viernes, 15 de marzo de 2019

RAZONES...




Braulio está leyendo El ciego de La Vega, un cuentecillo de Julio Llamazares, quizá el escritor que más y mejor se ha ocupado del cambio que se ha producido en el campo a raíz de la emigración masiva de los años sesenta y de cómo ha afectado a los pueblos la pérdida de población en los últimos años. Escribe Julio Llamazares en ese cuento, que el ciego de La Vega en su juventud, cuando se iba de fiesta con los mozos del pueblo a alguna localidad vecina, a media tarde, por caminos de pastores y de carros, no tenía más remedio que agarrarse a los mozos que le acompañaban, porque a él le daba igual que hubiera luz o no. Pero cuando regresaban de madrugada, si la noche era oscura, eran los mozos los que se agarraban a él. A Braulio, además de recordarle sus idas y venidas —sobre todo las venidas de madrugada de las fiestas de La Lastra—, le parece una manera muy clara de describir la necesidad que tenemos de apoyarnos unos en otros. Especialmente en estos pueblos que se van quedando sin gente.
Braulio cierra el libro y se recuesta sobre el tronco del roble que le da sombra. Pronto no quedará nadie a quien agarrarse cuando tengamos necesidad. Nos fuimos yendo en busca del progreso y no nos dimos cuenta de que el progreso “calienta el estómago, pero enfría el corazón”, en frase de otro de los más ilustres escritores de nuestra Castilla vacía. Y a Braulio, que no es hombre de letras, pero que ha ido a muchas ferias, le vienen a la memoria unos números que leyó no hace mucho tiempo en uno de esos periódicos que quedan olvidados en ciertos establecimientos.  Ya hay más de 600 municipios en Castilla y León con menos de cien habitantes y ya somos más de 40.000 las personas que pasamos de los 75 años. Además, Braulio lo recuerda como si fueran los números de la venta de un becerro, en el papel se decía también que en los próximos 15 años, Castilla perderá aún más del 10% de sus habitantes. Echen ustedes las cuentas.

            Echen ustedes las cuentas y recuérdenlas cuando vengan a verles esos que vienen a los pueblos cuando se acercan las elecciones. Y, si vienen, que vendrán, no tengan ningún recato en preguntarles si conocen estos datos. Y, sobre todo, si tienen alguna idea para paliarlos. Pregúntenles por el peaje de la AP-6, por ejemplo. Pregúnteles si algún día veremos molinos en nuestros cerros ahora vacíos o si piensan crear en la zona algún tipo de explotación que dé trabajo y estabilidad a los jóvenes. Y, si no tienen respuestas o las que les den no les convencen, voten en consecuencia. Porque, aunque alguien dijera, hace ya mucho tiempo, que en política lo importante no es tener razón, sino que te  la den, hoy sabemos que lo importante es que haya razones para que alguien nos gobierne. Y, sobre todo, que nos gobiernen los que tienen razón en lo que dicen. Y que lo cumplan.


jueves, 24 de enero de 2019

A VUELTAS CON LAS PALABRAS...



Braulio no es un hombre culto porque la vida no se lo ha permitido. De niño fue a la escuela el tiempo justo para aprender las cuatro reglas y leer con soltura. De los otros conocimientos, pocos. Y eso que a la madre no le gustaba que faltara si no era estrictamente necesario; no como otros, que aprovechaban cualquier circunstancia para no ir: que si tocaban las cabras, que si tenían que ayudar a uñir la yunta, que si la pastoría… Y, como la mayoría de los muchachos del pueblo: en cuanto que podían con el morral, ya se sabía: de zagales con cualquiera y adiós aprendizaje. Pero Braulio no se queja. Entonces las cosas eran así y así había que aceptarlas. Otros lo pasaron peor, sobre todo los que no tuvieron más maestro que otros pastores y que aprendieron a leer gracias al empeño que ponían estos en tomarles la lección en el chozo, a la luz de un pobre candil de aceite, cuando ya el rebaño estaba en la red y la noche propiciaba la quietud y el sosiego necesarios para la lectura.

