domingo, 14 de octubre de 2018

ILUSIÓN





Habían llegado por la mañana en una furgoneta vieja y destartalada que a los niños nos pareció un vehículo de lujo. Preguntaron por la casa del Alcalde y allí se fueron para pedirle la llave del Ayuntamiento. El niño, que era algo sabelotodo, se enteró porque vio salir a los forasteros del corral de la autoridad y, como un detective de los que había conocido en los cuentos, los siguió hasta la furgoneta que habían dejado en la plaza y escuchó con atención: querían echar una película por la noche y, como en el pueblo no había un local adecuado, les parecía que el salón donde se celebraban los concejos, podría servir. Sobre todo porque en la plaza hacía mucho frío y el cura ya les había dicho que la iglesia no estaba para cosas de titiriteros. Y se los veía contentos porque el Alcalde les había concedido el permiso sin muchas trabas: que lo dejaran limpio y poco más.
     Desde el mismo momento en que supo el niño que por la noche habría cine en el Ayuntamiento, se puso a las órdenes de la madre sin excusa ni pretexto. Madre, ¿quiere usté que vaya yo a por las vacas? Y al rato: madre, ¿quiere usté que raspe la casilla? ¿Quiere usté que saque yo al abuelo al sol? Quiere usté , quiere usté , quiere… Muy querencioso estás tú hoy. ¿No será que esos forasteros que andan por la plaza traen algo que quieres ver? El niño, que era algo ingenuo, no pensó que la madre estuviera enterada de lo del cine, pero se equivocaba, porque la madre se levantó, entró en la sala y cuando salió le puso en la palma de la mano una peseta y le dio un beso de refilón. Pero al niño no le importó, porque muchas veces se lo comía a besos y no le daba un duro, ni una peseta, quizá porque no la tenía. Y luego, la madre, como el que no quiere darse importancia, le dijo que se llevara la banqueta y que tuviera cuidadito de traerla otra vez, que, aunque en los cines de verdad había butacas —dijo butacas— en el del pueblo cada uno se tenía que llevar la suya.
      Así que, en cuanto cayó el sol, el niño se fue a la puerta del Ayuntamiento, que no estaba lejos de casa, con su banqueta en la mano porque quería estar de los primeros para coger un buen sitio. Esperó con impaciencia a que los hombres de dentro abrieran la puerta, entregó la moneda al primero que se lo pidió y fue a colocarse lo más cerca posible de un artilugio que los forasteros habían colocado encima de un estaribel formado por una mesa y una silla. Se trataba de un extraño aparato de color negro que tenía una gran ojo de cristal y del que salían dos brazos de los que pendían sendas ruedas.
 Luego apagaron la luz y todo se volvió oscuro y el que manejaba el aparato le dijo al niño con cierta sorna que se diera la vuelta y que mirara a una sábana blanca que colgaba de la pared del fondo, porque era allí donde había que mirar. Y así era, porque, de pronto, el local se llenó de música y en la sábana empezaron a aparecer letreros e imágenes de caballos y de soldados con unos extraños trajes y una señora muy guapa rodeada de otras mujeres también muy guapas y luego y un rey y luego… Luego el niño se centró en seguir los diálogos porque el hombre mágico que manejaba la máquina estaba contando una historia y al niño las historias le fascinaban y si, además, las podía ver, le fascinaban mucho más. A partir de ese momento, el tiempo dejó de correr para el niño que miraba a la sábana fascinado, con los ojos totalmente abiertos y tan pendiente de lo que decían los actores que todos los que estaban a su alrededor habían desaparecido como por arte de magia. Cuando brotó la palabra fin en la sábana, el niño aún seguía tan absorto que le costó asimilar que la historia había terminado.
      Luego el niño creció y cuando supo de la existencia de Melquiades y su tribu de gitanos, entendió aún más la magia del cine. Pero para entonces era ya un aficionado empedernido que había encontrado en eso que llaman el séptimo arte un aliado especial para sus tardes de ocio. Y era tanto lo que le había dado el cine, tantas horas de grato entretenimiento, tantos conocimientos sobre la humanidad, que nunca agradecería bastante a aquellos viejos cómicos que, en un coche, viejo como ellos, llevaron por primera vez la magia del cine a su pueblo perdido en la sierra.




