viernes, 9 de junio de 2017

VÍRGENES MOSTRENCAS





En cuanto que el compañero empezó a hablar de la sequía y pronunció el nombre del cura, Braulio aguzó el oído. Estaban tumbados sobre una lancha, en la linde de los dos pueblos, cuidando sendos rebaños, uno de cabras y otro de ovejas, que pacían tranquilos, cada uno en su careo. El hombre, algo mayor que Braulio, llevaba ya un buen rato hablando de la sequía que torturaba al campo y a los campesinos. Y, aunque no era de allí, había ido nombrando una a una las fuentes que tan bien conocía Braulio y que ahora, o estaban secas o manaban tan poco que apenas humedecían los juncos que revelaban su presencia. Lo mismo dijo de la garganta y del arroyo de Los Nijares, que apenas corrían. Y luego contó lo de La Virgen de su pueblo, que a Braulio sólo le sorprendió al final porque en el suyo también era costumbre que, si la sequía se prolongaba, sacaran la imagen de La Virgen de La Portería para recorrer las afueras del pueblo en procesión solemne, con el cura al frente, entre cantos que pedían agua. Braulio aún recuerda alguna letra y eso que no comparte ciertas estrofas, sobre todo por esa predisposición que tienen los campesinos para culparse de las cosas que no pueden controlar. Y como sin darse cuenta, se pone a recitar por lo bajo, tan bajo que el otro no interrumpe su discurso.

Agua te pedimos
Soberana Madre.
Agua te pedimos
Que los campos bañe.
Agua, Señora y más agua
 te piden los labradores,
 que se les secan los campos
 con los aires y calores.
Los campos nos piden agua.
El cielo ya está nublado
Y no la dejan caer
Nuestras culpas y pecados.



Braulio recuerda perfectamente que unas veces llovía y otras no e, incluso, recuerda haber oído contar a su madre que, en cierta ocasión, casi no tuvieron tiempo de devolver la imagen a la iglesia porque antes de terminar el recorrido les cayó una buena tromba. Braulio recuerda también que, la última vez que sacaron la imagen, fue el cura, que debía de tener prisa, el que puso fin a un recorrido breve con un comentario que dejó algo confusos a los asistentes: “Vámonos ya, que lloverá si tiene que llover”. En la comarca del pueblo del compañero, según contaba, habían padecido una sequía muy prolongada y todos los pueblos, unos antes y otros después, habían sacado sus imágenes sin que hubiera caído una gota, por lo que decidieron juntarse todos en una sola procesión y sacar la de La Virgen de La Villa, el pueblo más grande de la comarca, donde se agrupaban todos los servicios. A Braulio no le costó imaginar cómo sería el pueblo porque ellos estaban en la misma situación: varios núcleos poco poblados que no tenían más remedio que surtirse de comida y de todo lo necesario en Piedrahíta o en El Barco, los pueblos donde se aglutinaban los comercios, las ferreterías y los bares.

Así que —siguió contando el hombre—después de hablarlo los alcaldes, una mañana clara se juntaron los de todos los pueblos y, unos andando y otros en caballerías, se presentaron en la puerta de la iglesia del pueblo grande para pedir a La Virgen que les trajera agua. Y la trajo, porque, esta vez sí, antes de que terminara el acto llovió y llovió tanto, que muchos de los asistentes llegaron a sus casas hechos una sopa y los de los pueblos tuvieron que refugiarse en los soportales de la plaza y retrasar el regreso hasta que amainó. Aunque ninguno de ellos se quejó porque el agua fue mucha y muy bien caída. Por eso no extrañó a nadie que, en el camino de regreso al pueblo, uno de los asistentes, que no había abierto la boca durante el largo trecho de vuelta, dijera como para sí, pero bien alto para que lo oyeran los otros:

—Esta sí que es una Virgen y no las mostrencas que tenemos en los pueblos nuestros.