 Braulio no es un hombre culto, pero sí es un hombre leído. Un hombre que se encandilaba con las explicaciones del maestro cuando hablaba de algún hecho histórico y que se iba a casa con la necesidad de ir más allá, de saber qué pasaba después. Fue quizá esa afición la que lo convirtió en un lector empedernido. Un lector de cualquier papel, incluso de los que se encontraba en el suelo. Y esa afición a la lectura se vio favorecida por el tedio del pastoreo. En las largas tardes otoñales, con el ganado sesteando debajo de las encinas, sin radio ni otra cosa que le distrajera, Braulio leía y leía y, sin saberlo, iba interiorizando una serie de palabras que, muchas veces, no se atrevía a utilizar por temor a que lo tacharan de sabihondo. Fue así como el viejo adquirió un vocabulario extenso que le permitió alguna vez aclarar a los compañeros el significado de ciertos papeles oficiales que los otros no podían entender.

     Braulio recuerda estas cosas sentado a la sombra de un chopo, en la huerta de La Mata, mientras un sobrino, que vino anoche de Madrid, se afana en quitar los bichos a unas cuantas patatas que tiene en el huertecillo. Y es que estos  labradores de ahora practican la agricultura ecológica —psicológica la llaman algunos en el pueblo— y no curan.  Braulio, sentado debajo del chopo, se fija en el tronco donde algún mozuelo ha tallado a punta de cuchillo unas letras encima y debajo de un corazón atravesado por una flecha. Mira, le dice al muchacho que llega con la azada al hombro, algún bobalicón ha marcado el chopo. No se dice marcar, tío, se dice grabar. Pues eso será ahora porque antes se decía marcar y se marcaban los animales y los más previsores marcaban los yugos y los astiles de las herramientas para que no se confundieran con las de otros, que aquí la gente era muy mirada y muy celosa de lo que tenía, quizá porque tenía muy poco. Y, si no te lo crees, mira lo que le pasó a tu abuelo con una azuela, que seguro que tú no sabes lo que es porque no la habrás visto en tu vida.
     El muchacho, que ahora está sentado al lado del viejo, saca del bolsillo de atrás el teléfono, manipula en la pantalla y, con una leve sonrisa, lee modulando la voz:

      Azuela: herramienta de carpintero que sirve para desbastar, compuesta de una plancha de hierro acerada y cortante, de diez o doce centímetros de anchura, y un mango corto de madera que forma recodo.
—Pues esa herramienta que describen ahí, pero que será mejor que veas luego en casa, era una de las más necesarias en las labores diarias. No podíamos salir a arar sin ella porque era imprescindible para armar el arado, colocar la mancera, machar los cuños, apretar las orejeras o para cualquier otro menester. También la usábamos para poner los astiles a las herramientas y los más hábiles para fabricar las piezas del arado: el dental, la cama, los cuños y el timón. Como ves, se trataba de una herramienta muy necesaria que requería un buen trato porque debía estar afilada y en buen estado. En cada casa solía haber una, pero algunos no eran tan cuidadosos como tu abuelo y, en lugar de cuidar la suya, preferían pedírsela a otros, aunque no se la prestaran de buena gana. Y esto fue lo que hizo tu abuelo cuando se presentó en su casa uno de tus tíos, que no te diré quién fue porque eso da igual. Tu abuelo estaba sentado al sol en el corral y el muchacho le dijo: “Tío, que está mi padre haciendo un dental para el arado y que no corta la azuela y me ha dicho que le diga que si le presta usté la suya”. Tu abuelo le respondió: “No, hijo, dile que no se la presto porque tu padre se coloca el dental para trabajarlo encima de los muslos y, como la azuela mía corta mucho, se va a destrozar las piernas”. “Que no, tío que mi padre corta encima de la pared; que coloca el dental en las piedras y así va cortando la madera”. “Pues por eso no se la presto, hijo, por eso no se la presto”.

Y Braulio no puede evitar una sonrisa socarrona a la vez que fija la vista en el muchacho que también le mira y, ambos comienzan a reír a carcajadas.

lunes, 24 de diciembre de 2018

DESPOBLACIÓN



En el pueblo, en cuanto empieza a correr el mes de mayo, se abren algunas de las casas que han estado cerradas durante el invierno; o que sólo se han abierto algunos sábados y domingos. Poco a poco; como esa lluvia fina que llaman cala bobos, por algo será, van llegando los madrileños jubilados, un día, uno y otro, dos. Vienen y, como si llegaran tarde, se afanan en el arreglo de pequeños huertos que aran y asurcan primorosamente como si fueran de juguete.