martes, 21 de agosto de 2018

CAUSAS EXTERNAS


La era del tío Manolete era como un pequeño ecosistema. Todos los elementos –personas, animales y mies- eran necesarios y todos cumplían su misión. El tío Manolete se ocupaba del orden; por la mañana pronto uncía las yuntas, las metía en la parva y, cuando todo estaba en su sitio, se sentaba a la sombra del roble, liaba un grueso cigarro de picadura y se ponía a fumar en un estado de paz total, como si en el mundo no hubieran más cosas que su cigarro y él. El quehacer del niño, cedido  gratis et amore por la madre los días que duraba la trilla, era bien sencillo: desde el momento en que su yunta de vacas —la más experimentada y la más mansa— entraba en la era, el niño se subía al trillo con la certeza absoluta de que no bajaría hasta la hora de comer. Después de la comida volvería al mismo sitio hasta el final de la jornada. Así un día y otro hasta que se trituraba la mies, con lo que su inexistente contrato de trabajo quedaba cumplido y resuelto.

            Seguramente era esta claridad en las funciones de cada uno lo que convertía la era en un remanso de paz y en espejo para otras eras, donde las voces, los gritos, las risas, el bullicio y algún que otro llanto eran constantes. Quizá porque no había una cabeza que organizara las funciones de cada uno como el tío Manolete, capaz de convertir la era en un lugar de perfección solo alterado muy de cuando en cuando por la abuela Casia, aunque, eso sí, siempre por una causa externa.

            La abuela Casia era un viejecita pequeña, menuda y arrugada, de nariz aguileña y ojos vivos, siempre vestida de negro de los pies a la cabeza. Solía venir a la era por la tarde, cuando ya el calor había bajado y la temperatura era más dulce. En cuanto llegaba, requería una yunta y se acurrucaba en el trillo, hecha un ovillo. Al niño le parecía un ser indefenso, tan vulnerable como esos pajarillos que caen del nido antes del primer vuelo y andan sin rumbo expuestos a cualquier peligro. Si el niño hubiera podido, la habría mandado a la sombra del roble para que estuviera fresquita y no se ensuciara con el tamo de la paja. Pero el niño no mandaba. La viejecilla debía de notar estas muestras de cariño porque buscaba debajo del mandil y sacaba tres o cuatro aceitunas negras que ofrecía al niño y que este rechazaba porque no sabía qué vecinos habrían tenido las aceitunas en la faltriquera de la abuela.

            Algunas veces, en el pueblo, el niño oía comentarios de la anciana que no le gustaban, incluso que le ofendían, pero él no los tenía en cuenta.

            Porque, ¿qué importancia podía tener que la mujer conviviera con las gallinas dentro de la casa y que colocara en la lumbre una chapa a modo de parapeto para que los pollitos no se quemaran? Si al niño le hubieran dejado, habría hecho lo mismo y, además de las gallinas y los polluelos, habría metido en la casa gatos y perros y el chivo negro al que tanto quería.

            El día que se derrumbó la obra y sepultó a los dos albañiles y todos los hombres del pueblo estuvieron horas cavando hasta que los encontraron, muertos y bien muertos, la tía Casia, aunque no era de la familia, se lanzó al suelo y se revolcaba y pataleaba como si la sepultada hubiera sido ella. El niño lo entendió porque la desgracia se había cebado con el pueblo y él hubiera hecho lo mismo si se le hubiera ocurrido.

            ¿Y cuando abandonó la yunta y tuvo que intervenir el tío Manolete? Estaba tan tranquila acurrucada en el trillo disfrutando del tedio de la tarde cuando pasó la madre del niño y le dijo:

-¡Qué bien hoy, tía Casia! Trillando como una buena moza.

-¿Ah, sí? Pues ahora mismo lo dejo.

