho menos aún que la mujer no mencione el incidente del álamo.

RHM
               

domingo, 15 de octubre de 2017

PREGONEROS

     
Era una aldea pequeña y apacible tendida en la ladera de una sierra larga y fría. En aquel pueblo las mujeres y los hombres hacían de todo. Ellas tejían jerséis y calcetines, cosían faldas y delantales y eran capaces de transformar sábanas viejas en hermosos costales para almacenar el trigo o la harina. Los hombres, todos pastores, cultivaban también otros oficios: lo mismo hacían un cesto primoroso alternando mimbre blanca y negra que reparaban un dental. En los tediosos días del invierno gélido cosían zapatos y zajones, levantaban portillos o se fabricaban un bello morral con la piel de algún borrego que cortaban y cosían primorosamente con las leznas que guardaban pinchadas en un trozo de corcho. Por eso en aquel pueblo apenas tenían profesionales específicos si exceptuamos a los albañiles, los hojalateros que venían de fuera o al herrero, que siempre fue el tío Félix, de La Lastra. Tampoco tenían panadero, ni falta que hacía, porque en cada casa había un horno donde las mujeres cocían un pan exquisito amasado con el trigo que habían sembrado, escardado, segado, trillado y molino. Los hombres se cortaban el pelo unos a otros, por lo que tampoco necesitaban barbero. El tío Agapito era el alguacil del pueblo.
            En la comunidad de villa y tierra de Piedrahíta, el alguacil tuvo su origen en el andador medieval, personaje que en la alta Edad Media tenía como misión fundamental mantener el orden público en las villas y aldeas durante las grandes aglomeraciones de personas, que solían coincidir con los días de feria o de mercado. Sus honorarios dependían de un ajuste con el Ayuntamiento y se completaban con el cobro, en dinero o en especie, a tenderos y vendedores que acudían al pueblo y cuya mercancía pregonaba el alguacil por las calles de la aldea. Aunque en algunos lugares, el alguacil y el pregonero eran personas distintas, en el pueblo, ambos cargos recaían en la misma. Así pues, era el tío Agapito pregonero y alguacil, todo en uno. Aguacil, como le llamaban los vecinos cuando los avisaba de los concejos o de la suelta de los rastrojos. Pregonero cuando su voz ronca anunciaba la mercancía que traía cualquier frutero, tendero o cacharrero que llegara a la plaza.
Era el alguacil un hombre alto, enjuto, descarnado y ceñudo que vivía en una casita baja pegada a la carretera, que en tiempos remotos había albergado la única pensión del pueblo y que ahora, y aunque él nunca lo hubiera sospechado, había devenido en bar. Era también un hombre poco amigo de conversaciones estériles con los vecinos, ni siquiera de esas que rayan con la más elemental cortesía. ¿Está horra la vaca, Agapito?, le preguntó una vez una vecina por aquello de decir algo. Y a ti qué te importa —respondió el hombre—. Todavía no te he preguntado yo si están preñás las tuyas. Casi siempre que echaba un pregón, su cara mostraba un cierto aire de cabreo perenne, como si quisiera protegerse de algo, quizá de aquella canción que  los niños, inocentemente crueles, entonaban en cuanto oían la corneta  y la ocasión lo propiciaba: Tio Agapito toca el pito y tía Flora la tambora…  O quizá, con aquella expresión hosca, quisiera meter miedo a esos niños y a otros mayores; porque el tío Agapito era de los pocos en el pueblo que tenía árboles que daban peros, ciruelas y melocotones que los niños y jovenzuelos le robaban cuando aún estaban duros como piedras, como las piedras que el hombre les tiraba con saña y riesgo de descalabro cuando se acercaban al huerto y el aguacil se había escondido en la oscuridad antes de que llegaran, harto ya de que le robaran la fruta.
Quizá por eso los niños, en injusta reciprocidad, en cuanto la corneta rompía el silencio de las plácidas mañanas del pueblo, se apostaban en cualquier esquina y le cantaban: Tío Agapito toca el pito y tía Flora la tambora… y corrían a esconderse por si acaso, aunque en aquellas ocasiones el tío Agapito sólo se defendiera con amenazas e improperios.
Era el tío Agapito un maestro echando pregones, siempre anunciados y rematados con un toque de turuta. De orden del Sr. Alcalde se hace saber: que al anochecer vayan todos los hombres a la Casa de Concejo para tratar del arreglo de La Carrera de los Gallos. También ejercía de pregonero de la Hermandad de Agricultores y Ganaderos sin que la redacción del pregón variara mucho. De orden del Sr. Presidente de la Hermandad se hace saber: que el día 17 de este mes quedarán sueltos los rastrojos y que hasta esa fecha nadie sea osao de meter ovejas ni cabras ni burros en ninguna tierra bajo multa de mil pesetas. Otras veces, el pregonero hacía  de policía municipal y se presentaba en cualquier casa, empujaba la puerta y, sin entrar, siempre sin entrar, preguntaba: “¿Está el amo? No, anda en el huerto, decía la mujer. ¿Qué le quieres? Que a la noche vaya al Ayuntamiento, que le llama el Alcalde. ¿Y qué le quiere? Eso ya se lo dirán allí,  respondía invariablemente el tío Agapito. Y lo mismo contestaba si alguna vecina salía a la puerta un segundo después de que la voz del pregonero hubiera terminado de vocear su pregón y la turuta hubiera cesado en su soniquete e, inocentemente, le preguntaba: ¿Qué pregonas, Agapito? Y el alguacil respondía: Ya se pasó. Tendrás que esperarte a la siguiente. Y se iba sin despedirse. Quizá por eso le cantaban.


