jueves, 29 de abril de 2010

A TI TE DEJO...




Muy cerca de las escuelas del pueblo se encontraban las eras municipales, una en cada barrio. En el tiempo de la trilla estaban llenas de vida de la mañana a la noche: gente que cantaba montada en el trillo, otros que gritaban a los animales y niños que corrían entre la mies. El resto del año se utilizaban para almacenar grandes montones de leña de piorno que llamábamos hacinas. Cuando perdieron su función principal, la trilla, algunos vecinos se fueron llevando discretamente las lanchas del suelo para habilitar otras eras, ahora particulares, y nadie se ocupó de cerrar los socavones que dejaban, originado así una especie de paisaje lunar por el que los niños corríamos como gamos sorteando barrancos y saltando agujeros que dificultaban tanto la persecución como la huida en nuestros juegos. En este patio destartalado y desigual pasábamos los niños el recreo de la mañana, entre las hacinas de piornos resecos por el tiempo, simulando incruentas luchas entre perros y lobos, persiguiendo aros que sustraíamos a las calderillas de latón u hostigándonos unos a otros hasta que el maestro, único vigilante del reloj, nos llamaba para reanudar el trabajo en la escuela.

Los niños que se quedaban fuera de los juegos por cualquier circunstancia solían subirse a las hacinas de leña para asistir desde tan privilegiada atalaya a las carreras y escorzos de los compañeros, animando con sus gritos a los participantes en las terribles batallas de pitisí, pídola, la baya o la bandera. A nuestros padres no les gustaba que nos subiéramos a la leña porque se caían los gramujos de la escoba y luego no servía para encender. Aunque los hijos de los dueños hacíamos guardia frente a nuestro montón para evitar que se sentaran otros chiquillos, siempre nos subíamos algunos y mirábamos cómo jugaban los otros, plácidamente, mientras comíamos el pan con torreznos o chorizo o los suculentos bollos fritos que la madre hacía cuando masaba. Sólo se sentaban los amigos más allegados, ejerciendo el amo entre los niños de su edad y los más pequeños una exhibición de poderío infantil que nos elevaba a altas cotas de bienestar: tú sí, tú no. Tú no me dejaste jugar el otro día, así que ahora no subes. La defensa del fortín y la elección de los momentáneos moradores dependían mucho de la calidad del atacante e, incluso, de los familiares que compartieran con él escuela ese año. La edad y el volumen eran factores determinantes a la hora de permitir o no la subida a la leña. Así que cuando le tocaba quedarse fuera de los juegos a algún mayorzote fuerte y desgarbado del último año, que se subía sin pedir permiso, el dueño de la hacina, ante las miradas inquisitoriales de los compañeros que estaban abajo, solía decir: “A ti te dejo”. Era una forma de salvar la dignidad porque el grandote se iba a sentar de cualquier manera. Y era también una forma de evitar un conflicto de final incierto y acaso problemático para el guardián del castillo.

Exactamente esto fue lo que me recordó el otro día un cura que intentaba explicar a través de la televisión la postura de la Iglesia en relación con El Rey y la ley del aborto de la “miembra, joven y austera” Aído. Decía el prelado que serían excomulgados los diputados y senadores que, siendo católicos, votaran a favor de la ley. Cuando se le preguntó por El Monarca, sólo le faltó decir: “A ti, te dejo”.
RHM

lunes, 12 de abril de 2010

NOCHES LOCAS




Después del episodio de la oveja en el corral y a medida que crecía, me fui convenciendo de que no había sido llamado para ejercer profesión tan noble y tan dura como el pastoreo. Así que, persuadido como estaba de dedicarme a otros menesteres, siempre que me arrimé a las ovejas lo hice por necesidad perentoria. Iba con ellas cuando no había más remedio porque mi padre estuviera enfermo o porque tuviera otras obligaciones ineludibles. Y enfermo estaba aquel final de agosto de hace más de cuarenta años cuando me vi en la obligación de guardar la pastoría y dormir al raso para que los animales estercolaran una tierra en Lo llano de la sierra. Los días anteriores al evento andaba yo ya un poco preocupado, no porque me diera miedo pasar la noche solo debajo de la mampara, aunque nunca he sido lo que se dice valiente, sino por la posibilidad de que se soltaran las ovejas y originaran algún estropicio. Así que, ante tal situación, mi primo Ángel, pastor avezado y referente en este oficio, me dio un curso rápido sobre el asunto e, igual que ciertos políticos aprenden economía en una tarde y así nos va, yo aprendí que “si se sueltan las ovejas en agosto, hay que buscarlas en los altos, no en los barrancos, por muchas razones, pero, sobre todo por el calor”.