            Y se bajó del trillo y la yunta se salió de la era y se preparó un follón de padre y muy señor mío, más propio de otras eras, porque aquella era un remanso de paz. Y tío Manolete voceaba como un loco y tuvo que arrimar la vara a las vacas que no querían volver a la era.

¿Y qué culpa tuvo ella? Era evidente que había habido una causa externa. Y, además, si el niño hubiera podido, habría hecho lo mismo.


lunes, 25 de junio de 2018

CUANDO NOS GUSTABA APRENDER



Es curioso. Estoy aquí, sentado frente al río Elba, en la ciudad de Dresde, a varios miles de km. de Madrid, contemplando los bellos edificios que se recortan sobre el río y, sin embargo, mi pensamiento se obstina en centrarse en la escuela del pueblo, muchos años atrás. El día es espléndido y la luz anima a la reflexión. Anoche llegamos a la ciudad, pero ha sido esta mañana cuando he visto el río por primera vez. El Elba. La primera impresión ha sido la que refiere José Jiménez Lozano cuando llegó a la ciudad de Ávila por primera vez: “Jo, lo que decía mi maestro era cierto”. Mi maestro era entonces D. Marcelino, un joven canario al que la vida llevó al pueblo y que tanto bien hizo a los muchachos. Nosotros éramos por entonces unos jóvenes asilvestrados, que empezábamos a asomarnos a la vida, inconscientes aún del cuento de hadas que estábamos viviendo. Nuestros centros de interés se acercaban más la lo cotidiano que al aprendizaje. Y lo cotidiano era pura supervivencia. Conocíamos nuestro pasado y preveíamos nuestro futuro sólo con fijarnos en el presente de nuestros padres. No pensábamos entonces que fueran a producirse grandes cambios en nuestra existencia, por lo que la escuela era para nosotros un lugar en el que pasar algunas horas del día, lejos de madres posesivas y de padres y abuelos mandones. Pero no era un lugar para aprender más que a leer y escribir y las cuatro reglas. Con eso había bastado a nuestros padres y eso sería suficiente para nosotros.

Muchas veces he pensado en aquel maestro. Un muchacho joven, procedente de una tierra con un clima benigno, con mar, al que obligan a trasladarse a un pueblo perdido en la montaña, sin agua ni luz, nevado la mayor parte del invierno, alejado de sus familiares y amigos, forzado a vivir de patrona en una casa de pueblo con las mínimas comodidades. Pero nunca le oímos quejarse. Más bien al contrario, algunos le oyeron decir que el pueblo era precioso y la nieve le recordaba El Teide, aunque yo no supera entonces a qué se refería. Aquel canario supo tocar en nosotros esa tecla que activa el deseo de saber, que despierta el genio y que  aviva la imaginación por el puro placer de aprender. Le recuerdo a la puerta de la escuela, en el recreo, toda la era nevada, los mayores acometiendo a bolazos de nieve a los más pequeños y veo al maestro agacharse, hacer una bola y lanzarla sobre uno de los grandes. Y le veo recibir con una sonrisa la lluvia de bolas que, en respuesta a la suya, le lanzan los niños, incluso los más pequeños. Le veo sacudirse la nieve con gesto divertido y oigo el silbato que pone fin a la media hora de asueto.

Me veo en la escuela, contento y emocionado, alrededor de un mapa de Europa donde el maestro va señalando los ríos: Pechora, Mezén, Dvina, Vístula, Oder, Elba… Y veo a los que antes tiraban bolos, de pie, formando un corro, cantando de memoria nombres que no había oído nunca. Y los veo sonreír, absolutamente concentrados en la regla que el maestro maneja con precisión. Luego, el dictado y la Ortografía y las cuentas… Y la lectura de cuentos… Muchos cuentos y muchas leyendas. Y recuerdo a la madre repeinándome en la puerta de casa antes de ir a la escuela, ella canturreando y yo deseoso de que terminara porque no quiero llegar tarde.