            A Braulio, la llegada de los forasteros, como los llaman algunos, aunque no lo sean, le produce un sentimiento agradable, como de reencuentro, sobre todo porque traen otras ideas, otras novedades y otras manera de decir. Hoy mismo, Braulio está sentado a la sombra de un roble, en los huertos de La Torre, charlando animadamente con uno de los nuevos que luce un sombrerillo que parece de paja; un joven que ya no cumple los sesenta, aunque, comparado con Braulio, bien joven es.
Braulio lo conoce desde siempre; desde que era un muchachuelo que andaba detrás de las cabras, siempre con un papel en la mano, como ahora mismo, empeñado en mostrarle al viejo una noticia que habla de la despoblación del campo. El más joven fija la vista en la hoja a la vez que habla, porque, dice, el despoblamiento rural es un drama de tal magnitud que ya los políticos se han dado cuenta —ya era hora, piensa Braulio— sobre todo a raíz de la publicación de un libro que se llama “La España vacía”, de Sergio del Molino. Y dice que no sólo los políticos se han dado cuenta, sino los periodistas y que por eso quiere enseñarle el artículo. Enseñármelo, no, me lo tendrás que leer si quieres que me entere de algo, porque yo sin gafas no soy nadie y hoy, como siempre que salgo al campo, las he dejado en la mesa de la cocina, porque de lejos no distingo y para respirar este aire y oír a los pájaros no las necesito.
El madrileño se acerca un poco y lee:

“La despoblación exige un pacto de estado que hay que impulsar desde la propia Administración. Hay que implantar una fiscalidad especial, extender la banda ancha y reactivar la Ley de Desarrollo Sostenible de 2007, lo que acarrearía inversiones finalistas para las comarcas vacías. Además, hay que elevar el ámbito de inversiones financieramente sostenibles y crear oficinas de información y acción sobre la despoblación.”
A Braulio esto de reactivar leyes de hace más de diez años no lo gusta mucho, porque eso quiere decir que cuando entraron en vigor, no se cumplieron y que nadie se ocupó de que se cumplieran. Y, si no se ocuparon entonces, ¿por qué iban a hacerlo ahora? Lo de impulsar un pacto de estado y la fiscalidad especial, sencillamente no lo entiende y así se lo manifiesta al del sombrerillo. En cuanto a lo de crear oficinas de información, no sabe por qué, pero le da en la nariz que no se van a ubicar en los pueblos más deshabitados, sino en las capitales o centros comarcales. Por eso Braulio no manifiesta ningún entusiasmo ante la lectura del otro. Y es que al viejo le  gustan más las preguntas concretas que exigen respuestas sencillas:
¿Se dice algo ahí de mantener abiertas las escuelas y los consultorios médicos? ¿Se dice algo sobre potenciar el transporte público de manera que se facilite el acceso a la universidad de la capital a los jóvenes que vivan en los pueblos? ¿Se dice algo de crear residencias con plazas suficientes y un precio razonable para que los viejos podamos quedarnos aquí? ¿Arreglarán de una vez lo que tengan que arreglar para que no nos quedemos sin teléfono y sin  televisión cada vez que nieva, hace aire o se desata una tormenta?


            El más joven ya no lee; ha doblado el periódico y escucha al viejo en silencio, interiorizando cada una de sus preguntas. Y alguna otra que se le ocurre a él, como la necesidad urgente de desarrollar la banda ancha, de manera que quien lo desee pueda trabajar desde casa; o el establecimiento de programas culturales que ayuden a conservar y mantener el patrimonio…Tampoco se dice nada de nuestro campo, de hacer algo con esas tierras, ahora baldías y comidas de zarzales, que no hace mucho tiempo eran huertos feraces llenos de judías, patatas y, en el valle, manzanos repletos de fruta. O de nuestros cerros, silenciosos, yermos y desiertos, por cuyo cielo cruza de tarde en tarde —muy de tarde en tarde— algún parapentista. Unos cerros con un viento casi permanente, óptimo para producir energía eólica, que ha de ser la energía del siglo XXI. Tampoco se dice nada de subvencionar a las empresas y empresarios que creen puestos de trabajo, sobre todo para los jóvenes. Y en cuanto a las residencias de ancianos, seguro que el viejo no está enterado de la discriminación que supone que en ciertas comunidades se acceda a una plaza por un porcentaje de la pensión y en otras te comas en unos meses los pobres ahorros de toda una vida. 
     En definitiva, se trataría sólo de transformar tanta retórica en recursos y medidas concretas. Y, si no se hace algo pronto, los pueblos ya no servirán ni siquiera para ser el descanso del guerrero que abandona la ciudad los fines de semana. Pronto se quedarán definitivamente vacíos.






lunes, 3 de diciembre de 2018

AL RESOLANO...