En el pueblo llamábamos pastoría a un rebaño de unas trescientas ovejas de varios amos, que guardábamos por días. El relevo se producía muy de mañana y la red se cambiaba -mudar la red, decíamos- a alguna tierra del pastor de turno. A veces, según la época del año, incluso se mudaba de sitio en la misma tierra durante la noche con el fin de que las ovejas estercolaran una superficie mayor.

Aquel día de finales del verano, saqué las ovejas del redil al pintar el sol y, seguido de una perrilla negra y viva que llevaba varios años en casa, las llevé a los regajos de las Lagunillas, donde pasamos el día, ellas en el cervuno y yo buscando la sombra debajo de un calabón sobre un suelo áspero e inhóspito, dormitando unas veces y leyendo otras. No debí darles un buen careo porque por la tarde, mientras yo clavaba pobremente las estacas de la red en una tierra dura y polvorienta, los animales se agarraban a la hierba de las paredes de los prados vecinos como si no hubieran comido en todo el día. Pero eso lo deduje después.

Cerré el ganado, até bien los biscales de la parte superior de las estacas, especialmente los de las esquinas, como me había enseñado mi primo, cené pan y chiche con algún traguillo del vino que me había sobrado, hice la cama en el suelo, debajo de la mampara y me fui a charlar con el tío Emilio, que estaba con su pastoría en una tierra cercana. Fumamos un cigarrillo y hablamos un rato hasta que el hombre dijo: Bueno, muchacho, habrá que ir pensando en acostarse. Regrese a la majada, me descalcé y me metí vestido entre las mantas de lana blanca y negra que tantas veces había visto en casa. Enseguida me quedé profundamente dormido. No sé qué extraño estremecimiento me obligó a despertarme sobre las dos de la mañana, pero lo cierto es que, cuando abrí los ojos, allí sólo estábamos la perra y yo. Ni una sola oveja había en la red, y ningún ruido indicaba dónde podían estar. Sin pensarlo dos veces, me puse las botas y, seguido de la perra, que aparentaba estar tan nerviosa como yo, prendí hacía el Vallejo, el Frontón, el mojón de Pepe Lindo, el risco de la Tarayuela y recorrí todo el careo del día unas veces de pie y otras rodando, sin que en ningún momento el miedo u otra sensación que no fuera la necesidad de encontrar el rebaño turbara mi afán. Subí pareones, salté barrancos, tropecé, caí, me levanté, grité, callé y escuché intentando oír algún campanillo que me indicara la presencia de los animales, pero lo único que oía era mi propia respiración entrecortada por la fatiga y el cascabel de la perrilla, que se paraba entre mis piernas como si tuviera miedo. Al fin, cansado, arañado y dolorido llegué a la mampara sin haber dado con el rebaño. Sólo entonces se me ocurrió buscar ayuda.

Así que no tuve más remedio que despertar al vecino, que, somnoliento e incorporado a medias entre las mantas, dijo con esa serenidad que caracteriza a los pastores de verdad acostumbrados a situaciones mucho más difíciles: No hombre, no, hoy, con el fresquillo que hace y el aire que corre, los animales habrán ido para abajo, buscando el abrigo. Vamos a por ellas. La seguridad con la que dijo vamos a por ellas me tranquilizó bastante. Cogió la garrota y, después de obligar a su perro a quedarse al lado de la red, comenzó a caminar hacia el Porrezuelo y en menos que canta un gallo encontró el rebaño plácidamente acostado en las patatas que el tío Perincheles había sembrado en la Fuente de la Huesa. Las levantamos, y los animales caminaron dócilmente hasta la red. Clavó Emilio las estacas caídas por las ovejas al salir golpeándolas fuertemente con el mazo, como debería haber hecho yo al anochecer y como sin darse importancia me dijo: Anda, trata de dormir el resto de la noche, que ahora ya no se van a ir. Están hartas. Y se fue despacio hacia su mampara. Faltaba un cuarto de hora para dar las cinco y el cielo estaba rutilante y hermoso; pero yo no me había dado cuenta hasta entonces.
RHM
Abril10