Hoy aquí, reclinado en la valla que separa el río de la calzada, debiera fijarme más en el magnífico paisaje que forman el río, los barcos y la ribera verde, en el recorte geométrico de los edificios oficiales que se dibujan en el horizonte; en el puente románico atestado de máquinas que lo restauran. Sin embargo, pienso en el maestro. No sé qué habrá sido de él, pero donde esté puede estar tranquilo. El Elba existe y él tenía razón.

martes, 24 de abril de 2018

TIEMPOS NUEVOS



Hay oficios en el pueblo que propician la reflexión casi filosófica. Ahora son las tertulias al resolano y antes fueron los días de caminos o de regaderas comunales; las tardes tediosas del invierno al pie de una lumbre, esperando que llegara la hora de traerse las vacas; o las largas jornadas con las ovejas o las cabras de todos. En esos días, cuando se trabajaba poco y se hablaba mucho, casi siempre había alguien que decía: “Anda que si yo volviera a nacer, con lo que sé ahora”. A Braulio, más que volver a nacer, lo que le gustaría de verdad sería quitarse unos pocos años. Y es que Braulio se encuentra razonablemente satisfecho con el  tiempo que le ha tocado en esta vida. Es muy consciente de que entre la existencia que vivieron su padre y su abuelo apenas hubo grandes cambios. Ambos fueron pastores y ambos hicieron el mismo recorrido: apenas destetados, como dicen algunos, ya se fueron de zagales y luego, de pastores. Ambos atrocharon por los puertos de León y sufrieron la soledad infinita de los largos días estivales; ambos tuvieron que abandonar a la familia durante los largos inviernos y sólo cuando las fuerzas andaban más que justas, vendieron las ovejas y se instalaron definitivamente en el pueblo, resignados a vivir de lo que dieran tres o cuatro vacas y dos o tres cabras. Y como ellos, todos. Sin embargo, él es consciente de haber vivido otra vida. O de haber asistido a la que han vivido otros, aunque haya sido como espectador en muchas ocasiones.

Braulio es consciente de que ha vivido a caballo entre dos épocas bien distintas. Una en la que tenían que hacerlo todo y esta en la que mucho se lo dan hecho. Una en la que el médico estaba en Zapardiel, el agua en la garganta y el comercio en Piedrahíata. Y esta, con el médico en el pueblo, el agua en las casas y la comida en la plaza.  Y no hablemos de la información. Antes, la única comunicación con el mundo eran las cartas, que tardaban lo suyo y ahora, en cualquier corral suena la radio a cualquier hora; y, en muchas casas se entretienen con la televisión.
Pero lo que más llama la atención de Braulio son los cambios que se han producido en el comportamiento de las personas, sobre todo en las relaciones entre los padres y los hijos. Cuando él era mozo, a nadie se le ocurría fumar delante del padre hasta que no había hecho la mili y ahora cualquier muchachete da o pide un cigarro al padre como si fueran colegas, como dicen ellos. Y Braulio, que está sentado al solecillo que tan poco se ha prodigado en este mes de abril, no puede reprimir una sonrisa al recordar la anécdota que tantas veces ha oído y que tanteas veces ha contado él mismo.

Contaba su abuelo que un mocete apenas salido de la adolescencia se había aficionado al tabaco y andaba siempre buscando las vueltas al padre, fumando a escondidas y ocultando el paquete de picadura y el librito en un agujero de la pared del corral de la casilla. Y de allí salía una noche oscura como boca de lobo con un cigarro en los labios que había liado a tientas guiado por la costumbre, porque en el pueblo entonces, la única luz que alumbraba las noches era la de la luna. Cuando se echó la mano al bolsillo del chaleco, reparó en que no llevaba el chisquero, así que arrancó calle arriba y, al doblar una esquina, se dio de bruces con un hombre que venía en dirección contraria. El joven no lo reconoció, pero, ni corto ni perezoso, le pidió lumbre. Y el otro, que era su padre y que sí había reconocido al mozo, le dijo:

—Chupa, que va encendío—. Y le soltó un guantazo que acabó con el cigarro y con las ganas de fumar del joven, al menos momentáneamente.