NOTA: Sirva este relato de homenaje a este y todos los pregoneros de nuestros pueblos, que, en aras de eso que llaman progreso, fueron sustituidos por un frío e insensible papel pinchado en un corcho dentro de un cajetín de aluminio y metacrilato.

domingo, 1 de octubre de 2017

HACERSE VIEJO



A Braulio esto de la vejez le ha pillado por sorpresa. Ha trabajado toda la vida viendo sucederse los días y los meses sin darse cuenta, siempre pendiente de los ciclos de la naturaleza. Después del verano, recogido el heno y el pan, echaba la leña y se preparaba para la sementera del otoño. En invierno podaba los bardos y hacía las regaderas en los prados. Algún día soleado iba al molino y, si nevaba, aprovechaba para los arreglos en casa. Luego, estercolaba y disponía lo necesario para la siembra de los huertos. Y cuando las vacas se iban a la dehesa, por el veinte de mayo, acababa con la siembra de las patatas y preparaba la guadaña, que los prados de secano no esperaban más allá de San Juan. Así había sido siempre, salvo cuando se iba a Extremadura en los meses de invierno. Y de pronto, hizo los sesenta y cinco y los hijos, que no el cuerpo, empezaron a marearle con lo del cobrado, que le volvían loco un día sí y otro también. Que las vendas, padre, que ya no te hace falta, que ahora ya te lo dan y, además, nosotros no pensamos jodernos las vacaciones segando y haciendo armeales; que nosotros también necesitamos descansar, que en Madrid no lo regalan y que nos levantamos todos los días de madrugada y el mesecillo de vacaciones lo necesitamos para otras cosas. Así que Braulio, harto de oírles, vendió las vacas y el burrillo y se quedó sólo un par de cabras y con las gallinas, que de esas los hijos no dijeron nada, quizá porque no comían heno y porque les gustaba la tortilla casera y no esa medio descolorida que les dan en Madrid.
            Entonces Braulio se sintió viejo sin haberlo notado antes. Y quizá no se hubiera dado cuanta tan pronto si la mujer no le hubiera apuntado a uno de esos viajes que llaman del Inserso. Fue cuando la boda del nieto, en los últimos días de setiembre. Aprovechando el desplazamiento a Madrid, la hija los llevó a una agencia y contrataron un viaje para muchos meses después, allá por la primavera. Braulio no dijo que no porque conocía las ganas que tenía la mujer de montar en avión; y él también, aunque se lo callara. Y además, de aquí a marzo podrían ocurrir muchas cosas, incluso que él se muriera. Y no era cuestión de quitarles la ilusión a la mujer y a los hijos que con esto del viaje mostraban mucho más entusiasmo que con los trabajos del pueblo. Y, además, según decían ellos, el viaje no era caro porque lo subvencionaba no sé quién.
            Pero marzo llegó y a las cinco de la mañana,  Braulio y la mujer ya estaban con el grupo de viejos en el aeropuerto, aunque el avión no salía hasta las siete y media. Pero como  a ninguno de los dos les ha importado madrugar y tenían mucho que ver, no les molestó la espera. Así fue como Braulio hizo su primer viaje en grupo y, procurando agruparse lo menos posible, pasó los ocho días y siete noches y regresó al pueblo no mucho más moreno de lo que se había ido porque el viejo tiene la piel bastante cetrina pues el aire de la sierra la curte tanto como el del mar.
            Cuando, de regreso en el pueblo, salió por la mañana con las dos cabrillas a la plaza, su amigo Ambrosio, nada más verle, le preguntó por el viaje.
—Coño, Braulio, has vuelto y no digo yo que hayas echao muchos kilos, pero sí alguno. Eso quiere decir que te han dao bien de comer y de beber. Y todo por cuatro reales, que dicen algunos que estos viajes salen más baratos que quedarse en casa.
Braulio podría haberle contado muchas cosas, pero hombre irónico y socarrón como es, optó por darle al viaje un cierto aire humorístico que, la verdad sea dicha, hasta aquel momento no se le había ocurrido.
—Hombre, pues el viaje bien, la verdad. Aunque algunos se quejen sin razón; o con ella, que para gustos están los colores.
— ¿Y de qué se quejan? Si puede saberse…