A Braulio le gusta el análisis sociopolítico que se hace en los bares. Los bares son las universidades del pueblo, dice alguno cuando está ya algo pasado y no sabe lo que dice. Braulio se ha tragado de todo en esos bares de pueblo donde se grita mucho y se piensa poco; desde los comentarios más obscenos hasta los lamentos más tristes relacionados con la vida en general. Braulio parece tener un sexto sentido para arrimarse a los contertulios. Quizá porque, si supiera escribir, le gustaría plasmar toda esa información en un libro; un libro de humor, naturalmente. 
Braulio es un escuchante nato. Y un lector paciente. Sabe que, si se publicara ese hipotético libro, debería compartir derechos de autor con mucha gente: con la gente que escribe en las puertas de los baños públicos frases verdaderamente ingeniosas, algunas dignas de Gómez de la Serna y otras, auténticas reflexiones del pensamiento más cultivado, como esa que explica brevísimamente la teoría del tiempo mucho mejor que el tocho que necesitó Bergson para hacer lo mismo: La medida del tiempo depende de que lado de la puerta del baño estés. Braulio admira a los autores de esos cartelillos de bar, tan ingeniosos como el de su pueblo, donde reza un anuncio bien visible que advierte de que allí está prohibido hablar de la cosa, al lado de otro que informa de que en el local no hay wifi, por lo que los clientes no tendrán más remedio que hablar entre ellos.
 Braulio entiende que tendría que compartir derechos con todos ellos, pero, sobre todo, con los ancianos que se colocan a la sombra de los álamos de El Venero y enhebran recuerdos platicando bajito, quizá hablando para ellos mismos, como si temieran que alguien pudiera oírlos. Cuando Braulio los ve, sentados en la viga que hace las veces de tosco banco, dibujando arabescos en la arena del suelo con garrotes diversos, pulidos por el uso, se va acercando despacio y, sin hacer ruido, se sitúa detrás, en un segundo plano, lo suficientemente lejos como para no interrumpir y lo suficientemente cerca como para no perder ripio de lo que dicen.
      Hoy está hablando un viejo cetrino de mirada viva que abre una boca enorme en la que ya no quedan dientes.


-Que sí hombre, que sí; que antes era otra cosa. Que cuando yo era mozo todo el mundo sabía el terreno que pisaba, no como ahora. Que en las ferias se sabía quiénes iban a comprar y quiénes iban a ver si caía algo. Y en las ciudades, lo mismo, que los policías y los carteristas se conocían y se buscaban las vueltas, como es de rigor, pero todo dentro de un orden. No como ahora, que no puedes fiarte ni de tu padre y que cualquier banquero te puede dejar en cueros.
-Algo de razón tienes- responde otro de un pelaje similar. Que me contó a mí una historia un compañero de Brozas que ahonda en eso que dices, que no sé si será verdad, pero viene a darte la razón. Contaba el compañero, que un alto cargo del gobierno de Franco había ido a Cáceres para presidir una  procesión, codo a codo con las autoridades de allí; ya sabéis, los Gobernadores Civil y Militar, el Alcalde y otros. Causó tan buena impresión el enviado de Madrid que, quizá pensando en el futuro, los mandamases de la ciudad extremeña consideraron conveniente invitarle a presidir la corrida del domingo. Aceptó el hombre encantadísimo y salió del hotel hacia la plaza para reunirse con los cabecillas que le esperaban en la puerta, con la mala fortuna de que en el trayecto le birlaron la cartera. Cuando, ya en el palco, los otros le preguntaron que cómo le iba, el pardillo de Madrid, dijo que bien, pero que, o se había dejado la cartera en el hotel, cosa bastante improbable porque nunca la sacaba del bolsillo interior de la chaqueta, o que la había perdido, o que alguien se la habría robado, cosa impensable en una ciudad tan religiosa y tan adepta al régimen. 
Sin embargo, los dirigentes supieron en seguida que la posibilidad real era la última y actuaron en consecuencia. Movieron tan bien y tan pronto los hilos que tenían que mover, amenazaron tan bien y tan pronto a quienes tenían que amenazar, que antes de que terminara el festejo, un policía de uniforme se presentó en el palco con la cartera del gerifalte madrileño y se la entregó a la autoridad civil que, a su vez, se la devolvió a su dueño, diciéndole que se le debía de haber caído justamente a la entrada y que un ciudadano, ejemplar sin duda, la había recogido y se la había entregado a uno de los de gris, y que en aquella ciudad, hechos como aquel, eran algo normal y cotidiano. A su vez, le rogaba que mirara en el interior de la cartera por si echaba algo en falta, que no creía él, pero por si acaso.