jueves, 11 de marzo de 2010

ANÍS



En el pueblo nunca dimos mucha importancia al alcohol. En un lugar donde el café no se conoció hasta bien entrados los cincuenta y no se popularizó hasta la década de los sesenta, el vino era considerado, sobre todo, un reconstituyente. Lo habitual era que el padre tomara un vaso de vino para desayunar, a veces con un huevo batido, si lo había y que la madre, en ocasiones, empapara una buena rebanada de pan en vino, la rociara con un poco de azúcar y nos la diera como merienda sin más cortapisa que la que se ponía a otros alimentos: la ración justa, más bien menguada. Tampoco se impedía que los niños tomáramos la « sopa en vino » que se repartía en las bodas. La quina era considerada como un medicamento que abría el apetito, fortalecía los huesos y contribuía al crecimiento, que bien clarito lo decía el anuncio «Quina Santa Catalina ... que es medicina y es golosina». De las bebidas destiladas, la más conocida era el aguardiente, presente en la mayoría de las casas, sobre todo en tiempo de matanza, para que los dos hombres que se habían quedado con el remate del pesaje de los cerdos y los que colaboraban en el trabajo pudieran entrar en calor en las heladas mañanas de noviembre, todos en la misma copa, de un solo trago, sintiendo en el esófago el calor momentáneo del licor, cuanto más fuerte, mejor. Joder, cómo escarba, comentaba alguno. Otras veces una gotita de anís en días señalados, servida en una de aquellas copas primorosamente labradas que había en todas las casas o las probaturas con alguna bebida nueva en Nochebuena, cuando los paquetes de los emigrados a Madrid llegaban con alguna innovación no sólo en la comida, sino en la bebida. Aún recuerdo aquellas botellas de licores extraños con nombres tan llamativos como « Cualquier cosa », « Lo que sea » y otros que tanta gracia nos hacían.

En cierta ocasión, mi hermana fue a llevar un puchero de leche, como era costumbre en el pueblo, a una casa cercana, que estaba de matanza. Alguien tuvo la idea de obsequiar a la niña, que rondaría los diez años, con una copita de anís. La chiquilla, ingenuamente infantil, aceptó el convite y bebió un poco, recreándose en el sabor dulce del licor. El efecto fue fulminante: recogió el puchero, que alguien había tenido el detalle de lavar, y con él en la mano, regresó a casa. Cuenta que mi madre estaba masando y cuenta también las dificultades que tuvo para colaborar con ella. Aunque los encargos eran sencillos y bien claritos, no acertaba más que a llegar a la sala y echarse en la cama hasta que la madre la sacaba de allí sorprendida por el sueño machacón e insistente de la cría. Así, hasta que se le pasó el efecto.