Y Braulio, que no es ni ha sido nunca partidario de esos métodos, remataba la historieta diciendo que el padre y el hijo cenaron luego juntos y que la cosa no pasó a mayores porque entonces las cosas se hacían así. Pero Braulio, reflexivo como es, no puede menos que pensar, qué hubiera pasado si el suceso hubiera ocurrido hoy. Y qué tratamiento habrían dado al caso esas televisiones donde se ganan la vida —y muy bien, por cierto— unos tertulianos especialistas en todo y maestros de nada.




sábado, 24 de marzo de 2018

DE DÓNDE VENIMOS...


No hay datos documentados sobre el origen del pueblo de Horcajo de la Ribera, pero si se sabe que es uno de los más antiguos de esta zona. Se cree que las aldeas de esta comarca se formaron entre los siglos X y XII y que fueron originadas por cabañas o majadas de pastores de uso temporal que pasaron a lugar permanente habitado como consecuencia de la actividad ganadera, especialmente las situadas por encima de los 1.300 metros de altitud, como La Zarza, el Tremedal y el propio Horcajo.
Como la mayoría de los pueblos serranos de la zona, Horcajo de la Ribera debió de ser un conjunto de majadas de pastores que en verano aprovechaban los nutritivos pastos de una sierra que debían abandonar en invierno por la dureza del clima, sobre todo por las abundantes nevadas que imposibilitaban el alimento de los animales. Quizá fueran los Celtas, concretamente los vetones, los primeros pastores que utilizaron los pastos del pueblo aunque sólo fuera en primavera y verano, eludiendo el crudo invierno. Estos primeros pobladores se habrían establecido en puntos elevados y de difícil acceso, llamados castros. En el pueblo aún nos queda el nombre de El Castrejón cuyo topónimo podría avalar esta teoría. Estos castros desaparecieron con la dominación romana
      En el año 711 los árabes llegan a Andalucía y en muy poco tiempo alcanzan los montes de León y la cordillera Cantábrica, lo que supone el abandono de la zona centro de la península Ibérica. Porque, aunque bastantes pobladores compartieron vida con los invasores, otros muchos huyeron hacia el norte a medida que los ocupantes se iban asentando en las tierras del sur.
     Así pues, durante cerca de doscientos años la sierra de Gredos va a ser la frontera natural entre el mundo árabe y el cristiano, dificultando la repoblación de estas tierras por la inestabilidad que suponía la propia frontera. Es en el año 712 cuando los árabes conquistan la ciudad de Ávila y los cristianos no van a tener un asentamiento seguro al sur de la sierra hasta el año 1085 cuando Alfonso VI conquiste Toledo. En estos años, la franja comprendida entre el río Duero y el sistema Central va a ser una especie de tierra de nadie sin una población estable, con asentamientos temporales en función del clima y del aprovechamiento de los pastos.
      Algunos topónimos y vocablos de ciertos pueblos de la zona como aldehuela, de aldaya, granja en árabe; atalaya, almohalla (cuartel), merina, (raza de ovino introducida por los benimerines), nos inducen a pensar que pudieron ser los bereberes, pueblo nómada y ganadero, los que continuaran con la tradición ganadera de los vetones, generalizando la trashumancia que tanto años han realizado los pastores de Horcajo, Navasequilla y otros pueblos de la zona. Sus primeros habitáculos en el pueblo habrían sido pequeños chozos de piedra cuyos techos se cubrían con piornos y de los que aún queda algún resto.
La repoblación.
De los libros de Historia podemos deducir que la repoblación de estas tierras se originaría en orden inverso al abandono: a finales del siglo XIII empezaría a producirse el regreso de muchos de los pobladores del norte de la península que debieron de ver una posibilidad de mejora ante la idea de conseguir posesiones en propiedad ocupando las tierras recuperadas a los árabes. Habrían surgido así las llamadas aldeas de behetría. Los nuevos pobladores tendrán derecho al usufructo de solares y tierras de cultivo que al cabo de unos años serían de su propiedad. Sabemos que la zona centro fue repoblada por foramontanos, de fuera de los montes, posiblemente originarios del norte de la provincia de Burgos, aunque bastante mezclados ya con gentes de León. Un análisis de los topónimos de la zona nos lleva a pensar que estos primeros pobladores podrían ser de origen leonés. Nombres como Bozunal, que podría derivar de bodonal, por deformación fonética, con el significado de terreno pantanoso y húmedo o Herreñas, derivado de herrén que era una especie de forraje que se sembraría en esas tierras próximas al pueblo, se encuentran también en ciertos pueblos de la zona norte.
Sabemos que a mediados del siglo XIII, en la concordia del cardenal Gil Torres en la que a efectos fiscales se recogían las iglesias parroquiales de las diócesis, Horcajo no  tenía pila ni era parroquia.
     Está documentado que el 12 de mayo de 1330 el Rey Alfonso XI de Castilla ordena a don Sancho Blázquez Dávila, obispo de Ávila entre 1312 y 1355, que ya poseía el señorío de Navamorcuende y el mayorazgo de Villatoro y compatibilizó el obispado con la política, que deje libres y desembargadas las tres aldeas que tenía en su poder: Bohoyo, Zapardiel y Horcajo que limitaban entre sí. “Et otrosí manda nuestro señor e tiene por bien que Buenfoyo e los Forcajos e Çapardiel , que son en Valdecorneja, en término de Ávila, e que falla que son sus aldeas de Ávila e manda al obispo que las tiene que ge las dexe desembargadas”. (Documentación Medieval de la Extinguida Universidad y Tierra de Ávila. Volumen I. Carmelo Luis López y Gregorio del Ser Quijano)
Por tanto, sabemos que en la primera mitad del siglo XIV, Horcajo ya existía como concejo.