—Pues de muchas cosas.  Que si para viajar te tienes que levantar a las cuatro de la mañana porque hay que estar en el aeropuerto dos horas antes de embarcar; pues te levantas, que seguro que no nos levantamos a esa hora desde que dormíamos con la pastoría y teníamos que mudar la red entre la noche para estercolar la tierra. Que si cuando llegas al hotel el primer día, a eso de las nueve y poco, una muchacha muy maja te dice que las habitaciones no estarán disponibles hasta la una y media; pues nada hombre. Te das un paseíto y admiras el mar, que seguro que hace tiempo que no lo haces. Que si al día siguiente te reúnen para venderte unas excursiones que doblan el precio del viaje; pues no las cojas. Y que si en medio de la reunión, uno de los viajeros se puso a hablar a gritos por el teléfono móvil; pues te aguantas que, como dijo otro, no todos pudimos ir a un colegio de pago. Y yo creo que no lo decía por mí, que ya sabes que dejé la escuela a los doce años. Que si te sacan de excursión en un autobús de dos pisos y te tienen todo el día subiendo y bajando; pues bien que hacen, que, como dijo uno, algunos en Madrid no se mueven lo que son de largos. Cogen el autobús a la puerta de casa y se bajan delantito del hogar, que con eso del abono a doce euros no dan un paso. Y no digamos si en el hotel meten a muchos más de los que caben y tienes que hacer cola para comer y cenar y sentarte cada día con uno. Que nos hemos acostumbrado a lo bueno y no nos damos cuenta de que nos lo dan limpio y guisado y, aunque lo tengas que coger tú y aguantar los empujones de los más impacientes, es mucho mejor eso que tener que comprarlo y que lo prepare la mujer. Y lo de sentarse con otros, pues tampoco viene mal, que si es cierto que nos volvemos como niños, pues tendremos que hacer lo que hacen los niños que no es otra cosa que buscar amigos en cuanto los dejas solos. Y si los amigos son de lejos, pues mejor, más aprendemos.    En estas andan cuando llega Felipe, el más chico de los quintos de Braulio, que va de cabrero. Viene con el morral y la garrota seguido de un perrillo blanco que caracolea delante con ganas de jugar. Nada más verle, le dice:
—Coño, Braulio, qué buena pinta traes y qué ganas tengo de que llegue diciembre para cumplir los años.
—Bueno, bueno, tú no tengas mucha prisa.