viernes, 26 de mayo de 2017

PASTORES FUIMOS, PASTORES SOMOS





Quien esto escribe no ha corrido nunca un cross, pero ha corrido mucho por estas tierras. Ha sudado en ellas y ha sentido la misma fatiga que puedas sentir tú hoy. Estas tierras privilegiadas, dotadas por la Naturaleza de una belleza extraordinaria y por la Administración de un abandono también extraordinario, ahora tan vacías, estuvieron no hace muchos años llenas de todo, pero, sobre todo, llenas de vida.  Estas tierras, que formaron parte del alfoz de la sierra del señorío de Corneja, pasaron a los pueblos a finales del XIX, cuando la desamortización de Pascual Madoz.
Si la fatiga te lo permite, levanta la vista y mira; porque, además de disfrutar de un paisaje bello como pocos, has de saber que tu presencia en esta carrera es de importancia capital para que estos pueblos continúen vivos.
                Saldrás de Horcajo por la carretera, entre huertos y eras, ahora solitarias. Pronto tomarás a la izquierda el antiguo camino de El Cerro, camino de cabras que ha intentado sin mucha fortuna arreglar algún Organismo de la Junta. Por aquí bajaban por la mañana las vacas que venían a trillar a las eras que has dejada más abajo y regresaban, cansadas pero rápidas, por la tarde para reunirse con las crías que las esperaban en la dehesa, ansiosas de leche. Cuando llegues al alto, tiende la vista tu derecha y, sin perder mucho tiempo, ya sabes que estás compitiendo, mira el azul de Gredos sobre el manto blanco que bordea los picos. Pocos miradores como este: la sierra al fondo, el río y los pinares en el valle y entre el verdor serrano, los pueblos de Zapardiel y Navalperal. Si tuvieras tiempo, te mostraría la piedra que nos recuerda la muerte de un hombre fulminado por un rayo cuando se dirigía a ver la novia en el precioso pueblo de Navasequilla que tienes ya a  tiro de piedra enfrente de tus ojos.
                Antes de llegar de nuevo a la carretera, tomarás un camino a la izquierda, por detrás del camposanto. Ahora pisas tierras centeneras, las de La Nava. Aquí durmieron muchas noches hombres y mozos de Horcajo al lado de rebaños que no tenían más misión entonces que la de estercolar estas tierras que daban un centeno abundante y necesario y que hoy son pasto del pasto.

                Cuando dejes las tierras, pasarás por el depósito del agua de Navasequilla, elemento de modernidad reciente, y enfilarás una pista que, siempre hacia arriba, te llevará hasta El Pasil, antiguo cruce de caminos en lo más alto de la sierra. Toma el de la derecha, antiguo camino de la dehesa, y sigue subiendo hasta llegar a la pared. Notarás que has dejado el camino y que, como el poeta, haces camino al correr. Mira cómo ha cambiado el paisaje ahora; la altura apenas permite el arbolado, excepto los pinos sembrados por la mano del hombre no hace muchos años; los prados son ahora de duro cervuno y el agua es limpia y cristalina, pero tan fría que corta como el filo de una navaja.
                Cuando pases la puerta de la pared, que encontrarás abierta, habrás entrado en Las Cañadas, parte del proindiviso que forma la C.B. “Dehesas de Horcajo”. El camino, ahora mucho menos costoso, discurre entre regajos de cervuno y calabones. Has de saber que los topónimos que nombran estos lugares no pueden ser más bellos, además de certeros: el regajo de Los Cachorros, el Risco de la Tarayuela, en su origen Atalayuela, diminutivo de atalaya, nombre de origen árabe, que indica, si no la presencia de aquellos en estos parajes hace más de mil años, sí la influencia que ejercieron en nuestra lengua de hoy. La fuente de El Arrecío, donde podrás refrescarte, nos induce a pensar que alguien murió de frío en estos parajes tan poco acogedores. Aunque no vas a llegar a ella, no resisto la tentación de nombrar la fuente de Vacía Zurrones, cuyo topónimo lo dice todo. Cuántos morrales se vaciarían en esa fuente del término de Santiago cuando el camino a Piedrahíta era la única manera de comprar los enseres de primera necesidad. El Cervunal de la Pozas –si puedes mira, aunque sea de reojo, su agua límpida a veces coronada de campanitas blancas- y el Cervunal Jondillo (Hondillo) te llevarán hasta el baldío de Navasequilla, en cuyo chozo encontrarás el primer avituallamiento. Corres ahora con  los calabonares de Lo Llano del Ruyo a tu izquierda y las montañas de Gredos al fondo. Dejarás a la derecha el Cuarto de los Regueros de Horcajo. Un cuarto para los campesinos, además de la cuarta parte de algo, tenía otro significado, referido a la posibilidad de sembrar sus cercas centeneras cada cuatro años, que aquí siempre eran menos. Ahora corres por fuera de la pared, atravesando un terreno que se quemó hace unos cincuenta años y donde la solidaridad de los dos pueblos quedó patente una vez más: gentes de ambos lugares lucharon como jabatos para evitar un desastre de proporciones terribles.