lunes, 19 de marzo de 2018

ALGO MÁS DE HISTORIA...



Durante los siglos XIX y XX, Horcajo de la Ribera se configura como una población estable dedicada a la ganadería trashumante. Su economía es de subsistencia: los pobladores producen la mayor parte de lo que necesitan para sobrevivir. En la mayoría de las casas hay ganado que produce leche, queso y huevos; se cultiva el trigo suficiente como para no carecer de pan; la toponimia nos indica que en el pueblo existieron algunos molinos. La matanza es una base importante de proteínas, los huertos producen las patatas, legumbres y verduras necesarias y, sólo la fruta y el pescado faltan en la mesa de los lugareños.



 CENSO DE HORCAJO DE LA RIBERA. Incluye a Navasequilla

CENSO
1842
1857
1860
1877
1887
1897
1900
1910
1920
1930
1940
1950
1960
1970
P. de hecho
-
694
495
487
484
540
561
657
858
595
582
564
554
434
P. de derecho
392


620
670
687
761
768
860
918
887
924
977
751
Hogares
134
147
150
173
158
181
211
214
202
244
239
224
229
190



La población se mantiene estable —alrededor de los quinientos habitantes— con algún ligero crecimiento hasta los años sesenta. A partir de estas fechas, la caída de población es brutal, no sólo en Horcajo, sino en toda la zona. La emigración se produce, sobre todo hacia Madrid, dedicándose la mayoría de los emigrados al negocio del comercio minorista.