Cuenta Manuel Hernando, Mata para los amigos, que siendo aún muy pequeño estuvo de zagal en La Herguijuela con el tío Modesto. Dice que en otoño, de camino hacia Extremadura, bajaron por el Puerto del Pico y pernoctaron en uno de los pueblos del valle. Como era costumbre, cerraron el rebaño en un prado con el fin de que los excrementos de las ovejas abonaran la tierra. El ama, agradecida, se presentó en la majada a la mañana siguiente con un puchero de café bien caliente y una botella de aguardiente para agradecer a los pastores el detalle de haber estercolado el prado. Afanados como estaban en recoger las mantas y cargar los animales para continuar el camino, nadie reparó en que el niño tomó café y copa como los mayores. Dice Manuel que no le gustó mucho, más bien al contrario, que sintió como si un espino seco y duro arrancara sus entrañas. Se pusieron en marcha y el niño, como le había ordenado el mayoral, ocupó su puesto de mansero en la cabeza del rebaño. Se sentía extrañamente bien, así que llamó a los mansos, metió la mano en el morral, les dio un trozo de pan y empezó a caminar deprisa, sin mirar atrás, silbando una canción que había aprendido en la plaza del pueblo, cuando, en las noches otoñales, jugaban los zagales alrededor del pilón. Luego oyó voces que le llamaban. ¡Manolo, muchacho, Manolo, párate, hostias…! Cuando volvió la vista, comprobó con sorpresa que los únicos que venían detrás de él eran los mansos y que a lo lejos, una fila de ovejas desorientadas intentaba mantener el ritmo frenético que el buen Manuel había impuesto a la marcha.

Los dos protagonistas de este relato han sido bebedores responsables, aunque la niña, hoy mujer, cuando se toma una copita, una sola, suele reproducir aquel comportamiento de la niñez: tranquilamente, como si no le importara la gente, busca un rincón discreto, se queda callada y, suavemente, sin ruidos, se sume en un profundo sueño, como si el tiempo no hubiera pasado y aquella copa de su infancia hubiera dejado un mensaje indeleble en su cerebro : « Si bebes …, duerme ».
RHM
Marzo2010

viernes, 12 de febrero de 2010

CÁNTARO



Algunas noches del duro invierno aparecía en casa alguna de mis tías bien provista de rueca y uso para pasar la sonochada con nosotros. Mi madre decía que venían de hilandero y debía de ser así porque se sentaban al amor de la lumbre e iban hilando el copo con paciencia infinita a la débil luz del candil y, cuando hubo luz eléctrica, a la de una bombilla mortecina. Hablaban y hablaban, a veces reían, robando así un trozo a la larga noche invernal. Yo solía hacer los deberes sentado en una banqueta, usando como mesa el escaño de madera. El runrún de la conversación de las mujeres no interfería en mi quehacer, quizá porque los diálogos reincidían la mayoría de las veces sobre temas que no me interesaban nada: que si Fulana y Mengana habían reñido malamente y se habían hartado a picardías, que si Tal moza hablaba con algún mozo y que la familia de ella no le quería o cualquier otra cosa que les viniera a la cabeza. Sólo cuando alguna palabra suelta me llamaba la atención, ponía yo interés en la plática. Dejaba cuidadosamente el lápiz sobre el cuaderno y dirigía la mirada a la mujer que hablaba esperando con impaciencia que la narración tomara cuerpo para centrarme totalmente en ella. Me perdía siempre o casi siempre el origen del cuento que solía ser la continuación de algún comentario que yo no había oído: “Tú como la del cántaro…”, seguido de una risa. Entonces yo preguntaba siempre:
- ¿Qué es lo del cántaro, tía?
- ¿Qué es lo del cántaro, tía? ¿Qué es lo del cántaro, tía?- remedaba mi madre con una mirada tierna y cálida- Anda, cuéntaselo o ya tenemos la noche hecha.
Y mi tía relataba:
En el pueblo siempre ha estado muy mal visto que alguien no pague sus deudas. Contaba mi madre que una mujer con fama de mala pagadora encargó un cántaro de barro a otra que iba a El Barco acompañada de su marido, con el compromiso de pagárselo por la tarde, cuando se lo trajera. La viajera decidió desde el primer momento no comprar el cántaro ante el temor de no cobrarlo, por lo que cuando la primera fue a recoger el encargo le dijo:
-Ay, chacha. Te lo compré, pero me se ha roto. Veníamos llegando a la fuente el Gamo cuando algo raceó entre los espinos. Se espantó el burro y por no carme yo, me se cayó el cántaro y se hizo añicos.
Se dio la vuelta la mujer y dijo para sí.
- Anda que si se lo pago…
La otra, desde dentro de la casa, susurró al marido:
- Anda que si se lo compro…
RHM. Ene10.