 Miró detenidamente el hombre y, radiante, contestó al Gobernador que estaba muy de acuerdo con lo que decía de la ciudad, porque no solo no robaban, sino que tenían detalles extraordinarios con los que extraviaban algo. Porque él mismo estaba seguro de haber salido del hotel con dos mil pesetas en la cartera y ahora resultaba que se la habían devuelto con cinco mil.


domingo, 14 de octubre de 2018

ILUSIÓN





Habían llegado por la mañana en una furgoneta vieja y destartalada que a los niños nos pareció un vehículo de lujo. Preguntaron por la casa del Alcalde y allí se fueron para pedirle la llave del Ayuntamiento. El niño, que era algo sabelotodo, se enteró porque vio salir a los forasteros del corral de la autoridad y, como un detective de los que había conocido en los cuentos, los siguió hasta la furgoneta que habían dejado en la plaza y escuchó con atención: querían echar una película por la noche y, como en el pueblo no había un local adecuado, les parecía que el salón donde se celebraban los concejos, podría servir. Sobre todo porque en la plaza hacía mucho frío y el cura ya les había dicho que la iglesia no estaba para cosas de titiriteros. Y se los veía contentos porque el Alcalde les había concedido el permiso sin muchas trabas: que lo dejaran limpio y poco más.
     Desde el mismo momento en que supo el niño que por la noche habría cine en el Ayuntamiento, se puso a las órdenes de la madre sin excusa ni pretexto. Madre, ¿quiere usté que vaya yo a por las vacas? Y al rato: madre, ¿quiere usté que raspe la casilla? ¿Quiere usté que saque yo al abuelo al sol? Quiere usté , quiere usté , quiere… Muy querencioso estás tú hoy. ¿No será que esos forasteros que andan por la plaza traen algo que quieres ver? El niño, que era algo ingenuo, no pensó que la madre estuviera enterada de lo del cine, pero se equivocaba, porque la madre se levantó, entró en la sala y cuando salió le puso en la palma de la mano una peseta y le dio un beso de refilón. Pero al niño no le importó, porque muchas veces se lo comía a besos y no le daba un duro, ni una peseta, quizá porque no la tenía. Y luego, la madre, como el que no quiere darse importancia, le dijo que se llevara la banqueta y que tuviera cuidadito de traerla otra vez, que, aunque en los cines de verdad había butacas —dijo butacas— en el del pueblo cada uno se tenía que llevar la suya.
      Así que, en cuanto cayó el sol, el niño se fue a la puerta del Ayuntamiento, que no estaba lejos de casa, con su banqueta en la mano porque quería estar de los primeros para coger un buen sitio. Esperó con impaciencia a que los hombres de dentro abrieran la puerta, entregó la moneda al primero que se lo pidió y fue a colocarse lo más cerca posible de un artilugio que los forasteros habían colocado encima de un estaribel formado por una mesa y una silla. Se trataba de un extraño aparato de color negro que tenía una gran ojo de cristal y del que salían dos brazos de los que pendían sendas ruedas.
 Luego apagaron la luz y todo se volvió oscuro y el que manejaba el aparato le dijo al niño con cierta sorna que se diera la vuelta y que mirara a una sábana blanca que colgaba de la pared del fondo, porque era allí donde había que mirar. Y así era, porque, de pronto, el local se llenó de música y en la sábana empezaron a aparecer letreros e imágenes de caballos y de soldados con unos extraños trajes y una señora muy guapa rodeada de otras mujeres también muy guapas y luego y un rey y luego… Luego el niño se centró en seguir los diálogos porque el hombre mágico que manejaba la máquina estaba contando una historia y al niño las historias le fascinaban y si, además, las podía ver, le fascinaban mucho más. A partir de ese momento, el tiempo dejó de correr para el niño que miraba a la sábana fascinado, con los ojos totalmente abiertos y tan pendiente de lo que decían los actores que todos los que estaban a su alrededor habían desaparecido como por arte de magia. Cuando brotó la palabra fin en la sábana, el niño aún seguía tan absorto que le costó asimilar que la historia había terminado.
      Luego el niño creció y cuando supo de la existencia de Melquiades y su tribu de gitanos, entendió aún más la magia del cine. Pero para entonces era ya un aficionado empedernido que había encontrado en eso que llaman el séptimo arte un aliado especial para sus tardes de ocio. Y era tanto lo que le había dado el cine, tantas horas de grato entretenimiento, tantos conocimientos sobre la humanidad, que nunca agradecería bastante a aquellos viejos cómicos que, en un coche, viejo como ellos, llevaron por primera vez la magia del cine a su pueblo perdido en la sierra.