En el año 1975 se produce la fusión municipal de las localidades de La Lastra de Elcano, Horcajo de la Ribera y La Aliseda de Tormes, situándose la sede del nuevo municipio, que pasa a denominarse Santiago de Tormes, en este último pueblo. Este hecho supone la desaparición del ayuntamiento de Horcajo. Muchos de los habitantes no han entendido nunca esta medida política, que no ha supuesto ningún ahorro, como se les dijo entonces. Ciertamente, no se entiende que, con el fin de racionalizar y compartir los gastos, no se optara por mancomunar los servicios, como se hace ahora con la recogida de basura, o con la administración. Quizá si se hubieran racionalizado los horarios y la estancia de los funcionarios locales como se hizo en otros lugares se hubiera podido evitar el cierre de los ayuntamientos de los dos pueblos. Otros lo hicieron. 
     Hoy, Horcajo de la Ribera se mantiene vivo gracias al tesón de sus habitantes; de los que resisten allí bravamente y de los que van muchos fines de semana y en periodos vacacionales.
     Este afán de pervivencia o de supervivencia se ha manifestado a los largo de estos últimos años, desde que se produje la gran migración allá por los setenta, en una voluntad enorme por mantener vivo el pueblo y por fomentar la buena relación entre todos los que, por nacimiento o por otras razones, tienen relación con él.  
En el año 1982 se crea una asociación denominada “Santiago Apóstol” a la que pertenece casi todo el pueblo. Esta asociación no sólo se encarga de organizar la fiesta de Santiago o la cena comunitaria que se celebra todos los años hacia el quince de agosto, sino que es un factor fundamental de unidad entre los vecinos. Desde su fundación se ha procurado que todos los socios vayan adquiriendo responsabilidades en la organización y gobierno de la misma lo que ha fomentado el conocimiento y la amistad entre personas que, alejadas por razones laborales, han vuelto a encontrarse felizmente. Fueron los miembros de esta asociación los que compraron el local donde se ubica el bar, elemento fundamental como centro de reunión para los pocos habitantes que quedan en invierno. Es también la asociación el germen de la fiesta del ramo, que se celebra en agosto en un intento de recuperar la tradición de lo que fue la fiesta de La Candelaria, el día dos de febrero. En julio se organiza también una carrera de alta montaña denominada Cross de los pastores, que, en su cuarta edición, es ya un referente en la zona.

Y, por último, son los nacidos y relacionados con el pueblo de Horcajo los que están empeñados en salvaguardar su patrimonio, colaborando en la restauración y mantenimiento de edificios como la iglesia. Y es la actitud abierta y colaborativa de sus gentes la que hace posible una convivencia grata y acogedora.

UN POCO DE HISTORIA...

HORCAJO DE LA RIBERA EN LA EDAD MEDIA

El Señorío de Valdecorneja fue una unidad político administrativa medieval creada en la zona del río Corneja y proximidades, por el rey Alfonso VI en el siglo XI. Este rey entrega el señorío a su hija Urraca, cuyo esposo, el francés Raimundo de Borgoña será el designado por el rey para repoblar la zona y a quien algunos historiadores atribuyen la fundación y el nombre de Villafranca de la Sierra. El señorío pasó después a la casa de Alba hasta que en el año 1806, todos los bienes muebles e inmuebles revierten a la corona después de un pleito que se inicia en 1802. Horcajo había pertenecido al sexmo de la sierra junto con los pueblos que quedan al norte: Navasequilla, San Bartolomé, Zapardiel, y otros, hasta Garganta del Villar y San Martín del Pimpollar, todos pueblos de sierra con unas condiciones vitales muy parecidas.
Toda la historia medieval del pueblo está relacionada con este señorío, siendo uno más en el sostenimiento y defensa de los intereses de los señores de Valdecorneja y gobernándose por el fuero que emanaba de las normas del señorío. Gran parte de la organización de la vida en el campo, como el riego, los caminos, el pasto comunal de los rastrojos y otras normas que hemos utilizado hasta el drama de la despoblación está basada en un ordenamiento que emana de la Edad Media. Y muchos de los localismos que nos han acompañado de niños, también: Palabras como huertos, herrenes, cercas y linares, ejidos (lejíos), armealeras y eras comunales; dehesas concejiles, prados (abiertos y cerrados),  tierras de sembradura, hojas de labor, heredades, baldíos, dehesa boyal, corral de concejo o rastrojera, que tantas veces hemos oído, tienen su origen en aquel tiempo.
La historia moderna del pueblo también está condicionada de alguna manera por los avatares del señorío, porque será la recuperación de las propiedades rústicas del mismo y la posterior desamortización de Pascual Madoz lo que permita al pueblo hacerse con lo que hoy son las dehesas boyales. Es esta compra un hito importante en la historia y en la economía del pueblo, cuya administración merecerá un capítulo aparte.