lunes, 1 de febrero de 2010

LUMBRE



Cuando el tiempo era malo, los hombres buscaban los prados que no tuvieran nieve, llevaban allí las vacas, les echaban unos brazados heno y se juntaban con los vecinos de otros prados para comerse la merienda alrededor de una lumbre hecha con calabones secos y ramas de roble. Algunos llevaban en el morral útiles para coser y, provistos de leznas, cerote e hilo de cáñamo, remendaban burdamente las sandalias y botas de piel que ellos llamaban de material. Los pensamientos de estos hombres rugosos y nobles giraban muchas veces sobre el futuro, especialmente su futuro de personas mayores, que pronto deberían abandonar el pueblo para vivir con sus hijos en la ciudad los últimos años de su vida, al menos durante el invierno. Las grandes ciudades causaban en los campesinos cierta fascinación no exenta de temor. Los hijos habían emigrado mayoritariamente a la capital y la gente del pueblo consideraba Madrid como cita ineludible en el final del camino. Por eso la ciudad estaba machaconamente presente en muchas de las conversaciones alrededor de la lumbre en las tardes de nieve o en las noches de invierno. Algunos la habían conocido ya, en breves y nada turísticos viajes cuando uno de los hijos había iniciado su propio negocio – establecerse, decían ellos-. La imagen que trasladaban al pueblo a su regreso no podía ser más conmovedora. Hombres habituados a pasar solos largas temporadas en los campos extremeños o en los puertos leoneses, que valoraban la compañía como un bien supremo, no entendían la incomunicación de la ciudad. En Madrid, decían, “la gente no habla, va andando muy deprisa, mirando constantemente el reloj; no se conocen”. Y los otros imaginaban una riada de gente, en fila india, moviendo rápidamente los brazos de adelante a atrás, a la vez que levantaban de cuando en cuando, rítmicamente, la muñeca izquierda para mirar la hora, como hormigas solitarias, sin verse ni oírse unos a otros. Individualismo total. Alguno manifestaba entonces su temor a extraviarse en la ciudad o a perder la documentación y, entonces, invariablemente, otro decía: “Perder la cartera no es fácil, pero que te la quite algún carterista, sí”, e inmediatamente proseguía: “Joder, conocí yo uno, en la mili. Estábamos en el cuartel de artillería de El Goloso - decían siempre el nombre completo- y teníamos un teniente más recto; alto y seco como un palo. Un tío chuleta que te miraba y empezabas a temblar, aunque a él no se le movía ni una ceja. Luego no era malo, pero acojonaba de verdad. – Estos personajes autoritarios y justicieros producían en los campesinos una fascinación sorprendente-. Llegó un soldao de Madrid y pronto se enteró el teniente de que era del manguis. -Ese venía ya avisao-, decía otro de los del corro. Así que le llamó, le puso las dos manos en los hombros y le dijo: Dicen que eres un carterista fino. A ver si tienes guevos y me quitas a mí la pluma o la cartera. Y dice el otro: Perdone, mi teniente, pero su pluma y su cartera las tengo ya en el mi bolsillo. Y se las devolvió al teniente, que se quedó a cuadros”. Silencio en el corro hasta que alguno decía: ¡Qué jodío, el teniente!, mientras que el narrador repetía el final una o dos veces más. Luego se quedaban callados otra vez, escarbando la lumbre, pensativos, como si la voz de un teniente cualquiera resonara en la cabeza de cada uno de ellos.
RHM
Enero10

lunes, 25 de enero de 2010

VIDA



Era un pueblo pequeño. Apenas ciento cincuenta casas tendidas al sol en una ladera alta del valle. Visto desde el río parecía un nido de cigüeña en lo alto de la loma. Sin embargo, desde el otro lado emergía de lo más profundo del barranco. En invierno nevaba mucho. Entonces el rutinario quehacer se interrumpía, las calles se volvían intransitables y el barro, el hielo y el frío castigaban duramente los cuerpecillos de los niños, mal calzados y peor vestidos. La primavera llegaba mucho más tarde que al valle y cuando los alisos y los sauces del río estaban ya plenos de hojas verdes, los robles del pueblo empezaban apenas a insinuar los botones de las suyas. El verano era primavera eterna. No hacía calor y muchas veces, incluso en agosto, los viejos y los niños buscaban el resolano y recelaban de las sombras siempre traicioneras de los árboles.