                Ahora, de bajada dejarás a la derecha las dehesas de Abajo de ambos núcleos; la pista es de tierra y la pendiente favorece la carrera. Al fondo, otra vez el pueblo de Navasequilla, cada vez más cercano. Cruzas la garganta por un pontón de tierra, subes una pequeña pendiente y entras en el lugar por una calle angosta bordeada de bellas casas de piedra, exponentes naturales de la arquitectura rural serrana. Llegas a la plaza, donde podrás avituallarte por segunda vez. Mientras te refrescas con el agua de su bello pilón de piedra, mira a tu izquierda: la cara norte de Gredos se muestra en todo su esplendor. Estás, quizá en el mirador más privilegiado de la zona. Reanuda la marcha, sube la cuesta, pasa el bar, como tantas cosas en estos pueblos, obra de la voluntad de los vecinos, vuelve a pasar el cementerio y enfila a la derecha por una vereda apenas visible. Cuando alcances el alto, tendrás oportunidad de percibir una vista de Horcajo poco habitual: un pueblo de montaña que, desde esta perspectiva insólita, aparece ahora acunado en un valle imaginario. Al fondo El Frontón, El Vallejo y Los Collados conforman un cinturón que envuelve un paisaje donde el arbolado, especialmente el roble y el sauce, han vuelta a aparecer.
                El camino, que más parece trocha, es ahora de bajada hasta los prados del Umbriazo y desde aquí, también. A partir del Tejaízo, el camino mejora: ahora es una pista ancha y cómoda y la presencia del pueblo cuya iglesia vas a distinguir apenas alcances el huerto del Duque, animará tu marcha, que ya toca a su fin.
                Entrarás en el pueblo por El Pozo y en pocos minutos llegarás a la plaza donde la organización habrá situado la meta. No sé cuál será tu puesto ni a ti debería importarte. El premio lo has obtenido ya participando en una carrera como esta, disfrutando de unos paisajes como estos, pero, sobre todo, el premio se lo has dado tú con tu presencia a estos cientos de gentes que te jalean porque saben que tu esfuerzo, que el sudor que ha regado el camino, no ha sido estéril. Saben que, en este caso, lo importante no era ganar, sino participar. Por eso te aplauden y te quieren. Gracias por venir a esta tierra.

NOTA: Este es el texto que escribí para el I Cross de los Pastores hace dos años.   El próximo 29 de julio se celebra la tercera edición. Sirva este pequeño relato para animaros a visitarnos ese día.

viernes, 7 de abril de 2017

EL TÍO PERRENDA


 —Juan Perrenda soy, tengo veinte ovejas de vientre, todas desempeñás y el que tenga guevos que entre, que soy el pegó al cura.
Algunos dicen que la enemistad venía de lejos; que el tío Perrenda se la tenía jurada al cura desde el día que le paró a la puerta de la iglesia cuando regresaba de La Aljóndiga, con una carguilla de heno, un domingo antes de misa.
— ¿No sabe usted, Sr. Juan, que los domingos no se puede trabajar?— le preguntó el cura. Y sin esperar la respuesta, continuó: —Nos pasamos la semana al resolano y luego tenemos que aprovechar el domingo—. Y se metió en la iglesia.
—Será el que no lo necesite, que usté ya tiene asistías todas las vacas— refunfuñó por lo bajo el tío Juan.
     Pero no fue eso lo que más le molestó. Lo que le jodió de verdad fue que lo echara en el sermón, delante de todo el pueblo. Y lo que dijo: “Que algunos no se acordaban de que había que trabajar durante la semana, por ejemplo, traer el heno para las vacas, y tenían que hacerlo el domingo, cuando la Santa Madre Iglesia lo prohibía”. Y como muchos estaban ya a la puerta cuando él pasó con el burrillo, todos supieron sin ninguna duda a quién se refería el cura. Y ahí se quedó la cosa. Pero desde aquel día, el tío Perrenda procuró llegar el último a la iglesia y salir de los primeros. Se colocaba atrás, en la cómoda penumbra de la tribuna y ni siquiera se quedaba luego en el cementerio de conversación, como hacían los otros.