martes, 21 de agosto de 2018

CAUSAS EXTERNAS


La era del tío Manolete era como un pequeño ecosistema. Todos los elementos –personas, animales y mies- eran necesarios y todos cumplían su misión. El tío Manolete se ocupaba del orden; por la mañana pronto uncía las yuntas, las metía en la parva y, cuando todo estaba en su sitio, se sentaba a la sombra del roble, liaba un grueso cigarro de picadura y se ponía a fumar en un estado de paz total, como si en el mundo no hubieran más cosas que su cigarro y él. El quehacer del niño, cedido  gratis et amore por la madre los días que duraba la trilla, era bien sencillo: desde el momento en que su yunta de vacas —la más experimentada y la más mansa— entraba en la era, el niño se subía al trillo con la certeza absoluta de que no bajaría hasta la hora de comer. Después de la comida volvería al mismo sitio hasta el final de la jornada. Así un día y otro hasta que se trituraba la mies, con lo que su inexistente contrato de trabajo quedaba cumplido y resuelto.

            Seguramente era esta claridad en las funciones de cada uno lo que convertía la era en un remanso de paz y en espejo para otras eras, donde las voces, los gritos, las risas, el bullicio y algún que otro llanto eran constantes. Quizá porque no había una cabeza que organizara las funciones de cada uno como el tío Manolete, capaz de convertir la era en un lugar de perfección solo alterado muy de cuando en cuando por la abuela Casia, aunque, eso sí, siempre por una causa externa.

            La abuela Casia era un viejecita pequeña, menuda y arrugada, de nariz aguileña y ojos vivos, siempre vestida de negro de los pies a la cabeza. Solía venir a la era por la tarde, cuando ya el calor había bajado y la temperatura era más dulce. En cuanto llegaba, requería una yunta y se acurrucaba en el trillo, hecha un ovillo. Al niño le parecía un ser indefenso, tan vulnerable como esos pajarillos que caen del nido antes del primer vuelo y andan sin rumbo expuestos a cualquier peligro. Si el niño hubiera podido, la habría mandado a la sombra del roble para que estuviera fresquita y no se ensuciara con el tamo de la paja. Pero el niño no mandaba. La viejecilla debía de notar estas muestras de cariño porque buscaba debajo del mandil y sacaba tres o cuatro aceitunas negras que ofrecía al niño y que este rechazaba porque no sabía qué vecinos habrían tenido las aceitunas en la faltriquera de la abuela.

            Algunas veces, en el pueblo, el niño oía comentarios de la anciana que no le gustaban, incluso que le ofendían, pero él no los tenía en cuenta.

            Porque, ¿qué importancia podía tener que la mujer conviviera con las gallinas dentro de la casa y que colocara en la lumbre una chapa a modo de parapeto para que los pollitos no se quemaran? Si al niño le hubieran dejado, habría hecho lo mismo y, además de las gallinas y los polluelos, habría metido en la casa gatos y perros y el chivo negro al que tanto quería.

            El día que se derrumbó la obra y sepultó a los dos albañiles y todos los hombres del pueblo estuvieron horas cavando hasta que los encontraron, muertos y bien muertos, la tía Casia, aunque no era de la familia, se lanzó al suelo y se revolcaba y pataleaba como si la sepultada hubiera sido ella. El niño lo entendió porque la desgracia se había cebado con el pueblo y él hubiera hecho lo mismo si se le hubiera ocurrido.

            ¿Y cuando abandonó la yunta y tuvo que intervenir el tío Manolete? Estaba tan tranquila acurrucada en el trillo disfrutando del tedio de la tarde cuando pasó la madre del niño y le dijo:

-¡Qué bien hoy, tía Casia! Trillando como una buena moza.

-¿Ah, sí? Pues ahora mismo lo dejo.

            Y se bajó del trillo y la yunta se salió de la era y se preparó un follón de padre y muy señor mío, más propio de otras eras, porque aquella era un remanso de paz. Y tío Manolete voceaba como un loco y tuvo que arrimar la vara a las vacas que no querían volver a la era.

¿Y qué culpa tuvo ella? Era evidente que había habido una causa externa. Y, además, si el niño hubiera podido, habría hecho lo mismo.