El niño era delgado, de grandes orejas y facciones pronunciadas. Tenía la cara redonda salteada de pecas y los ojos oscuros y profundos. Los dientes superiores, desigualmente alineados, le daban un aspecto peculiar, como de chiquillo travieso que nunca fue. Leía muy bien y desde pequeñito había mostrado gran afición a los libros de aventuras. Soñaba con ellos y su fácil imaginación le llevaba por derroteros que sus amigos no podían imaginar. La monotonía de los días iguales y repetidos del invierno no le gustaba. Necesitaba espacios abiertos donde dejar volar su imaginación y el invierno le retenía en la cárcel de la casa, de la cocina más bien, atado al escaño incómodo o a la banqueta triste. Sólo los libros le consolaban algo en esos días largos, de lumbre pobre y humo constante. Odiaba la nieve y amaba la primavera y, sobre todo, el verano. Le gustaban los juegos en la plaza en las noches cálidas de junio, las correrías por los prados buscando nidos, aunque el niño era más bien miedoso y poco hábil para escalar los robles inmensos o bajar a los peligrosos zarzales donde las grajas colocaban sus nidos, bien a la vista, como desafiando: “Sube si puedes, valiente”. Pero el niño no era valiente, ni siquiera hábil para descubrir los de escribanía, siempre fáciles de coger. Por eso nunca se benefició de la perra chica que daba por cada huevo el presidente de la Hermandad para evitar la cría de chovas, arrendajos y otros pájaros e impedir así que se comieran las pobres cosechas de los huertos de la sierra. Alguna vez vio el niño entregar cajas enteras de hermosos huevos azules o marrones, con pintas de colorines, que el Presidente pagaba a los muchachos y luego estrellaba contra la pared más próxima con una furia incomprensible para el niño, mientras dejaba escapar algún exabrupto también incomprensible. No entendía el chiquillo por qué tiraba el hombre los huevos si, faltos de la madre, era imposible que generaran pollos. En su ingenuidad infantil no se le ocurría que pudieran llevárselos y cobrárselos otra vez al hombre si este no los destruía.

La vida en el pueblo era monótona. La madre levantaba al niño y le lavaba, le daba un tazón de leche recién ordeñada migada con el pan amasado por ella y le mandaba a la escuela. La madre siempre fue muy cuidadosa para que el niño no faltara a clase. Aún hoy, el hombre que ya es, se maravilla de la intuición de la madre para acertar en la importancia de la diana del conocimiento. Ni cabras, ni vacas, ni prados fueron estorbo suficiente para que el niño faltara a clase. Durante el recreo, el pan con morcilla o los bollos si la madre estaba masando. Y luego, la comida, generalmente olla, y vuelta a la escuela. Después de las cinco, la colaboración necesaria en las tareas de la casa: ir por las vacas, raspar las casillas, soltar las pozas o echar el agua a algún prado, siempre buscando la caraba de algún amigo de la escuela. Al anochecer, los juegos en la plaza, las carreras por las calles mal iluminadas, los saltos terribles de pídola o las menos inocentes cacerías de gurriatos. Y vuelta a empezar, con la sola excepción de los jueves por la tarde y domingos, cuando la suerte o la necesidad podía sacar al niño del pueblo para herrar algún burro en la Lastra, bajar al molino o llegarse hasta Navalperal para reconocer la lengua de algún guarro muerto para la cachuela.

Y el niño era feliz.