            Lo del bonete fue más bien cosa de la fatalidad. Porque fatalidad fue que el cura y el tío Perrenda se encontraran cuando este último regresaba, algo achispado, eso sí, de las regaderas de la dehesa boyal, que se hacían una vez al año. De cada casa iba el que podía. Si había hombre, iba el hombre y, si no, la mujer o los muchachos, que, una vez allí, ya se encargaría alguien de dirigir el trabajo y de mandar a cado uno al sitio adecuado: los hombres a cerrar los portillos y levantar las piedras de las paredes, las mujeres a aclarar las regaderas y los muchachos a deshacer las boñigas. Y como el tío Perrenda era el hombre de su casa, afiló con mimo el calabozo en la piedra del pilón, dispuesto a dar buena cuenta de los espinos y las escobas, que tampoco era cuestión de llevar una herramienta de más peso, que no era el Sr. Juan hombre de gran envergadura, sino más bien al revés: corto de estatura y enjuto de cuerpo.
     En la dehesa se echaba el día entero y se comía alrededor del chozo, cada uno de lo suyo. El vino lo ponía la comisión y esa fue la perdición del tío Perrenda. Porque, a media mañana, dijo Basilio que ya era hora de echar un trago; y lo echaron y, un rato después, repitieron. Porque el vino, que era de El Valle, estaba muy bueno y, además era gratis. Así que no echaron un trago, sino varios y cuando se sentaron a comer, el vaso, que iba de mano en mano, se paró más veces de las convenientes en la del tío Perrenda. Sobre las cinco dejaron el trabajo y el tío Juan desató el burrillo, montó con dificultad y enfiló la calleja haciendo equilibrios encima del animal. Cuando, desde los cercados de tía Jeroma, divisó la sombra negra del cura, que subía por La Portillera, algo se revolvió en su interior. Mira, el de la carga, pensó, sabiendo que el tropiezo sería inevitable. Cuando se encontraron, el Sr. Juan acercó el burrillo a la figura negra e intentó decir algo, pero la lengua se le trabó y sólo acertó a musitar algo así como: “Hoy no es mingo y los que trabjamos, tabjamos”. Y levantó el calabozo por encima del hombro para mantener el equilibrio. El cura debió de interpretar otra cosa, porque saltó hacia atrás, como si el viejo fuera una tentación. El tío Perrenda bajó la herramienta y, algo envalentonado por el vino, azuzó al burro, repitió que hoy no era domingo y, con un escorzo impropio de la edad y del estado en el que se encontraba, arrancó de un manotazo el bonete que el sacerdote llevaba en la cabeza, como muestra de su cargo y para protegerse del sol. El cura, mucho más joven, reaccionó rápidamente y, para evitar males mayores, arrebató al tío Perrenda el calabozo que este alzaba en el aire sin ningún control. Y allí se quedaron los dos, con los papeles cambiados: el tío Perrenda con el bonete en la mano, farfullando por lo bajo y el cura sujetando una herramienta que a él le parecía un arma.

—Sr. Juan, deme usted el bonete—dijo entonces el sacerdote sin levantar mucho la voz y con tono conciliador.

—Dame tú a mí el calabozo— replicó a gritos el tío Juan con voz entrecortada.

Así estuvieron un rato, repitiendo el mismo son, en un tono más alto cada vez; y así hubieran continuado, en un imprevisible final, si no hubieran ido llegando los que venían detrás, que se paraban a una distancia prudente asombrados por aquella situación equívoca: un viejo que arrugaba con saña el gorro de un cura y un sacerdote que intentaba esconder una herramienta detrás de la sotana.  El primero en intervenir fue Juan Mediero, que se acercó al burrillo del tío Juan, que ya daba ciertas muestras de nerviosismo, lo tranquilizó, retiró el arrugado bonete de las manos del viejo, lo estiró un poco encima de los zajones y se lo devolvió al cura, quien, mansamente, le entregó el calabozo, con el ruego de que no se lo diera al tío Perrenda por si acaso. El Mediero, que se había ido deshaciendo de los otros con un leve gesto de la mano, aseguró al tío Perrenda en la albarda, cogió el burrillo del rabero y emprendió la marcha hacia el pueblo. Cuando llegaron, acompañó al viejo a la casilla, le ayudó a atalantar al burro y lo escoltó hasta la vivienda, en cuya puerta se habían congregado ya algunos vecinos, sabedores del incidente con el cura.
     El tío Juan, pasó entre ellos con la cabeza alta, haciendo alguna que otra ese, empujó la puerta, la cerró con la escasa pujanza que le permitían sus fuerzas, se sentó en el poyo, descansó la frente en el puño y allí se quedó, en actitud reflexiva. Lo de Juan Perrenda soy… vino después, cuando el Sr. Juan ya estaba harto de oír por lo alto de la pared del corral a los que pasaban que aquella era la casa del que pegó al cura; y aunque él sabía que no era cierto, también sabía que en los pueblos las cosas no son como son, sino como se cuentan. Por eso añadió lo de las ovejas. Y, alguna que otra vez, lo de los huevos. Porque en su fuero interno, no sabía muy bien por qué, no se sentía mal con la confusión.

viernes, 24 de marzo de 2017

LA MOZA QUE ESCRIBÍA CARTAS DE AMOR


En aquel pueblo, colgado en la ladera de la sierra, casi todos los habitantes se dedicaban al pastoreo. Los pastos eran ricos y abundantes y alimentaban a un buen número de ovejas y vacas; los veranos eran cálidos, los prados se mantenían verdes hasta bien entrado el mes de julio y los campos estaban siempre llenos de gente afanosa que cantaba y reía. Por el contrario, los inviernos eran fríos y duros. Nevaba tanto que muchas veces los caminos se volvían intransitables y el ganado no podía salir de las cuadras; la carretera se cerraba y los habitantes del pueblo se quedaban incomunicados y no tenían más remedio que guarecerse en la cocina, al arrimo de la lumbre.

Por eso muchos hombres se veían obligados a abandonar el pueblo en estos meses duros de frío y hielo para buscarse la vida en sitios más cálidos, como el abuelo Goyo, temporero de los de verano en el pueblo e invierno en Extremadura, que emprendía el camino, con la escusa por delante, en cuanto las primeras nieves pintaban de blanco los picachos de la sierra. A pie, como se viajaba entonces; acompañado de otros pastores en su misma situación, durmiendo al amparo de las paredes y rezando para que el tiempo les diera una semana de respiro hasta llegar a la dehesa. 

El abuelo Goyo, que disfrutaba de una numerosa descendencia de hijas, seis, solía llevarse con él a una de las más jóvenes. La muchacha viajaba por otros medios. En los coches de línea hasta Béjar y luego en el tren; y si había que dormir en el camino, se buscaba alguna casa conocida y allí se quedaba. En la finca, sus ocupaciones serían las propias de las mujeres de entonces: la comida, la ropa y el cuidado y limpieza del pobre chozo. No se aburría porque era joven y siempre encontraba algo que agradecer a la vida. Unas veces eran los jornales que solían salir cuando apuntaba la primavera, sembrando garbanzos o escardando el trigo, que en aquellos menesteres las mozas serranas eran expertas; otras era el propio devenir de la finca, como el día en que Agustín quiso comprobar de manera práctica el funcionamiento de uno de aquellos acordeones que repetían su canción sólo con empujar las tapas que albergaban el fuelle. Y no se le ocurrió otra cosa que pinchar el cartón para ver lo que había dentro, con lo que descubrió el mecanismo, pero acabó con la música.

La dehesa era como un pequeño mundo, una aldea global. Un grupo de gente que no tenía más remedio que relacionarse, que no podía vivir en soledad porque dependían unos de otros. Aunque se llevaran como el perro y el gato, aunque discutieran por nimiedades, como Agustín y Constantino, que aún siendo ambos de La Zarza, andaban siempre tirándose los trastos por los careos. Por si uno estaba pegado a la carretera o a la hoja, por si era más o menos abundante o por si el ganado se guardaba mejor o peor…
Dependían unos de otros como dependían del ciego los mozos del cuento El ciego de La Vega, de Julio Llamazares, quizá el escritor que más y mejor se ha ocupado de la vida rural en los últimos años; y, sobre todo, del cambio que se ha producido en los pueblos de Castilla a raíz de la emigración masiva de los años sesenta. Escribe julio Llamazares que el ciego de La Vega en su juventud, cuando se iba de fiesta con los jóvenes del pueblo a alguna localidad vecina, a media tarde, por caminos de pastores y trochas fragosas, para no quedarse rezagado, se agarraba a los mozos que le acompañaban. Pero cuando regresaban de madrugada, si la noche era oscura, eran los mozos los que se agarraban a él. Porque a él le daba igual que hubiera luz o no. 
En la dehesa había tres mocitas, pero sólo la serrana sabía leer, por lo que las otras dos pronto le pidieron que les leyera las cartas que recibían de sus novios que venían de lejos, de la misma África, lugar remotísimo y misterioso donde servían a la patria. Y luego, que escribiera las respuestas; porque no tenían más remedio que confiar la intimidad de sus sentimientos a la única que podía interpretar lo que decían las misivas, .
El hecho de que la mocita pudiera interpretar los símbolos de un papel les parecía maravilloso, casi mágico; tan mágico como que aquel sobre hubiera podido recorrer un camino tan largo sin extraviarse y hubiera pasado por tantas manos hasta llegar a las suyas. A las frágiles manos de aquella joven que leía con voz chispeante, a veces entrecortada porque la caligrafía de los escribientes requería de cierto sosiego. La moza serrana hubiera preferido leer y escribir sólo buenas noticias, pero garabateaba lo que le dictaban, y, aunque no conocía a los destinatarios ni era probable que llegaran antes de que ella se fuera, siempre añadía de su cosecha: “recuerdos de la que escribe”. Y cuando leía la respuesta, siempre encontraba escrito: "recuerdos para la que lee".
 Y en ese acto de contar que había llegado la primavera, que habían vendido los borregos o que habían ido a Coria, a la feria o el incidente del acordeón, encontraba la mujer la misma razón para vivir allí que en el hecho de hacer la comida o de lavar la ropa.