RHM
Dic09

jueves, 3 de diciembre de 2009

PASTOR



De pequeño quería ser pastor. Como otros niños, que quieren ser bomberos o policías. Con la diferencia de que a la mayoría de éstos se les pasa con los años y a mí no. Yo, cuando crecí, aún quería ser pastor. La aureola de aventura que irradiaba mi primo Ángel cuando venía de Extremadura, los acontecimientos tan extraordinarios que contaban los que subían a León o mis compañeros de escuela cuando regresaban en primavera, conformaban en mi mente de niño soñador un revoltijo de sensaciones que confluían en un deseo claro y rotundo: quería ser pastor y vivir como un pastor. Imaginaba Extremadura como un lugar maravilloso, algo así como un paraíso lleno de encinas donde nunca hacía frío, donde el pan era blanco, los frutos abundantes y hasta las charcas proporcionaban unos peces sabrosísimos que se pescaban fácilmente, no como nuestras gargantas, tan vacías de todo… Hasta las culebras que me daban tanto repelús, eran en Extremadura enormes y majestuosas. El hecho de pasar el invierno en un chozo me parecía totalmente natural y la posibilidad de no ir a la escuela durante unos meses era un acicate más que acentuaba mi afán. Las ovejas –quizás los seres más anodinos que conozco – eran animales maravillosos e inteligentes cuyo cuidado podía satisfacer las aspiraciones del más exigente. Por eso cuando mi padre apartó unas cuantas viejas y dijo que había que ir con ellas por la mañana y por la tarde, yo me sentí feliz: por fin iba a ser como los demás niños y niñas, que andaban con los borregos en el Castrejón ejerciendo un pastoreo bucólico que no interfería en sus carreras y juegos ruidosos.

Así que mi primer día de pastor me presenté al pintar el sol – yo que nunca he sido madrugador- con la mejor garrota de las de mi padre delante de la puerta del tinao de mi tío Vicente, con el que habíamos juntado el hatajo, un rebaño de dieciséis hermosos animales – a mí me lo parecían- con los que yo pensaba poner en práctica todos mis conocimientos de pastor en ciernes. Tenía el corral una puerta ciega que abrí con premura. Dejé el carea en la calle para no asustar a las ovejas y me metí entre ellas imitando las voces que tantas veces había oído a mi padre. No silbaba porque ni entonces sabía ni he logrado aprender. Con la solvencia de un veterano las saqué a la calle y cuando mi primo Jaime, un enano de dos años que no debía estar allí, señaló el corral ya cerrado y dijo algo, yo ni siquiera le oí. Conduje el pequeño hato, que a mí me parecía rebaño inmenso, hacia el valle. No las conté porque un buen pastor no anda todo el tiempo contando el ganado; si pierde alguna la echa a deber por otras señales: falta una negra o la patúa, o no veo a la fulana y cosas así. Pasó la mañana, que a mí se me hizo un poco larga, la verdad, quizá porque no ocurrió nada extraordinario y hasta la perra se mostró remolona y anduvo toda la mañana buscando la sombra de los robles y de los espinos, totalmente ajena a esa vigilancia permanente que yo imaginaba imprescindible en un perro carea. Regresé con el ánimo menos henchido que por la mañana y antes de meter las ovejas en el corral, las conté y… ¡Sólo había quince! ¡Faltaba una! Pensé que se habría quedado atrás, acaso bebiendo agua en el Venero. Volví con las otras, pero, no. Recorrí el careo nuevamente, subí y bajé lindones, escudriñé entre las zarzas, miré en los arroyos y en los canchales, pero no la encontré, por lo que, cansado yo y cansados los animales, volvimos al corral, pensando cómo diría a mi padre que en mi primer día de oficio había perdido una sin darme cuenta. Lo peor que puede ocurrirle a un buen pastor. Abrí la puerta y allí estaba la oveja: nerviosa, hambrienta y asustada. Intenté tranquilizarla con voz suave y gestos acariciadores, pero no quiso saber nada de mí y no permitió que me acercara. Me miraba y huía, como responsabilizándome de su hambre, de su incertidumbre y de su soledad. Cerré la puerta y desanduve el camino a casa cabizbajo, la mirada en los guijarros de la calle, la garrota en el brazo, desentendiéndome de la perra, sin querer ver ni ser visto, como si fuera otra persona diferente a la que había hecho el camino al revés sólo unas horas antes.

RHM
Dic09