viernes, 17 de febrero de 2017

PASEAR





Pasear, ya no se pasea. Ahora se anda, se camina. Vamos a caminar, dicen los veraneantes de pantalón corto y gorra de visera. Y se cogen un garrote, cuando más alto mejor, se calzan unas zapatillas de colorines y emprenden la marcha como si no tuvieran que regresar, siempre por el mismo sitio, siempre pisando el mismo suelo; unos detrás de otros, sin hablar, casi a paso ligero, intentando robarle al tiempo unos días más de vida.

            A mí, lo que me gusta es pasear. Salir del pueblo por cualquier calle, andando despacito y recreándome en el paisaje. Que trabaje la vista y que trabaje la cabeza, aunque no trabajen mucho las piernas. Tender la mirada a lo lejos y dejar que vuele el pensamiento. Mirar más que ver. Sentir, más que sudar.

Me gusta pasear por el pueblo porque es como regresar a la infancia. A veces pienso que lo utilizo como un recurso para entender este mundo cambiante. Otras, sin embargo, creo que lo que de verdad hago es usarlo como analgésico o, quizá, como tranquilizante. Porque salir al campo es como estrenar el mundo cada mañana, decía Delibes.

Hoy he salido por El Pozo. Entre los álamos se oyen las voces de los muchachos, hartos de pan y hambrientos de vida, corriendo detrás de un balón. Ahí es donde mejor están, pienso; lejos de prados y de trillos; de cabras y de siegas. Miro Las Aljóndigas, un recuerdo en cada rincón. Las paredes escondidas bajo los bardos cada vez más grandes que pronto cubrirán los prados. Me veo acostado al abrigo de una pared esperando a que amanezca para empezar a segar una hierba que ahora no es más que cardos y espinos. Siento el sudor que empapa mi frente y veo a Ángel, El Topo, que arrea un burrillo con una carga de trigo. Sonrío al recordar la oferta: “Si quieres yo te llevo la carga a la era y tú terminas de segar esto”. Pero no hubo trato. “Tú a lo tuyo y yo a lo mío”. Así que él siguió detrás del burro y yo continué asido al astil de la guadaña segando a duras penas un prado que en lugar de menguar, crecía.

            Veo La Aljóndiga de tío Bicha, el heno extendido en todo el prado, ya casi seco; y veo el humo que sale de debajo del roble donde tía Fausta ha hecho la lumbre para cocer la olla que se comerán los heneros. Porque entonces las cosas eran así. No había leyes que nos prohibieran hacer fuego en el campo porque no hacían falta. Porque había agua en todas las regaderas y porque los huertos estaban arados y sembrados; y los prados segados y los lindones pacíos… Y tengo que parar porque, aunque yo no creo que cualquier tiempo pasado fuera mejor, siento como si un sentimiento de añoranza embargara mi mente.

Miro la pared del camposanto, domicilio eterno de tantos que fueron y ya no son y una sonrisa leve se dibuja en mi cara. Desde aquí, desde esta misma pared, increpaba a voces tío Porro a mi padre porque veía que el burro estaba paciendo tranquilamente en un regajillo de La Puentecilla, que se tiende bella y serena al sol de la tarde. Saca el burro de lo mío —decía—, que tú tienes mucho argullo, pero muy poco dinero. Y veo a mi padre correr, voceando al animal, aunque solo fuera para que dejara de hacerlo el otro, agarrarle del rabero y atarle a un roble.

Así, entre recuerdos que me trasladan a la juventud, voy recorriendo un camino que ahora ha perdido su función principal. Así, mirando más que viendo, sintiendo más que andando, cuando me doy cuenta he llegado a El Vallejo. Tiendo la vista hacia el sur y veo el pueblo que se enmarca entre los álamos secos mimetizado en el pasto y los zarzales de lo que antes fueron huertos verdes bien cultivados. A lejos, en el puertecillo que enmarca la carretera, la ermita se dibuja en el horizonte con su paredes blancas. 

viernes, 16 de diciembre de 2016

UN HOMBRE


Le recuerdo siempre con traje de pana, chaqueta y chaleco, incluso en verano; silencioso y adusto, los bolsillos rebosantes de trapos que utilizaba profusamente como si fueran pañuelos. Siempre solo, siempre con el cigarro apagado colgando de la comisura de los labios, incluso cuando acunaba al nieto sobre su brazo izquierdo y le palmeaba suavemente con la mano derecha al ritmo cansino de una tonada monótona mil veces repetida: tirín tin tin, tirín tin tin, tirin tin tin…
Siempre me pareció un hombre apenado que vivía porque estaba vivo, pero al que le hubiera dado igual no estarlo. Toda la información que pude reunir sobre él tuvo que venir de fuera. Así fue como supe que antes, de joven, allá por el cambio de siglo, no sólo no era triste, sino que hacía gala de cierto sentido del humor que sus vecinos conocían bien. Como cuando perdió la cabra de la tía Jeroma, que apareció sana y salva a la mañana siguiente en la puerta del corral, a la querencia del ama.
Había nacido en el verano de 1884 y antes de cumplir los veinticinco había vivido lo que otros no viven en toda una larga existencia. Se libró por los pelos de formar parte del cortejo que acompañaba al rey Alfonso XIII por la calle Mayor de Madrid el día de su boda de camino al palacio Real; pero no pudo librase del ambiente prebélico de la llamada guerra de Melilla, que terminó en desastre a finales de 1909. Por allí se movió comiendo las galletas que habían sobrado de la guerra de Cuba —contaba él— subiendo al cerro Gurugú y bajando al Barranco del Lobo. Por allí anduvo esquivando la muerte junto a otros desdichados como él, muchos de ellos ocupando un lugar que no les correspondía, supliendo a otros más ricos, cuyo patrimonio los había librado del viaje; un sistema perverso que redimía a los ricos y condenaba a los pobres. Como casi siempre, sólo que entonces no se trataba de mejoras sociales, sino de luchar por la propia vida.

Alguna vez le oí criticar el sistema de reclutamiento en aquella guerra absurda. No reprendía a los padres que pagaban para que otros murieran en lugar de los suyos. Cualquier padre pagaría por librar a su hijo de la guerra. No. Si su padre hubiera sido un hombre de posibles, habría vendido hasta la camisa y se habría alimentado de cardos, escaramujos y aliceras para evitar que él fuera a África. Pero nada puede dar quien nada tiene. Él criticaba a la Administración que lo permitía, que, incluso, lo facilitaba, convirtiendo lo que tan pomposamente llamaba servicio a la patria en una cuestión meramente económica. 

Y luego, La República;  y La guerra Civil. Entonces rondaba los cincuenta años y ya no tenía miedo de que le llamaran filas; sus miedos tenían que ver más con la trashumancia por caminos y trochas y con la estancia en solitarios puertos de León, expuesto siempre a la rapiña de los dos bandos, ambos igual de peligrosos e igual de rapaces. Sus miedos tenían más que ver con la familia, especialmente con los hijos, tres varones, que podrían ser reclutados en cualquier momento si la guerra se alargaba. Y de eso tampoco se libró. Porque en aquel funesto verano del 37 murió un sobrino, hijo de su hermana y unos días después, debió de ser unos días después, aunque él tardó varias semanas en saberlo, mataron a su hijo primogénito. Lo habían sacada de una cómoda oficina de Toledo, donde cumplía labores de escribiente, para agregarlo a las tropas que iban a tomar la capital. Pero su querido David no llegó a ver Madrid, porque una bala perdida, pero tan certera y cruel como las otras, acabó con su vida en una tierra que no había pisado antes.

 Por si no había sufrido bastante, enviudó a los sesenta y cinco años y se quedó en manos de las nueras, un año en el pueblo y otro fuera, porque uno de los hijos vivía en Extremadura. De su estancia en el pueblo son mis recuerdos y los de los que le conocimos viejo y afligido; de los que no tuvimos la suerte de degustar su fino sentido del humor, su seriedad en los tratos y su predicamento entre los pastores y los amos.

Ya viejo, cuando sentado al resolano en el corral dejaba pasar el tiempo, una tarde cálida de otoño, le pregunté por el paradero de la tumba del hijo muerto en la guerra. “Nunca supimos nada, sólo que había muerto” espetó. Yo, entonces, no pude menos que decirle:
—Ahora entiendo que algunos digan que es usted un hombre triste y no le faltan motivos para serlo.

Él, con una viveza inusual en alguien que se tomaba su tiempo para todo, contestó:
—No, hijo. Yo sólo soy un hombre— Y con el revés de la mano se limpió una lágrima furtiva.






lunes, 21 de noviembre de 2016

HAY TIEMPO...



El Cerrao es un topónimo bastante común en la zona. En el pueblo tiene que ver con tres lugares distintos, pero con características comunes: El Cerraón, Las Cerrás y los prados de El Cerrao. Pudiera ser que este nombre hiciera referencia a la configuración del terreno: laderas pronunciadas que se cierran sobre una garganta o un declive que propicia el nacimiento de un arroyo. Pudiera ser también que describiera esa zona en la que se fijan las tormentas cuando el cielo se cierra, se oscurece y no hay más luz que la de los relámpagos que preceden a los truenos. Sin embargo, yo me inclino más porque este topónimo se refiera un terreno abierto que fue comunal en su origen y que se vendió posteriormente, siendo los nuevos propietarios los que cerraron sus posesiones con paredes de piedra y bardos de zauces.
Sea lo que fuere, lo que vamos a contar ocurrió en el prado de El Cerrao, que, curiosamente, no es un prado, sino una heredad árida que el abuelo Rufino sembraba un año de trigo y otro de garbanzos y que lindaba con otra tierra de características similares perteneciente al tío Montaña. Era tan pequeña la superficie de ambas que no merecía la pena llevar dos yuntas, por lo que el abuelo y el tío Montaña, ochentones los dos, se ponían de acuerdo para ararlas en común con la pareja que formaban los burros de ambos.
Y allí se dirigieron aquel día hermoso de primeros de marzo, apuntando ya la primavera, el arado cargado en el burro del abuelo y el tío Montaña, caballero en el suyo. No madrugaron, porque para un cacho tan chico no merecía la pena pasar frío, por lo que decidieron ir después de comer, sin prisas, cuando el sol hubiera limpiado la escarcha y calentado un poco la tierra. A media tarde se presentaron en la finca, descargaron el arado y se pusieron a fumar tranquilamente sentados encima de un montón de cantos, mientras que los dos burros pacían en el lindón la hierbecilla que comenzaba a brotar.
La nuera, que, temerosa de la edad de los gañanes, se había visto en la obligación de acompañarles, no veía muy clara la actitud de los ancianos que habían fumado antes de cargar el arado, habían fumado en el camino y fumaban ahora sin dar visos de comenzar el arijo mientras recordaban sus tiempos mozos. Y fumar entonces requería un tiempo: sacar la petaca, verter el tabaco en la palma de la mano, quitar las estacas, buscar el librito y sacar un papel, que siempre se pegaba a los otros; liar el cigarro, pegarlo con la lengua, sacar el chisquero y el pedernal, golpear ambos varias veces hasta que prendía la mecha y encender el cigarro. Todo un rito que llevaba su tiempo. Por eso, la mujer, que era joven y no quería ser brusca, se dirigió al abuelo con voz suave.
—Abuelo, ¿no enganchan ya?
—Hay tiempo, hay tiempo— dijo el tío Montaña mirando al cielo.
Y aún tardaron un buen rato en enganchar. Y cuando lo hicieron, echaron dos surcos y pararon para fumar, cumpliendo siempre el mismo ritual. Y, cuando parecía que iban bien, perdieron una orejera y, aprovecharon para fumar mientras la buscaban. La nuera miró al sol y repitió la pregunta. Pero ahora fue el abuelo el que dijo que había tiempo. En la parada siguiente, esta vez para machar el cuño de la mancera, fueron los dos a la vez. Hay tiempo, dijeron. Y miraban al sol que había pasado de El Castrejón a El Picozo. La mujer, harta de tanta pasividad e intentando disimular el disgusto que tenía, los dejó solos y se fue a ver de los hijos, que ya debían de haber salido de la escuela. Hizo el camino en un santiamén, segura de que, si los gañanes no cambiaban de música, no iban a tener tiempo de terminar la huebra.
Y no lo tuvieron; porque cuando el astro rey pasó por encima de Los Collados y cayó como una bola detrás de La Sabrosilla y la noche borró las casas del pueblo, el abuelo y el tío Montaña, aún no habían terminado de arar el pequeño trozo de tierra. Y, aunque no era mucho lo que faltaba, no tuvieron más remedio que desenganchar la yunta, aparejar los burros y coger el camino de casa.
           
Al día siguiente, a media mañana, el tío Montaña se presentó en la vivienda del abuelo y, desde la bocacalle que daba al corral, dijo a la mujer, que lavaba en la pila:
—Dile a tu aguelo que salga, a ver si esta tarde vamos a terminar el cachillo que nos quedó ayer en El Cerrao.
La mujer, que aún tenía en el cuerpo el enfado de la tarde anterior y que sabía que el abuelo no podía oír al compañero, porque andaba en el sobrao, hizo de tripas corazón, sonrió levemente y respondió:
—Mi aguelo no está. Se ha ido a Los Heros para todo el día. Así que tendrá usté que arreglarse solo.
            Y por lo bajo, con gesto duro, dijo:
—Que te crees tú que va a volver. Para fumar contigo en El Cerrao, que fume en lo alto de la era.